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lunes, 9 de marzo de 2020

BikeFrienly. Cicloturismo 100%.

¡Hola a todo el mundo!

Pues ya se me han terminado las vacaciones invernales. El objetivo siempre es relajar, disfrutar, comer genial y un largo etcétera que seguramente sea el objetivo común de mucha gente. Esta vez María y yo nos llevamos las bicis con la idea de salir los días que se pudieran. Era un pequeño acto de fe porque nos fuimos a Asturias en medio de varios temporales. Tuvimos mucha suerte porque de los cinco días en los que podríamos haber montado en bici, lo hicimos dos, con buena temperatura, algo de viento eso sí, pero no vamos a pedir milagros tampoco.

Además, las rutas discurrieron por el entorno de Oviedo dirección Teverga y a mí, que me gusta investigar carreterillas que si tienen subidas mejor, para desgracia de la pobre María, encontré unas rutas estrechas y verticales que harían las delicias de mucho “cuestacabrista”, pero de lo que me apetece hablaros hoy es del principio de todo. ¿Dónde dejamos las bicis cuando llegamos al hotel?

No era la primera vez que nos alojábamos en el establecimiento en el que lo hicimos, pero sí que era nuestra primera experiencia allí con las bicis a cuestas. Y es que resulta que nuestro alojamiento es un hotel BikeFriendly.


Resumiendo el tema muy mucho, deciros que es una marca a la que se acogen ciertos establecimientos hoteleros, casas rurales, etc, con especiales facilidades de cara al viajero que va a pasar unos días de descanso con la bicicleta.

Ya conocía el tema de BikeFriendly pero no lo había disfrutado. Y digo bien disfrutar porque no puedo más que alabar esta idea de negocio. Os cuento mi experiencia que por cierto, no está patrocinada aunque lo pueda parecer. Sencillamente he quedado absolutamente encantado con la experiencia.

Para empezar, tanto en la web del hotel como una vez que llegas a las instalaciones del mismo, “BikeFriendly” aparece por todos lados. Te lo meten por los ojos hasta que, aficionado o no al ciclismo, te interesas por ello. Carteles, pantallas con reportajes acerca de las bondades de las rutas de la zona, expositores con bidones, maillots o cosas así y más asuntos que si coincide que eres ciclista, llamarán poderosamente tu atención.

Cuando dices en recepción que quieres ir a guardar las bicis, te dan una llave para un candado y te indican dónde está el garaje de las bicicletas. Entonces, con la misma llave de la habitación que te han asignado, accedes a un espacio llamado “zona taller”. ¡Y qué espacio! Consta de unos cuantos colgadores de pared para poner la bici y poder candarla de forma fácil, así como un par de soportes para poder hacer ajustes en la bici, una mesa de taller, herramientas, una bomba de pie, además de disponer para todo esto, espacio más que de sobra para no estar agobiado ni mucho menos. También existe además de todo lo anterior, una zona de lavado para dejar la bici impoluta.

Otras veces he viajado con la bicicleta y las experiencias han sido de todo tipo. La verdad es que yo suelo subir la bici a la habitación y si en algún hotel no me dejan, pues no acostumbro a reservar en establecimientos con este, para mí, inconveniente. Cuando he hecho el acto de fe de guardar la bici en las zonas que ciertos hoteles tienen reservadas para ello, no guardo buen recuerdo, la verdad. En la última ocasión que lo hice dejé la bicicleta a las seis de la tarde y a eso de a las diez de la mañana ya tenía una caja de herramientas apoyada sobre ella. ¿Solución? La bici a la habitación.

Así que encontrar un establecimiento BikeFriendly es un verdadero lujazo como podréis comprender seáis o no aficionados al ciclismo. También tengo que añadir que esta idea turística no sólo se reduce a contar en ciertos hoteles con un formidable espacio para las bicis. Además intentan crear un motor económico a través del cicloTURISMO, con eso de “turismo” en mayúsculas.

No es algo muy habitual, al menos por el momento, que el cicloturismo sea un motor económico de relevancia en España. La experiencia que tengo de alguna vez por Francia me ha hecho pensar que por ese lado de Los Pirineos están más adelantados en este sentido, pero creo que se debe a la relación que se tiene en la vecina Francia con la bicicleta. Una relación mucho más cicloturística, diferente a la idea española predominante de practicar un ciclismo deportivo por encima del turístico. Pero ideas como BikeFriendly pueden suponer un gran empujón a esta faceta turística.

Esta cara más lúdica, viajera y gastronómica del ciclismo no tiene más que ventajas. Limpia, saludable, que se suele desarrollar por eso que ahora se conoce como la España vaciada que tanta necesidad tiene de un cierto impulso, el que sea. Son muchos los aspectos positivos que se consiguen al desarrollar este sector y BikeFriendly parece haberlo visto.

Siempre que me sea posible intentaré en lo sucesivo buscar alojamientos BikeFriendly y os animo a que le echéis un ojo a este tema porque facilita mucho las cosas a la hora de viajar con la bici a cuestas. Un sobresaliente a esta empresa, sí señor.

sábado, 29 de febrero de 2020

Ciclismo hedonista.

¡Hola a todo el mundo!

Me encuentro ahora mismo en medio de un pequeño parón de una semana y algún día más. Pero un parón no entendido como aquello de aparcar la bicicleta y olvidarte de ella, yo no hago eso nunca. ¿Olvidarme de la bicicleta? ¡Venga, hombre!

