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sábado, 11 de abril de 2020

Avances en el ciclismo...también en el aficionado.


¡Hola a todo el mundo!

Hace pocos días escribí acerca de los avances que se habían producido en el ciclismo profesional en torno a los componentes y cosas así, como por ejemplo en los desarrollos sin ir más lejos. Pero, ¿y qué hay de nosotros los terrícolas? ¿Qué avance es el que más habéis notado para bien o, por qué no decirlo, para mal?

En mi caso en concreto he notado un enorme avance en el tema de los desarrollos. Me inicié en este mundillo con una relación de marchas que hacían de todo esto algo mucho más duro de lo que ya de por sí es. De platos tenía 52/42 y de piñones, ocho piñones por cierto, tenía 11/25, aunque recuerdo que ese 25 fue una novedad que monté durante un cambio de piña, en plan locura total (“¡¡Buaaa, tíooooo, UN 25!!”), porque originalmente la bici traía montado un 23, con el que subí cosas que a día de hoy me resultan sencillas y de aquella me lo pensaba más de una y más de dos veces a la hora de afrontar ascensiones que superasen el 12%.

Por el lado de los cambios sin duda he notado una mejoría terrible. A día de hoy llevo de platos un 52/36 y de piña 11/32. Y ese 32 es un salvavidas fantástico. Mucho se rieron de mí cuando lo puse, malditos sean todos ellos. Pero la realidad es que muchos de estos pájaros, si no han montado ya un 32, lo que han puesto es un 30. La verdad es que lo engrano muy pocas veces, pero cuando lo hago, me dan ganas hasta de llorar. Por ejemplo, en mi querida Camperona, o en mi odiado Angliru, la cosa cambia mucho con respecto al 28 que llevaba antes, por no hablar de un 25 o un 23. Con estos piñones tan pretéritos sería imposible, al menos para mí, afrontar ese tipo de subidas.


Otra mejora enorme que he notado son los frenos. Las bicicletas a día de hoy frenan una barbaridad de bien y me estoy refiriendo a los clásicos de zapata. No es el momento de contaros lo que opino de los frenos de disco, aunque alguna vez ya he dicho que me parecen innecesarios.

Yo llevo un grupo Shimano Ultegra y me parece que esos frenos son gloria bendita. Es una pasada la potencia de frenada que tienen. Los primeros que tuve eran Shimano también, pero no recuerdo la familia a la que pertenecían. Lo que sí recuerdo es que la respuesta no era ni parecida, la verdad. Y si ya nos metemos a analizar los diferentes tipos de zapatas y cosas así, entonces ya es para volverte loco. Haciendo un inciso, es por estas cosas que veo absolutamente innecesario el tema de los frenos de disco, porque con los actuales frenos de zapatas, el comportamiento del sistema de frenos es formidable. Los frenos de discos son una complicación añadida a la bicicleta, además de un sistema incompatible con los componentes que hay, así que si cambio a ese sistema mis juegos de ruedas no me servirían. Y lo mejor es que me detenga aquí porque ya se me está calentando la boca con esto de los frenos de disco.

Me acuerdo que la primera bici de carreras que probé. Fue la de mi primo Jesús. Una BH roja, con rastrales, palancas de cambio en el cuadro y todo eso. La típica bicicleta de carreras echentera. Comparar esos frenos con lo que hay ahora mismo es que no lo veo ni necesario. Daba miedo todo lo que tenía que ver con frenar.

Luego podemos meternos en el tema de materiales de fabricación, aunque yo reconozco que soy un tío muy raro a este respecto. Por ejemplo, yo si viví el cambio del acero al aluminio pero por convicción no voy a vivir el del aluminio al carbono porque este último material no me gusta. Ya sé que es más ligero y bla, bla, bla, pero si pudiera pagarme un cuadro de carbono monocasco, con carbono del pata negra y con la cantidad justa de resina, sin duda esa sería mi opción, pero como a lo que voy a poder acceder es a la típica bici de carbono, que no es monocasco, y que tiene mucha pero que mucha resina, pues paso de tener un bici de plástico. Prefiero un cuadro de aluminio pata negra con componentes fantástico. Esa es mi elección así como puede haber otras. No veo que lo que me voy a ahorrar en peso sea tan diferencial con respecto a una bicicleta con cuadro de aluminio y componentes de primera.

Sin embargo, escojas aluminio o carbono, el peso ha variado mucho. Las bicicletas a día de hoy son plumas con respecto a lo que había hace 20 años. Por ejemplo, esa bicicleta de mi primo Jesús pesaba como un Seat 600. Terrible.

