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miércoles, 6 de mayo de 2020

Etapa por la montaña centro-oriental leonesa.


¡Hola a todo el mundo!

Ayer, la UCI publicó un calendario de competición que, al menos a mí, me ha hecho ilusión, no porque crea que se va a poder llevar a cabo, la verdad, si no porque parece que se ve algo de luz al final del túnel. Entre eso y que ya he salido a rodar un par de días dentro de la franja horaria y dentro del término municipal (el de la ciudad de León es enano, por cierto) parece que el ánimo ciclista general está subiendo un poco.

Mi ánimo nunca ha estado especialmente bajo, la verdad. Esto del confinamiento lo he ido llevando bien salvo por el hecho de no poder sacar la bici y demás pero lo entiendo como algo necesario. No obstante, ¿quién me quita de hacer planes de cara a un posible verano en el que podamos salir con cierta normalidad?

Y a eso me dediqué, entre otras cosas, ayer por la tarde. A pensar en una ruta que me motivase y que, a poder ser, no saliese de la provincia de León no vaya a ser que no nos dejen hacerlo. Puede parecer que los ciclistas leoneses, si no nos vamos a la vecina Asturias no tenemos puertos, pero sólo lo parece porque sólo hay que buscar un poco. ¡Y qué puertos tenemos!

Para que a mí una ruta me llame la atención tiene que tener dos cosas. Kilómetros y varios puertos. En resumidas cuentas, lo que viene a ser la típica etapa de montaña de cualquier gran vuelta. Exigente y larga.

Y después de pensar un poco y sabiendo lo mucho que me tira a mí esa zona (mi familia procede de esas zonas) la decisión de por dónde discurriría la etapa parecía clara. Montaña centro-oriental leonesa. El punto de partida también lo tenía claro. Boñar, además de mi pueblo, es lo que más cerca queda de León teniendo en cuenta la ruta que he ideado.

Mientras iba dibujando el trazado, situando algún punto intermedio para que el perfil quedase bonito, buscando los puntos kilométricos de inicio y final de puerto, me estaban entrando unas ganas enormes de sufrir y disfrutar, todo a la vez, a lo largo de los exigentes kilómetros de esta ruta que no tendría nada que envidiar a cualquier etapa reina de Tour, Giro o Vuelta. Podría decirse que ya tengo reto para este extraño año ciclista y es este.


¿Qué os parece? Menudas cosas más bonitas que se pueden hacer por León, ¿eh? 193 kilómetros y 3625 metros de desnivel positivo son datos que no están nada mal, pero es que además la ruta discurre por alguno de los parajes más impresionantes que hay en toda la Cordillera Cantábrica. La pena es que no vaya a leer esto Javier Guillén, director de La Vuelta a España, aunque lo voy a intentar.

viernes, 17 de mayo de 2019

Gallináceos. Hoy en Panderrueda y Pandetrave.


¡Hola a todo el mundo!

Pues el día llegó y nos fuimos a subir un par de puertitos, como debe de ser. Y los elegidos fueron Panderrueda y Pandetrave, esta vez aquí en casa, nada de irse a Asturias. Y es que estos dos puertos se encuentran situados en Picos de Europa, en la parte leonesa del Parque Nacional, y no creo que me confunda si digo que será de las 10 rutas más impresionantes que se pueden hacer por toda España.

Más allá de lo impresionante de los paisajes, la etapa que nos habíamos marcado el bueno de Adrián, que fue quien la escogió, y yo, se adentraría en lo más hondo de la carretera de Picos de Europa por León. Llegaríamos hasta Caín para después subir hasta el puertarraco de Pandetrave. Y digo bien puertarraco porque desde Caín hasta la cima del puerto hay 18 kilómetros y 1200 metros de desnivel, cosa que, no sé vosotros, pero yo no lo subo todos los días (por desgracia)

Pero la ruta no iba a ser en plan estopa pura y en plan watios y medias y Koms y mierdas de esas. La ruta se trataba de otra cosa. Se trataba más de pincho de tortilla, de un par de paradas para tomar algo, de sácame tú ahora una foto, de hazme mejor tú un vídeo que voy a salir guapísimo.



Y es que no podía ser de otra forma, habida cuenta que Adrián nunca había rodado por esos territorios ciclistas. Y qué pena no disfrutar de todo eso por el mero hecho de acabar fundidos y hechos caldo, la verdad. Ya quedaremos otro día para eso, maldita sea, pero esa jornada se merecía ser paladeada como se merecen las grandes ocasiones. Menuda mierda, porque me estoy haciendo mayor y cada vez paladeo más las cosas. De mierda nada, que cada día disfruto más del ciclismo. Si intentáis decir “paladeo” muy rápido, igual vomitas o algo….y hasta aquí mis pensamientos en voz alta.

Tuvimos suerte porque el día resultó espectacular. Solazo, casi por momentos calor (para Adrián, vaya, porque por mí, que atice el sol 40 grados) ni gota de viento molesto y, dado que fuimos entre semana, poquísimo tráfico. ¡Día de diez!

Salimos poco a poco, aunque veía que el bueno de Adrián iba con un pedaleo muy entusiasta. No pasa nada porque desde Riaño, que fue nuestro punto de salida, hasta el puerto de Panderrueda, no hay muchos kilómetros y eso templaría los ánimos. Por el lado que lo subiríamos no tiene nada de dificultad, pero es cuesta arriba, qué duda cabe.

Lo bueno que tiene Panderrueda por esta vertiente es que lo que no tiene de puertarraco lo tiene, cuando llegas a la cima, de impresionante. Se te presentan de repente los Picos de Europa en todo su esplendor y, con el día que tuvimos, fue una maravilla para los sentidos. Adrián flipó bastante, que yo lo sé. Alucino yo cada vez que voy y lo he hecho muchas veces, así que con mayor motivo si es tu primera vez en bici. Porque si vienes en coche y lo vez, bueno, pues no te sabe igual de bien. En bici es como la recompensa a un trabajo bien hecho.




Es lo mismo que los descensos de un puerto. Merecida recompensa a una buena subida pero, cuidado. Siempre hay que tomar precauciones. “Pasa tú delante, que lo conoces mejor”. Pues ahí iba yo, descendiendo Panderrueda, camino de Posada de Valdeón, que por aquí sí que es un señor puerto. Sin embargo, yo no hacía más que pensar en otra bajada.

La bajada a Caín sí que es bonita. Sobre todo porque no haces más que pensar en lo mucho y muy duro que tienes que subir minutos después. “Yo no me rindo”, me decía Adrián. Y es que esa es la actitud, leñe. Se puede subir más rápido o menos, pero la idea es no desfallecer, no rendirse, saber que después de esa pedalada que te parecía imposible dar, viene la siguiente y luego otra más y que nada ni nadie te va a impedir darlas. Un puerto se sube por fuerza, sí. Pero gran parte de las ascensiones que yo he subido en mi vida lo he hecho por actitud o, dicho de otra manera, por “güevos”. No hay otra manera.