De vez en cuando me presta salir en bici a disfrutar, nada más. Nada de pensar en que si tengo que hacer tantos kilómetros o si tengo que acumular tanto desnivel o gaitas de esas. De vez en cuando salgo a gozar sobre la bici. Gozar de verdad. Días de entrar en un restaurante vestido de ciclista a comer porque me ha pillado en medio de la ruta la hora de almorzar, o entrar en un monumento a visitarlo vestido también de romano, etc. Yo soy así, sí. Soy de esos ciclistas extraños que de vez en cuando hacen cicloturismo de verdad.

Y esta semana larga, además coincide que me voy a pasar unos días a Asturias. El coche, con "La Americana" y "La Pequeña Americana" en los portabicis, con ganas de descubrir nuevas rutas junto a María, amén de varios restaurantes y un balneario chulísimo. Efectivamente, mi mujer se ha unido definitivamente a esto del ciclismo. “Llevamos las bicis, ¿no?”. Esa fue su pregunta y no creo que haga falta decir cuál fue mi respuesta.

Así que a la ilusión de unos días de vacaciones para hacer cicloturismo de verdad, se le juntan las ganas de descubrir rutas nuevas. No es que sean absolutamente desconocidas para mí pero allá donde vamos no hay muchos puertos a pesar de ser Asturias (subidas habrá seguro, claro) y no tengo muy controlado ese territorio. Normalmente a Asturias yo suelo ir a buscar puertos y a hacer el animal a golpe de 36x28 y, peor aún, 36x32.

Y hacer este tipo de cosas me encanta ya no sólo por el hedonismo puro y duro, sino porque cuando me pongo a entrenar duro para intentar estar bien de cara a los retos que me voy poniendo a lo largo del año, me recuerda por qué monto en bici. Yo creo que si solamente montase en bicicleta con el fin de entrenar a tope, al final me quemaría. Yo entiendo este negocio como algo más allá de eso y forma parte de mi ser más profundo. Para mí ni es una moda, ni un reto puntual ni nada parecido. Yo soy la bici y la bici soy yo. Tan sencillo y raro como esto.

Este tipo de escapaditas me recuerdan por qué hago lo que hago. Alguna vez lo he escrito por aquí casi seguro, pero aún recuerdo la primera vez que me acerqué al Tourmalet. Yo fui con la intención de subirlo en plan a ver cuánto tardaba y bla, bla, bla, hasta que vi el rollo que llevaba la gente por allí. Una verdadera romería ciclista. Daba igual la edad. Daba igual si echabas pie a tierra para tomarte un respiro o si lo echabas para sacarte unas fotos. Lo de menos era cuánto tardabas. Había que saborear la subida, la historia que se respiraba a cada metro de la ascensión y toda una serie de cosas que nada tiene que ver con el ciclismo deportivo que acostumbramos a hacer por este lado de los Pirineos.

No tengo nada en contra de esa manera de entender la bici, ojo. La manera más enfocada al rendimiento. De hecho, se podría decir que la mayor parte del tiempo yo mismo es lo que hago, la verdad, pero al menos en mi caso, necesito tomármelo con calma cada cierto tiempo para no olvidar lo que es realmente el ciclismo. Un disfrute total que envuelve todo tu ser y te convierte en alguien absolutamente feliz.

En resumidas cuentas. Que si estos días estáis por Asturias y veis entrar a una pareja vestida de ciclistas en un restaurante o en un monumento haciendo bien de ruido con las calas y de más, puede que seamos María y yo. ¡A gozar se ha dicho!

miércoles, 8 de mayo de 2019

Un día cualquiera en Pajares y La Cubilla


¡Hola a todo el mundo!

El otro día, saqué un poco de tiempo, después de un mes de abril complicado, lleno de cosas que hacer y, por fin, fui a subir puertos, que es lo que más me gusta a mí, por cierto. Sé que la última vez hablé aquí de una ida de olla buena, buena, como es subir en la misma sesión de exorcismo, las tres vertientes de Cobertoria, con la guinda final del Gamoniteiro. Si bien es algo que tengo intención de hacer este año, en el primer día de puertos me apetecía hacer algo más clásico.

Así que subí a La Americana en Klaus y nos piramos a Campomanes para ascender Pajares en primer término y, para culminar la jornada, La Cubilla que este año se sube en La Vuelta a España. Qué pena que los profesionales no vayan a poder disfrutar del espectáculo que es este puerto, ¡pero sí toda España! Cómo se va a poner la subida, ya lo verás.

Nada más que enfilé la carretera vi que había nubes sobre las montañas que separan Asturias de León. Y maldita la suerte, porque los días anteriores había hecho unos días estupendos, ¡rediós! No iba a haber sorpresas porque para llegar a Campomanes tendría que bajar Pajares, mi primer coloso del día. Y cuando llegué a la cima de dicho mito del ciclismo… ¿dónde estaba la cima? Niebla. ¡NIEBLA MEONA! Y lo único que se podía ver era un termómetro digital que indicaba unos escalofriantes tres grados.