Otra gran mejora que yo viví pero sólo a medias es el tema de las manetas. Han cambiado en el tema ergonómico y en la funcionalidad. A día de hoy son muchísimo más cómodas y te permiten ponerte en bielas con muchísima más garantía que antes, sin forzar la posición de los brazos. En cuanto a la funcionalidad, lo finos que van ahora los cambios es de admirar. Desde que monto en bici de manera medianamente seria, siempre tuve manetas más o menos cómodas y con buen funcionamiento, pero sí que probé en alguna ocasión lo de las palancas en el cuadro y no creo que haya nada que decir a este respecto.

Y otra de las cosas que más creo que ha evolucionado y mejorado en los últimos años son las cubiertas. Sin entrar en el asunto de si son más cómodos los de 25 ó 28 milímetros o cosas de esas (yo sigo con mis neumáticos de 23 mm, así de necio soy) en lo que creo que han dado un paso de gigante es en su resistencia frente a los pinchazos. Años atrás, notar que habías perdido aire en alguno de los neumáticos era muchísimo más habitual de lo que lo es a día de hoy. Hace mucho tiempo que no recuerdo pinchar y, de hecho, mi último pinchazo se debió a pillar un bache muy hondo. Fue imposible no pinchar en esa situación pero un pinchazo al uso, hace mucho tiempo que no lo sufro cuando la realidad de hace diez o quince años era muy distinta.

Podemos seguir analizando los avances que todos hemos podido experimentar fijándonos en temas como la ropa, los cascos, las gafas y hasta los bidones del agua pero eso me puede dar pie para poder escribir otra entrada. Lo que está claro es que no sólo ha habido cambios en lo que a ciclismo profesional se refiere. Afortunadamente todos esos avances llegan al pueblo llano y podemos disfrutar de una manera mucho más desahogada y segura de nuestro deporte predilecto.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Llevo un 32, sí, ¿¡qué pasa!?


¡Hola a todo el mundo!

Mucho se han reído de mí, amigos y amigas. Sí, sí. He sido el hazmerreír en más de una salida. Más o menos hace un año hice algo, tomé una decisión, que ha supuesto un antes y un después en los chistes del grupo.

Y es que le he metido un piñón de 32 dientes a La Americana. Así como os lo cuento…Ah! ¿Que tú también te estás riendo? Bueno, pues lee esto antes de juzgarme…

Resulta que en mi obsesión por hacer de La Americana una máquina envidiable, entre otras muchas cosas, le he cambiado el grupo. Un colega me ofreció uno de él que no tenía muchos kilómetros y, además, viniendo de quien venía, estaba seguro de que estaría perfectamente cuidado. Él mismo me lo instalaría y me hizo una oferta de esas que no puedes rechazar, así que, como yo ya andaba con ganas de cambiar el mío, que ya tenía más kilómetros que Marco Polo, pues acepté.

La Americana ahora cuenta con un Shimano Ultegra de once. Llevo un año con él y estoy encantado. No puede funcionar mejor, la verdad. Cuando mi amigo fue a montarme el cachivache, me hizo una pregunta:

-Oye, Dani. Hay que cambiar la piña, así que, ¿qué te meto? ¿28 como hasta ahora o un 32?
-Ostras, tío, pues no sé…te llamo luego.

Así que empecé a pensar en los pros y contras. Creo que lo que más influyó fue que el año pasado no fue mi mejor año ciclista. Salía todos los fines de semana pero entre semana era imposible, con lo que cuando quedaba con los amigotes, éstos me hacían sufrir entre mucho y muchísimo. No hacían más que achucharme y me tenían arto. Así que descolgué el teléfono, llamó a mi amigo y le informé de mi decisión:

Oye, tronco. Pon un 32 y que sea lo que Dios quiera.

Lo primero en lo que pensé fue en que se iban a reír de mí. Es lo que te pasa cuando te juntas con algún que otro cabronazo, pero son mis cabronazos y les tengo aprecio, maldita sea, pero no dejan de ser lo que son.

El primer día que estrené mi nuevo, flamante, súper eficaz y ligero Ultegra fue una jornada épica del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN. Salimos desde San Emiliano, en el corazón de Babia, para ir en dirección al Puerto de Somiedo, en este caso para bajarlo. Terminada esta preciosa bajada, llegaría el momento de mi encerrona del día, que no era otra más que subir hasta un pueblo llamado Las Viñas, que es conocido como uno de los kilómetros más duros de Asturias. Terminado esto, ya quedaban por subir dos cositas de nada. San Lorenzo y Ventana.

Lo peculiar de aquel día épico, sobre el que ya os hablaré otro día más en profundidad, fue que salimos con 3ºC, lo que es bastante frío, y en la subida de San Lorenzo, nos encontramos con 35ºC y la mayor parte de nosotros íbamos vestidos con ropa más o menos de abrigo. Al fin y al cabo estábamos a mediados de octubre y quién se iba a esperar todo aquello. Fue un día terrible en el que las pájaras surgieron por sí solas, pero ya os hablaré de aquella jornada épica.

