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jueves, 26 de marzo de 2020

La extrañísima fuerza de atracción.


¡Hola a todo el mundo!

No hay ni que decir que todos tenemos mono de bici. De bici fuera del rodillo porque bici, al menos yo, hago todos los días pero nada tiene que ver con lo que viene siendo ciclismo, claro. El rodillo nos está ayudando a no enloquecer y poco más que ya es bastante.

También matamos un poco el gusanillo con los etapones que nos están regalando en teledeporte cada tarde desde hace una semana más o menos. Esta segunda semana de confinamiento nos están impregnando el ambiente desde la tele pública con grandes momentos de la época heroica de Miguel Induráin en el Tour de Francia y a mí se me están amontonando los recuerdos de aquel entonces porque, para bien y para mal, lo viví en directo. De aquella yo ya era un muchacho.

Desde hace unos cuantos días incluso antes del confinamiento, quería escribir acerca de una extraña fuerza de atracción que al menos a mí me empuja a hacer rutas en determinada dirección. En mi caso siempre tiendo a hacer rutas en dirección a Boñar o lo que es lo mismo, a mi pueblo, que pasa por ser el lugar en donde aprendí a andar en bici y donde disfruté, viví y sentí toda aquella época de los noventa en eso del ciclismo profesional.

Mi rutina veraniega durante el Tour de Francia era sencilla. Comprar el Marca para ver cómo iba mi equipo del Tour Fantástico Marca, mirar a ver cómo iba el tema de los fichajes de los equipos de fútbol que si bien no es que fuera lo que más me interesaba, al menos me entretenían los culebrones del mercado veraniego de los fichajes. Luego cogía la bici para dar una vueltecilla tipo “Verano Azul” o iba a la cancha de baloncesto a lanzar unas canastas y, en cuanto podía, conectaba con La 2 para engancharme ya a la etapa de turno. Seguramente mi abuelo ya estaría viendo lo que estaba pasando y me ponía al día. Conectaban con La 1 y así hasta el final. Luego ya era cuando cogía la bicicleta, me ponía un culote , una camiseta de algodón (con un par), un casco que metía miedo y así hasta la pared del pantano del Porma intentando emular a mis ídolos.


Y con todo este pasado, con toda esta historia a cuestas de años y años de disfrutar de una u otra forma de mi pueblo, resulta que a día de hoy, cuando tengo que escoger entre alguna de las rutas habituales para hacer kilómetros, es raro el día que no me acerco hasta los alrededores de mi pueblo o directamente voy hasta allí. Os podéis imaginar a dónde iré el primer día que nos dejen salir de casa con total libertad, ¿verdad?

Hay una extrañísima fuerza de atracción que muchas veces actúa sobre mí sin darme cuenta. Por ejemplo, no sería la primera vez que estoy en La Robla y acabo en Boñar y eso que entre ambas localidades de la Montaña Leonesa distan como 30 kms. Puede que esa ruta hasta La Robla en principio fuese un “voy hasta allá a tomar un café y vuelvo a casa con 60 kilometritos en las piernas” y acabo yendo hasta Boñar acumulando 110 kilometrazos de una manera absolutamente imprevista.

Una de las primeras veces en las que recuerdo que esta fuerza de atracción actúo sobre mí, sucedió hace ya unos cuantos años y en este caso sí que mi plan era llegar a mi pueblo, pero lo que vino a continuación desde luego que no estaba previsto. Resulta que una vez en la plaza de Boñar, junto a la calle sobre la que di mis primeras pedaladas sin ayuda de ruedines, tras llenar el bidón en el caño y tomar un café en el Bar Central, me apeteció ir hasta la pared del pantano del Porma, como hacía de chaval cuando terminaba la etapa del Tour. Pero antes de llegar hasta allí, fui a Oville, pueblecito al que tantas veces había ido en bici (¡y corriendo también fui alguna vez!). Antes de llegar al pantano también hay otro desvío a Valdehuesa y Rucayo que siempre es una tentación para mí. Aquel día caí de lleno en la tentación.


