Mostrando entradas con la etiqueta Compañeros de Viaje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Compañeros de Viaje. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de abril de 2020

Saborear como nunca antes lo hicimos.


¡Hola a todo el mundo!

“Hay muchos kilómetros de carretera esperándonos. Me parece que cuando podamos salir los vamos a saborear como nunca lo hicimos antes”.

Estoy seguro de que a mi buen amigo Jon no le parecerá mal que cite textualmente una frase suya. Fue parte de una conversación vía mensajes de móvil, como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta el confinamiento en el que vivimos y teniendo en cuenta también que nos separan unos 500 kms o algo así de nuestras respectivas casas.

El haber conocido a Jon es una de las cosas más positivas que me ha regalado este blog porque nos conocimos hace ya unos añitos gracias a que él leía y lee las cosas que yo escribía y escribo y él visitaba y visita León de vez en cuando, así que cada cierto tiempo tengo la grandísima suerte de compartir kilómetros y charlas con él.

La cosa es que en cuanto leí la frase que prácticamente encabeza esta entrada pensé que daba para escribir acerca del tema porque es algo que yo no dejo de pensar desde hace ya un par de semanas.

El cambio de hora y la entrada de la primavera, con la gran cantidad de olores que se pueden percibir en esta época del año, me están ayudando mucho a que mi cabeza, cada dos por tres, vuele libre por un mundo imaginario a día de hoy. Un mundo en el que yo monto en bicicleta por lugares que ahora mismo sólo pueden estar en mi recuerdo y donde yo he sido feliz.

Una carretera cubierta de una tremenda vegetación que permite pasar parte del radiante sol que, kilómetros después, va a broncear mi piel en los kilómetros finales de un precioso puerto de montaña en donde yo soy absolutamente feliz. No hago más que pensar en esto. Me ocurre muchísimas veces a lo largo del día y en algún momento de debilidad se me ocurre cuestionarme en lo más profundo de mi mente si alguna vez volveré a sentir esas cosas.


Como digo, sólo es un momento de debilidad porque como bien me dijo Jon, vamos a saborearlo como nunca antes lo habíamos hecho.

El mundo que nos vamos a encontrar en cuanto se abran las puertas no me cabe la menor duda de que será un lugar diferente pero no por lo que físicamente hallemos ahí fuera, si no más bien por lo que queramos encontrar dentro de cada uno de nosotros mismos. Sinceramente espero que saquemos un montón de conclusiones positivas de todo esto porque, como dije hace poco, éramos ricos y no nos dábamos cuenta.

Y éramos ricos, sí, pero después de todo, cuando las aguas vuelvan a su cauce, si sabemos hacer un balance interno y nos detenemos un poco a pensar, nos daremos cuenta de que saldremos al nuevo mundo con la convicción de que no es que éramos ricos, si no que lo seremos muchísimo más.

Un paseo será un privilegio, quedar con los amigos a tomar un café será un tesoro, poder ir a visitar a nuestras familias será todo un acontecimiento, poder dar una vuelta en bicicleta será ganar el campeonato del mundo.

Por eso, cuando volvamos a nuestras vidas rutinarias, espero que lo que también cambie, además del mundo en el que nos va a tocar vivir, sea nuestra manera de percibir todo eso que antes considerábamos rutinario y en muchas ocasiones sin valor porque ahí es donde va a residir la fuerza con la que nos levantemos después de todo esto. En saborear las cosas como nunca antes lo hicimos.

sábado, 6 de octubre de 2018

Partir de cero.


¡Hola a todo el mundo!

Partir de cero. Una frase muy temida por parte de los ciclistas de cualquier nivel. Desde profesionales hasta tuercebotas como yo.

Hoy, que he vuelto a poder salir a rodar con Buka, un clásico de este blog, me decía que en el último año ha partido de cero unas cuarenta veces. Ya os podéis imaginar. Una temporada con no mucho tiempo y que sales un día y estás sin poder rodar quince días y luego volver a empezar. Un asco, la verdad.

Aunque yo, que soy de sacar lo positivo a todo, pienso que partir de cero a veces te ofrece un punto de vista distinto de las cosas. Os voy a poner algún ejemplo para que veáis que no me falta razón.

En el caso de hoy con Buka, lo de partir de cero a causa de la falta de tiempo y de más, resulta que a mí me ha pasado en alguna que otra ocasión. En sí, esas situaciones para personas que amamos la bici son, así para resumiros, una maldita mierda. Sin ir más lejos, el año pasado yo sólo podía salir los fines de semana y, más en concreto, los domingos. Imaginad qué ocurría si por lo que fuese no se me arreglaba hacer una ruta el domingo. Dos semanas sin poder salir.

Pero así como recuerdo a la perfección ese año malo, pero que muy malo para disfrutar de mi pasión, también recuerdo perfectamente el primer día que pude volver a salir entre semana de manera habitual. Y también puedo recordar perfectamente lo bien que sienta ver que vas mejorando cada día. Y a día de hoy valoro muchísimo el disponer de tiempo suficiente para poder rodar por ahí con la bici. Los periodos malos hacen que valores muchísimo más los buenos.

Y otra situación de partir de cero es cuando partes de cero, pero de cero absoluto, porque nunca has cogido una bici de carreras para salir a gozar. Eso le está pasando a mi señora que parte de cero y yo le acompaño cada uno de sus primeros kilómetros. La verdad es que es genial ver cómo alguien está teniendo unas sensaciones que yo casi ya había olvidado. Ver cómo alguien descubre cosas que para mí son cotidianas y las podemos poner en común.

Partir de cero, como veis, no siempre en una maldita basura. Se le puede sacar el juguillo. Pero hay algo que no podemos dejar de hacer. Siempre hay que valorar cuando las cosas nos van bien, podemos salir a rodar con la bici y de más.

Por cierto. Este fin de semana cambia el tiempo y comenzarán a llegar días de lluvia en los que no vamos a poder salir en bici. Yo, ahí os lo dejo.

martes, 31 de marzo de 2015

Una de Moto GP, casualidades, aventuras e ilusiones.

¡Hola a todo el mundo!

Curiosa. Muy curiosa la última semana. Digamos que hemos pasado por estos lares norteños, por todo tipo de estaciones. Me explico.

