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miércoles, 29 de abril de 2020

Locuras ciclistas.


¡Hola a todo el mundo!

Mientras hago rodillo, probablemente ya os lo habré contado algún día, suelo escuchar la radio o algún podcast. Me gusta tener la mente pendiente de otras cosas que no sean dar pedales sobre el potro de tortura. A mí me funciona bastante bien. No obstante, a veces la cabeza no se me queda quieta en el tema que se esté tratando en el programa de turno y viaja a otro tiempo u otro lugar, cosa que me ocurrió ayer sin ir más lejos.

Estaba escuchando un programa de NBA en el que tocaban temas muy interesantes relacionados con la música y jugadores de hace años y mientras tanto yo me sorprendí pedaleando por el Concejo de Ponga, en Asturias. No me he saltado el confinamiento, tranquilos. Sólo ocurrió que me puse a rememorar una ruta tremenda en todos los sentidos que hice hace ya tres o cuatro años.

Me pasa en muchas ocasiones que rememoro rutas que he hecho. A veces lo hago sin darme cuenta y otras lo fuerzo para relajarme en según qué circunstancia. Normalmente suelo recordar las rutas más especiales las cuales habitúan a ser las más duras que he tenido la suerte de “disfrutar”. A la hora de diseñar etapas en plan “día especial” tiendo a crear verdaderas idas de olla que sobre el papel parecen una idea fantástica pero, claro está, luego hay que llevar todo ello a la práctica y a veces cuesta.

Se me vienen a la cabeza muchas y voy a empezar por, precisamente, la que se me instaló ayer en la cabeza mientras hacía rodillo. Dejé el coche en Cangas de Onís (este pueblo asturiano, al menos en mi caso, suele estar muy relacionado con idas de olla ciclistas) y mi plan inicial, el cual llevé a buen puerto y de ahí lo duro que fue ese día, era ir a visitar Casielles pero, por qué hacer sólo eso, ¿verdad? Una vez logrado el primer objetivo, subí el Collado Llómena, puerta de acceso a Jurasic Park, o como lo llaman por allí, Concejo de Ponga. Me metí en una guerra que estaba perdida de antemano, como fue subir a Taranes, pero no al pueblo, si no hasta más arriba. ¿Terminó aquí mi aventura? Claro que no, amigas y amigos. La guinda del pastes fue ir hasta el mirador de Amieva con un kilómetro final para quitarse el sombrero. Ese día ha sido uno de los que recuerdo con más dureza de toda mi vida ciclista. Creo que fueron 80 kilómetros y como 3500 metros de desnivel o algo así porque estoy hablando de memoria.

Otra locura muy habitual en mí es obcecarme en continuar una ruta cuando todo indica que has de parar. Esto es algo muy recurrente en todos los aspectos de mi vida porque tiendo a ser un poco cabezón. A veces te sale bien y otras veces te sale mal, muy mal o terriblemente mal. La ruta que reúne todo esto fue una en la que salía desde Cain, en el corazón de los Picos de Europa leoneses (el sitio de mi recreo). Ya comencé la jornada a pie cambiado porque lo más lógico si vives en León, como es el caso del menda, sería dejar el coche en Riaño y, a partir de ahí, hacer la ruta circular en uno o en otro sentido. Esta ruta es subir Panderrueda, Pandetrave, bajar a Cain (muy bonito) y subir de Cain (esto sí que es bonito-20%-) Salen como 90 kilómetros con cierta dureza pero sin ser una locura total. Como decía, esa etapa la comencé a pie cambiado porque aparqué el coche en Cain directamente, que es el punto más alejado de León capital en lugar de dejarlo el Riaño, bastante más cerca. El otro problema fue cuando desde el minuto uno de la ruta escuché truenos y vi nubes negras como la misma noche. Si a pesar de esto continuas con una ruta, es cuando pasa a ser una ida de olla porque, en efecto, ese día me cayó encima una tormenta de las de rayos, truenos Dolby Surround, agua a tope y un largo etcétera de extras que hicieron de aquella jornada un día inolvidable.

Otro día que tampoco se me olvidará en tiempo ocurrió hace dos años, una buena mañana saliendo de Cangas de Onís (sí, otra vez) en dirección a Casielles (en efecto, también otra vez) pero en esta ocasión, tras subir hasta el pueblo de las mil y una de curvas de herradura, opté por no ir hasta Jurasic Park para decantarme por Coronar el puerto del Pontón, bajarlo y rematar el día en Lagos de Covadonga. Así sobre el papel, que como suele decirse, el papel lo aguanta todo, me parecía una etapita de tres puertecitos muy accesible pero según veía aumentar el número de kilómetros en el cuenta (por mucho que sea GPS para mí siempre será el cuenta) empecé a alarmarme ya que terminó siendo un etapón de 140 km con dos puertos de categoría especial y uno de primera. Además de todo, había dicho en casa que volvería sobre las 6 de la tarde. Creo que aparecí como a las 10 o más, no recuerdo ya, aún trato de olvidar. Son cosas que pasan.

