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miércoles, 29 de abril de 2020

Locuras ciclistas.


¡Hola a todo el mundo!

Mientras hago rodillo, probablemente ya os lo habré contado algún día, suelo escuchar la radio o algún podcast. Me gusta tener la mente pendiente de otras cosas que no sean dar pedales sobre el potro de tortura. A mí me funciona bastante bien. No obstante, a veces la cabeza no se me queda quieta en el tema que se esté tratando en el programa de turno y viaja a otro tiempo u otro lugar, cosa que me ocurrió ayer sin ir más lejos.

Estaba escuchando un programa de NBA en el que tocaban temas muy interesantes relacionados con la música y jugadores de hace años y mientras tanto yo me sorprendí pedaleando por el Concejo de Ponga, en Asturias. No me he saltado el confinamiento, tranquilos. Sólo ocurrió que me puse a rememorar una ruta tremenda en todos los sentidos que hice hace ya tres o cuatro años.

Me pasa en muchas ocasiones que rememoro rutas que he hecho. A veces lo hago sin darme cuenta y otras lo fuerzo para relajarme en según qué circunstancia. Normalmente suelo recordar las rutas más especiales las cuales habitúan a ser las más duras que he tenido la suerte de “disfrutar”. A la hora de diseñar etapas en plan “día especial” tiendo a crear verdaderas idas de olla que sobre el papel parecen una idea fantástica pero, claro está, luego hay que llevar todo ello a la práctica y a veces cuesta.

Se me vienen a la cabeza muchas y voy a empezar por, precisamente, la que se me instaló ayer en la cabeza mientras hacía rodillo. Dejé el coche en Cangas de Onís (este pueblo asturiano, al menos en mi caso, suele estar muy relacionado con idas de olla ciclistas) y mi plan inicial, el cual llevé a buen puerto y de ahí lo duro que fue ese día, era ir a visitar Casielles pero, por qué hacer sólo eso, ¿verdad? Una vez logrado el primer objetivo, subí el Collado Llómena, puerta de acceso a Jurasic Park, o como lo llaman por allí, Concejo de Ponga. Me metí en una guerra que estaba perdida de antemano, como fue subir a Taranes, pero no al pueblo, si no hasta más arriba. ¿Terminó aquí mi aventura? Claro que no, amigas y amigos. La guinda del pastes fue ir hasta el mirador de Amieva con un kilómetro final para quitarse el sombrero. Ese día ha sido uno de los que recuerdo con más dureza de toda mi vida ciclista. Creo que fueron 80 kilómetros y como 3500 metros de desnivel o algo así porque estoy hablando de memoria.

Otra locura muy habitual en mí es obcecarme en continuar una ruta cuando todo indica que has de parar. Esto es algo muy recurrente en todos los aspectos de mi vida porque tiendo a ser un poco cabezón. A veces te sale bien y otras veces te sale mal, muy mal o terriblemente mal. La ruta que reúne todo esto fue una en la que salía desde Cain, en el corazón de los Picos de Europa leoneses (el sitio de mi recreo). Ya comencé la jornada a pie cambiado porque lo más lógico si vives en León, como es el caso del menda, sería dejar el coche en Riaño y, a partir de ahí, hacer la ruta circular en uno o en otro sentido. Esta ruta es subir Panderrueda, Pandetrave, bajar a Cain (muy bonito) y subir de Cain (esto sí que es bonito-20%-) Salen como 90 kilómetros con cierta dureza pero sin ser una locura total. Como decía, esa etapa la comencé a pie cambiado porque aparqué el coche en Cain directamente, que es el punto más alejado de León capital en lugar de dejarlo el Riaño, bastante más cerca. El otro problema fue cuando desde el minuto uno de la ruta escuché truenos y vi nubes negras como la misma noche. Si a pesar de esto continuas con una ruta, es cuando pasa a ser una ida de olla porque, en efecto, ese día me cayó encima una tormenta de las de rayos, truenos Dolby Surround, agua a tope y un largo etcétera de extras que hicieron de aquella jornada un día inolvidable.