Y yo, que soy un adorador del calor, pues me dio vueltas la cabeza. Sobre todo cuando empecé a pensar en que había preparado la ropa, no absolutamente veraniega, pero sólo un poco más. Ni chaqueta, ni maillot de entretiempo, ni unas tristes perneras, ni unos necesarios guantes con los dedos largos, ni nada de eso.

Pero soy un tío duro (a veces hay que tirarse un poco el moco, leñe) y nada me impidió, después de un café, comenzar la ascensión.

Pajares, a pesar de lo que se pueda pensar debido a la carretera nacional que lo atraviesa, en mi opinión no te genera excesivos problemas si se tiene cuidado. Evidentemente tienes que ir bien pegado a la derecha, no es como otros puertos, absolutamente olvidados por el tráfico, en los que vas más relajado. Pero si se escoge bien la fecha, sin esquiadores ni playeros, es un puerto chulo de subir.

Sabía que los últimos dos kilómetros me reservaban niebla, agua y frío por un tubo, así que pensé que lo mejor sería desfrutar el momento. Subiría tranquilo, nada de achuchones, que era el primer puerto serio del año. Pero es que cuando llegué a esos dos kilómetros del final, fue ahí donde me puse en bielas y apreté. De alguna manera tenía que quitar el frío. Además, para quien no conozca Pajares, ese par de kilómetros son los que hacen de Pajares un puerto pata negra. Unas rampinas del 15% y del 17% hacen que no se te olvide la ascensión.

Pero es que a mí, ese día lo que no se me iba a olvidar era la bajada. Piso absolutamente mojado, visibilidad de creo que no exagero si digo que de 20 metros y un frío, insisto con esto, que se te metía por todos los lados y especialmente en las manos. Había que parar en el bar ese de la curva, en cuanto se acabó la niebla, porque yo ya no podía ni frenar. Tenía las manos como un Playmobil.

-          “Buenos dis” No está bueno por ahí riba, eh, nin!!”

Eso fue lo que me dijo el chigrero y no le faltaba razón. Cómo me vería que no le pedí un café con leche y ya me lo estaba poniendo él. ¡Menudo gallo que está hecho! Pero yo, que soy un tío duro (y vuelvo a tirarme un poco el moco) continué con la bajada, ya un poco mejor, y llegué a Campomanes de nuevo, esta vez, con rumbo a La Cubilla.

Este gigante asturiano, se sube bien, pero no hay que tomárselo a broma. Era mi tercera vez y yo tenía la lección aprendida. Los primeros ocho kilómetros de los veintiocho con los que cuenta, te pueden condicionar toda la ascensión, porque no son nada del otro mundo y, si estás un poco bien de forma, metes el plato grande y te puedes calentar en menos de nada. Y luego vienen los lloros, porque La Cubilla en su segunda parte, creo que no baje del 5%. Está claro que no es L’Angliru, pero no es un paseo por el parque y menos aún si al principio te has dejado unas fuerzas muy necesarias.

Pero sería muy triste desaprovechar la posibilidad de disfrutar de un espectáculo como es La Cubilla, por intentar hacer un gran tiempo de ascensión. ¡Yo qué sé! Esa es mi manera de entender este negocio. Ya hay otros muchos momentos en los que atizarle bien al pedal, ¿no?

Durante la subida pude disfrutar de unos veinte venados corriendo como locos por el monte, unos buitres sobrevolándome a menos de cincuenta metros, las Ubiñas medio nevadas y, por supuesto, un paisaje absolutamente alpino, indescriptiblemente avasallador que te hace sentir por momentos como una hormiga.

Si además le sumas a todo esto, que no me crucé con ningún coche durante al menos tres cuartos de hora, todo esto hace que subir hasta allí arriba sea un verdadero paraíso cicloturista. Como para agarrarme a la parte baja del manillar y hacer el bobo.

Una vez que consigues alcanzar los objetivos que te habías propuesto para un día de puertos y has disfrutado de lo lindo, ya no te acuerdas ni del frío, ni del agua, ni de la niebla, ni de nada de todo eso. Sólo te crees Gino Bartali ganando el Giro, Perico ganando La Vuelta del 85 o Carlos Sastre ganando el Tour de Francia. Ese día fue uno de esos días por los que amo la bicicleta.

martes, 5 de mayo de 2015

Tesoros del cicloturismo. Nueva de Llanes.

¡Hola a todo el mundo!

- Iremos a Nueva a pasar el finde. Si te apuntas, ahí estaremos.
- Leñe, Buka, pues igual voy.

Así empezó a gestarse el gran fin de semana pasado. Un fin de semana que, con la excusa de la bicicleta, se basa en muchas más cosas como unas cervezas, unas tapitas, unos cachopos y, sobre todo, pasar grandes ratos con la buena gente de Nueva de Llanes y con mi amigo Buka, mi amiga Cris, la pequeña Elsa y mi compadre Yosy.

Termino la jornada laboral el sábado. Las predicciones meteorológicas en general para todo el norte son terroríficas. De hecho, en Nueva el día anterior había estado diluviando casi todo el día pero ese sábado por la mañana ya habían podido coger la bicicleta Buka y los otros poderosos Trasgus. Ellos no sabían que mi suerte con el clima astur comienza a ser algo de Íker Jiménez porque casi siempre que voy, al menos en bici, no me mojo, con lo que estaba casi seguro de que el domingo tendríamos un buen día.