Y llegué a la pared del pantano, me paré a disfrutar de las vistas y a charlar con un señor, compañero ciclista, que había llegado hasta allí desde Puebla de Lillo y me pareció genial acompañarle hasta la mitad del camino y claro, luego había que volver. Pero resulta que debía de llegar a León. Buf, qué paliza me di así a lo tonto. No recuerdo la cifra, pero rondaron los 150 kilómetros cuando llegué a casa. Idas de olla mías, ¡qué le vas a hacer! Siempre fue, es y será peligroso darme la dirección del barco porque nunca sabrás a dónde nos empujará el aire.

Estos días sin ciclismo al aire libre tengo muchísimas ganas de dejarme llevar por la fuerza de atracción que mi pueblo ejerce sobre mí. Es probable que el primer día que La Americana toque de nuevo el asfalto la locura me lleva rumbo a lo muy conocido pero siempre deseado. Seguramente me lleve a las rutas en torno a Boñar. Ya queda menos para que llegue ese momento. Paciencia.

lunes, 23 de marzo de 2020

Ídolos. Miguel Induráin.

¡Hola a todo el mundo!

Pues vamos a darle al teclado para hacer una entrada de ídolos, ¡claro que sí! Y es que estos días están echando por la tele muchas etapas y carreras míticas de años pasados. Es algo fantástico porque así mucha gente se acerca a momento que otros hemos vivido por cuestiones de edad (menudo asco) y ven por qué podemos decir en algunos momentos cosas como: “¿Dumoulin como Induráin? A ver, que Tom es bueno, pero ¡INDURÁIN ERA UN EXTRATERRESTRE!”

Y precisamente en esta nueva entrega del blog voy a hablaros de mis sentimientos acerca de Miguelón.

A mí Induráin me pilló justo en el momento en el que el ciclismo estaba entrando en mi mente a chorro. Mi abuelo fue el que empezó a darme los primeros detalles de cómo iban los temas. Sentó las bases perfectas. Las premisas eran dos y muy fáciles de entender. “A ver, Daniel, hijo. Merckx ha sido el mejor que ha habido jamás, pero ¡cómo subía Bahamontes! De no tener miedo a bajar hubiera ganado más cosas.” Estas eran las bases que mi abuelo me metió en la sesera. Y luego hizo un trabajo muy fino de ponerme delante de la tele a tragar el Tour y todo el ciclismo que echasen.

Una vez sentadas estas bases a Danielín ya le apasionaba el ciclismo y, además, tenía una bici súper guay que le regaló su padrino, una GAC azul que todo lo podía, con la que trataba de emular por las cuestas de mi pueblo, de Boñar, a los héroes que yo veía por la televisión. ¿Y a quién trataba de imitar yo de pequeñajo? Pues como todos los zagales de aquella época en la que jugábamos a las chapas con caras de ciclistas dentro, trazábamos circuitos con tiza en la acera y queríamos ganar a los amigos, todos queríamos tener la chapa de dos ciclistas en particular. Marino Lejarreta y Pedro Delgado. Al menos esos eran los héroes que teníamos en el circuito de la acera de la tienda de Virina, la tiendina de alimentación. Aún no hemos llegado a Induráin, lo sé, pero paciencia. Cada cosa a su tiempo.

Por lo pronto, el joven e impresionable Danielín pasaba las tardes veraniegas de ciclismo mirando por esa ventana al mundo llamada televisión. Y las pasaba viendo cómo un muchacho con cinta en la cabeza y maneras muy diferentes, zurraba la badana (dicho muy leonés que viene a significar que les daba lo suyo y lo del vecino) a sus rivales con ataques relámpago y descensos trepidantes y, poco a poco, Pedro dejó de ser Pedro y pasó a ser Perico.

Más o menos en el mismo tiempo de Perico, un día caluroso de julio, mientras yo veía la tele disfrutando de una nueva edición del Tour de Francia junto a mi abuelo, parecía que Perico no estaba todo lo fino que todos los Periquistas deseábamos, sin embargo, en silencio pero con una fuerza, templanza y seguridad que jamás habíamos visto ni yo, ni la pandilla de la acera de Virina (mi abuelo había disfrutado de Merckx, así que él no cuenta) apareció un gigante al que todos los demás sólo podían mirar y ver cómo les destrozaba. De nombre, Miguel, y de apellido, Induráin.

Y ahí empezó un lustro de encender la radio o el televisor y saber que si corría Induráin, pocas dudas había de lo que iba a acontecer. Pero el reinado de Induráin no sólo se trataba de que conseguía muchos trofeos, no. Ese reinado y esa época fueron una especie de hipnosis ciclista en la que el mundo entero entró sin poder salir.