Si contamos, en este ir y venir climático, desde el domingo pasado, me ha caído encima nieve, también agua, algo de niebla en la cima del Puerto de Aralla, también pude "disfrutar" de muchísimo frío, muchísimo viento y de más familia. 

Sin embargo, desde hace dos o tres días, el mejor resumen que os puedo hacer es el siguiente...


Y ya había ganas por aquí. Menudo invierno como mandan los cánones hemos padecido. Por eso, días como los que estamos teniendo, los disfrutamos tantísimo. Sin ir más lejos, el pasado fin de semana ha estado muy bien. 

Tuvimos salida del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN. Sábado y domingo, pero esta vez, desde León capital, para variar un poco. Y también, para variar un poco, el sábado éramos mucha más gente que el domingo. 

De hecho, el domingo salimos el Buka y yo solos, en amor y compañía. Y cómo nos presta, ¡madre del cielo! 

Cuando salimos juntos en bici, y de cervezas también, tenemos ese tipo de relación en la que, sin necesidad de decir las cosas, las hacemos y punto. 

El sábado, fue curioso, pero sin tener que hablar y concretar que nos íbamos a castigar duro, lo hicimos. ¡Vaya que sí! En un abrir y cerrar de ojos, nos vimos a 38 km/h, contra el viento y rodando en paralelo. Y el domingo, repetimos operación en varios tramos.

Pero los domingos, como son sagrados, hicimos parada en La Robla para tomar unos cafés y unas torrijas y, de esta manera, las juntamos con la que ya tenemos nosotros de serie y con la que somos tan felices. Pero, eso sí, cuando pudimos sentarnos en el bar a tomar estos manjares, ya estaba todo quemado y bien quemado porque, qué cañita nos dimos.


Subimos por el embalse de Selgas, momento en el que nos adelantaron dos moteros como a 150 por hora y, por el canto de un duro, no se dan de morros con un grupo de ciclistas que iban rodando muy elegantes ellos, por el arcén....DE LA IZQUIERDA, con cola de coches por detrás, tres en concreto, que seguramente estaban super contentos. Por cierto. En el punto en el que vimos tal aberración, existen cuatro carriles, así que calculad lo bien que iban los compadres. Por cuestión de tres minutos, los moteros, que iban demasiado rápido, no se trincan a cosa de veinte ciclistas. Los moteros, mal. Los ciclistas, lamentable. Pero eso es otro tema en el que no voy a entrar y quien quiera, que pregunte.

Y por otro lado, como han cambiado la dichosa hora de invierno (menos mal), hoy lunes ya he podido salir del curro con más relajación, coger la bici y rodar más tranquilamente sin miedo a que se me haga de noche en un abrir y cerrar de ojos.

Esta semana, lo que centra mi atención es el próximo finde, porque doy comienzo a la temporada de puertos. Los Vega, con sede en el Concejo de Quirós, me han invitado a pasar allí, en su territorio, sábado noche y domingo. Y como ya me conozco yo el paño, me parece que la ruta que vayamos a hacer llana, como que no será.

Es más. Para concretar un poco, Vega lleva tiempo detrás de mí para que, en la misma sesión, nos merendemos La Ermita de Alba, final de Vuelta a España de este año, y el dichoso Gamoniteiro, que me lleva persiguiendo un año ya. Parece gritar desde allí arriba, "súbeme si te atreves". Pero qué chorrada. Claro que me atrevo y, es más, estoy diseñado para esas cosas, así que, este finde toca GLORIA.

El año pintaba ilusionante y glorioso. Según van avanzando los días, las semanas y los meses, todo esto se confirma. Las motos, los arcenes, la compañía, las aventuras y los puertos me lo van confirmando.

lunes, 23 de marzo de 2015

Un día de Club Ciclista Asfalto León, de amigos, de frío, de calor, de kilómetros...¡DE TODO UN POCO!

¡Hola a todo el mundo!

Para variar un poco lo que viene siendo la normalidad del Club Ciclista Asfalto León, por unas cosas y otras, hoy decidimos salir desde León. Varias comidas familiares fueron el motivo y nosotros, que somos compañeros en todo, no forzamos la máquina de las familias que también son el motor que mueve el club (aguantan nuestras locuras sobre ruedas).

Así que, desde nuestro lugar habitual de salida cuando lo hacemos desde LEÓN, quedamos a las diez de la mañana, que era una hora muy prudente. Hoy, por fin, no fui el último en llegar a la cita, cosa de la que me alegro mucho y supone una gran satisfacción personal. Qué desastre que soy.

Lo primero en llamar nuestra atención fue una disputa dentro de otro grupo de ciclistas que utilizan nuestro mismo lugar de quedada. Lo que más llamó nuestra atención fue ese potente "te agarro por el pescuezo...". En fin. Todo muy de domingo para pasarlo bien.

Salimos cuatro valientes. El viento castigaría al Buka, a David, a Vega y a un servidor. Y lo haría de lo lindo. Los primeros kilómetros fueron, en una palabra, infernales. Las rachas de viento fueron terribles y nos azotaban sin descanso. 

Buka y David no podrían completar la ruta, así que en la primera parada, ellos darían media vuelta. Nuestras estimaciones indicaban que si hasta Pola sacamos una media de 22 km/h, ellos, con el viento que nos estaba atizando, esta vez a favor, sacarían hasta León una media de 140 kilómetros por hora, con lo que, sin tener un condensador de fluzo, no tendrían ningún problema en llegar a casa a la hora.

Así que, cuando llegamos a La Pola de Gordón, paramos a tomar un coffee en el bar de unos conocidos de Vega. "Come, Dani". Este consejo por parte de Vega me daba a entender que el día iba a tornarse en épico porque, si bien más o menos sabía que subiríamos el puerto de Aralla por el valle de Rodiezmo, tampoco sabíamos lo que nos esperaba por allí arriba, ni tampoco sabíamos exactamente la ruta que finalmente haríamos. Íbamos abiertos a todo.

Pero bueno. Tras las despedidas, Vega y yo continuamos adelante. Varias pistas me comenzaron a indicar que mi compañero venía con ganas de disfrutar de un día largo sobre la bicicleta. "¿Tú no tienes prisa, verdad?" o "a mí, los fines de semana, me gusta aprovechar para hacer kilómetros", fueron dos frases lanzadas al aire, que me pusieron sobre aviso.