El asunto que nos ocupa es mi precioso piñón de 32 dientes. Ese día iba a tener más de una oportunidad para poder engranarlo y comprobar hasta qué punto es útil o no lo es.

Yo soy un tío que tiene buena pata y soy bastante potente, con lo que subidas duras en plan Las Viñas, La Camperona o cosas de estas, las paso bien sobre bielas y de más, pero sí es verdad que me he tenido que educar para utilizar el 32. Resulta que en muchas ocasiones me he negado a meterlo porque iba mejor con el 28, ¿os lo podéis creer? Bueno, pues los cabronazos de la grupeta no se lo creen y piensan que por tener el 32 mis subidas ya no son tan válidas y de más memeces de esas. Me lo dicen más por envidia que por otra cosa, yo lo sé, pero nunca lo reconocerán.

Tener un 32, en serio os lo digo, te hace cambiar tu forma de afrontar las subidas más extremas. El día que llegué a comprender para qué servía realmente fue este año subiendo mi amada Camperona.

Yo ya había hecho varias subidas de las consideradas normales con el grupo nuevo. Nunca metí el 32 porque haría que fuese muy revolucionado, lo que me supone una incomodidad bastante grande para mi forma de pedalear. Soy de los que tiran de desarrollo entonces, claro…meto el 32 y todo se vuelve contra mis propios principios. Pero en La Camperona todo cambia. La rampa buena al 24% hace que de nada sirvan tus principios.

Había hecho La Camperona tres veces antes del 32 y esa vez me estaba negando a meterlo, pero en uno de mis momentos de lucidez en plena ascensión, pensé que si no lo metía en las rampas más duras como esa, ¿para qué lo había instalado? Así que lo metí, no sin resistirme un poco. El caso es que cuando comprobé el tiempo que había tardado en subir, me sorprendió ver que ¡había batido mi récord personal!

Desde ese día, en rampas duras de, por ejemplo, La Valdorria, Lagos y L'Angliru, ya no dudo en meterlo y todo cambia. Puedes ir más tiempo sentado con lo que te descansan más la espalda y los brazos, lo cual facilita bastante las cosas.

Lo que no van a terminar son las bobadas que me dicen los amigotes cuando miran hacia la piña de La Americana, pero yo sé que es hasta que ellos lo instalen y pueda yo también reírme de ellos, claro.

viernes, 10 de abril de 2015

Tesoros del cicloturismo. Gamoniteiro y Ermita de Alba.

¡Hola a todo el mundo!

Os pongo un poco en antecedentes. Hace ya unos añitos, como cuatro o algo así, alguien me habló de una subida, cerca de La Cobertoria, que llegaba muy muy muy muy arriba y que tenía unas rampas de esas que se agarran de verdad.

El tiempo y más conversaciones me enseñaron que esa subida se llamaba El Gamoniteiro y yo tenía desde aquel momento la intención de subirlo pero resulta que, por unos motivos u otros, no me estaba resultando fácil.

Un día, Buka quedó con Vega y Susana para hacerse unos puertos por la zona de Quirós y, ¿adivináis qué puerto subieron?

- Menudas subidas más guapas, Dani. Subimos un puerto, con un nombre raro...Gamo...Gamon..

- ¿Gamoniteiro?

- ¡Exacto!

Total. Que Buka ya lo había subido y a mí se me seguía resistiendo. Lo más cercano a subirlo fue el año pasado, durante una de mis incursiones en terreno Astur, el Gran Día en el que subí L'Angliru. Aquel día tenía intención de salir de Pola, subir La Cordal, Angliru, volver a subir la otra vertiente del Cordal, meterme por Cuchu Puerco y, una vez en la carretera de La Cobertoria, llegaría hasta arriba. La cosa es que por aquí se pasa por el desvío que conduce al Gamoniteiro, así que allí decidiría porque después del palizón que llevaba encima, no quería pasarme y no disfrutar la subida.

Justo antes de llegar al desvío, una especie de conato de calambre en una pierna me indicó que aquel día, con llegar a Cobertoria y bajar hasta Pola tenía más que de sobra. Si a esto le sumamos que justo en la cima, comenzó a pintear agua, pues día completo.

Para más inri, resulta que las cabezas pensantes de La Vuelta a España han incluido un final de etapa para este año en Quirós que terminará en la Ermita de Alba. Puede que no tenga mucha relación con lo contado al principio pero es que resulta que ambas subidas no quedan muy lejos una de otra, con lo que cualquier amante de los puertos de montaña como soy yo, comienza a trazar rutas que conectan ambas ascensiones.

Pero la casualidad ha querido que Susana y Vega hayan querido formar parte del proyecto que tanto me ilusiona, el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN, y ¿sabéis lo que llevan diciendo desde el primer día que dio comienzo la andadura del Club?

- ¡A ver cuándo os animáis a venir un finde a Quirós y hacemos una etapa con Gamoniteiro y Alba!