Si había contrarreloj, esperabas las referencias en el punto intermedio a ver la burrada de tiempo que les endosaba el bueno de Miguel a todos sus rivales. El siguiente paso era ver cómo doblaba a Chiapucci para, finalmente, ganar la crono y consolidar su liderato.

¿Que había montaña? Sin problema. Él ponía un ritmo desde abajo hasta arriba. ¿Ataques? Tranquilos que caerán de maduros porque Apisonadoras Indurain S.A. hará su trabajo. Luego le regalaba la victoria a algún escalador que en futuras etapas le ayudaría a solventar algún problemilla y santas pascuas.

Después podía ocurrir que salía alguien respondón, como aquel muchacho suizo con dientes de conejo, de un equipo asturiano (CLAS-Cajastur, TE CAGAS) y que era buenísimo en todos los terrenos, Tony Rominger, y pudiera ser que le sacaba a Miguelón más de minuto y medio de ventaja en la cima del Tourmalet y tenía contra las cuerdas al campeón navarro. ¿Contra las cuerdas? Espera, que en la acera de Virina aún nos estamos riendo de eso de “contra las cuerdas”, porque Induráin también bajaba que metía miedo a la velocidad y le recortaba esa diferencia antes de llegar al final del descenso y se ponía delante de Rominger soltando un poco la musculatura como diciéndole al suizo que si eso era todo lo que tenía que aportar.

Todos los terrenos eran válidos para el nuevo rey del ciclismo. Nadie podía con él. En donde Virina ya no jugábamos a las chapas porque habíamos crecido y se nos pasó ese tema de juegos infantiles aunque seguíamos juntos admirando las tremendas hazañas de nuestro Ídolo mientras comíamos pipas en la plaza o cosas así.

Yo tengo que reconocer algo. Lo voy a decir así sin ponerme colorado. Induráin era un poco aburrido. Recordad que yo venía del Periquismo. Ataques, idas de olla, pájaras y un montón de subidas y bajadas emocionales durante cada etapa. ¿Le habéis escuchado decir durante las retransmisiones “Thibaut Pinot” o “Deceuninck-QuickStep”? Pues él competía de la misma trepidante forma que pronuncia todo eso.

Así que apareció Miguel Induráin y todo fue más seguro y fiable. Fue como cambiar del Seat Ibiza divertido, al seguro y fiable coche grande familiar. Es todo más seguro y mejor pero menos divertido. Yo me intenté buscar alguna alternativa entretenida porque os recuerdo que mi abuelo disfrutó de “El Caníbal” pero su corazón estaba con “El Águila de Toledo”, ya veis que está dentro de mis genes y viene de familia ir un pelín contra corriente, así que a mí quien me hacía vibrar y volverme loco era Marco Pantani...pero ¿a quién no le apetece darse una vuelta con el cochazo grande, seguro y fiable? Así que disfrutaba y mucho de Miguelón. Del extraterrestre que convertía lo difícil en sencillo, lo imposible en un hecho cierto.

Lo mejor de Induráin era que todo lo que logró, todo lo que nos impresionó, todo lo que nos hizo alucinar, lo hizo con la mayor discreción, sin darse importancia y prácticamente en silencio. Con el mismo silencio que un día decidió bajarse de la bici camino de Lagos de Covadonga (quién no lo ha querido hacer sabiendo lo que te espera) y con la misma discreción con que una vez descubrimos que era en realidad un ser humano como todos los demás.

Y pasaron los años. Muchos. Muchísimos. Tantos que yo ya no podía montarme en mi GAC azul que todo lo podía desde hacía muchísimo tiempo y tantos años que ya había perdido la pista a la pandilla de la acera de Virina. Sin embargo no habían pasado ni pasarán los años suficientes como para olvidarme de ese ídolo llamado Miguel Induráin. Llegó el momento de conocerle en persona. También llegó de manera silenciosa gracias a alguien del mundillo del ciclismo. Fue tan sencillo como “Miguel, mira ven que te presento a estos amigos”.


Y ahí apareció Miguel. Ahí apareció Induráin. Ahí apareció un ídolo irrepetible, único, inmensamente admirado y admirable.

lunes, 8 de octubre de 2018

Los útiles del ciclismo profesional.