Yo sabía que Adrián no tendría ningún problema porque tiene esa actitud de la que hablo, pero la subida de Caín también tiene otras cosas, como son rampas del 20%. Una gran piedra de toque para Adrián. Si superaba eso, ya le tendría en mis redes. Volvería a apuntarse a alguna de mis idas de olla. Y tengo que decirte por si lees esto, querido Adrián, que esta etapa es en las que menos se me va la mano a mí, pero tranquilo que ya verás verdaderas idas de olla. De las que cuando llegas al coche piensas…”cómo se me ha ido la mano con este asunto”, pero no voy a descubrir mis cartas al inicio de la partida, que nos quedan muchas manos (pero qué digo, si no sé jugar a las cartas…)

Lo bueno de las rampas infernales de Caín es que como te ves envuelto en un entorno tan precioso, no te enteras muy bien de lo que vas subiendo. En la zona del mirador del Tombo, con rampas muy “Angliruliescas”, vas mirando a un lado y a otro y tu cabeza tiene que procesar muy mucho los paisajes que hay por ahí, porque son increíbles. Esto hace que no te fijes todo el rato en las rampas de locos que vas pasando, porque os aseguro que son tremendas.



Pero todo lo que comienza tiende a finalizar en algún momento y como verdaderos héroes, llegamos a Posada de Valdeón. Bien nos merecíamos tomar algo en algún bar, ¿no? Teníamos que reponer un poco, llenar el bote y afrontar la segunda parte de Pandetrave, que es la que más se asemeja al típico puerto, de pillar un ritmo, el que sea, y hasta arriba. Fue en ese momento en el que tuvimos que decidir si incorporar una sorpresilla a la ruta.

Porque, en efecto y como a mí me enseñó el maestro Vega, toda ruta ha de tener una sorpresa. De esas que acaban con las pocas fuerzas que te quedan. De esas que convierten un día perfecto en un perfecto infierno. Manu aún recuerda la sorpresa que nos metió precisamente Vega en medio de Tarna. Un desvío inesperado de unos pocos kilómetros en los que el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN dejó el pellejo. También a mí me siguen recordando de vez en cuando aquella subida sorpresa que les metí a los gallos del club entre el Puerto de Somiedo y el de San Lorenzo. La subida a Las Viñas que pasa por ser uno de los kilómetros más duros de toda Asturias, pero si está ahí, ¡por el amor de Dios!, hay que subirlo, ¿no?

Pero era la primera vez que venía Adrián conmigo y no me quiero quedar sin amigos. Debía de ser prudente en el castigo así que abortábamos plan sorpresa, que no era otra cosa más que subir el puerto del Pando. Pero bueno, un puerto arribo o abajo, ¡qué más dará! Lo dicho…que no quiero quedarme sin amigos, pero para la próxima no le libra de una sorpresa ni Rita.



De Pandetrave hasta Riaño tuvimos que lidiar, por un lado con un viento un poco puñetero en contra y, por otro, con la carretera, que está en un estado lamentable. La gente que vive por esas tierras, entre los que se incluyen bastantes familiares míos (la Tierra de La Reina a topeeee) se merece una carretera por la que no se tengan que jugar la vida.

La llegada a nuestra particular meta fue triunfal, con una sana recuperación post etapa que incluía bocata grande como un templo y helado porque yo puedo pasar sin el bocata pero una ruta de puertos, sin helado, no es ruta. Sería “jornada inválida”.

La jornada fue formidable desde todos los puntos de vista. Tiempo estupendo, no hubo percances y Adrián quedó con ganas de más, así que misión cumplida. La cabeza ya me está echando humo para idear la siguiente ruta en la que, aviso a navegantes, habrá sorpresas.

martes, 5 de mayo de 2015

Tesoros del cicloturismo. Nueva de Llanes.

¡Hola a todo el mundo!

- Iremos a Nueva a pasar el finde. Si te apuntas, ahí estaremos.
- Leñe, Buka, pues igual voy.

Así empezó a gestarse el gran fin de semana pasado. Un fin de semana que, con la excusa de la bicicleta, se basa en muchas más cosas como unas cervezas, unas tapitas, unos cachopos y, sobre todo, pasar grandes ratos con la buena gente de Nueva de Llanes y con mi amigo Buka, mi amiga Cris, la pequeña Elsa y mi compadre Yosy.

Termino la jornada laboral el sábado. Las predicciones meteorológicas en general para todo el norte son terroríficas. De hecho, en Nueva el día anterior había estado diluviando casi todo el día pero ese sábado por la mañana ya habían podido coger la bicicleta Buka y los otros poderosos Trasgus. Ellos no sabían que mi suerte con el clima astur comienza a ser algo de Íker Jiménez porque casi siempre que voy, al menos en bici, no me mojo, con lo que estaba casi seguro de que el domingo tendríamos un buen día.

Cargo a "La Americana" en Klaus, mis dos fieles compañeros de aventuras, y pongo rumbo a mi destino con muchísimas ganas. Desconectar siempre está bien y si ya acompañas el asunto haciendo lo que más te gusta como es hacer kilómetros en bici, subiendo puertos y con buenos amigos, para qué queremos más.

El año pasado, en el final de etapa de La Vuelta que terminó en Lagos de Covadonga, aprovechando que pasaba la carrera por Nueva y que también se subía el Alto del Torno, ya acudí a la llamada de mi amigo Buka para hacer una ruta y para ver a los profesionales castigarse de lo lindo, así que el territorio de Nueva no era completamente desconocido para mí. Ni tampoco sus gentes. Además coincidió que eran las fiestas de "La Blanca" en el pueblo. Un verdadero espectáculo, la verdad.

Hago un alto en el camino para tomar un cafelito, disfrutar del Puerto de Pajares y comprobar que las predicciones meteorológicas que anunciaban lo peor, se equivocaban. Muy majos los que hacen esas estimaciones y consiguen que la gente se quede en casa, anulando así reservas en hoteles y de más. Para ponerles un monumento, la verdad.


Tras el café, el sentir cómo el viento mueve mis cuatro pelos sobre mi "peazo" cabeza y una visita al baño a cambiar el agua al canario, me monto en el coche y continúo. Dos horas después de iniciar el viaje, llego a Nueva. Sigue sin llover. Un aplauso para la AEMET.

Llamada de teléfono....