Cargo a "La Americana" en Klaus, mis dos fieles compañeros de aventuras, y pongo rumbo a mi destino con muchísimas ganas. Desconectar siempre está bien y si ya acompañas el asunto haciendo lo que más te gusta como es hacer kilómetros en bici, subiendo puertos y con buenos amigos, para qué queremos más.

El año pasado, en el final de etapa de La Vuelta que terminó en Lagos de Covadonga, aprovechando que pasaba la carrera por Nueva y que también se subía el Alto del Torno, ya acudí a la llamada de mi amigo Buka para hacer una ruta y para ver a los profesionales castigarse de lo lindo, así que el territorio de Nueva no era completamente desconocido para mí. Ni tampoco sus gentes. Además coincidió que eran las fiestas de "La Blanca" en el pueblo. Un verdadero espectáculo, la verdad.

Hago un alto en el camino para tomar un cafelito, disfrutar del Puerto de Pajares y comprobar que las predicciones meteorológicas que anunciaban lo peor, se equivocaban. Muy majos los que hacen esas estimaciones y consiguen que la gente se quede en casa, anulando así reservas en hoteles y de más. Para ponerles un monumento, la verdad.


Tras el café, el sentir cómo el viento mueve mis cuatro pelos sobre mi "peazo" cabeza y una visita al baño a cambiar el agua al canario, me monto en el coche y continúo. Dos horas después de iniciar el viaje, llego a Nueva. Sigue sin llover. Un aplauso para la AEMET.

Llamada de teléfono....

- Hola, Buka. Oye, una pregunta. ¿Cómo se llegaba a Nueva? Una vez en "La Minera", ¿qué salida había que tomar?
-Pues tú tienes que ir por......¡Bah!, anda, cuelga, que ya te he visto.....

Estaba vacilando un poquito a mi amigo, pero me pilló. Buka 1 // Dani 0.

Después de los "qué tal el viaje", "qué tal vosotros", "cómo nos queremos todos", salimos a dar un paseo por Nueva. Toda la gente por la calle. Todos conocidos o medio conocidos. E incluso para mí.

Una cervecita para asentarme en la zona nunca está de más, así que eso hicimos, lo cual nos ayudó a ponernos al día y trazar nuestro plan para el día siguiente. Saldríamos pronto, sobre las 8:30 a.m. para aprovechar la mañana y así, no llegar demasiado tarde, estar con Elsa y Cris y tomar el vermú reglamentario. 

En la ruta se subiría hasta el Mirador del Fito por la vertiente de Arriondas, más tendida que la otra vertiente de Loroñe, pero más larga y con algunas rampas que se agarran. Accederíamos hasta esa cara por la carretera de Torre, UNA VERDADERA MARAVILLA DE CARRETERA, que nos dejaría a 9 kilómetros de la cima. Luego por la carretera de la costa, hasta Ribadesella y para casa. La ruta quedaría tal que de esta bonita forma, pero había que coger fuerzas.

Después de unos chipirones, una ensalada templada, no recuerdo muy bien pero alguna otra cosa, unos buenos postres y el café, fuimos a tomar algo al Trasgu, punto de encuentro y reunión de varios colegas de Nueva y de los más insignes cicloturistas de la zona. Ya era oficial. A las 8:30 a.m. quedábamos en "La Central" para tomar un café y salir desde allí, Fernando, Ángel, Diego, Buka y yo. El Trasgu de Nueva y el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN rodando juntos por primera vez y no será la última. Se prepara gran quedada Astur-Leonesa. Seguiremos informando aunque eso es otro cantar.

Toca al despertador, preparamos el desayuno (rico, rico), nos lo metemos para el cuerpo y nos vestimos de romanos. Parecía que por la noche había llovido con ganas pero las nubes estaban de retirada, ganando fuerza el sol. La temperatura era buena. Como toda buena ruta, se comienza con ese sonido, que los cicloturistas relacionamos con la felicidad, como es el de las calas anclándose en los pedales. Ese sonido que tenemos todos metidos muy adentro. "Clack-clack" y vamos a La Central.

Que si un cortado, que si ponme una pulga de esas de pollo, que si Fernando no llega, que si ya estamos todas y salimos pitando. La carretera estaba delicada porque lo que no había llovido por le día, parecía haberlo hecho a la noche. Nos estábamos poniendo perdidos, pero daba igual porque el sol prometía secarnos. El sol y las rampas que nos íbamos a ir encontrando por el camino.


Mientras comentábamos la jugada, casi sin darnos cuenta ya estábamos en Ribadesella. ¡Anda que no dancé yo por ahí de chaval! Pero os aseguro que no llevaba la bicicleta. Qué tiempos aquellos de la época heroica.

Pasamos el puente de la ría, dejamos a un lado la carretera que nos llevaría a las Cuevas de Tito Bustillo y comenzamos con la carretera de la costa pero al poco, ya nos desviamos a la izquierda. Empiezan las rampas. Territorio comanche.

Tampoco teníamos prisa y nuestra idea era, no ir parados, pero esto no se trataba de una carrera. Esto es CICLOTURISMO, así que poco a poco salvamos la primera rampona de unos 300 metros que, así sin avisar, siempre hace que las piernas piquen un poquito.




Nada más salir de la carretera de la costa y, por decirlo de alguna manera, adentrarnos en la montaña, la vegetación se hizo con el control de todo lo que podíamos ver. Perecía que estábamos en Costa Rica o algo así. El túnel vegetal por el que comenzamos a transitar era tan tupido que por momentos parecía hacerse de noche...