Así que, como yo en bici me dejo hacer, porque este dichoso instrumento con ruedas es lo que mueve mi vida, continuamos hasta Villamanín. Y seguíamos siendo azotados por el viento. Hasta llegar hasta esta localidad montañosa del norte de León, había que atravesar varios túneles pero uno de ellos, decidimos saltárnoslo y seguir el trazado de la vieja carretera de Asturias, que es por donde estábamos rodando. Las primeras fotos...



Fue justo aquí cuando pudimos ver de manera clara, por primera vez en la mañana, la zona hacia la que nos dirigíamos. El valle de Casares. Y lo que pudimos contemplar era que la jornada tendría su parte de épica porque las nubes y la más que probable nieve, estaban ahí, esperándonos. 

Sin pensarlo mucho más, continuamos y, en un abrir y cerrar de puente de freno, llegamos al desvío que teníamos que coger para ir en dirección al Puerto de Aralla. Ya era un hecho. Ya era algo real. Hasta la subida, algo de nieve o agua nos iba a caer pero mi compañero y amigo me tranquilizó. "Esto está agarrado aquí en la peña y no va a ser mucho". 

Pero del frío no decía nada. En pocos kilómetros pasamos de unos diez graditos, eso sí, con viento, a no mucho más de cero grados. Y, claro está, seguíamos subiendo, lo cual no ayuda a encontrar buena temperatura. Pero estábamos ascendiendo un puerto y eso es lo que nos gusta, como así nos confesamos mutuamente.



Entre rampas, peñas y prados de alta montaña, estábamos disfrutando de una de las zonas más bonitas para hacer CICLOTURISMO que hay en la montaña leonesa. Encajonado dentro de todo esto, dejábamos a nuestra izquierda el Embalse de Casares y a nuestra derecha, unas tremendas peñas que estaban presidiendo la ascensión de dos amigos, de dos compañeros de club, de kilómetros y de afición que estaban disfrutando de una mañana de domingo cualquiera.

Y en nada, llegamos a la entrada del túnel, que ponía fin a la primera parte de la subida...




Las paredes de nieve que aún quedaban, a pesar de haber pasado ya casi más de mes y medio del gran temporal, eran impresionantes. Incluso había entrado nieve muy adentro del pequeño túnel que daba comienzo a la segunda parte de la ascensión del puerto. Primero una bajada y, finalmente, la última parte, de unos dos kilómetros y media, a más del cinco por ciento de desnivel medio.

Los premios que nos esperaban arriba eran varios. La satisfacción de conquistar un nuevo cartel marrón de puerto, un café caliente, algo de comer y unas cuantas hojas de periódico para bajar hasta la zona del pantano y no quedarnos helados, porque el frío nos estaba castigando bien. La jornada estaba revestida, al menos en esta zona, de unos toques épicos muy interesantes.




Ahora teníamos que descender hasta la carretera del pantano. Esto es algo que en verano y con buena temperatura mola un montón porque la carretera está arreglada y la zona es preciosa, pero en el día de hoy, con el frío que estaba haciendo, la verdad es que se hizo durillo y más para alguien que es un adorador del sol y del calor como yo. Escuchar decir a Vega que se había quedado frío bajando, hizo que no me sintiese como un bicho raro, la verdad. 

Pero ya estábamos en la terrible carretera del Embalse de Barrios de Luna. Y digo terrible porque yo siempre le he tenido manía. Es el arquetipo de "carretera rompepiernas". No te deja coger ritmo, no te deja ir cómodo y no te deja ni respirar. Pero hoy nos dejó entrar en calor porque aquí la temperatura era otra muy diferente a la que llevábamos sufriendo toda la mañana. Habíamos pasado de poco más de cero grados, a algo más de diez en cuestión de ocho o nueve kilómetros. 



Ya sólo nos quedaban cerca de sesenta kilómetros y fue aquí cuando hice una suma de lo que llevábamos y lo que nos quedaba y pensé, "¡coño!". Porque no era consciente hasta ese momento del chute de kilómetros dominicales que nos íbamos a endiñar, sin embargo, creo que había alguien que sí lo era desde el primer momento. 

En efecto, el amigo Vega ya lo sabía. Pero creo que se aprovechó de que a mí me gusta esto del fondo, que soy un facilón y de que lo estábamos pasando bien. Además, los dos nos encontrábamos bien. El ritmo que llevamos durante toda la mañana, fue el justo. Ni mucho, ni poco. El justo.

Ya sólo nos quedaban por delante El Cillerón y las rectas hasta León. De repente, escucho a mi compañero. "Ocho, nueve.....CIENTO TREINTA". 

Porque sí. El chute de kilómetros iba a ser estupendo. Al final del todo, salieron 137 km. Pero fueron kilómetros, todos ellos, geniales. Tanto como CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN como de manera más reducida, estamos disfrutando muchísimo este año. En todos los aspectos.

La ruta se terminó pero, a pesar de haber hecho muchos kilómetros y muchas horas sobre "La Americana", tengo ganas de más. De mucho más. Buena señal.

Gracias, Buka, David y Vega por este domingo tan cojonudo. Un domingo cojonudo más. Y los que nos quedan.

martes, 17 de marzo de 2015

CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN: 1ª CLÁSICA ASFALTO EN EL COCIDO.

¡Hola a todo el mundo!

No sabíamos a qué le teníamos más ganas. Si al trazado de la ruta, un lugar poco transitado debido a la distancia desde LEÓN, si al hecho de seguir haciendo historia con el Club Ciclista Asfalto León, si al propio domingo entre amigos o si al pedazo de cocido maragato que nos esperaba en Santiago Millas cuando llegásemos.

Seguramente le teníamos ganas a todo lo anterior. Y todo lo anterior se hace llamar la 1ª Clásica Asfalto en el Cocido.

Esta nueva clásica se pergeñó mientras dábamos pedales en la 1ª Clásica de Rioseco de Tapia y la idea surgió del Titán de la Sobarriba, o lo que es lo mismo, el gran Cecilio. 

Que si yo de vez en cuando ruedo por ahí, que si sé de un sitio que ponen buen cocido. Consecuencia de estos comentarios lanzados al aire. Se organiza algo y punto pelota. 