- Hola, Buka. Oye, una pregunta. ¿Cómo se llegaba a Nueva? Una vez en "La Minera", ¿qué salida había que tomar?
-Pues tú tienes que ir por......¡Bah!, anda, cuelga, que ya te he visto.....

Estaba vacilando un poquito a mi amigo, pero me pilló. Buka 1 // Dani 0.

Después de los "qué tal el viaje", "qué tal vosotros", "cómo nos queremos todos", salimos a dar un paseo por Nueva. Toda la gente por la calle. Todos conocidos o medio conocidos. E incluso para mí.

Una cervecita para asentarme en la zona nunca está de más, así que eso hicimos, lo cual nos ayudó a ponernos al día y trazar nuestro plan para el día siguiente. Saldríamos pronto, sobre las 8:30 a.m. para aprovechar la mañana y así, no llegar demasiado tarde, estar con Elsa y Cris y tomar el vermú reglamentario. 

En la ruta se subiría hasta el Mirador del Fito por la vertiente de Arriondas, más tendida que la otra vertiente de Loroñe, pero más larga y con algunas rampas que se agarran. Accederíamos hasta esa cara por la carretera de Torre, UNA VERDADERA MARAVILLA DE CARRETERA, que nos dejaría a 9 kilómetros de la cima. Luego por la carretera de la costa, hasta Ribadesella y para casa. La ruta quedaría tal que de esta bonita forma, pero había que coger fuerzas.

Después de unos chipirones, una ensalada templada, no recuerdo muy bien pero alguna otra cosa, unos buenos postres y el café, fuimos a tomar algo al Trasgu, punto de encuentro y reunión de varios colegas de Nueva y de los más insignes cicloturistas de la zona. Ya era oficial. A las 8:30 a.m. quedábamos en "La Central" para tomar un café y salir desde allí, Fernando, Ángel, Diego, Buka y yo. El Trasgu de Nueva y el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN rodando juntos por primera vez y no será la última. Se prepara gran quedada Astur-Leonesa. Seguiremos informando aunque eso es otro cantar.

Toca al despertador, preparamos el desayuno (rico, rico), nos lo metemos para el cuerpo y nos vestimos de romanos. Parecía que por la noche había llovido con ganas pero las nubes estaban de retirada, ganando fuerza el sol. La temperatura era buena. Como toda buena ruta, se comienza con ese sonido, que los cicloturistas relacionamos con la felicidad, como es el de las calas anclándose en los pedales. Ese sonido que tenemos todos metidos muy adentro. "Clack-clack" y vamos a La Central.

Que si un cortado, que si ponme una pulga de esas de pollo, que si Fernando no llega, que si ya estamos todas y salimos pitando. La carretera estaba delicada porque lo que no había llovido por le día, parecía haberlo hecho a la noche. Nos estábamos poniendo perdidos, pero daba igual porque el sol prometía secarnos. El sol y las rampas que nos íbamos a ir encontrando por el camino.


Mientras comentábamos la jugada, casi sin darnos cuenta ya estábamos en Ribadesella. ¡Anda que no dancé yo por ahí de chaval! Pero os aseguro que no llevaba la bicicleta. Qué tiempos aquellos de la época heroica.

Pasamos el puente de la ría, dejamos a un lado la carretera que nos llevaría a las Cuevas de Tito Bustillo y comenzamos con la carretera de la costa pero al poco, ya nos desviamos a la izquierda. Empiezan las rampas. Territorio comanche.

Tampoco teníamos prisa y nuestra idea era, no ir parados, pero esto no se trataba de una carrera. Esto es CICLOTURISMO, así que poco a poco salvamos la primera rampona de unos 300 metros que, así sin avisar, siempre hace que las piernas piquen un poquito.




Nada más salir de la carretera de la costa y, por decirlo de alguna manera, adentrarnos en la montaña, la vegetación se hizo con el control de todo lo que podíamos ver. Perecía que estábamos en Costa Rica o algo así. El túnel vegetal por el que comenzamos a transitar era tan tupido que por momentos parecía hacerse de noche...


Y, a parte de lo maravilloso de esta sensación vegetal, lo cierto es que estábamos subiendo un puertito de unos 5 km y nos quedaba por delante, otro minipuerto de otros cuatro, prácticamente enlazados el uno con el otro.

Pequeño descenso y comenzamos éste segundo minipuerto. La carretera está más despejada de árboles que antes, lo que nos permite ver la montaña. Así estábamos más distraídos a la hora de afrontar alguna de las rampas que parecía que se agarraban. Vas cómodo sentado pero, sin venir a cuento, te tienes que poner sobre bielas y piensas...."¿pero si parece que no vamos subiendo, leñe?"

Pero a pesar del esfuerzo, siempre hay un hueco para hacer amigos nuevos, como fue el caso de uno de los personajes del día. Me explico....

La cosa es que me retrasé un poquito para sacarle una foto guapa a Buka. Saqué el móvil del maillot y la lente estaba empañada, con lo que la foto quedó de pena...


Pero al fondo se podía ver a una colega que consideraba que estaba en su territorio y no pasaba por ser uno de sus planes apartarse para dejarnos pasar. "¡Y no se aparta la tía!", comentó Ángel, el Trasgu poderoso del 105.

Así que cuando me tocó a mí pasar al lado de nuestra amiga vaca, decidí tirarle una foto. No tenía ni idea de cómo quedaría porque la hice en movimiento, a la remanguillé y sin un plan preconcebido, pero cuando el día terminó y revisé las fotos, descubrí que pillé a nuestra nueva amiga posando y bien atenta al objetivo, así que...."decid PATATA....."


Después de este momento "foto justo en el momento preciso", tocaba descender para enlazar con la carretera que nos llevaría a la cima del Mirador del Fito. Una paradita para mentalizarnos y leña...


Fue justo aquí donde comenzó todo. Yo, la verdad, es que no tenía un plan muy claro de cómo subir el puerto. Mi idea era hacerlo junto al Buka hasta que él me comenzó a hablar. 

- Vamos a darnos caña. Tú hazme caso a mí. Que me quiero probar.

Pues nada, que había que meter el plato grande, así que haciendo caso a mi amigo Buka, comienzo a tirar fuerte. Él me sigue como había prometido. Y más fuerte, y más fuerte, y más fuerte. Tira que te tira del plato grande hasta que en un momento dado me doy cuenta de que estoy más solo que la una y ni rastro del Buka, ni de Ángel, ni Fernando, ni tampoco de Diego.

Con todos estos ingredientes y dado que el daño ya estaba hecho pensé que sería un buen día para castigarme seriamente. "¿Por qué no?", pensé, o dije en alto porque, como sabrán los lectores habituales, de vez en cuando hablo solo.