Así que tal oportunidad ha surgido este pasado fin de semana, con ocasión de la Semana Santa en la que "Los Vega-Álvarez" pasarían unos días en el territorio de Susana, que no es otro que el Concejo de Quirós.

A mí me coincidía fenomenal, así que me apunté a nada que me invitaron. No podía dejar escapar la oportunidad de subir ni Cobertoria, ni Gamoniteiro, ni la Ermita de Alba, pero lo más importante. No podía dejar pasar la oportunidad de pasar un fin de semana con gente tan fantástica como son Vega y Susana.

Y allí estábamos. Susana, Vega, otro compañero del Club BTT Pelayo, con el que habíamos compartido kilómetros en las rutas de Cerredo del año pasado, llamado Rubén, y un servidor. Seríamos los cuatro valientes que nos lo íbamos a pasar como enanos. Eso lo teníamos claro.

Lo que pintaba un poco regular era el día, que amaneció con bruma y el sol no parecía tener muchas ganas de manifestarse. Además, calor, lo que se dice calor, pues no hacía. Las primeras dudas surgieron. Que si guantes largos o cortos, que si térmica o no. ¡Qué dudas!

Todo quedó resuelto al ver pasar a un grupo de ciclistas que bajaban de Cobertoria. Muchos de corto, con cara de frío, eso sí, pero de corto, así que decidimos salir con un poco de todo. Sin ir más lejos, yo salí con guantes largos que me puse para salir, me los quité a los dos kilómetros y no los volví a poner.

Salimos de Bárzana de Quirós en dirección a la subida de La Cobertoria, pero lo haríamos por Lindes, subida ésta más tendida y presidida en todo momento por Peña Rueda, una pirámide natural increíble.


Carretera estrecha, bacheada pero sin ser algo molesto, cubierta de vegetación dormida, porque la primavera acaba de empezar, un riachuelo acompañándonos y el sol se había impuesto con claridad. Todo pintaba muy, pero que muy bien.


Si bien esta vertiente no tiene los rampones de las otras dos caras de la Cobertoria, por este lado no paras de subir y en lugar de poco más de diez kilómetros, estamos hablando de un puerto de veinte kilómetros, con lo que lo que le falta de una cosa, se compensa con otra.

Pero más allá de desniveles, datos y de más, el día se trataba de otra cosa. Se trataba de otro ciclismo. Se trataba de CICLOTURISMO. Cada pedalada era un punto más a nuestro favor. Cada pedalada era un momento para el recuerdo. Cada pedalada era un motivo más para seguir haciendo lo mismo.

Las sensaciones que iba teniendo en cada metro de ascensión son tan indescriptibles que incluso a alguien tan locuaz como yo, se le hace casi imposible describirlo con palabras.


Estábamos en la mitad de la subida y para continuar había que afrontar un rápido descenso a través de una carretera, la QU-5, en malas condiciones. Muy estrecha, con las humedades propias de estas fechas, la mayor parte de las curvas eran ciegas. Debíamos de tener mucho cuidado. "¡COCHE!", se le escucha decir a Vega, que es quien conduce la bajada. Yo le copio. Un todo terreno, el de la Guardia Civil, es el que casi nos comemos, y eso que somos cautos y prudentes. ¡Imaginad si fuésemos mal!

No quedaba nada para la cima de La Cobertoria y la vegetación nos empezaba a dejar contemplar la maravilla que es toda esta zona. Unos valles profundos que dejan intuir algún que otro pueblecito. Cuento de hadas, se podría decir. Y mientras estaba ensimismado en todo esto, justo delante de mí, ahí estaba el primer objetivo del día.


Ya habíamos hecho presa y esto no había hecho más que empezar porque en todo momento podíamos ver el repetidor que hay en el Gamoniteiro. "¡Hoy no te me vas a escapar, condenado!", le repetía una y otra vez, siempre que lo tenía a tiro.

Y comenzamos a bajar en dirección al desvío hacia el coloso. Hacia, prácticamente, el cielo. Y es que, como se puede ver en las fotos, no había ni una nube que ensombreciese nada. "Lo he subido once veces y nunca había pillado un día como el de hoy", comentaba Vega. Yo no quería decir nada, pero la verdad es que suelo tener suerte con el tiempo en mis incursiones astures. Dicho lo cual, es muy probable que jamás vuelva a ver la luz del sol en el Principado. A ver si sigo con mi racha.

Alcanzamos, en nada y menos, el cruce que nos conduciría al repetidor. Y es curioso porque casi siempre que Juan Carlos organiza una ruta, acabas en un repetidor, pero sarna con gusto no pica.