Otro día que tampoco se me olvidará en tiempo ocurrió hace dos años, una buena mañana saliendo de Cangas de Onís (sí, otra vez) en dirección a Casielles (en efecto, también otra vez) pero en esta ocasión, tras subir hasta el pueblo de las mil y una de curvas de herradura, opté por no ir hasta Jurasic Park para decantarme por Coronar el puerto del Pontón, bajarlo y rematar el día en Lagos de Covadonga. Así sobre el papel, que como suele decirse, el papel lo aguanta todo, me parecía una etapita de tres puertecitos muy accesible pero según veía aumentar el número de kilómetros en el cuenta (por mucho que sea GPS para mí siempre será el cuenta) empecé a alarmarme ya que terminó siendo un etapón de 140 km con dos puertos de categoría especial y uno de primera. Además de todo, había dicho en casa que volvería sobre las 6 de la tarde. Creo que aparecí como a las 10 o más, no recuerdo ya, aún trato de olvidar. Son cosas que pasan.

Otra heroica que se me viene a la cabeza es medio reciente. Ocurrió el año pasado cuando quince días o así antes de ir a los 10.000 del Soplao fui a subir Pajares y La Cubilla. Ambos colosos asturianos me quedan cerca de casa y suelo visitarlos a menudo y más si tengo cerca algún reto concreto porque me sirven a modo de entrenamiento. Dejé el coche, que se llama Klaus por si no os lo había dicho hasta ahora, en Campomanes, otro pueblo asturiano recurrente en numerosas idas de olla. En esta ocasión, desde la base de Pajares y a pesar de estar en mayo, se intuían niebla, frío y casi seguro nieve, como así confirmé a falta de 5 kilómetros para coronar el puerto pero una vez más, mi cabezonería hizo que no me detuviese cuando el sentido común decía todo lo contrario, con lo que finalmente coroné Pajares como un muñeco de nieve, congelado y con pocas ganas de bajar el puerto pero como todo lo que sube ha de bajar, allá me lancé con la movilidad de las manos como las un Playmobil. Un desastre. Lo que viene siendo un día de diez.

Son muchas las jornadas “históricas” que se me pasan por la cabeza pero más son las ganas de seguir escribiendo mi historia particular. La duda que me surge es cuándo, aunque tengo que admitir que pocas cosas van a ser más históricas que todo este periodo de confinamiento, con días y días haciendo rodillo y días y días encerrados en casa. Cuando lo miremos con perspectiva y no con asco vamos a alucinar con lo que hemos conseguido.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Llevo un 32, sí, ¿¡qué pasa!?


¡Hola a todo el mundo!

Mucho se han reído de mí, amigos y amigas. Sí, sí. He sido el hazmerreír en más de una salida. Más o menos hace un año hice algo, tomé una decisión, que ha supuesto un antes y un después en los chistes del grupo.

Y es que le he metido un piñón de 32 dientes a La Americana. Así como os lo cuento…Ah! ¿Que tú también te estás riendo? Bueno, pues lee esto antes de juzgarme…

Resulta que en mi obsesión por hacer de La Americana una máquina envidiable, entre otras muchas cosas, le he cambiado el grupo. Un colega me ofreció uno de él que no tenía muchos kilómetros y, además, viniendo de quien venía, estaba seguro de que estaría perfectamente cuidado. Él mismo me lo instalaría y me hizo una oferta de esas que no puedes rechazar, así que, como yo ya andaba con ganas de cambiar el mío, que ya tenía más kilómetros que Marco Polo, pues acepté.

La Americana ahora cuenta con un Shimano Ultegra de once. Llevo un año con él y estoy encantado. No puede funcionar mejor, la verdad. Cuando mi amigo fue a montarme el cachivache, me hizo una pregunta:

-Oye, Dani. Hay que cambiar la piña, así que, ¿qué te meto? ¿28 como hasta ahora o un 32?
-Ostras, tío, pues no sé…te llamo luego.