Así que me puse sobre bielas a tirar como un demonio del plato grande hasta que no pudiese más, hecho que se produjo después de cuatro kilómetros, tras los cuales decidí que sería buen momento de engranar el plato pequeño y evitar, de esta forma, la angina de pecho.

Con el plato pequeño tocaba cambiar de estilo. Sentado y con cadencia, tirando de riñón si fuese necesario. Así llegué a la parte final. Esta vertiente la conocía, pero de haberla bajado el año pasado con Jorge y el galgo de Cádiz. Recordaba que había bajado rápido con lo que las rampas tenían su aquel. De hecho, los últimos dos kilómetros se hicieron durillos, la verdad. Pero con un sprin final la mar de digno, coroné.


Las vistas eran espectaculares desde allí arriba. Los Picos de Europa aún contaban con una pequeña túnica invernal en forma de nieve, pero es que la luz del día era muy singular.


Y mientras yo estaba enfrascado en contemplar lo maravilloso del panorama (y echando una meadita, que no va a ser todo tan bucólico), fueron llegando los compañeros.


Ángel

Fernando

Diego
Para celebrarlo, tomaríamos algo en el bar que hay ahí arriba y comentaríamos la jugada. Que si tal, que si cual, hasta que cuando más a gusto estábamos, siempre alguien dice algo en plan, "bueno, qué, ¿seguimos o nos quedamos aquí?".

Total, que iniciamos el descenso, rápido y vertiginoso por el lado de Loroñe de la subida del Fito. Con el Cantábrico de fondo, os podéis imaginar lo bonito del impresionante espectáculo.


En nada y menos nos encontrábamos en la carretera de la costa, de nuevo en dirección a Ribadesella, primero, y luego hasta Nueva, finalmente. Pero si hay algo que caracteriza a esta carretera es lo rompepiernas que es. De hecho, creo que una foto de su trazado debería de ser la definición de esta expresión tan ciclista. Rompepiernas. Digo más. Hay dos repechos a partir de un pueblo que se llama Berbes que, madre mía, cómo pican "les pates". 

Pero ya daba todo un poco igual porque el día estaba siendo formidable. La compañía era impresionante. Buen rollo, buen ritmo y buenos puertos. Si además sumamos que todo el mundo pensaba que iba a diluviar y, sin embargo, hacía sol y calor, para qué queremos más. 

Nuevo paso por Ribadesella. Pilota la grupeta Diego. Tira de todos nosotros exprimiendo las fuerzas que le quedan por alguna que otra rampa traicionera. Nos deja en la carretera que conduce a Nueva perfectamente. Ahora todos trabajaríamos para él.


Ángel, su fiel compañero, no le deja ni a sol ni a sombra. Fernando, un poco más adelante, hace de enlace hasta Buka y un servidor, que procurábamos tapar todo el aire posible. Pero Nueva ya estaba ahí delante. Diego no nos ataca, por puro respeto, y no se hace con la victoria. La etapa la ganamos todos porque el día de CICLOTURISMO fue impresionante.

Volveré. Y casi seguro que no una sola vez más. Un día de estos me empadrono allí. He dicho. 

viernes, 10 de abril de 2015

Tesoros del cicloturismo. Gamoniteiro y Ermita de Alba.

¡Hola a todo el mundo!

Os pongo un poco en antecedentes. Hace ya unos añitos, como cuatro o algo así, alguien me habló de una subida, cerca de La Cobertoria, que llegaba muy muy muy muy arriba y que tenía unas rampas de esas que se agarran de verdad.

El tiempo y más conversaciones me enseñaron que esa subida se llamaba El Gamoniteiro y yo tenía desde aquel momento la intención de subirlo pero resulta que, por unos motivos u otros, no me estaba resultando fácil.

Un día, Buka quedó con Vega y Susana para hacerse unos puertos por la zona de Quirós y, ¿adivináis qué puerto subieron?

- Menudas subidas más guapas, Dani. Subimos un puerto, con un nombre raro...Gamo...Gamon..

- ¿Gamoniteiro?

- ¡Exacto!

Total. Que Buka ya lo había subido y a mí se me seguía resistiendo. Lo más cercano a subirlo fue el año pasado, durante una de mis incursiones en terreno Astur, el Gran Día en el que subí L'Angliru. Aquel día tenía intención de salir de Pola, subir La Cordal, Angliru, volver a subir la otra vertiente del Cordal, meterme por Cuchu Puerco y, una vez en la carretera de La Cobertoria, llegaría hasta arriba. La cosa es que por aquí se pasa por el desvío que conduce al Gamoniteiro, así que allí decidiría porque después del palizón que llevaba encima, no quería pasarme y no disfrutar la subida.

Justo antes de llegar al desvío, una especie de conato de calambre en una pierna me indicó que aquel día, con llegar a Cobertoria y bajar hasta Pola tenía más que de sobra. Si a esto le sumamos que justo en la cima, comenzó a pintear agua, pues día completo.

Para más inri, resulta que las cabezas pensantes de La Vuelta a España han incluido un final de etapa para este año en Quirós que terminará en la Ermita de Alba. Puede que no tenga mucha relación con lo contado al principio pero es que resulta que ambas subidas no quedan muy lejos una de otra, con lo que cualquier amante de los puertos de montaña como soy yo, comienza a trazar rutas que conectan ambas ascensiones.

Pero la casualidad ha querido que Susana y Vega hayan querido formar parte del proyecto que tanto me ilusiona, el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN, y ¿sabéis lo que llevan diciendo desde el primer día que dio comienzo la andadura del Club?

- ¡A ver cuándo os animáis a venir un finde a Quirós y hacemos una etapa con Gamoniteiro y Alba!

Así que tal oportunidad ha surgido este pasado fin de semana, con ocasión de la Semana Santa en la que "Los Vega-Álvarez" pasarían unos días en el territorio de Susana, que no es otro que el Concejo de Quirós.

A mí me coincidía fenomenal, así que me apunté a nada que me invitaron. No podía dejar escapar la oportunidad de subir ni Cobertoria, ni Gamoniteiro, ni la Ermita de Alba, pero lo más importante. No podía dejar pasar la oportunidad de pasar un fin de semana con gente tan fantástica como son Vega y Susana.

Y allí estábamos. Susana, Vega, otro compañero del Club BTT Pelayo, con el que habíamos compartido kilómetros en las rutas de Cerredo del año pasado, llamado Rubén, y un servidor. Seríamos los cuatro valientes que nos lo íbamos a pasar como enanos. Eso lo teníamos claro.

Lo que pintaba un poco regular era el día, que amaneció con bruma y el sol no parecía tener muchas ganas de manifestarse. Además, calor, lo que se dice calor, pues no hacía. Las primeras dudas surgieron. Que si guantes largos o cortos, que si térmica o no. ¡Qué dudas!