Y así fue, porque en realidad, teniendo las ganas que tenemos, sumado a que somos de fácil movilización, las consecuencias de estas cosas suelen terminar en ruta. Es más. Este domingo alguien pronunció "Riaño", pero eso aún está por ver.

Pero centrándonos en la Clásica que nos ocupa, la mañana en León amaneció fría y gris. Habíamos tenido una semana primaveral cien por cien, pero este León es así. Y como contra el clima nada podemos hacer porque no depende de nosotros, pues seguimos con nuestro plan. Y eso que la amenaza de lluvia, sinceramente, no era algo totalmente descartable pero, ¡al cuerno! Un cocido y un gran día de ciclismo nos esperaban.

Y, además, nos esperaba Óscar, el Caimán de Sanabria que también se ha venido con nosotros al Club Ciclista Asfalto León. Es nuestro socio de competición. Si alguien quiere retarnos, nosotros presentamos a Óscar. Compite con otro nombre y otra piel, pero en su faceta cicloturista, es uno de los nuestros. Y yo hacía que no le veía mucho tiempo y me hizo muchísima ilusión. De hecho, para mí era uno de los alicientes. Gran persona, gran amigo y gran ciclista en general. Y lo que organiza todos los años en Sanabria, ya habrá crónica del evento, pero es impresionante.


Habíamos quedado a las nueve de la mañana, en el lugar habitual para días de movilización. Yo había trabajado hasta tarde y se me pegaron un poco las sábanas, así que Cecilio me riñó. Sólo un poco, pero la bronca de un Titán, es la bronca de un Titán y punto. Esto me recuerda a esa escena de La Escopeta Nacional en la que el Marqués de Leguineche le dice a su hijo, interpretado por José Luis López Vázquez, "un hombre en la cama, es un hombre en la cama", a lo que López Vázquez, responde, "respéteme, padre", pero en fin, no me voy a dispersar más.

Iniciamos, como digo, la marcha unos minutos tarde por mi culpa pero, sin mayores contratiempos, llegamos a una hora razonable a Santiago Millas, localidad maragata y que, a las horas a las que desembarcamos allí, estaba desierta. 

Entre que montábamos las ruedas en las bicicletas y nos terminábamos de colocar los culotes y tal, abrió Casa Lucinio para poder empezar el día con un café encima, porque hacía un frío del tres, y así disfrutábamos del aroma de los garbanzos haciéndose y que después nos comeríamos en este mismo mesón, totalmente recomendable, por cierto.

Y emprendimos la marcha. Y comenzamos a descubrir la maragatería, esa zona misteriosa, con carreteras estrechas y parcheadas, de esas que convierten una jornada de cicloturismo en algo un poco más atractivo de por sí. Esas carreteras por las que suelen rodar los compañeros del Piñón Cortés de La Bañeza y los compadres del Club Ciclista Astorga. De hecho, nos cruzamos con un pelotón de cicloturistas que estaba compuesto por una mezcolanza de estos clubes. Buena gente todos ellos. 

Esto nos recordó que por esta zona por la que ahora rodábamos como Club Ciclista Asfalto León, el Piñón Cortés ha organizado algún año la Marcha Cicloturista Primavera y que es algo a lo que tenemos pensado varios socios, acudir y gozar del buen cicloturismo de los compañeros de La Bañeza.

Lo primero que destaca del trazado diseñado por Cecilio, del trazado de la 1ª Clásica Asfalto en el Cocido, es que hay un elemento que preside todos nuestros movimientos. Un elemento al que hay que reverenciar porque no deja de ser un lugar venerado y dedicado a los dioses. El Teleno era el espectador de todo lo que hacíamos. Sus laderas nevadas, su fortaleza sujetando las nubes amenazantes, su altitud. Te hace sentir un poco pequeñajo pero somos valientes. Somos ciclistas.

Poco a poco, íbamos atravesando varios pueblos de la zona. Que si Destriana, que si Castrillo de la Valduerna, que si Tabuyo del Monte. Una cosa nos quedaba clara. La Maragatería tiene una arquitectura especial y que, en mi opinión, es preciosa. Y no sólo eso. También hay que decir que los pueblos están cuidados y siguen todos un patrón. Este tipo de piedra, esta forma de tejado y cosas así. Estos detalles son los que hacen que los pueblos resulten atractivos al visitante y nosotros lo éramos.

Personalmente, y hablando de bicicletas de nuevo, yo no tenía mi mejor día. Tenía un sueño del copón, pero todo lo que había a mi alrededor llamaba mi atención. Vega explicando algo de algún monte o algún pueblo, Cecilio contando algún chiste, Buka y Óscar poniéndose al día, Rubén contando alguna historia de sus kilómetros pasados por la zona, David aguantándome de vez en cuando alguna vacilada, Fernando maquinando algo y Susana aguantando mis chapas, porque cuando tengo sueño, estoy hablador (más aún, para los que me conocéis). 

En menos de lo que canta un gallo, ya habíamos hecho más de 25 kilómetros y hallamos el lugar ideal para hacer una parada y sacarnos alguna foto de familia. Un precioso corral, presidido por un Maragato, en Luyego de Somoza.



La verdad es que la temperatura había subido bastante con respecto al inicio de la marcha y el viento ya no nos pegaba tanto. Algo estaba frenando el frío. No sabíamos muy bien lo que era, pero llegamos a Filiel, cambiamos de rumbo y comenzamos a subir una colina. Las vistas que estábamos dejando atrás eran, sencillamente, impresionantes.



Una vez terminada esta ascensión, ésta nos dio paso a una pequeña meseta en la que ya se escucharon las primeras sugerencias. "Podíamos parar a tomar algo, ¿no?", "¿no hay bares por aquí?".

Así suele comenzar todo y, por regla general, siempre alguien conoce alguna taberna. Lucillo era el pueblo más cercano y, aun teniendo bar, y contando éste con cierto aliciente, y hasta ahí puedo leer, decidimos seguir un poco más adelante y llegar hasta Santa Colomba de Somoza.

Había que bajar unos kilómetros. Estábamos cambiando de cara de la montaña y, justo en este momento, descubrimos que quien estaba protegiéndonos del frío y el viento, era esta santa colina porque, justo de este otro lado, la temperatura había bajado como cinco grados y un aire, más que intenso, muy molesto, nos comenzó a acompañar en nuestro viaje.