Y, a parte de lo maravilloso de esta sensación vegetal, lo cierto es que estábamos subiendo un puertito de unos 5 km y nos quedaba por delante, otro minipuerto de otros cuatro, prácticamente enlazados el uno con el otro.

Pequeño descenso y comenzamos éste segundo minipuerto. La carretera está más despejada de árboles que antes, lo que nos permite ver la montaña. Así estábamos más distraídos a la hora de afrontar alguna de las rampas que parecía que se agarraban. Vas cómodo sentado pero, sin venir a cuento, te tienes que poner sobre bielas y piensas...."¿pero si parece que no vamos subiendo, leñe?"

Pero a pesar del esfuerzo, siempre hay un hueco para hacer amigos nuevos, como fue el caso de uno de los personajes del día. Me explico....

La cosa es que me retrasé un poquito para sacarle una foto guapa a Buka. Saqué el móvil del maillot y la lente estaba empañada, con lo que la foto quedó de pena...


Pero al fondo se podía ver a una colega que consideraba que estaba en su territorio y no pasaba por ser uno de sus planes apartarse para dejarnos pasar. "¡Y no se aparta la tía!", comentó Ángel, el Trasgu poderoso del 105.

Así que cuando me tocó a mí pasar al lado de nuestra amiga vaca, decidí tirarle una foto. No tenía ni idea de cómo quedaría porque la hice en movimiento, a la remanguillé y sin un plan preconcebido, pero cuando el día terminó y revisé las fotos, descubrí que pillé a nuestra nueva amiga posando y bien atenta al objetivo, así que...."decid PATATA....."


Después de este momento "foto justo en el momento preciso", tocaba descender para enlazar con la carretera que nos llevaría a la cima del Mirador del Fito. Una paradita para mentalizarnos y leña...


Fue justo aquí donde comenzó todo. Yo, la verdad, es que no tenía un plan muy claro de cómo subir el puerto. Mi idea era hacerlo junto al Buka hasta que él me comenzó a hablar. 

- Vamos a darnos caña. Tú hazme caso a mí. Que me quiero probar.

Pues nada, que había que meter el plato grande, así que haciendo caso a mi amigo Buka, comienzo a tirar fuerte. Él me sigue como había prometido. Y más fuerte, y más fuerte, y más fuerte. Tira que te tira del plato grande hasta que en un momento dado me doy cuenta de que estoy más solo que la una y ni rastro del Buka, ni de Ángel, ni Fernando, ni tampoco de Diego.

Con todos estos ingredientes y dado que el daño ya estaba hecho pensé que sería un buen día para castigarme seriamente. "¿Por qué no?", pensé, o dije en alto porque, como sabrán los lectores habituales, de vez en cuando hablo solo.

Así que me puse sobre bielas a tirar como un demonio del plato grande hasta que no pudiese más, hecho que se produjo después de cuatro kilómetros, tras los cuales decidí que sería buen momento de engranar el plato pequeño y evitar, de esta forma, la angina de pecho.

Con el plato pequeño tocaba cambiar de estilo. Sentado y con cadencia, tirando de riñón si fuese necesario. Así llegué a la parte final. Esta vertiente la conocía, pero de haberla bajado el año pasado con Jorge y el galgo de Cádiz. Recordaba que había bajado rápido con lo que las rampas tenían su aquel. De hecho, los últimos dos kilómetros se hicieron durillos, la verdad. Pero con un sprin final la mar de digno, coroné.


Las vistas eran espectaculares desde allí arriba. Los Picos de Europa aún contaban con una pequeña túnica invernal en forma de nieve, pero es que la luz del día era muy singular.


Y mientras yo estaba enfrascado en contemplar lo maravilloso del panorama (y echando una meadita, que no va a ser todo tan bucólico), fueron llegando los compañeros.


Ángel

Fernando

Diego
Para celebrarlo, tomaríamos algo en el bar que hay ahí arriba y comentaríamos la jugada. Que si tal, que si cual, hasta que cuando más a gusto estábamos, siempre alguien dice algo en plan, "bueno, qué, ¿seguimos o nos quedamos aquí?".

Total, que iniciamos el descenso, rápido y vertiginoso por el lado de Loroñe de la subida del Fito. Con el Cantábrico de fondo, os podéis imaginar lo bonito del impresionante espectáculo.


En nada y menos nos encontrábamos en la carretera de la costa, de nuevo en dirección a Ribadesella, primero, y luego hasta Nueva, finalmente. Pero si hay algo que caracteriza a esta carretera es lo rompepiernas que es. De hecho, creo que una foto de su trazado debería de ser la definición de esta expresión tan ciclista. Rompepiernas. Digo más. Hay dos repechos a partir de un pueblo que se llama Berbes que, madre mía, cómo pican "les pates". 

Pero ya daba todo un poco igual porque el día estaba siendo formidable. La compañía era impresionante. Buen rollo, buen ritmo y buenos puertos. Si además sumamos que todo el mundo pensaba que iba a diluviar y, sin embargo, hacía sol y calor, para qué queremos más. 