Todo quedó resuelto al ver pasar a un grupo de ciclistas que bajaban de Cobertoria. Muchos de corto, con cara de frío, eso sí, pero de corto, así que decidimos salir con un poco de todo. Sin ir más lejos, yo salí con guantes largos que me puse para salir, me los quité a los dos kilómetros y no los volví a poner.

Salimos de Bárzana de Quirós en dirección a la subida de La Cobertoria, pero lo haríamos por Lindes, subida ésta más tendida y presidida en todo momento por Peña Rueda, una pirámide natural increíble.


Carretera estrecha, bacheada pero sin ser algo molesto, cubierta de vegetación dormida, porque la primavera acaba de empezar, un riachuelo acompañándonos y el sol se había impuesto con claridad. Todo pintaba muy, pero que muy bien.


Si bien esta vertiente no tiene los rampones de las otras dos caras de la Cobertoria, por este lado no paras de subir y en lugar de poco más de diez kilómetros, estamos hablando de un puerto de veinte kilómetros, con lo que lo que le falta de una cosa, se compensa con otra.

Pero más allá de desniveles, datos y de más, el día se trataba de otra cosa. Se trataba de otro ciclismo. Se trataba de CICLOTURISMO. Cada pedalada era un punto más a nuestro favor. Cada pedalada era un momento para el recuerdo. Cada pedalada era un motivo más para seguir haciendo lo mismo.

Las sensaciones que iba teniendo en cada metro de ascensión son tan indescriptibles que incluso a alguien tan locuaz como yo, se le hace casi imposible describirlo con palabras.


Estábamos en la mitad de la subida y para continuar había que afrontar un rápido descenso a través de una carretera, la QU-5, en malas condiciones. Muy estrecha, con las humedades propias de estas fechas, la mayor parte de las curvas eran ciegas. Debíamos de tener mucho cuidado. "¡COCHE!", se le escucha decir a Vega, que es quien conduce la bajada. Yo le copio. Un todo terreno, el de la Guardia Civil, es el que casi nos comemos, y eso que somos cautos y prudentes. ¡Imaginad si fuésemos mal!

No quedaba nada para la cima de La Cobertoria y la vegetación nos empezaba a dejar contemplar la maravilla que es toda esta zona. Unos valles profundos que dejan intuir algún que otro pueblecito. Cuento de hadas, se podría decir. Y mientras estaba ensimismado en todo esto, justo delante de mí, ahí estaba el primer objetivo del día.


Ya habíamos hecho presa y esto no había hecho más que empezar porque en todo momento podíamos ver el repetidor que hay en el Gamoniteiro. "¡Hoy no te me vas a escapar, condenado!", le repetía una y otra vez, siempre que lo tenía a tiro.

Y comenzamos a bajar en dirección al desvío hacia el coloso. Hacia, prácticamente, el cielo. Y es que, como se puede ver en las fotos, no había ni una nube que ensombreciese nada. "Lo he subido once veces y nunca había pillado un día como el de hoy", comentaba Vega. Yo no quería decir nada, pero la verdad es que suelo tener suerte con el tiempo en mis incursiones astures. Dicho lo cual, es muy probable que jamás vuelva a ver la luz del sol en el Principado. A ver si sigo con mi racha.

Alcanzamos, en nada y menos, el cruce que nos conduciría al repetidor. Y es curioso porque casi siempre que Juan Carlos organiza una ruta, acabas en un repetidor, pero sarna con gusto no pica.

Las primeras rampas, la verdad es que no son duras. Ni siquiera pican las piernas, pero es justo esto lo que quiere que pienses el Gamoniteiro. Quiere que le trates como a uno más. Pero yo ya venía aleccionado. La clase maestra me la dio el año pasado su vecino el Angliru. Él me había dicho que "SOMOS LO QUE LOGRAMOS", y que lo más probable es que nos costase, pero que al final del todo, la recompensa en forma de satisfacción era inmensa. También me dijo que él era el más duro de todos los puertos Asturianos, así que sabiendo eso, Gamoniteiro me costaría, sí, pero que podría con ello.

Y más teniendo en cuenta que este año, en todos los aspectos, estoy mejor preparado para subir puertos que nunca. Cambio de estilo de pedaleo a la hora de subir. "Te pasas más tiempo sobre bielas que sentado", me dijo Vega. Y es que así subo mejor. Es uno de los cambios. Me lo enseñó el Angliru y La Camperona, ésta última subida fue la que me picó a, no sólo intentar, si no a buscar puertos extremos.

Y ahí me veía yo, rodeado de cimas inmensas, rocas peladas, prados llenos de caballos, buitres volando a escasos metros de nosotros y, sobre todo, tres compañeros de subida formidables. Nadie exigía nada a nadie, todos sabíamos que íbamos juntos y todos sabíamos que llegaríamos juntos de uno u otro modo.

Pero esta subida era algo personal, llevaba mucho tiempo detrás de ella, así que sobre bielas, apreté un poco el ritmo, me concentré y el Gamoniteiro comenzó a hacer que mis piernas picasen.


Una vez que ya te pones en modo "ascensión", en mi caso siempre me pongo en lo peor. Siempre pienso que un muro imposible e infinito va a aparecer al otro lado de cualquier curva, así que en el momento en el que una zona hormigonada se interpuso en mi camino, me imaginé que sería así hasta arriba, ¡y aún quedaban varios kilómetros!. Pero por fortuna esta zona sólo duró unos cien metros. Menos mal.

Y qué reconfortante es cuando personas que están pasando el día en la montaña y ven cómo te esfuerzas y te retuerces sobre la bicicleta, te regalan alguna palabra de ánimo en plan "vamos, campeón" o mi favorita. "¡Venga, que ya lo tienes!", a pesar de que aún falten varios kilómetros. Y en esta subida no te consiguen engañar porque puedes ver la antena en todo momento.

Llega un momento en las subidas a los puertos en el que el dolor de piernas desaparece. Da lo mismo las rampas que se crucen en tu camino porque ya no hay dolor, ya te da todo lo mismo. Pero lo más curioso del asunto es que en ese preciso y precioso momento es en el que más estás disfrutando. Es el momento en el que más te fijas en el paisaje, en la carretera, en la sensación del sol sobre tu piel o el viento rozando tu cara. El momento en el que la lluvia desaparece y el frío deja de ser doloroso. El momento por el que has sacado tiempo de donde no lo hay para entrenar y poder estar preparado para subir puertos.

Y este instante dura hasta que ves el cartel marrón con el nombre del puerto en cuestión o, en el caso de este magnífico día, hasta que te das de frente contra una antena gigante que marca el punto final de esta preciosa y muy recomendable subida.