Las primeras rampas, la verdad es que no son duras. Ni siquiera pican las piernas, pero es justo esto lo que quiere que pienses el Gamoniteiro. Quiere que le trates como a uno más. Pero yo ya venía aleccionado. La clase maestra me la dio el año pasado su vecino el Angliru. Él me había dicho que "SOMOS LO QUE LOGRAMOS", y que lo más probable es que nos costase, pero que al final del todo, la recompensa en forma de satisfacción era inmensa. También me dijo que él era el más duro de todos los puertos Asturianos, así que sabiendo eso, Gamoniteiro me costaría, sí, pero que podría con ello.

Y más teniendo en cuenta que este año, en todos los aspectos, estoy mejor preparado para subir puertos que nunca. Cambio de estilo de pedaleo a la hora de subir. "Te pasas más tiempo sobre bielas que sentado", me dijo Vega. Y es que así subo mejor. Es uno de los cambios. Me lo enseñó el Angliru y La Camperona, ésta última subida fue la que me picó a, no sólo intentar, si no a buscar puertos extremos.

Y ahí me veía yo, rodeado de cimas inmensas, rocas peladas, prados llenos de caballos, buitres volando a escasos metros de nosotros y, sobre todo, tres compañeros de subida formidables. Nadie exigía nada a nadie, todos sabíamos que íbamos juntos y todos sabíamos que llegaríamos juntos de uno u otro modo.

Pero esta subida era algo personal, llevaba mucho tiempo detrás de ella, así que sobre bielas, apreté un poco el ritmo, me concentré y el Gamoniteiro comenzó a hacer que mis piernas picasen.


Una vez que ya te pones en modo "ascensión", en mi caso siempre me pongo en lo peor. Siempre pienso que un muro imposible e infinito va a aparecer al otro lado de cualquier curva, así que en el momento en el que una zona hormigonada se interpuso en mi camino, me imaginé que sería así hasta arriba, ¡y aún quedaban varios kilómetros!. Pero por fortuna esta zona sólo duró unos cien metros. Menos mal.

Y qué reconfortante es cuando personas que están pasando el día en la montaña y ven cómo te esfuerzas y te retuerces sobre la bicicleta, te regalan alguna palabra de ánimo en plan "vamos, campeón" o mi favorita. "¡Venga, que ya lo tienes!", a pesar de que aún falten varios kilómetros. Y en esta subida no te consiguen engañar porque puedes ver la antena en todo momento.

Llega un momento en las subidas a los puertos en el que el dolor de piernas desaparece. Da lo mismo las rampas que se crucen en tu camino porque ya no hay dolor, ya te da todo lo mismo. Pero lo más curioso del asunto es que en ese preciso y precioso momento es en el que más estás disfrutando. Es el momento en el que más te fijas en el paisaje, en la carretera, en la sensación del sol sobre tu piel o el viento rozando tu cara. El momento en el que la lluvia desaparece y el frío deja de ser doloroso. El momento por el que has sacado tiempo de donde no lo hay para entrenar y poder estar preparado para subir puertos.

Y este instante dura hasta que ves el cartel marrón con el nombre del puerto en cuestión o, en el caso de este magnífico día, hasta que te das de frente contra una antena gigante que marca el punto final de esta preciosa y muy recomendable subida.


Este pequeño rato de soledad me permitió hablar en solitario con el señor Gamoniteiro. Me permití el lujo de decirle que había sido un placer y que no sería la última vez que nos volveríamos a encontrar. También le dije que su amigo y vecino Angliru me parece más duro, pero que es un digno final de Vuelta a España.

Y poco a poco, fue llegando el resto de la tropa...


Allí, todos juntos, con el espectacular día que teníamos, pudimos comprobar la inmensidad de la Cordillera Cantábrica. Podíamos ver los Picos de Europa perfectamente, allí a lo lejos, allá abajo. ¡Menudo regalo que la naturaleza nos estaba brindando!


Pero había que bajar y por lo que pudimos comprobar durante la subida, salvo dos pequeños tramos de hormigón, el resto de la carretera estaba bastante bien, así que sería un descenso para disfrutar. Para disfrutar y para detenernos y sacar unas buenas fotos. El único problema de hacer esto último era escoger dónde sacar la foto porque, insisto una vez más, el día estaba siendo impresionante.

Todos los planos eran preciosos. También se podía ver el siguiente gran objetivo del día, La Ermita de Alba. Lo que no se podía ver con claridad eran las últimas rampas de Alba, pero eso lo comentaré en un ratito.


Por el momento estábamos bajando el Gamoniteiro y, además, también debíamos de bajar la Cobertoria en dirección a Bárzana de Quirós. Esta segunda bajada, ya con una carretera estupenda, supuso que la velocidad, las tumbadas, el acople y todo lo demás que se suele hacer en una bajada, aumentase, cambiase, mejorase o lo que sea. La cosa es que bajábamos como tiros. Las curvas eran amplias, sí, pero los porcentajes que hay de este lado hacían que algunos giros se te hiciesen cortos y el quitamiedos se acercase demasiado, pero no tuvimos ningún susto.