Así que empecé a pensar en los pros y contras. Creo que lo que más influyó fue que el año pasado no fue mi mejor año ciclista. Salía todos los fines de semana pero entre semana era imposible, con lo que cuando quedaba con los amigotes, éstos me hacían sufrir entre mucho y muchísimo. No hacían más que achucharme y me tenían arto. Así que descolgué el teléfono, llamó a mi amigo y le informé de mi decisión:

Oye, tronco. Pon un 32 y que sea lo que Dios quiera.

Lo primero en lo que pensé fue en que se iban a reír de mí. Es lo que te pasa cuando te juntas con algún que otro cabronazo, pero son mis cabronazos y les tengo aprecio, maldita sea, pero no dejan de ser lo que son.

El primer día que estrené mi nuevo, flamante, súper eficaz y ligero Ultegra fue una jornada épica del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN. Salimos desde San Emiliano, en el corazón de Babia, para ir en dirección al Puerto de Somiedo, en este caso para bajarlo. Terminada esta preciosa bajada, llegaría el momento de mi encerrona del día, que no era otra más que subir hasta un pueblo llamado Las Viñas, que es conocido como uno de los kilómetros más duros de Asturias. Terminado esto, ya quedaban por subir dos cositas de nada. San Lorenzo y Ventana.

Lo peculiar de aquel día épico, sobre el que ya os hablaré otro día más en profundidad, fue que salimos con 3ºC, lo que es bastante frío, y en la subida de San Lorenzo, nos encontramos con 35ºC y la mayor parte de nosotros íbamos vestidos con ropa más o menos de abrigo. Al fin y al cabo estábamos a mediados de octubre y quién se iba a esperar todo aquello. Fue un día terrible en el que las pájaras surgieron por sí solas, pero ya os hablaré de aquella jornada épica.

El asunto que nos ocupa es mi precioso piñón de 32 dientes. Ese día iba a tener más de una oportunidad para poder engranarlo y comprobar hasta qué punto es útil o no lo es.

Yo soy un tío que tiene buena pata y soy bastante potente, con lo que subidas duras en plan Las Viñas, La Camperona o cosas de estas, las paso bien sobre bielas y de más, pero sí es verdad que me he tenido que educar para utilizar el 32. Resulta que en muchas ocasiones me he negado a meterlo porque iba mejor con el 28, ¿os lo podéis creer? Bueno, pues los cabronazos de la grupeta no se lo creen y piensan que por tener el 32 mis subidas ya no son tan válidas y de más memeces de esas. Me lo dicen más por envidia que por otra cosa, yo lo sé, pero nunca lo reconocerán.

Tener un 32, en serio os lo digo, te hace cambiar tu forma de afrontar las subidas más extremas. El día que llegué a comprender para qué servía realmente fue este año subiendo mi amada Camperona.

Yo ya había hecho varias subidas de las consideradas normales con el grupo nuevo. Nunca metí el 32 porque haría que fuese muy revolucionado, lo que me supone una incomodidad bastante grande para mi forma de pedalear. Soy de los que tiran de desarrollo entonces, claro…meto el 32 y todo se vuelve contra mis propios principios. Pero en La Camperona todo cambia. La rampa buena al 24% hace que de nada sirvan tus principios.

Había hecho La Camperona tres veces antes del 32 y esa vez me estaba negando a meterlo, pero en uno de mis momentos de lucidez en plena ascensión, pensé que si no lo metía en las rampas más duras como esa, ¿para qué lo había instalado? Así que lo metí, no sin resistirme un poco. El caso es que cuando comprobé el tiempo que había tardado en subir, me sorprendió ver que ¡había batido mi récord personal!

Desde ese día, en rampas duras de, por ejemplo, La Valdorria, Lagos y L'Angliru, ya no dudo en meterlo y todo cambia. Puedes ir más tiempo sentado con lo que te descansan más la espalda y los brazos, lo cual facilita bastante las cosas.