Este pequeño rato de soledad me permitió hablar en solitario con el señor Gamoniteiro. Me permití el lujo de decirle que había sido un placer y que no sería la última vez que nos volveríamos a encontrar. También le dije que su amigo y vecino Angliru me parece más duro, pero que es un digno final de Vuelta a España.

Y poco a poco, fue llegando el resto de la tropa...


Allí, todos juntos, con el espectacular día que teníamos, pudimos comprobar la inmensidad de la Cordillera Cantábrica. Podíamos ver los Picos de Europa perfectamente, allí a lo lejos, allá abajo. ¡Menudo regalo que la naturaleza nos estaba brindando!


Pero había que bajar y por lo que pudimos comprobar durante la subida, salvo dos pequeños tramos de hormigón, el resto de la carretera estaba bastante bien, así que sería un descenso para disfrutar. Para disfrutar y para detenernos y sacar unas buenas fotos. El único problema de hacer esto último era escoger dónde sacar la foto porque, insisto una vez más, el día estaba siendo impresionante.

Todos los planos eran preciosos. También se podía ver el siguiente gran objetivo del día, La Ermita de Alba. Lo que no se podía ver con claridad eran las últimas rampas de Alba, pero eso lo comentaré en un ratito.


Por el momento estábamos bajando el Gamoniteiro y, además, también debíamos de bajar la Cobertoria en dirección a Bárzana de Quirós. Esta segunda bajada, ya con una carretera estupenda, supuso que la velocidad, las tumbadas, el acople y todo lo demás que se suele hacer en una bajada, aumentase, cambiase, mejorase o lo que sea. La cosa es que bajábamos como tiros. Las curvas eran amplias, sí, pero los porcentajes que hay de este lado hacían que algunos giros se te hiciesen cortos y el quitamiedos se acercase demasiado, pero no tuvimos ningún susto.

Y llegamos al punto de inicio. Bárzana. Aquí el equipo se dividía. Susana y Rubén quedaban en casa y Vega y yo continuábamos para acometer la subida a La Ermita de Alba.

Los primeros y únicos kilómetros llanos de la jornada los íbamos a vivir justo antes de alcanzar el desvío para Salcedo y Alba, en donde nos encontramos las huellas de un compañero y amigo de esto da las subidas, como es Marce Montero.


Y comenzamos la subida. Yo, lo único que conocía de este reto era que iba a ser final de etapa de este año, que tenía rampar de quitar el hipo y que no era excesivamente larga, pero poco más. Dónde estaban los rampones sería algo que descubriría sobre la marcha ya que me había centrado mentalmente muchísimo en el Gamoniteiro.

Carretera estrecha, de asfalto con brea líquida en días calurosos. La típica carretera que a mí me enamora a primera vista como así sucedió desde el primer metro de la subida. La verdad es que una vez que te metes en materia en esto de subir puertos, llega un momento en que te da igual lo que te echen, o al menos eso me pasa a mí, así que estaba disfrutando muchísimo de todo lo que nos rodeaba a Juan Carlos y a mí.

La primera parte del puerto estaba siendo bastante normal. Tenía sus momentos de dureza, sus curvas de herradura, pero nada por lo que puedas pretender echar el pie a tierra o algo así. Pero llegamos a Salcedo y algo parecía cambiar. Sobre todo lo notaron las piernas.



Y justo aquí, la subida a La Ermita de Alba demuestra por qué va a ser foco de atención mundial en la próxima edición de La Vuelta Ciclista a España.

Podríamos definir esta subida como una sucesión de escalones. Primero te topas con una pared al 20%, tienes un "descanso" al 12% y te vuelves a encontrar con un muro al 20%. Y así todo el santo rato hasta que llegas a la parte final. Y es que en la parte final, en lugar de un desnivel al 20%, te encuentras con una rampa de garaje a más del 25% por ser conservador y no pasarme. IMPRESIONANTE.


Tras una buena conversación con un motorista que también era ciclista y estaba estudiando la subida, nos sacamos las pertinentes fotos con el logro y encaramos el descenso.

Un descenso que tiene su miga porque hay partes un poco desconchadas que te encuentras en plena curva a 60 kilómetros por hora, medio tumbado, así que es algo peligrosilla por este hecho. Lo cierto es que Vega y yo la bajamos bastante alegremente, también es verdad.

Ya sólo nos quedaba llegar a casa donde nos esperaban Susana y Rubén con algunas que otras barritas energéticas...


¡Qué fin de semana más fantástico! Ruta en bicicleta impresionante, puertos de montaña de los que se recuerdan para siempre, paisajes increíbles, risas casi constantemente y, esto es lo más importante, unos compañeros y amigos de primera especial. No sé cómo agradecerles este fin de semana. Lo que les califica como personas es la respuesta a esto último. "Viniendo más veces, Dani".

Contad con ello, amigos míos. Contad con ello.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Tesoros del cicloturismo. Puertos de Pandetrave y Panderrueda. Tierra de la Reina.

¡Hola a todo el mundo!

La verdad es que tenía que haber escrito esta entrada hace ya mucho tiempo, pero me he estado dedicando a hacer kilómetros fantásticos. Probablemente, los más fantásticos desde que empecé a darle duro a esto del pedal.

No llevo muchísimos kilómetros. No está siendo un año de estos bestiales en los que se hacen más de diez mil. Es más, a día de hoy llevo unos cinco mil y pico o algo parecido, pero han estado muy bien aprovechados.

Y cerca de cien de estos kilómetros, transcurrieron por una de las zonas más fantásticas para hacer cicloturismo del bueno que hay en España entera. Y creo que no estoy exagerando. Bien es cierto que no soy del todo imparcial, porque dicha zona es la tierra de mi familia. La Tierra de la Reina, en los Picos de Europa.

A ver. Para poneros en antecedentes. El pueblo donde nació mi abuelo materno, se llama Villafrea de la Reina. Es un pequeño pueblo junto al Parque Nacional de los Picos de Europa. Un pueblo pequeño rodeado de bosques de hayas y robles es imposible que sea feo, así que si a esto le sumamos que le tengo mucho cariño, pues esto hace que sea para mí uno de los pueblos más preciosos que hay.

Por proximidad, los Picos de Europa para mí suponen una especie de paraíso sin comparación ninguna. Un lugar que en nada tiene que envidiar a otras zonas muchísimo más conocidas de Europa como los Pirineos o los Alpes. Y sí. Estoy situando esta zona a la altura de esas otras dos. 

He ido aproximadamente y sin exagerar, tres millones de veces a los Picos de Europa pero, ¿sabéis cuántas veces había estado en bicicleta? En efecto. Ni una sola vez. Así que aprovechando que tenía unos días libres, decidí ir con Klaus hasta Caín, inicio de la Ruta del Cares, e inicio de una ruta que llevaba años con ganas de hacer.