Y llegamos al punto de inicio. Bárzana. Aquí el equipo se dividía. Susana y Rubén quedaban en casa y Vega y yo continuábamos para acometer la subida a La Ermita de Alba.

Los primeros y únicos kilómetros llanos de la jornada los íbamos a vivir justo antes de alcanzar el desvío para Salcedo y Alba, en donde nos encontramos las huellas de un compañero y amigo de esto da las subidas, como es Marce Montero.


Y comenzamos la subida. Yo, lo único que conocía de este reto era que iba a ser final de etapa de este año, que tenía rampar de quitar el hipo y que no era excesivamente larga, pero poco más. Dónde estaban los rampones sería algo que descubriría sobre la marcha ya que me había centrado mentalmente muchísimo en el Gamoniteiro.

Carretera estrecha, de asfalto con brea líquida en días calurosos. La típica carretera que a mí me enamora a primera vista como así sucedió desde el primer metro de la subida. La verdad es que una vez que te metes en materia en esto de subir puertos, llega un momento en que te da igual lo que te echen, o al menos eso me pasa a mí, así que estaba disfrutando muchísimo de todo lo que nos rodeaba a Juan Carlos y a mí.

La primera parte del puerto estaba siendo bastante normal. Tenía sus momentos de dureza, sus curvas de herradura, pero nada por lo que puedas pretender echar el pie a tierra o algo así. Pero llegamos a Salcedo y algo parecía cambiar. Sobre todo lo notaron las piernas.



Y justo aquí, la subida a La Ermita de Alba demuestra por qué va a ser foco de atención mundial en la próxima edición de La Vuelta Ciclista a España.

Podríamos definir esta subida como una sucesión de escalones. Primero te topas con una pared al 20%, tienes un "descanso" al 12% y te vuelves a encontrar con un muro al 20%. Y así todo el santo rato hasta que llegas a la parte final. Y es que en la parte final, en lugar de un desnivel al 20%, te encuentras con una rampa de garaje a más del 25% por ser conservador y no pasarme. IMPRESIONANTE.


Tras una buena conversación con un motorista que también era ciclista y estaba estudiando la subida, nos sacamos las pertinentes fotos con el logro y encaramos el descenso.

Un descenso que tiene su miga porque hay partes un poco desconchadas que te encuentras en plena curva a 60 kilómetros por hora, medio tumbado, así que es algo peligrosilla por este hecho. Lo cierto es que Vega y yo la bajamos bastante alegremente, también es verdad.

Ya sólo nos quedaba llegar a casa donde nos esperaban Susana y Rubén con algunas que otras barritas energéticas...


¡Qué fin de semana más fantástico! Ruta en bicicleta impresionante, puertos de montaña de los que se recuerdan para siempre, paisajes increíbles, risas casi constantemente y, esto es lo más importante, unos compañeros y amigos de primera especial. No sé cómo agradecerles este fin de semana. Lo que les califica como personas es la respuesta a esto último. "Viniendo más veces, Dani".

Contad con ello, amigos míos. Contad con ello.

domingo, 19 de octubre de 2014

Tesoros del cicloturismo. La Camperona.

¡Hola a todo el mundo!

Suena el móvil. Mensaje de Vega. "¿Te apuntas a subir la Camperona este domingo?"

Pues nunca me lo había planteado, la verdad. Sabía que esa subida existía y, cómo no, al ponerla de final de etapa en la Vuelta a España de este año, pues llama más la atención. No tenía ni idea de cómo demonios era, pero lo único que sabía era que se trataba de una ascensión de las que no me molan nada de nada. De esas de ir en bielas, sufriendo, sin tiempo de sentarte para coger tu ritmo.

Pero bueno. A un mensaje de Vega, no se le puede decir que no, si no es por una causa mayor (y prometo que sobre esto de la "causa mayor" escribiré en breve).

Así que, con la mayor de las ilusiones, metí a "La Americana" en Klaus, y puse rumbo a Sabero. Ponía rumbo hacia un lugar en el que estaba seguro de que sufriría.

En cuanto llegué al Ayuntamiento de Sabero, ahí estaban Vega y señora, más el titán de la Sobarriba. Cecilio. Uno de esos clásicos del cicloturismo, libre, sin ataduras y sin temor a nada.

La ruta ideada por el anfitrión no era especialmente dura. De hecho, de no ser porque se subía la salvajada de La Camperona, podríamos decir que era una ruta tirando a floja, pero el coloso (porque lo es) cambiaba todo.

Pero digo que es un coloso, porque ahora lo conozco, sin embargo, cuando comenzamos esa ruta, nadie había osado a subir tal burrada. En efecto, hemos subido otras tantas, pero esa no, y cada locura sobre una bicicleta, es siempre diferente.

Lo primero de todo, antes de salir a disfrutar sobre nuestras flacas, era tomar un café. y resulta que eran las fiestas de Sabero y había un mercado medieval. Como era temprano, los mercaderes (si iban de medievales, entonces, son mercaderes) estaban montando sus puestos y la dueña del bar estaba quitándose la legaña después de una noche anterior muy dura.