Lo que no van a terminar son las bobadas que me dicen los amigotes cuando miran hacia la piña de La Americana, pero yo sé que es hasta que ellos lo instalen y pueda yo también reírme de ellos, claro.

domingo, 10 de agosto de 2014

Tesoros del cicloturismo. El Fito y Lagos de Covadonga.

¡Hola a todo el mundo!

-Pues tenía intención de ir un día de esta semana a subir Lagos.
-¡Anda! Pues te acompaño.

Así comenzó la excursión cicloturista de Jorge y un servidor. El objetivo inicial era subir un repechín de nada...Lagos de Covadonga. Además, nos queríamos poner un poco barroquistas y acompañar esta subida con alguna otra, tipo La Tornería o El Fito. Éste último escollo fue el elegido para hacer de la subida a Lagos algo especial. 

Quedamos a las siete de la mañana cerca de mi casa. Sería Jorge el encargado de llevar coche y de conducir. Porque meter dos bicicletas en un Clio Sport es algo muy sencillo. Vamos. Lo mejor para despertar es jugar al tetris con dos bicis y un coche.

Una vez encajadas las bicis, ceñidos los pulpos y hechas las oraciones pertinentes para que un bache bobo no desguazase el cambio o algo así, iniciamos el camino hacia Asturias. Ninguno quería pronunciar esa palabra que estábamos temiendo. Ninguno quería ser el primero en pronunciar esa palabra que nos estremecería. Pero en la cabeza de ambos estaba La Huesera.

Entre risas y chorradas variadas, íbamos avanzando camino. El punto inicial de la ruta sería Ribadesella. La localidad asturiana en la que en otros tiempos yo, digamos que me lo pasaba muy bien, lo teníamos como centro de operaciones.

El día en Asturias era impresionantemente bueno. Y esto es algo impresionantemente difícil de conseguir. Cuando no te toca bruma matutina, te toca lluvia y cuando no, otra cosa. Aunque es verdad que últimamente no llueve tanto como hace años.

La cosa es que deshicimos el embrollo de pulpos, ruedas y bicis que teníamos en el maletero del coche. Todo parecía ir bien hasta que comenzamos a rodar. Mi bici emitía crujidos, pero bueno. Nada que me impidiese seguir adelante.

A los pocos kilómetros, advertimos Jorge y yo la presencia de un compi pegado a nuestra rueda.

-Hola, amigos. ¿A dónde van?
-Vamos a Lagos, pasando por el Fito.
-Pues yo también. ¿Podría ir con ustedes?

Como os podéis imaginar, a dos cicloturistas ultrasociables como somos Jorge y yo, esto de compartir kilómetros con gente, nos mola mogollón, así que ya éramos tres en la ruta.

Nuestro nuevo amigo se llamaba Ismael, gaditano, de vacaciones por la zona, el día anterior había ido a subir el Angliru. Entre que estaba fino fino, era joven joven y decía que el Angliru no era para tanto, os podéis imaginar cómo andaba el pieza.

Los primeros tramos hasta coger el desvío para el Fito, transcurrían por la costa, con lo que el sube-baja era continuado. Como íbamos raja que te raja, la verdad es que el letrero que señalaba el inicio del sufrimiento del Fito llegó en un "plis".

Esta primera subida es muy bonita. Arriba hay un mirador desde el que se ven los Picos de Europa y de otro lado, el mar. Es una pasada para los sentidos. Pero hay que subir hasta arriba y os aseguro que escogimos el lado duro para subir el Fito.

Comienza la subida y yo aprieto los dientes para seguir la rueda de Ismael. En seguida me doy cuenta de que este rapaz está en otra liga, así que le aconsejo que si quiere disfrutar de la subida a su rollo, es mejor que me descuelgue.

Y antes de que termine la frase, ya me había sacado 50 metros. Os puedo prometer que no exagero nada. ¡Cómo subía el condenado!