Nuevo paso por Ribadesella. Pilota la grupeta Diego. Tira de todos nosotros exprimiendo las fuerzas que le quedan por alguna que otra rampa traicionera. Nos deja en la carretera que conduce a Nueva perfectamente. Ahora todos trabajaríamos para él.


Ángel, su fiel compañero, no le deja ni a sol ni a sombra. Fernando, un poco más adelante, hace de enlace hasta Buka y un servidor, que procurábamos tapar todo el aire posible. Pero Nueva ya estaba ahí delante. Diego no nos ataca, por puro respeto, y no se hace con la victoria. La etapa la ganamos todos porque el día de CICLOTURISMO fue impresionante.

Volveré. Y casi seguro que no una sola vez más. Un día de estos me empadrono allí. He dicho. 

viernes, 10 de abril de 2015

Tesoros del cicloturismo. Gamoniteiro y Ermita de Alba.

¡Hola a todo el mundo!

Os pongo un poco en antecedentes. Hace ya unos añitos, como cuatro o algo así, alguien me habló de una subida, cerca de La Cobertoria, que llegaba muy muy muy muy arriba y que tenía unas rampas de esas que se agarran de verdad.

El tiempo y más conversaciones me enseñaron que esa subida se llamaba El Gamoniteiro y yo tenía desde aquel momento la intención de subirlo pero resulta que, por unos motivos u otros, no me estaba resultando fácil.

Un día, Buka quedó con Vega y Susana para hacerse unos puertos por la zona de Quirós y, ¿adivináis qué puerto subieron?

- Menudas subidas más guapas, Dani. Subimos un puerto, con un nombre raro...Gamo...Gamon..

- ¿Gamoniteiro?

- ¡Exacto!

Total. Que Buka ya lo había subido y a mí se me seguía resistiendo. Lo más cercano a subirlo fue el año pasado, durante una de mis incursiones en terreno Astur, el Gran Día en el que subí L'Angliru. Aquel día tenía intención de salir de Pola, subir La Cordal, Angliru, volver a subir la otra vertiente del Cordal, meterme por Cuchu Puerco y, una vez en la carretera de La Cobertoria, llegaría hasta arriba. La cosa es que por aquí se pasa por el desvío que conduce al Gamoniteiro, así que allí decidiría porque después del palizón que llevaba encima, no quería pasarme y no disfrutar la subida.

Justo antes de llegar al desvío, una especie de conato de calambre en una pierna me indicó que aquel día, con llegar a Cobertoria y bajar hasta Pola tenía más que de sobra. Si a esto le sumamos que justo en la cima, comenzó a pintear agua, pues día completo.

Para más inri, resulta que las cabezas pensantes de La Vuelta a España han incluido un final de etapa para este año en Quirós que terminará en la Ermita de Alba. Puede que no tenga mucha relación con lo contado al principio pero es que resulta que ambas subidas no quedan muy lejos una de otra, con lo que cualquier amante de los puertos de montaña como soy yo, comienza a trazar rutas que conectan ambas ascensiones.

Pero la casualidad ha querido que Susana y Vega hayan querido formar parte del proyecto que tanto me ilusiona, el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN, y ¿sabéis lo que llevan diciendo desde el primer día que dio comienzo la andadura del Club?

- ¡A ver cuándo os animáis a venir un finde a Quirós y hacemos una etapa con Gamoniteiro y Alba!

Así que tal oportunidad ha surgido este pasado fin de semana, con ocasión de la Semana Santa en la que "Los Vega-Álvarez" pasarían unos días en el territorio de Susana, que no es otro que el Concejo de Quirós.

A mí me coincidía fenomenal, así que me apunté a nada que me invitaron. No podía dejar escapar la oportunidad de subir ni Cobertoria, ni Gamoniteiro, ni la Ermita de Alba, pero lo más importante. No podía dejar pasar la oportunidad de pasar un fin de semana con gente tan fantástica como son Vega y Susana.

Y allí estábamos. Susana, Vega, otro compañero del Club BTT Pelayo, con el que habíamos compartido kilómetros en las rutas de Cerredo del año pasado, llamado Rubén, y un servidor. Seríamos los cuatro valientes que nos lo íbamos a pasar como enanos. Eso lo teníamos claro.

Lo que pintaba un poco regular era el día, que amaneció con bruma y el sol no parecía tener muchas ganas de manifestarse. Además, calor, lo que se dice calor, pues no hacía. Las primeras dudas surgieron. Que si guantes largos o cortos, que si térmica o no. ¡Qué dudas!

Todo quedó resuelto al ver pasar a un grupo de ciclistas que bajaban de Cobertoria. Muchos de corto, con cara de frío, eso sí, pero de corto, así que decidimos salir con un poco de todo. Sin ir más lejos, yo salí con guantes largos que me puse para salir, me los quité a los dos kilómetros y no los volví a poner.

Salimos de Bárzana de Quirós en dirección a la subida de La Cobertoria, pero lo haríamos por Lindes, subida ésta más tendida y presidida en todo momento por Peña Rueda, una pirámide natural increíble.


Carretera estrecha, bacheada pero sin ser algo molesto, cubierta de vegetación dormida, porque la primavera acaba de empezar, un riachuelo acompañándonos y el sol se había impuesto con claridad. Todo pintaba muy, pero que muy bien.