Así que apretamos el ritmo, formamos un sólido pelotón y llegamos al bar prometido, espoleados por las ganas de cafeína, de tortilla o de ambas...




Con las pilas cargadas, el pis echado y la tapa comida, proseguimos nuestro camino y en breve, comenzaríamos a ir en paralelo por el Camino de Santiago. Aunque una de las anécdotas del día se iba a producir justo en el instante en el que nuestro rodar se iba a cruzar con El Camino. 

Según salimos del bar, la verdad es que nos dispersamos un poco. Se hicieron tres grupillos, separados todos ellos por escasos cincuenta metros, a ver si me entendéis. El último de estos grupos estaba formado por Óscar y Fernando que, ni cortos ni perezosos, tomaron dirección Foncebadón-Cruz de Ferro. Ahí les tenéis. Con un par. Así que Buka y Cecilio, cuando nos dimos cuenta, fueron a buscarles. Se pusieron a darle a la lengua y se les quedaba corta la ruta, se ve. Querían alargar por Ponferrada.

Esto me da pie para introducir otro de nuestros retos. A parte de ese de Riaño que parece que alguien ya pronostica, también tenemos idea de hacer una ruta circular por, precisamente, Foncebadón-Cruz de Ferro y el Manzanal, pero más adelante.

Por lo que respecta a la 1ª Clásica Asfalto en el Cocido, nuestros pasos, o más bien nuestros pedales, se dirigían ya hasta Astorga, y nos encontrábamos ya en Castrillo de los Polvazares. Una de las cosas más buenas de esta ruta ha sido que durante casi todo el trayecto, el tráfico es prácticamente inexistente. De hecho, en la carretera de Castrillo, por la que ya sí que pasaban coches, al llevar toda la mañana sin la compañía del tráfico, los coches molestaban un poco más que de costumbre. Qué bien habíamos estado toda la mañana, rediós.

Ya divisábamos Astorga y, lo que era aún más importante. Casi saboreábamos el cocido Maragato que nos esperaba en Casa Lucinio. Los días de ruta del Club Ciclista Asfalto León, la verdad es que no aprovechamos para castigarnos en cuanto al ritmo, pero sí es verdad que estamos todo el día subiendo algo y no hacemos pocos kilómetros, con lo que hacemos muchas horas sobre la bici, que es lo que toca. Esto hizo que en Astorga ya hubiese voces que comentaban que había hambre.

Quedaba la última parte. Quedaban, tan sólo, quince kilómetros y todos teníamos ganas ya de sentarnos en la mesa del restaurante. Sin ir más lejos, yo llevaba un rato pensando en esos garbanzos, acompañados de un poco de "vino-gas" y perturbaba mi mente todo ello. Así que cuando, a falta de cuatro kilómetros, Vega y Cecilio dijeron, "tramo libre", me agarré abajo, bajé varios piñones y puse la bici a cincuenta kilómetros por hora. Quería cocido y lo quería "¡YA!". 

Seguido por Óscar, llegamos al final de esta maravillosa ruta. Poco a poco, llegaron todos. Buka, David, un perro que nos estaba atacando a todos, en fin, cosas que pasan.

Ya sólo quedaba subir el puerto más duro de todos...



Así que, como conclusión de todo esto, se podría decir que ya estamos esperando una nueva edición de la CLÁSICA ASFALTO EN EL COCIDO. El Club Ciclista Asfalto León sigue escribiendo, con letras de oro, los renglones de una historia que nos está haciendo disfrutar, muchísimo, de todo. 

lunes, 9 de marzo de 2015

CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN: la ruta del Cueto Rosales.

¡Hola a todo el mundo!

Intentar resumir en una entrada de este blog la espectacular ruta que hemos hecho los del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN, sencillamente es imposible, pero os juro que lo voy a intentar.

Y todo empezó con un breve paseo en bici matutino. Éste paseo sería hasta el punto de encuentro habitual cuando salimos desde León en coche. De casa hasta allí, me encontré con uno de los compañeros del Club. El gran Juanjo, que en esta ocasión tenía ruta pero de monte. A saber dónde tendría pensado ir. Él iba abriendo camino en coche y otros cuatro más, hasta arriba de bicis de monte y gente llena de ganas de barro, le seguían. Cómo las monta el bueno de Juanjo.

Pero nosotros, los de asfalto...los del Club Ciclista Asfalto León, no nos quedamos atrás. Hoy nos apuntamos a la aventura cinco valientes. Y es que teníamos muchísimas ganas porque la ruta surgió casi sin querer debido a los días que están viniendo. Había que aprovecharlo. Y cuando un grande como es Vega te dice, "el domingo, ruta desde La Magdalena", pues te apuntas con los ojos cerrados.

Cargamos las bicis en la furgo de Cecilio. Ese Cecilio que es un grande y que, con la espalda hecha añicos, se apunta el primero a lo que sea. Para él no hay ni una escusa. Si se presenta la oportunidad, se aprovecha y punto. El ritmo nunca importa. Lo que importa son las ganas y la fuerza que sale de donde, a veces, cuesta. 

Llegamos a La Magdalena. El día no podía ser más impresionante. Sol, ni una nube, ni un poco de viento. Estaremos en marzo pero pocos días vamos a pillar en todo el año como el de hoy, os lo aseguro. Sin embargo, a pesar de que el día era muy primaveral, por no decir veraniego, había una extraña mezcla de vestuario entre todos nosotros. Yo, que soy muy, muy, pero que muy friolero, tenía pantalón de invierno y parte de arriba con varias capas. Algún valiente iba en maillot corto con manguitos y cosas así. En fin. Tenemos ganas de estar uniformados y tendremos que esperar aún alguna semana.


Comenzamos la ruta. Primer objetivo. "¿Dónde hay un bar por aquí?". Lo encontramos rápidamente. Es que una ruta sin un café inicial, ¡ni es ruta ni es nada! Así que, a golpe de café solo, café con leche y pinchito de tortilla o bizcocho, vamos haciéndonos a la idea de lo que nos queda por delante.

Vega, que se las sabe todas y nos conoce a todos, insiste. "Salimos tranquilos, que el día va a ser largo". Y yo, que ya le conozco, sé que tiene razón porque a pesar de que la ruta no lleve adosados muchos kilómetros, lo que una ruta del Gran Vega siempre lleva aparejados son unos miles de metros de desnivel acumulado. Sólo hay que comprobar cuántos habrá.