Una vez con Jorge, comenzamos a acompasar el ritmo. Subida tranquila. El día lo merecía. Hacía calor, nos quedaban muchos kilómetros por delante y las rampas a las que nos enfrentábamos, ojito con ellas. A cada pedaleda que dábamos íbamos dejando rastro de sudor. Los kilómetros no parecían dar tregua alguna. La vegetación no nos permitía vislumbrar nada más allá de unos cien metros, hasta que tomamos una curva de herradura a la derecha y, de repente, la montaña se peló.

No parecía quedar demasiado puerto, pero no por ello dejaba de ser duro. El Fito se despide del cicloturista con un par de rampas muy curiosas que hacen que no te olvides de él con facilidad.

Cuando llegamos a la cima, en medio de un montón de turistas que subían y bajaban del mirador, ahí estaba Ismael, sentado, esperando por los dos abuelos que se había agenciado como compañeros de ruta.



Tras subir y después bajar del mirador, con lo que todo esto significa al llevar calas, continuamos la ruta. Ahora tocaba bajar. Y qué le vas a hacer, pero bajar se me da bien. Algo tenía que hacer bien. Esta parte que bajábamos era mucho más larga y tendida que por donde habíamos subido. Para bajar, la verdad es que era una gozada. Curvas cerradas se combinaban con otras más rápidas en las que te podías tumbar, aunque había que tener mucho ojo con la gravilla suelta en medio del ángulo de algún giro, pero llegamos hasta Arriondas sin mayores sustos.

Entre coches y gente, llegamos a un cruce. Yo no veía más que piraguas por todas partes y es que esta localidad asturiana, es el inicio del mítico Descenso Internacional del Sella. Preguntamos a un señor por dónde teníamos que tirar para Cangas de Onís. El hombre, tras reírse de nosotros, así literalmente, nos indicó el camino. Yo es que no recordaba nada de mis visitas a Arriondas. Insisto, eran otros tiempos. Era mi época heroica.

Ya estábamos lanzados. Ya nos estábamos preparando mentalmente para subir los Lagos de Covadonga. Cuando vimos el puente de Cangas, supimos que no había más remedio. Yo olíamos La Huesera.

Ahora entendéis por qué subía tan bien, ¿verdad? Ismael, ¡¡fino fino!!
Cargamos los bidones de agua en una fuente del pueblo, porque después, pocas opciones se tienen, y pusimos rumbo a Covadonga.

En cuanto se coge la carretera que conduce a la Basílica de Covadonga y, por tanto, a la subida a Lagos, lo primero que llama la atención, sin duda es el asfalto. Para ir en coche seguro que mola un montón, pero para ir en bicicleta, os aseguro que es un infierno. ¡Me río yo del pavé! Para definíroslo, es una especie de asfalto construido con unas piedras de dos centímetros de diámetro, con poca brea. Resumiendo. Botas un montón encima de la bici. Por momentos piensas si todo eso será bueno para la burra, pero sigues porque ya total, de haber llegado hasta allí....

Tras una paradita para mear un poquitín, porque parar en medio de la propia subida nos daba cosa, ya enfilamos las rotondas previas. Y bien digo enfilamos, porque Ismael se creció y nos aproximó al puerto a 30 por hora y en plato, así que llegaríamos al inicio de la subida tostadetes.

Y, señoras y señores. Niños y niñas. Ante nosotros se encontraba ya la subida a Lagos de Covadonga.

Por la inercia de la aproximación, me vi metido en medio del ritmo de Ismael, pero miré para atrás, vi a Jorge y pensé..."Esa es mi guerra, no esta". Y así se lo comuniqué al bueno de nuestro colega gaditano.

-Ismael. Tira, que yo voy más des......

Y ya estaba en a tomar "porculo" de mí. Creo que no escuchó ni el final de la frase.

Y allí estábamos Jorge y yo. Acompasando el ritmo como podíamos. La verdad es que los seis primeros kilómetros son bastante normales. Duros, sí, pero nada inhumano. De hecho, lo que le comenté a Jorge es que se me parecía esa parte muchísimo a Hautacam. Pero muchísimo es muchísimo.