Otra heroica que se me viene a la cabeza es medio reciente. Ocurrió el año pasado cuando quince días o así antes de ir a los 10.000 del Soplao fui a subir Pajares y La Cubilla. Ambos colosos asturianos me quedan cerca de casa y suelo visitarlos a menudo y más si tengo cerca algún reto concreto porque me sirven a modo de entrenamiento. Dejé el coche, que se llama Klaus por si no os lo había dicho hasta ahora, en Campomanes, otro pueblo asturiano recurrente en numerosas idas de olla. En esta ocasión, desde la base de Pajares y a pesar de estar en mayo, se intuían niebla, frío y casi seguro nieve, como así confirmé a falta de 5 kilómetros para coronar el puerto pero una vez más, mi cabezonería hizo que no me detuviese cuando el sentido común decía todo lo contrario, con lo que finalmente coroné Pajares como un muñeco de nieve, congelado y con pocas ganas de bajar el puerto pero como todo lo que sube ha de bajar, allá me lancé con la movilidad de las manos como las un Playmobil. Un desastre. Lo que viene siendo un día de diez.

Son muchas las jornadas “históricas” que se me pasan por la cabeza pero más son las ganas de seguir escribiendo mi historia particular. La duda que me surge es cuándo, aunque tengo que admitir que pocas cosas van a ser más históricas que todo este periodo de confinamiento, con días y días haciendo rodillo y días y días encerrados en casa. Cuando lo miremos con perspectiva y no con asco vamos a alucinar con lo que hemos conseguido.

viernes, 17 de mayo de 2019

Gallináceos. Hoy en Panderrueda y Pandetrave.


¡Hola a todo el mundo!

Pues el día llegó y nos fuimos a subir un par de puertitos, como debe de ser. Y los elegidos fueron Panderrueda y Pandetrave, esta vez aquí en casa, nada de irse a Asturias. Y es que estos dos puertos se encuentran situados en Picos de Europa, en la parte leonesa del Parque Nacional, y no creo que me confunda si digo que será de las 10 rutas más impresionantes que se pueden hacer por toda España.

Más allá de lo impresionante de los paisajes, la etapa que nos habíamos marcado el bueno de Adrián, que fue quien la escogió, y yo, se adentraría en lo más hondo de la carretera de Picos de Europa por León. Llegaríamos hasta Caín para después subir hasta el puertarraco de Pandetrave. Y digo bien puertarraco porque desde Caín hasta la cima del puerto hay 18 kilómetros y 1200 metros de desnivel, cosa que, no sé vosotros, pero yo no lo subo todos los días (por desgracia)

Pero la ruta no iba a ser en plan estopa pura y en plan watios y medias y Koms y mierdas de esas. La ruta se trataba de otra cosa. Se trataba más de pincho de tortilla, de un par de paradas para tomar algo, de sácame tú ahora una foto, de hazme mejor tú un vídeo que voy a salir guapísimo.



Y es que no podía ser de otra forma, habida cuenta que Adrián nunca había rodado por esos territorios ciclistas. Y qué pena no disfrutar de todo eso por el mero hecho de acabar fundidos y hechos caldo, la verdad. Ya quedaremos otro día para eso, maldita sea, pero esa jornada se merecía ser paladeada como se merecen las grandes ocasiones. Menuda mierda, porque me estoy haciendo mayor y cada vez paladeo más las cosas. De mierda nada, que cada día disfruto más del ciclismo. Si intentáis decir “paladeo” muy rápido, igual vomitas o algo….y hasta aquí mis pensamientos en voz alta.

Tuvimos suerte porque el día resultó espectacular. Solazo, casi por momentos calor (para Adrián, vaya, porque por mí, que atice el sol 40 grados) ni gota de viento molesto y, dado que fuimos entre semana, poquísimo tráfico. ¡Día de diez!

Salimos poco a poco, aunque veía que el bueno de Adrián iba con un pedaleo muy entusiasta. No pasa nada porque desde Riaño, que fue nuestro punto de salida, hasta el puerto de Panderrueda, no hay muchos kilómetros y eso templaría los ánimos. Por el lado que lo subiríamos no tiene nada de dificultad, pero es cuesta arriba, qué duda cabe.

Lo bueno que tiene Panderrueda por esta vertiente es que lo que no tiene de puertarraco lo tiene, cuando llegas a la cima, de impresionante. Se te presentan de repente los Picos de Europa en todo su esplendor y, con el día que tuvimos, fue una maravilla para los sentidos. Adrián flipó bastante, que yo lo sé. Alucino yo cada vez que voy y lo he hecho muchas veces, así que con mayor motivo si es tu primera vez en bici. Porque si vienes en coche y lo vez, bueno, pues no te sabe igual de bien. En bici es como la recompensa a un trabajo bien hecho.