Lo que tenía en mente era una ruta circular, con salida en Caín. Lo más destacable en cuanto a la dureza, son los primeros kilómetros que separan la salida, de Posada de Valdeón. Ya sabéis. Donde el queso de Valdeón.

Los primeros kilómetros de esta ruta son realmente duros. Los porcentajes de las rampas iniciales dan mucho miedo, pero nada que me amedrente. Según sales del empedrado de Caín, para poder ver la continuación de la carretera tienes que mirar hacia arriba. Un 20% hacia arriba.

Así que, conociendo todo esto, monté la rueda delantera de "La Americana" y comencé a pedalear. El sentido de la ruta que escogí fue en el que se sube primero Pandetrave, pero hasta llegar a la cima de este precioso puerto, tenían que pasar aún muchas cosas. 

Como os he adelantado, hasta llegar a Posada de Valdeón, las rampas que hay que superar son durísimas, sin embargo, puede que sean de las rampas al 20% de las que menos te enteras. La razón es el maravilloso espectáculo que los Picos de Europa nos regalan. Hasta que no se viene por esta carretera, no comprendes el "por qué" de lo de "Picos" en los Picos de Europa. 

Estás sufriendo desde el primer metro de esta ruta, tienes metido el 34-28 en mi caso, desde la primera pedalada del día, pero en realidad estás disfrutando de lo lindo. Tremendos picos, tremendos bosques, tremendo color verde que todo lo envuelve. Y en el día en el que fui yo, tremendas nubes amenazantes por todos los lados, aunque eso os lo cuento un poco más adelante.

La cosa es que iba superando, rampa a rampa, el difícil camino que separa Caín de Posada. Lo peor era que esta zona y en esta dirección, así como tiene tremendas rampas, también tiene tremendas bajadas cortas que, en el sentido opuesto, se iban a convertir unas horas después en unas rampas muy fastidiadas (vamos, jodidas) y más teniendo en cuenta que llevaría en las piernas unos ochenta kilómetros.

A pesar de mis divagaciones, finalmente llegué a Posada de Valdeón y tomé el desvío en dirección a Portilla de la Reina, la tierra de mi abuelo. Entre medias, Pandetrave. Oficialmente empieza en Caín, así que me quedaba menos para llegar a la cima. Hasta aquí, el balance del puerto estaba siendo tremendamente duro. Y eso que yo había pasado en coche mil veces. Si esto a alguien le pilla de nuevas, se va a encontrar con un serio problema, porque esto acababa de empezar.

La carretera ya había cambiado. Ya no era extremadamente estrecha. Ahora era buena, con dos carriles y algo de arcén. En cuanto a la dureza, si bien había suavizado, para nada era algo sencillo. Y mucho menos cuando nos acercamos a Santa María de Valdeón. Aquí nos encontramos con una rampa al 16% que nos obliga y mucho.

Una de las principales razones por las que escogí hacer la ruta en este sentido era para realizar una comparación. Hace unos años, en la única oportunidad que he tenido hasta la fecha de ir a Pirineos, pasé por el Col d'Aspin. Lo primero que recuerdo de aquel paso es que dije...."esto me resulta familiar". Y lo dije, porque me recordaba muchísimo a Pandetrave. Y, en efecto, estaba confirmando aquella apreciación. Me parecen puertos gemelos. Puede que el coloso francés tenga algo más de dureza, pero en cuanto al paisaje son idénticos. 

Ya había dejado atrás Santa María de Valdeón y la ascensión me estaba aproximando cada vez más a la niebla que tapaba la zona de la cumbre. Imaginad la estampa. Mucha vegetación, una subida que te permite disfrutar, un nuevo cambio de asfalto a otro más rugoso y niebla. Esto estaba haciendo mis delicias. Toda la situación estaba recubriendo el día de un manto épico con el que no había contado. Y también podemos sumar a esto los truenos que sonaban de vez en cuando y en lo lejano. Pero no les estaba dando demasiada importancia.

Por fin coroné. Por fin había cumplido el primer sueño del día. Por fin, Pandetrave, al saco.


Las vistas del valle de Valdeón.
La parte de este puerto que da para la Tierra de la Reina, es más tendido, más despoblado de vegetación, más solitario, más salvaje. Realmente es el típico lugar en el que te sientes solo. Pero en realidad estás con tu bicicleta. ¿Para qué más?

Hice una parada para disfrutar del silencio de la zona y sacar unas fotos. Además había visto algo en la carretera. Como a kilómetro y medio de donde yo estaba. "Un perro suelto", pensé...


Pues si os fijáis bien en la foto, os he señalado con un pequeño círculo rojo la situación del cánido. ¿O debería decir lo que yo pensaba que era un perro? Mejor, sí. Porque cuando llegué hasta allí, en realidad era un toro grande como un castillo. 

Tras esta anécdota que ahora seguro que no os dice mucho, pero había que ver al torito, llegué a Portilla de la Reina. Y una vez en el cruce de la carretera general, me di cuenta de una cosa que me resultó la mar de curiosa.

Me habréis escuchado alguna vez que otra, que yo suelo entrenar por la Carretera de Santander, que me lleva hasta el Condado y, de ahí, para la Sobarriba y bla bla bla.

Pues bien. La carretera general de Portilla, que era la que me conduciría hasta Riaño, es esta misma carretera de Santander. Es la Nacional 621, que bajó La Vuelta este año, tras coronar San Glorio, en dirección a La Camperona, sobre la que tengo pendiente una entrada. 

Me resultó curioso terminar rodando, un día más, por la carretera de mis entrenamientos diarios.


Ahora, el valle se abría mucho. Como podéis ver en la foto, el día había despejado, pero no era del todo cierto, porque lo que ocurrió fue que me estaba alejando del cogollo de nubes. Sin embargo, la ruta, tarde o temprano, me llevaría de nuevo hasta el centro de la tormenta.

Seguía comiendo kilómetros y bebiendo mucha agua. Empezaba a tener el bidón un poco seco, pero no había problema porque estaba en casa. Estaba en la Tierra de la Reina. Me estaba acercando a Villafrea de la Reina. El pueblín de mi abuelo y mis primos.


Tras el impacto inicial al que sometí a mi familia, por lo de verme en mallas y tal, comenzamos a charlar. Con el bote lleno y la bolsa de los besos llena, comenzaron a escucharse unos cuantos truenos. La cosa no pintaba bien, aunque la familia me tranquilizó con un "ayer también estuvo tronando pero, al final, no llovió nada".

Me tenía que poner en marcha de nuevo. Fue una gozada visitar a la familia, pero los trueno, por mucho que ellos dijesen, me estaban inquietando. 