Comenzamos a rodar y David ya se lo huele. "Salimos subiendo. Joer". Pues sí, compañero. Así va a ser durante casi todo el año. Así que, cuando llegamos a Riello, primer cambio de carretera. Salvo Vega, ninguno teníamos muy claro dónde estaría la encerrona, pero éramos muy conscientes de que alguna sorpresa iba a haber.


Así que, con una mezcla de resignación e ilusión, avanzábamos kilómetros hasta que después de una curva y un robledal, ahí apareció el muro. Unos cuatrocientos metros a más del diez por ciento. "¡No me jodas, Vega!". Pero bueno, esto lo dije casi en broma porque a mí me va la marcha, así que aceleré un poco para subir el muro de manera alegre. "Tranquilidad que el día es largo, Dani", comentaba Vega, mientras el ansia viva se apoderaba de mí.

Comenzamos a subir el muro sin saber muy bien cuánto más duraría. No parecía ser muy largo, pero bueno. Lo cierto es que estuvimos entretenidos un ratín. Y en la cima, reagrupamos, foto, risas y seguimos...


Y a partir de aquí, sencillamente comenzamos a ver que la ruta no era algo normal y corriente. Para nada. Para llegar hasta el siguiente pueblo, de nombre Arienza, la ruta discurría por un robledal, de trazado sinuoso, que comenzó a hacer las delicias de todos nosotros. "¡Qué pasada de ruta!", iba a ser la frase más escuchada.

Y es que nadie de los que no parábamos de pronunciar esa frase estábamos mintiendo. Vegetación frondosa, que ahora mismo está en un letargo que la primavera va a poner punto final en breve, pueblos de edificios fuertes, sólo debilitados por el abandono de las zonas rurales que desangra a nuestra provincia, carreteras en buen estado, a pesar de los durísimos inviernos que reciben cada año y, sobre todo, un día increíble y, a pesar de ser repetitivo, unos compañeros de ruta geniales. 

Gente dispuesta, gente decidida, gente compañera, gente sin miedo a mirar adelante y gente con ganas de mil cosas. Puede que hayamos tardado años en reunirnos pero el hecho es que ya estamos aquí y nos llamamos Club Ciclista Asfalto León.

Y todos juntos, ahora afrontábamos un descenso bonito que nos llevaría hasta El Castillo, un pueblo que recibe el nombre, como no, de un castillo. El Castillo de Benal

Esta localidad tiene dos peculiaridades importantes para lo que es el cicloturismo. Da inicio a una muy buena ascensión y que sería el "puerto" del día para nosotros, el Cueto Rosales. Y la segunda característica es que hay un bar y nosotros íbamos a tomar algo allí.



Tras el refrigerio, llenar los bidones y cambiar el agua al canario, proseguimos nuestro camino y esta vez, quitar el plato grande era obligado porque, señoras y señores, tocaba subir el Cueto Rosales.

Pasamos el puente que salva el río Omaña, nos colocamos en posición y comenzamos a dar pedales de esos que cuestan más de lo normal. De los que hacen que subas, subas y subas. Estábamos de lleno en el Cueto Rosales y no había vuelta atrás. Las primeras rampas de más del diez y más del quince por ciento de la temporada, estaban a punto de llegar. Por eso y por otras razones, sonaba tras nuestras cabezas, en concreto tras las de David y la mía, una voz que murmuraba, "tomároslo con calma". Vega conoce la ruta. Vega sabe lo que es que se te haga larga una etapa. Vega es experto. 

Y como nosotros queríamos desfogar, seguimos adelante. Tampoco es que fuésemos con el corazón en la boca, pero apretamos el ritmo. Y la subida me sorprendió porque yo pensaba que sería la típica plagada de monte bajo y para mi sorpresa, la carretera atraviesa un robledal que sólo se puede calificar como de magnífico.

Metro a metro, pedal a pedal, íbamos avanzando poco a poco. Buen ritmo, sin forzar pero sin parar. Llegamos al desvío que conduce a las antenas de la cima. "Yo creo que esta es la rampa del veinte por ciento", comentaba David...


Pero mi amigo David no estaba en lo cierto y, cuando terminamos la recta que se ve en la foto y que ya estaría de por sí al diez por ciento fácilmente, ahí sí que comenzaron las rampas importantes. Antes de necesitar las dos manos para retorcerme sobre "La Americana", debía dejar constancia de mi opinión acerca de las paredes que nos estaban aguardando...


Así que, una vez desahogados todos mis sentimientos, bajé un piñón, me puse sobre bielas y comencé a retorcerme. Y la verdad es que, a pesar de ser momentos en los que no es que se pase bien precisamente, ya tenía ganas de volver a tener estas sensaciones. Desde el último día que fui hasta Asturias con la bici, no había vuelto a tener esas sensaciones y son las que hacen que intente salir cada día a entrenar. Los cicloturistas seremos masoquistas o algo así, pero nos gusta este rollo, qué le vas a hacer.

Y cuando estábamos encarando la última rampa, que nos conduciría a un mirador de vistas impresionantes, el Cueto Rosales nos iba a enseñar su última defensa, habida cuenta de que sus rampones nada podían contra nosotros. Restos de nieve en la calzada. Había paso por algunos neveros, pero en otros, tuvimos de echar el pie a tierra y atajar por las cunetas para no jugárnosla.

Y aquí es donde vivimos un pequeño momento absurdo o, mejor dicho, yo viví un momento absurdo. Tras dejar atrás uno de los neveros sobre el asfalto, David, persona prudente, decidió seguir con la bici en la mano dado que quedaban como diez metros para coronar. Sin embargo yo, que soy pelín necio, me intenté subir a la bici. Primera cala metida pero, ¿y la segunda para dar la primera pedalada de afianzamiento? Pues no pude completar el proceso y caí, todo lo largo que soy, sobre la nieve y con la bici enganchada. En mi frustración, comencé a lanzar bolas de nieve al pobre David. En fin. Culo mojado y para arriba.

Tras este momentazo, que me permitió hacer algo que me encanta, que es reírme de mí mismo, coronamos la subida del día. En cuanto estuvimos todos en la cima, subimos un poco más y llegamos al mirador. Y qué pasada de sitio, amigas y amigos. 