Si bien esta vertiente no tiene los rampones de las otras dos caras de la Cobertoria, por este lado no paras de subir y en lugar de poco más de diez kilómetros, estamos hablando de un puerto de veinte kilómetros, con lo que lo que le falta de una cosa, se compensa con otra.

Pero más allá de desniveles, datos y de más, el día se trataba de otra cosa. Se trataba de otro ciclismo. Se trataba de CICLOTURISMO. Cada pedalada era un punto más a nuestro favor. Cada pedalada era un momento para el recuerdo. Cada pedalada era un motivo más para seguir haciendo lo mismo.

Las sensaciones que iba teniendo en cada metro de ascensión son tan indescriptibles que incluso a alguien tan locuaz como yo, se le hace casi imposible describirlo con palabras.


Estábamos en la mitad de la subida y para continuar había que afrontar un rápido descenso a través de una carretera, la QU-5, en malas condiciones. Muy estrecha, con las humedades propias de estas fechas, la mayor parte de las curvas eran ciegas. Debíamos de tener mucho cuidado. "¡COCHE!", se le escucha decir a Vega, que es quien conduce la bajada. Yo le copio. Un todo terreno, el de la Guardia Civil, es el que casi nos comemos, y eso que somos cautos y prudentes. ¡Imaginad si fuésemos mal!

No quedaba nada para la cima de La Cobertoria y la vegetación nos empezaba a dejar contemplar la maravilla que es toda esta zona. Unos valles profundos que dejan intuir algún que otro pueblecito. Cuento de hadas, se podría decir. Y mientras estaba ensimismado en todo esto, justo delante de mí, ahí estaba el primer objetivo del día.


Ya habíamos hecho presa y esto no había hecho más que empezar porque en todo momento podíamos ver el repetidor que hay en el Gamoniteiro. "¡Hoy no te me vas a escapar, condenado!", le repetía una y otra vez, siempre que lo tenía a tiro.

Y comenzamos a bajar en dirección al desvío hacia el coloso. Hacia, prácticamente, el cielo. Y es que, como se puede ver en las fotos, no había ni una nube que ensombreciese nada. "Lo he subido once veces y nunca había pillado un día como el de hoy", comentaba Vega. Yo no quería decir nada, pero la verdad es que suelo tener suerte con el tiempo en mis incursiones astures. Dicho lo cual, es muy probable que jamás vuelva a ver la luz del sol en el Principado. A ver si sigo con mi racha.

Alcanzamos, en nada y menos, el cruce que nos conduciría al repetidor. Y es curioso porque casi siempre que Juan Carlos organiza una ruta, acabas en un repetidor, pero sarna con gusto no pica.

Las primeras rampas, la verdad es que no son duras. Ni siquiera pican las piernas, pero es justo esto lo que quiere que pienses el Gamoniteiro. Quiere que le trates como a uno más. Pero yo ya venía aleccionado. La clase maestra me la dio el año pasado su vecino el Angliru. Él me había dicho que "SOMOS LO QUE LOGRAMOS", y que lo más probable es que nos costase, pero que al final del todo, la recompensa en forma de satisfacción era inmensa. También me dijo que él era el más duro de todos los puertos Asturianos, así que sabiendo eso, Gamoniteiro me costaría, sí, pero que podría con ello.

Y más teniendo en cuenta que este año, en todos los aspectos, estoy mejor preparado para subir puertos que nunca. Cambio de estilo de pedaleo a la hora de subir. "Te pasas más tiempo sobre bielas que sentado", me dijo Vega. Y es que así subo mejor. Es uno de los cambios. Me lo enseñó el Angliru y La Camperona, ésta última subida fue la que me picó a, no sólo intentar, si no a buscar puertos extremos.

Y ahí me veía yo, rodeado de cimas inmensas, rocas peladas, prados llenos de caballos, buitres volando a escasos metros de nosotros y, sobre todo, tres compañeros de subida formidables. Nadie exigía nada a nadie, todos sabíamos que íbamos juntos y todos sabíamos que llegaríamos juntos de uno u otro modo.

Pero esta subida era algo personal, llevaba mucho tiempo detrás de ella, así que sobre bielas, apreté un poco el ritmo, me concentré y el Gamoniteiro comenzó a hacer que mis piernas picasen.


Una vez que ya te pones en modo "ascensión", en mi caso siempre me pongo en lo peor. Siempre pienso que un muro imposible e infinito va a aparecer al otro lado de cualquier curva, así que en el momento en el que una zona hormigonada se interpuso en mi camino, me imaginé que sería así hasta arriba, ¡y aún quedaban varios kilómetros!. Pero por fortuna esta zona sólo duró unos cien metros. Menos mal.

Y qué reconfortante es cuando personas que están pasando el día en la montaña y ven cómo te esfuerzas y te retuerces sobre la bicicleta, te regalan alguna palabra de ánimo en plan "vamos, campeón" o mi favorita. "¡Venga, que ya lo tienes!", a pesar de que aún falten varios kilómetros. Y en esta subida no te consiguen engañar porque puedes ver la antena en todo momento.

Llega un momento en las subidas a los puertos en el que el dolor de piernas desaparece. Da lo mismo las rampas que se crucen en tu camino porque ya no hay dolor, ya te da todo lo mismo. Pero lo más curioso del asunto es que en ese preciso y precioso momento es en el que más estás disfrutando. Es el momento en el que más te fijas en el paisaje, en la carretera, en la sensación del sol sobre tu piel o el viento rozando tu cara. El momento en el que la lluvia desaparece y el frío deja de ser doloroso. El momento por el que has sacado tiempo de donde no lo hay para entrenar y poder estar preparado para subir puertos.