Primero llegué a Boca de Huérgano y ahora tocaba rodar acompañado del embalse de Riaño. Esa faraónica obra que en nada a beneficiado a nadie de por allí. La carretera de esta zona es la típica de los pantanos. Un sube y baja continuo con agua de un lado y una montaña del otro. Y de lo que me estaba empezando a dar cuenta era de que tras la montaña, se escondía la caja de los truenos, literalmente.

Ya divisé Riaño (el nuevo, porque el viejo, original y precioso Riaño, lo mandaron al garete entre unos y otros a base de miles de litros de agua) y el desvío que tenía que tomar en dirección a Cangas de Onís, aunque yo no llegaría tan lejos.

En este cruce, que también separa dos valles, pude ver finalmente lo que escondía esa caja de los truenos. La cosa pintaba, no mal. Pintaba fatal...



Parecía un hecho que me iba a mojar y mucho. Así que sin más dilación, comencé a pedalear. Comencé a pedalear y utilicé un truco que siempre uso cuando la cosa se pone bajo lluvia. Mantener siempre una cadencia por encima de 95. No bajar de ahí. Así te mantienes caliente y pegado a la carretera. Pero aún no había comenzado a llover.

Sin bajarme siquiera de la bici, me puse el impermeable. Y lo hice justo en el momento en el que un enorme rayo, acompañado de un tremendo trueno, dio la salida de mi carrera contra la tormenta. Un aguacero digno de los mejores versículos del Arca de Noé, comenzó a caer.

Agua, granizo, truenos, rayos, frío y viento. En esto se había convertido el día. El puntito que le faltaba de épica a la etapa, la meteorología se había encargado de administrárselo. Ya no se veían las marcas de la carretera. Ya no se veía más allá de escasos diez metros, no por niebla, si no por lluvia. Los pocos coches que me encontraba, habían decidido aparcar en alguna zona.

Y en medio de esa galerna, ahí estaba yo, dando pedaladas desesperadas por encima de 95 de cadencia, utilizando esto como salvavidas, en parte para mantenerme caliente, en parte para mantenerme entretenido en otra cosa que no fuese la pedazo de tormenta que me estaba merendando.

Y por fin llegué a lo que me había marcado como escapatoria. Otro cambio de carretera y, por tanto, de valle. Esto suponía que la climatología cambiaría sí o sí, porque la tormenta estaba yendo para la zona del puerto de las Señales. Ahora estaba en Vegacerneja capeando el temporal como buenamente podía.

Es aquí, más o menos, donde empieza la cara suave del puerto que faltaba por subir en la jornada de aquel mítico día. Panderrueda (por Vegacerneja).

Como os decía, el tiempo cambió. Pasé de estar en medio de la tormenta a estar en medio de la niebla y, como telón de fondo, truenos que no hacían más que recordarme que la tormenta estaba cerca. Así que como no iba a poder disfrutar mucho de las vistas, me agarré a la cruz del manillar y me dediqué a tirar duro en la subida del puerto. 

Me sumí en un profundo estado de concentración, sólo perturbado por los relinchos de los caballos que había en medio de la carretera y a penas esquivaba unos pocos metros antes de toparme con ellos, porque a medida que subía, la niebla se hacía más y más densa.

Por fin llegué al último cambio de carretera del día. Ahora tenía dos opciones. Ir a la izquierda y llegar hasta El Pontón o ir a la derecha hasta Panderrueda. Como el Pontón ya lo había subido hacía unos años, hoy tocaba girar a la derecha, así que me quedaba poco de subida. Sólo cuatro kilómetros que transcurrirían por una carretera muy pequeñita de montaña, entre un bosque muy denso de robles y un banco de niebla con igual o mayor densidad. Pero os aseguro que la escena parecía de cuento, aunque no sé si de hadas.

Tocaba hacer una paradita para sacar foto del momento...



Me debatía entre estar hasta las narices del día de mierda que me había tocado o estar super contento y victorioso por estar superando semejante ruta en tremendas condiciones. Como yo soy muy positivo, iba ganando lo segundo.

Y comencé la ascensión final del puerto. Lo cierto es que la niebla estaba envolviendo todo de algo especial. Lo estaba envolviendo de algo que haría que ese día jamás en mi vida se me olvide. Estoy seguro de que en mi lecho de muerte, y espero que sea dentro de muchos años, ese día lo recordaré perfectamente.

Mi cara estaba manchada de agua, sudor, arena de la carretera. En definitiva, mi cara reflejaba el esfuerzo de aquel día, pero mis ojos brillaban de forma triunfal, porque nada ni nadie estaba pudiendo detenerme en mi hazaña.




Estaba llegando a un punto en el que no quería que ese día se acabase. No quería terminar. Estaba disfrutando enormemente de la bicicleta allí, en aquel mágico lugar y con ese clima, que supuso en todo momento el ingrediente final que hizo de esa ruta, una de las mejores de mi vida.

Y de entre la niebla, por fin apareció el cartel marrón del puerto. Ahí estaba el reto. Ahí estaba Panderrueda.


Lo peor del día es que desde ese punto, con un día claro, las vistas son impresionantes, sin embargo, como podéis ver en la foto, el panorama no era el adecuado.

Sólo quedaba bajar. Y no era algo menor, porque si las subidas estaban siendo de ciclismo de otros tiempos, la bajada de este puerto se presentaba muy peligrosa. De este otro lado, las partes con niebla estaban muchísimo más mojadas. 

Rápidamente la niebla dio paso a la lluvia. El asfalto estaba muy resbaladizo. Cada curva se estaba convirtiendo en todo un reto de precisión a la hora de tocar el freno. Siempre he creído que si eres un buen bajador o no, se mide en días como ese. Rápido es muy fácil bajar. Pero tocar el freno en un día de lluvia es como tocar el solo de guitarra de Kirk Hammett en Battery. Espero no resultar muy presuntuoso, pero puedo deciros que yo sé bajar.

Y por fin llegué a Posada de Valdeón de nuevo. Sólo quedaban unos pocos kilómetros. Ya lo tenía chupado. 


Tras superar alguna que otra rampa al 20% que hacía unas horas eran en bajada, cada vez me quedaba menos para llegar al final del día. Había sido duro y mi cuerpo lo estaba notando. No me habían salido muchísimos kilómetros, pero las condiciones habían sido extremas y no fui muy despacio que se diga.

Por fin volví a notar el incómodo adoquín de Caín. Por fin vi a Klaus de nuevo. 


El día se había terminado, pero acababa de nacer un recuerdo en mi memoria imborrable. Uno de los mejores días que he pasado sobre la bicicleta. Grandiosa ruta.