Pero ese mítico puerto francés no cuenta con una cosa que este puerto astur sí tiene. Y fue Jorge quien me presentó lo que iba a suponer un reto total y absoluto.

-Bueno, Dani. Mételo todo que aquí empieza La Huesera.
-Me cago en.....

Y omitiendo lo que dije, ahí se nos presentaba esa rampa que hace las delicias de.....de nadie en su sano juicio.

Para quien no lo conozca. Vienes de una zona llena de árboles que no te dejan ver nada más allá de la carretera. Giras a la derecha y ahí acaban todos los árboles y empieza un tramo de ochocientos metros como al 15%, recto, que te permite ver desde el principio al final del calvario.

Pasamos de subir como a 13 por hora o así, a 5 por hora. Lo que viene siendo un drama, vamos. Decidimos desde el primer momento que nuestra ascensión sería de supervivencia. Tanto Jorge como yo podríamos haber apretado un poquitín más, pero nada nos obligaba a ello.

Primero un pedal, luego otro y luego mantener el equilibrio. Tiras de brazo, tiras de riñón y tiras de todo lo que tienes. No había árboles y el sol estaba castigando nuestra espalda. Eso a mí me viene de lujo, con lo que era una motivación, pero a pesar de ello, el desgaste era mayor. Se podían ver unos cuantos ciclistas sufriendo lo mismo que nosotros. Algunos se habían detenido en el mirador para contemplar las fabulosas vistas o para tener una escusa, quién sabe, pero el hecho en sí es que allí, todo el mundo disfruta.

El resto de la subida se ve muy marcada por el paso por La Huesera. No vuelves a tener un ritmo vivo y continuado. No en vano, si bien no tienen tanto nombre, cada poco te topas con rampas con unos desniveles muy aceptables, en plan algo por encima del 10%.

Y pedalada tras pedalada, al final llegas al Lago de Enol y puedes decir que has triunfado y que has subido un puerto de los pata negra. De los que cuando dices que los has subido, la gente te mira raro, o te mira admirada, o te mira con los ojos vueltos. Desde luego, subir esta mole causa algo. Lo que sea.

Y allí estaba Ismael, que habría llegado 10 minutos antes que nosotros. Y en ese momento en el que te dice que subió fácil, es cuando piensas que eres un mierda y no vales para nada. Tenía que marcharse porque para él, éramos tortugas y su novia podía enfadarse un pelín si llegaba muy tarde, así que allí se despidió. Si lees esto, Isma, ha sido un placer compartir kilómetros contigo, amigo.

Reto conseguido.
Y conseguimos sacar una foto que se mantendrá en nuestro recuerdo muchos años. En concreto, el resto de nuestras vidas. Quien sube Lagos, no lo olvida. Otros puertos puede que sí. Este no.

La bajada nos la íbamos a tomar con calma. Bueno, en realidad yo, porque Jorge siempre lo hace, pero queríamos parar en todos los sitios preciosos que habíamos ido dejando atrás, poco a poco, en la subida.


Además de la subida, también es interesante ir hasta la Basílica de Covadonga y sacarte una foto con Pelayo que, por otro lado se comenta que era leonés, pero no me voy a meter en un fregao de manera gratuita.


Y comenzamos la bajada final hasta Cangas de Onís. Allí, decidimos hacer un pequeño alto en el camino. Bueno, en realidad no tuvo nada de pequeño, porque nos apretamos un par de menús del día, así sin contemplaciones, que quitaban el hipo. Con su vino con gas de rigor.


La historia final de la ruta, y lo que podemos considerar la verdadera hazaña del día, fue levantarnos de las sillas del restaurante, subirnos a las bicis y tener que llegar hasta Ribadesella con la panza llena. La media de velocidad de esta última parte, no sé, sería menos tres o algo así. Pero conseguimos llegar y darnos un bañito en la playa, que no nos vino nada, nada mal.

Conclusión. Un prodigioso día del que guardaremos un gran recuerdo. Los retos, mejor en buena compañía.