Y este instante dura hasta que ves el cartel marrón con el nombre del puerto en cuestión o, en el caso de este magnífico día, hasta que te das de frente contra una antena gigante que marca el punto final de esta preciosa y muy recomendable subida.


Este pequeño rato de soledad me permitió hablar en solitario con el señor Gamoniteiro. Me permití el lujo de decirle que había sido un placer y que no sería la última vez que nos volveríamos a encontrar. También le dije que su amigo y vecino Angliru me parece más duro, pero que es un digno final de Vuelta a España.

Y poco a poco, fue llegando el resto de la tropa...


Allí, todos juntos, con el espectacular día que teníamos, pudimos comprobar la inmensidad de la Cordillera Cantábrica. Podíamos ver los Picos de Europa perfectamente, allí a lo lejos, allá abajo. ¡Menudo regalo que la naturaleza nos estaba brindando!


Pero había que bajar y por lo que pudimos comprobar durante la subida, salvo dos pequeños tramos de hormigón, el resto de la carretera estaba bastante bien, así que sería un descenso para disfrutar. Para disfrutar y para detenernos y sacar unas buenas fotos. El único problema de hacer esto último era escoger dónde sacar la foto porque, insisto una vez más, el día estaba siendo impresionante.

Todos los planos eran preciosos. También se podía ver el siguiente gran objetivo del día, La Ermita de Alba. Lo que no se podía ver con claridad eran las últimas rampas de Alba, pero eso lo comentaré en un ratito.


Por el momento estábamos bajando el Gamoniteiro y, además, también debíamos de bajar la Cobertoria en dirección a Bárzana de Quirós. Esta segunda bajada, ya con una carretera estupenda, supuso que la velocidad, las tumbadas, el acople y todo lo demás que se suele hacer en una bajada, aumentase, cambiase, mejorase o lo que sea. La cosa es que bajábamos como tiros. Las curvas eran amplias, sí, pero los porcentajes que hay de este lado hacían que algunos giros se te hiciesen cortos y el quitamiedos se acercase demasiado, pero no tuvimos ningún susto.

Y llegamos al punto de inicio. Bárzana. Aquí el equipo se dividía. Susana y Rubén quedaban en casa y Vega y yo continuábamos para acometer la subida a La Ermita de Alba.

Los primeros y únicos kilómetros llanos de la jornada los íbamos a vivir justo antes de alcanzar el desvío para Salcedo y Alba, en donde nos encontramos las huellas de un compañero y amigo de esto da las subidas, como es Marce Montero.


Y comenzamos la subida. Yo, lo único que conocía de este reto era que iba a ser final de etapa de este año, que tenía rampar de quitar el hipo y que no era excesivamente larga, pero poco más. Dónde estaban los rampones sería algo que descubriría sobre la marcha ya que me había centrado mentalmente muchísimo en el Gamoniteiro.

Carretera estrecha, de asfalto con brea líquida en días calurosos. La típica carretera que a mí me enamora a primera vista como así sucedió desde el primer metro de la subida. La verdad es que una vez que te metes en materia en esto de subir puertos, llega un momento en que te da igual lo que te echen, o al menos eso me pasa a mí, así que estaba disfrutando muchísimo de todo lo que nos rodeaba a Juan Carlos y a mí.

La primera parte del puerto estaba siendo bastante normal. Tenía sus momentos de dureza, sus curvas de herradura, pero nada por lo que puedas pretender echar el pie a tierra o algo así. Pero llegamos a Salcedo y algo parecía cambiar. Sobre todo lo notaron las piernas.



Y justo aquí, la subida a La Ermita de Alba demuestra por qué va a ser foco de atención mundial en la próxima edición de La Vuelta Ciclista a España.

Podríamos definir esta subida como una sucesión de escalones. Primero te topas con una pared al 20%, tienes un "descanso" al 12% y te vuelves a encontrar con un muro al 20%. Y así todo el santo rato hasta que llegas a la parte final. Y es que en la parte final, en lugar de un desnivel al 20%, te encuentras con una rampa de garaje a más del 25% por ser conservador y no pasarme. IMPRESIONANTE.


Tras una buena conversación con un motorista que también era ciclista y estaba estudiando la subida, nos sacamos las pertinentes fotos con el logro y encaramos el descenso.

Un descenso que tiene su miga porque hay partes un poco desconchadas que te encuentras en plena curva a 60 kilómetros por hora, medio tumbado, así que es algo peligrosilla por este hecho. Lo cierto es que Vega y yo la bajamos bastante alegremente, también es verdad.

Ya sólo nos quedaba llegar a casa donde nos esperaban Susana y Rubén con algunas que otras barritas energéticas...


¡Qué fin de semana más fantástico! Ruta en bicicleta impresionante, puertos de montaña de los que se recuerdan para siempre, paisajes increíbles, risas casi constantemente y, esto es lo más importante, unos compañeros y amigos de primera especial. No sé cómo agradecerles este fin de semana. Lo que les califica como personas es la respuesta a esto último. "Viniendo más veces, Dani".

Contad con ello, amigos míos. Contad con ello.