A golpe de "dos solos, un cortado y uno con leche", empezamos a darnos cuenta de que La Camperona, estaba generando un pequeño brote verde económico en la zona, porque a cada lado que mirabas, había que si una camiseta con el perfil de la subida, algún que otro recuerdo y unas cuántas miradas cómplices de los vecinos que solían terminar con algún comentario, en plan, "a ver qué tal se os da la subida". El cicloTURISMO, si la gente se lo propusiese de verdad, funciona.

Tras colocarnos las calas y dar las primeras pedaladas, no tardamos en echar el pie a tierra, porque había una foto que no podíamos eludir.



Mirando las fotos, os aseguro que eso que pone del 24%, es totalmente cierto. Vaya si lo es. Pero aún quedaban unos cuantos kilómetros para retorcernos por las empinadas rampas de La Camperona.

Mientras entrábamos en calor, entre pitos y flautas, llegamos a Cistierna. Allí debíamos tomar un desvío que nos llevaría hasta la zona de Las Arrimadas. La última vez que rodé por ahí, lo hice hace más de quince años con una pesada btt de acero con la que hice muchos kilómetros, ninguno de ellos por el monte. Lo mío nunca fue el rollo "pisapraos".

Esta zona es uno de esos lugares preciosos que casi no se conocen porque, o se va adrede o no se va. La carretera está arreglada de hace pocos años, con lo que está impecable y, además, no hay casi tráfico. Un lugar ideal para rodar con la bici. Para más inri, no conocía la existencia de una carretera que va desde esta zona hasta Gradefes, con lo que es realmente accesible saliendo desde León, quedando una ruta de unos 100 km muy pero que muy chula. Pero bueno, eso ya es una ida de olla que algún día, y no tardando, llevaré a cabo.

Pasamos por Laiz, un pueblo del que guardo muy buen recuerdo, ya que era el lugar de nacimiento de un tío mío, mi tío Lauren, y al que yo iba muy de vez en cuando a por miel, en compañía de mi tío. El típico lugar que guardas en el recuerdo de la infancia y que cuando te invitaban a ir, era una pequeña gran aventura.

Casi sin darnos cuenta, ya que no nos estábamos aburriendo precisamente, llegamos a Vegaquemada, lo que suponía, más o menos, la mitad de la ruta. Avanzamos un poco más, rodando por alguna que otra carretera secundaria que no figura en el mapa, más un par de kilómetros de Sterratto, y llegamos a Boñar. Aquí, en mi pueblo, llegó nuestro momento "piscolabis".

Nadie lo quería decir en alto, pero nos quedaban muy pocos kilómetros para intentar coronar, de la manera más digna posible, una subida que se va a convertir en un clásico los próximos años en La Vuelta Ciclista a España.

Nos subimos de nuevo a las bicis y pusimos rumba a Sotillos. Podríamos haber ido por la carretera nueva, pero decidimos ir por una vieja, más enrevesada, con un puertecito justo antes de llegar a la base de la Camperona.

Es una opción preciosa. Puedes atravesar una carretera rodeada de robles y tranquilidad. No te encuentras con un coche ni de lejos ya que nuestros compañeros de calzada optan por las variantes más directas, pero más feas.

Cabe aquí hacer una reseña a la zona por la que rodábamos en aquel momento. Los Valles de Sabero. Qué zona tan bonita, tan acogedora....y tan abandonada.

Sí, amigos. La zona está abandonada y es un claro ejemplo de lo que ocurre cuando en un valle que vive por y para la minería, falta esto precisamente. La minería. Fuera población, fuera recursos, dentro envejecimiento, dentro abandono. En una sola palabra, podríamos hablar de pobreza, tanto social, económica, como cultural.

Pero se intentan hacer cositas como el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero o un final de etapa de La Vuelta. Es evidente que se necesita mucho más, pero la gente de la zona es una luchadora, porque saben cuánto cuesta salir adelante.

Volviendo a lo que viene siendo el cicloturismo que tantísimo me gusta, ya habíamos coronado el puertecito previo a Sotillos. Y no podía hacernos ningún daño parar un poco antes de empezar a sufrir como condenados a galeras. Así que, en cuanto vimos una fuente, detuvimos nuestro camino y llenamos el bote. Menuda escusa más cojonuda para ir mentalizándose de lo que nos esperaba.


Y ya no me podía inventar más pretextos. Ya teníamos el bidón lleno, habíamos tomado café, nos habíamos sacado fotos y no era plan de fingir un pinchazo, así que, avanzamos a través del pueblo y ya pudimos divisar en una señal de madera la palabra mágica. Camperona.