Ahora tocaba bajar. Un descenso rápido y que en algún punto se hacía algo peligroso debido a la maleza y rocas que las nevadas han dejado sobre el firme. "Así es más emocionante", comentó uno que yo me sé. Entre emoción y emoción, llegamos a un desvío que nos conduciría hasta un pueblo que se llama Castro de la Lomba. No sé qué es más duro si lo que subimos o lo que estábamos bajando porque pasamos por tramos que quitaban el hipo en cuanto al porcentaje.

Lo que nos quedaba de ruta se dividiría entre acompañar al río Omaña en su discurrir por este valle y subir hasta Irián para enfilar el camino a la furgo de Cecilio, ese titán de la Sobarriba que, a pesar del dolor de espalda, mantenía el tipo sin un "¡ay, ay!, me duele aquí o allí". Sólo agachaba la cabeza y apretaba los dientes.

A la vista, otro bar cerca de Carrizal de Luna. ¿Y qué íbamos a hacer nosotros? Pues parar a tomar la penúltima y a hacer un poco el gañán, que eso se nos da la mar de bien...


Y tras tomar algo con los colegas de Club y con Miss Febrero, seguimos nuestra ruta, a la que le quedaba ya poco. El día seguía siendo espléndido pero se había levantado un pequeño viento de cara que empezaba a ser molesto, pero una vez en Soto y Amío, nuestra marcha cambiaba de nuevo de rumbo y el molesto viento de cara, ahora era una cómoda brisa a favor que hizo que llegásemos de nuevo a La Magdalena como tiros.

Mientras nos comíamos unos bocatas en la furgoneta de Cecilio, sin la necesidad de verbalizar nada, todos éramos muy conscientes de que el día que habíamos pasado, rodando por unos parajes increíbles de nuestra provincia, de nuestro León, junto a grandes compañeros de club, había sido inolvidable y que teníamos ganas de repetirlo. Sin ir más lejos, el próximo domingo. Salida, desde Astorga.

lunes, 23 de febrero de 2015

CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN: 1ª CLÁSICA DE RIOSECO DE TAPIA.

¡Hola a todo el mundo!

Y llegó el gran día. Llegó el día de la 1ª CLÁSICA DE RIOSECO DE TAPIA. La hora de salida eran las nueve y media de la mañana. Saldríamos desde León, en coche, hasta el punto de salida que, como su propio nombre indica, sería Rioseco de Tapia.

Todos fuimos razonablemente puntuales. Se notaban las ganas en el ambiente aunque, a decir verdad, estas ganas ya se percibían desde hacía unos días. Una super ruta no se hace siempre y la que teníamos ideada desde hacía un tiempo atrás, era y es de las buenas.

El recorrido de la misma de por sí es precioso, pero de nada sirve una etapa guapa si la compañía no vale nada o si tampoco sirve de nada lo que vayas a hacer con esa compañía. Y en la Clásica, nuestra clásica, la Clásica del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN, se juntaban todos los ingredientes para tener un día inolvidable.

Y sería inolvidable por muchas razones, pero la principal es que ha sido la primera ruta que hemos organizado como club, así para nosotros, que era y es el fin principal de la creación de este proyecto tan ilusionante. Hacer un montón de cosas, por LEÓN o por donde haga falta y, para estar en febrero y llevar cuatro días funcionando, no vamos por mal camino.

Y cuando eran las nueve y media de la mañana,  con el coche y furgoneta cargados y las ganas a tope, salíamos en dirección a Rioseco de Tapia. Las nubes que se podían ver durante el camino no presagiaban nada bueno, la verdad. En las montañas lejanas (y no tan lejanas) había bastantes nubes que parecían regarlas, pero nuestro rumbo no llegaría hasta esas zonas. Otra cosa diferente es que el rumbo del temporal nos alcanzase a todos nosotros.

Las predicciones durante la semana habían dicho que para el recorrido por el que estaríamos rodando, no tendríamos problemas de lluvia o nieve, pero del dicho al hecho, hay un gran trecho.

Llegamos a Rioseco con ganas de tomar un café tranquilamente mientras nos mentalizábamos. Y, finalmente, de lo que tuvimos que mentalizarnos fue de no poder tomar café porque los bares estaban o en obras o cerrados, con lo que la "operación cafeína" quedaba abortada.

El problema de esto fue que como todos íbamos ya en bici en busca del bar para tomar el coffee, digamos que nos encontrábamos a medio preparar. No me malinterpretéis, nadie iba con medio ciruelo al aire, pero sí es verdad que quien más quien menos, alguna cosa no tenía bien colocada. Si no era el cuello polar (vamos, la braga) eran las gafas o lo que fuese, así que el primer kilómetro y medio de la 1ª CLÁSICA DE RIOSECO DE TAPIA lo recordaré como de puesta a punto sobre la bici, haciendo algún malabar.

Pero en seguida nos juntamos todos, nos colocamos en formación de "a dos" y comenzamos a dar pedales. Buka, Cecilio, David, Fernando, Juan Carlos, Susana y un servidor, éramos los integrantes del animado grupo que estábamos haciendo historia ya que, esta ruta y otras que están por llegar, lo han hecho para quedarse y consolidarse dentro de nuestro club.


Era como si hubiésemos hecho diez millones de kilómetros rodando juntos. Todo funcionaba como un reloj. Primer objetivo. Engañar a Fernando el mayor número de kilómetros posibles. Él tenía planes familiares y debía de estar en casa a una hora determinada, así que no completaría la ruta en su totalidad, sin embargo, nos acompañaría muchos kilómetros. Lo que él no sabía era que todos, sin tenerlo pactado ni haberlo hablado entre nosotros, estábamos trabajando en equipo para que rodase con nosotros más kilómetros de los que él tenía en mente. La técnica de la que disponíamos para hacer esto se llama COMPAÑERISMO.

Él podrá decirlo mejor pero en ningún momento se vio tirado o sin alguien a su lado o muy cerca de él. Lo suficientemente cerca como para suponer un cierto acicate, una cierta motivación. Primero hasta aquí, luego un poco más lejos. Más tarde hasta ese pueblo de más adelante. ¿Por qué no subir este repecho y, algún que otro kilómetro después, el siguiente? Y así, poco a poco, llevábamos cerca de treinta kilómetros y seguíamos todos juntos.