¡Hola a todo el mundo!

No suelo hablar de ciclismo profesional, la verdad. En principio porque me parece algo muy complejo sobre lo que voy a aportar poco o más bien nada, pero sí que me gusta un montón, como os podréis imaginar. Siempre que echan carreras por televisión, ahí estoy yo con los ojos abiertos como platos, pendiente de todo. Estrategias, bicis, mis corredores favoritos y de más.

El ciclismo lo entiendo como algo que me emociona y normalmente me fijo en los corredores que, precisamente, me emocionan. Mis primeros recuerdos de uno de estos capos fue Perico Delgado. Luego, casi sin darnos tregua a los aficionados, surgió Induráin.

Hay dos ciclistas que especialmente me han llegado al alma. Uno es Gino Bartali y la historia que le acompaña, que si no conocéis os invito a que indaguéis en ello. Para resumiros un poco, colaboró en salvar la vida de cientos de judíos italianos durante la Segunda Guerra Mundial. Además, lo que me gusta de él también es que representa junto con otros campeones, la época del ciclismo prehistórico, por llamarlo de alguna manera. Me gusta tanto Bartali, que hace unos años me lo tatué en el brazo. Así soy yo. Por supuesto, nunca vi carreras suyas pero sí que me he interesado por “su obra”.

Y a quien me voy a tatuar más pronto que tarde, suelo esperar a estas fechas en las que el sol no me va a quemar (y este es el consejo que os doy hoy para los que os queráis iniciar en el mundo del tatuaje) es al irrepetible y único Marco Pantani.

Ningún ciclista me ha hecho levantar con tanta pasión de mi asiento para gritar como un loco como “el Pirata”. Sus ataques, su épica, su pasión. Qué buenos momentos me ha hecho pasar. Siempre lo llevaré dentro de mí.

Alberto Contador también me ha hecho emocionar un montón. Además, por casualidades de la vida, coincidí en un curso de Director Deportivo con su entorno más cercano y me parece una gente maja, con lo que siempre que Contador atacaba yo atacaba con él desde casa.

Sin embargo, los ciclistas que más me gustan no suelen ser objeto de tanta atención mediática como los ejemplos anteriores. Su trabajo suele ser oscuro, poco llamativo y no muy valorado para los ojos poco entrenados en esto de ver carreras. Hablo de los gregarios. Un segundo….Hablo de LOS GREGARIOS. Así en mayúsculas que se lo merecen más que de sobra.

Por ejemplo, yo soy de esas personas que en una etapa de la primera semana del Tour, de más de doscientos kilómetros y llana como una sartén, no se duerme. Más allá de esperar con ganas la llegada al sprint, que también, me alucina ver a los gregarios hacer su trabajo. Es impresionante, o al menos a mí me lo parece, ver cómo entre, por ejemplo, tres ciclistas, llevan el ritmo de todo un pelotón a más de 45 km/h de media durante más de cuatro horas. Sencillamente me parece de verdaderos héroes.

Otro ejemplo del curro de un gregario es el típico hombre de confianza del líder y que le acompaña a lo largo de toda la temporada, en todas las carreras que corre el jefe de filas. Le protege del viento, de los baches, de los manillares de los adversarios, la da comida, le da bebida, es el último relevo antes del gran momento de la carrera. Son muchísimas cosas las que tienen que hacer estos súper gregarios.

Me gustan tanto los gregarios que si yo me convirtiese en ciclista profesional, hecho que sería un milagro y digno de admiración por el mundo entero ya que me pilla un poco mayor, a mí me gustaría ser un gregario. Creo que sentirse útil es una de las mejores sensaciones que hay y los gregarios, por encima de todo, son útiles para el ciclismo porque, de no existir ellos, ¿ qué sería de mi deporte favorito?

Peio Ruiz Cabestany, Jesús Hernández, Markel Irizar, Roberto Conti, El Penkas, Luke Rowe, Imanol Erviti. Son sólo siete ejemplos de hombres de equipo con diferentes funciones pero sin las que los resultados de los grandes campeones a los que han ayudado, no serían ni mucho menos los mismos.

Así que la próxima vez que pongáis la tele y haya una “aburrida” etapa llana, si sabéis mirar, puede que os entretengáis muchísimo más de lo que os cabría esperar. Sólo hay que saber a dónde mirar.