Así, para empezar animados, lo mejor que nos podía pasar era que la gente que vive justo en el desvío de la carretera que conduce a la cima, nos dedicasen unas reconfortantes palabras....

-¡Suerte en la subida! ¡Como no llevéis montado un 30, no lo vais a conseguir!

Así comenzamos. Cojonudamente. Porque yo llevo un 34-28 y no hay treinta en nada de mi bicicleta. Peor eso sí. Lo que me sobra es desparpajo, gracia y donaire, así como una gran dosis de cabezonería, así que nos metimos a ello.

Veréis. Yo me había marcado un objetivo para la ascensión de aquel soleado día. No echar el pie a tierra. Según lo que había podido escuchar acerca de la ascensión, era algo así como la subida a Valdorria, pero mucho más duro y teniendo en cuenta que en Valdorria es el único lugar en mi vida en el que se me ha pasado por la cabeza echar pie a tierra, supuse que como objetivo no estaba nada mal eso. No fracasar.

Y nada más ver la primera rampa de La Camperona, mi grito en alto resumió muy bien lo que es esta ascensión.

-¡¡PERO SI ESTO PARECE EL DRAGON KHAN!!

Es curioso que la subida empiece rodando al lado del cementerio del pueblo, porque lo ves y se te pasan muchas cosas por la cabeza. Pero en realidad, como ya nos habíamos metido en eso, qué diablos, La Camperona iba a caer, costase lo que costase...e iba a costar un montón.

La primera rampa, al 13%, te hace pensar que todo pinta muy mal, pero es que en cuanto acaba ésta, y dura muy poco, se nos presenta otra rampa, al 17%, que te obliga a ponerte en bielas, y justo después de ésta otra, viene otra al 20%, y ya te das cuenta de que no te vas a volver a sentar en el sillín hasta que te recoja el 112 o hasta que logres tu objetivo.

Pedalada a pedalada, chepazo a chepazo, vas avanzando metros. Y éstos pasan realmente lentos porque la velocidad a la que se asciende, así para el cicloturista medio como es mi caso, son los diez kilómetros por hora e incluso menos en los momentos más duros.

Te da tiempo a mucho. Te da tiempo a esquivar la gravilla para no caerte. Te da tiempo a coger el rebufo de la gente que sube caminando. Te da tiempo de ver que te queda poco para la primera curva de herradura. Te da tiempo para gestionar tal curva y alargarla lo suficiente como para tomarte un descansito.


Y es que estamos hablando de rampas tan salvajes como las que se pueden ver en la anterior foto. Y esa era la segunda curva de herradura. Pero según vas ganando altura, ya te da todo un poco igual. El sufrimiento ya es de tal magnitud, que te la pela que estés trepando una rampa al 24% porque ya no eres consciente de que te duelen las piernas, los brazos y la espalda. Ya no eres consciente de lo que te queda por subir. Ya sólo piensas en que no te puedes permitir fracasar. Ya no te puedes permitir echar el pie a tierra. Ya sólo subes por orgullo, por razones o por cojones. En realidad, ya sólo subes.

Cada vez queda menos por subir, por sufrir. Cada vez queda menos. Divisas una antena, pero es sólo un engaño de La Camperona, porque algún ingeniero decidió colocar otras dos a más de un kilómetro. Pero es un alivio pensar que sólo nos queda eso. Un kilómetro.

Y por fin, estamos en la recta final de la subida. Una recta que consideramos un descanso y eso que tiene un porcentaje del 15%. Y las pocas fuerzas con las que se llega arriba las utilizamos para empujar un poco más porque ya lo tenemos. Ya tenemos La Camperona a nuestra merced. Lo hemos conseguido. Lo había conseguido. Ya no importa todo lo que cuesta subir hasta allí arriba porque la satisfacción supera todo lo demás.





Nada más llegar Vega a la cima, tuve que preguntárselo. Durante la subida, algo comenzó a sobrevolar mi mente. Algo muy grande que nunca antes se me había pasado por la cabeza. Algo que en el mundo ciclista hay que decirlo muy en bajo y casi sin que te escuche nadie. L'Angliru. ¿Cómo sería subir el L'Angliru?

-Juan Carlos. ¿Ya me he hecho un hombre después de subir esto o tengo que ir al Angliru de las narices?

-El Angliru es mucho más duro, Dani. Hasta que no lo subas, no te haces mayor.

Así que mi mente, mi cuerpo y mi voluntad, sin ni siquiera haber bajado aún de La Camperona, ya estaban centrándose en el Angliru. Pero eso es tema de otra entrada. Vaya si lo es.

Lo único que nos quedaba era afrontar el peligroso descenso y la deliciosa comida en Sabero.

Y en esta entrada, lo único que me queda por hacer es una mención especial a los tres miembros de los GREIM de Sabero que fallecieron aquel día por la mañana, realizando su trabajo. Un abrazo muy muy gordo a sus familias, al compañero que sobrevivió y a toda su gente.