Pero Fernando se tenía que dar media vuelta. Era algo inevitable. Pero era algo que se produjo muchísimos kilómetros más adelante de lo que incluso él mismo creía de antemano. El compañerismo, a veces, obra milagros.


Ya sólo quedábamos seis miembros dentro del grupo. Parecía que las nubes estaban esperando a dar su golpe teatral a La Clásica justo en este momento. Justo en el momento en el que Fernando se dio media vuelta.

Rodábamos por una carretera que se veía protegida por montañas a ambos lados. Montañas grandes, muy vetustas, nada de picos escarpados y "jóvenes". Sabían lo que podía pasarnos si nos distraíamos o nos entreteníamos en demasía. Estaban conteniendo las nubes todo lo bien de lo que eran capaces, pero algún atrevido trozo de temporal nos amenazaba en forma de gotitas, no se sabía muy bien si de nieve o agua, que avivaban nuestro ritmo. Nos quedaba muy poco para coronar, llegar al límite con El Bierzo y cambiar nuestro rumbo en dirección a La Cepeda.

Por fin llegamos a este desvío. Se podía entrever, más allá, en dirección berciana, lo que las montañas estaban conteniendo y de lo que nos estaban librando. Os aseguro que nos habían estado haciendo un favor pero algo nos decía que no nos podíamos detener a darles las gracias. Era como si el espíritu de las montañas nos dijese, "¡corred, insensatos!".

Y así lo hicimos, ya en dirección a Nistoso y en dirección al techo de La Clásica. Unos 1360 metros era dicho techo que estaba cubierto por una mezcla, casi fantasmagórica de nubes, niebla y nieve en abundancia en las cunetas.



Había partes en las que se superaba el metro de espesor de nieve y esto nos permitía coger trozos de nieve en plena marcha y lanzárnoslos. La verdad era que los que estábamos tocando la moral con esto al resto de compañeros, éramos el Buka y yo, pero los compañeros no parecían tomarla con nosotros. Al fin y al cabo, ya saben la pedrada que manejamos, así que todo parecía marchar bien.

Ahora tocaba descenso. La carretera estaba bien, sin restos de nieve, sin hielo, dado que la temperatura no era del todo gélida, pero con ráfagas de viento muy intensas que conseguían moverte de un lado a otro. Lo bueno de todo era que a nuestro paso dejábamos a las montañas frenando a las nubes, que ya dejaron de ser anecdóticas para ser una amenaza real y seria.

Qué fantástico es encarar la subida a nuestro primer cartel marrón como club y que lo que predomine en todo esto sea el buen rollo, el CICLOTURISMO en mayúsculas, el "vamos a llegar todos juntos". No sabría muy bien cómo describir el ambiente, pero lo que mejor lo podría resumir es la palabra confraternidad.



Y cuando ves el cartel del Alto del Val del Oso, a pesar de no ser la subida más dura y reseñable que vayamos a hacer o hayamos hecho, sientes que es el comienzo de algo grande que te llena tanto como cicloturista, como integrante de un grupo de buenos amigos, unidos por algo tan sencillo en apariencia como una bicicleta.


Ahora el objetivo era llegar al bar del Embalse de Villameca, donde nos esperaba una tortilla, un poco de queso, un poco de calor y una gente encantadora. LEÓN tiene muchas sorpresas y este embalse es una de ellas. Tiene muchas características curiosas. Una de ellas es que no sólo está cerrado por una presa, si no por tres nada más y nada menos. Sólo anegó un pueblo llamado Oliegos. Si pasáis por la zona, os lo recomiendo.

La llegada a un bar, con gente al ser domingo, de un grupo de ciclistas, normalmente es algo que llama la atención a los parroquianos. Siempre recibes atención, buen trato y la curiosidad de alguien. "Pero con el día que hace, ¿cómo habéis salido?", "¿desde dónde venís?", suelen ser las expresiones generalizadas y más habituales.




A golpe de tres cervezas y tres refrescos comenzamos las series duras de la 1ª CLÁSICA DE RIOSECO DE TAPIA. De aquí hasta el final de la ruta, el regusto a riquísima tortilla siempre estaría presente.

Con la promesa segura de unas sopas de trucha para la próxima vez que fuésemos por parte de los dueños y de volver por allí por nuestra parte, retomamos la marcha, sinceramente, sin demasiadas ganas porque lo que nos pedía el cuerpo era una siesta, pero era lo que debíamos de hacer.

Ahora el viento nos iba a echar una mano. No rodábamos. Volábamos. Nuestro siguiente objetivo era el Mirador de La Cepeda. Un verdadero espectáculo al poder contemplar muchísima meseta desde una posición más que privilegiada. El día permitía contemplar algo, que no todo, de lo bonito de esta zona. Se empezaba a cerrar y había que moverse rápido porque, de hecho, alguna gota se estaba escapando. Antes de llegar al mirador, el trazado de La Clásica permitía ver, a una prudente distancia, la zona del Alto del Val del Oso que ya habíamos dejado atrás, y las cosas pintaban mal por allí.





Próxima estación. Desvío de La Garandilla y dirección Las Omañas. Aquí cambiábamos el rumbo para alargar unos diez kilómetros la ruta inicial. Quedan mejor 90 kilómetros que 80 kilómetros, de toda la vida, así que hasta Las Omañas, Santiago del Molinillo y ya iríamos en dirección al punto de partida.

Este trozo fue en el que dimos algo más el callo, la verdad. Espoleados por el viento, no bajábamos de cuarenta kilómetros hora, aunque eso nos daba a todos un poco igual. La cosa es que nos salió sin pensar. Nos sentíamos agusto, sin más. El, digamos, problema, fueron los últimos kilómetros de viento en contra, pero lo solventamos sin mayor apuro.

Qué gusto llegar de nuevo a Rioseco de Tapia con la sensación de haber hecho algo fantástico. Todos sentíamos una gran satisfacción, pero ninguno se mostró especialmente eufórico porque somos muy conscientes de que la 1ª CLÁSICA DE RIOSECO DE TAPIA ha supuesto la primera gran etapa, de lo que promete ser un año lleno de experiencias, de rutas, de kilómetros, de camaradas, de anécdotas. De CICLOTURISMO.