Es lo mismo que los descensos de un puerto. Merecida recompensa a una buena subida pero, cuidado. Siempre hay que tomar precauciones. “Pasa tú delante, que lo conoces mejor”. Pues ahí iba yo, descendiendo Panderrueda, camino de Posada de Valdeón, que por aquí sí que es un señor puerto. Sin embargo, yo no hacía más que pensar en otra bajada.

La bajada a Caín sí que es bonita. Sobre todo porque no haces más que pensar en lo mucho y muy duro que tienes que subir minutos después. “Yo no me rindo”, me decía Adrián. Y es que esa es la actitud, leñe. Se puede subir más rápido o menos, pero la idea es no desfallecer, no rendirse, saber que después de esa pedalada que te parecía imposible dar, viene la siguiente y luego otra más y que nada ni nadie te va a impedir darlas. Un puerto se sube por fuerza, sí. Pero gran parte de las ascensiones que yo he subido en mi vida lo he hecho por actitud o, dicho de otra manera, por “güevos”. No hay otra manera.

Yo sabía que Adrián no tendría ningún problema porque tiene esa actitud de la que hablo, pero la subida de Caín también tiene otras cosas, como son rampas del 20%. Una gran piedra de toque para Adrián. Si superaba eso, ya le tendría en mis redes. Volvería a apuntarse a alguna de mis idas de olla. Y tengo que decirte por si lees esto, querido Adrián, que esta etapa es en las que menos se me va la mano a mí, pero tranquilo que ya verás verdaderas idas de olla. De las que cuando llegas al coche piensas…”cómo se me ha ido la mano con este asunto”, pero no voy a descubrir mis cartas al inicio de la partida, que nos quedan muchas manos (pero qué digo, si no sé jugar a las cartas…)

Lo bueno de las rampas infernales de Caín es que como te ves envuelto en un entorno tan precioso, no te enteras muy bien de lo que vas subiendo. En la zona del mirador del Tombo, con rampas muy “Angliruliescas”, vas mirando a un lado y a otro y tu cabeza tiene que procesar muy mucho los paisajes que hay por ahí, porque son increíbles. Esto hace que no te fijes todo el rato en las rampas de locos que vas pasando, porque os aseguro que son tremendas.



Pero todo lo que comienza tiende a finalizar en algún momento y como verdaderos héroes, llegamos a Posada de Valdeón. Bien nos merecíamos tomar algo en algún bar, ¿no? Teníamos que reponer un poco, llenar el bote y afrontar la segunda parte de Pandetrave, que es la que más se asemeja al típico puerto, de pillar un ritmo, el que sea, y hasta arriba. Fue en ese momento en el que tuvimos que decidir si incorporar una sorpresilla a la ruta.

Porque, en efecto y como a mí me enseñó el maestro Vega, toda ruta ha de tener una sorpresa. De esas que acaban con las pocas fuerzas que te quedan. De esas que convierten un día perfecto en un perfecto infierno. Manu aún recuerda la sorpresa que nos metió precisamente Vega en medio de Tarna. Un desvío inesperado de unos pocos kilómetros en los que el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN dejó el pellejo. También a mí me siguen recordando de vez en cuando aquella subida sorpresa que les metí a los gallos del club entre el Puerto de Somiedo y el de San Lorenzo. La subida a Las Viñas que pasa por ser uno de los kilómetros más duros de toda Asturias, pero si está ahí, ¡por el amor de Dios!, hay que subirlo, ¿no?

Pero era la primera vez que venía Adrián conmigo y no me quiero quedar sin amigos. Debía de ser prudente en el castigo así que abortábamos plan sorpresa, que no era otra cosa más que subir el puerto del Pando. Pero bueno, un puerto arribo o abajo, ¡qué más dará! Lo dicho…que no quiero quedarme sin amigos, pero para la próxima no le libra de una sorpresa ni Rita.



De Pandetrave hasta Riaño tuvimos que lidiar, por un lado con un viento un poco puñetero en contra y, por otro, con la carretera, que está en un estado lamentable. La gente que vive por esas tierras, entre los que se incluyen bastantes familiares míos (la Tierra de La Reina a topeeee) se merece una carretera por la que no se tengan que jugar la vida.

La llegada a nuestra particular meta fue triunfal, con una sana recuperación post etapa que incluía bocata grande como un templo y helado porque yo puedo pasar sin el bocata pero una ruta de puertos, sin helado, no es ruta. Sería “jornada inválida”.

La jornada fue formidable desde todos los puntos de vista. Tiempo estupendo, no hubo percances y Adrián quedó con ganas de más, así que misión cumplida. La cabeza ya me está echando humo para idear la siguiente ruta en la que, aviso a navegantes, habrá sorpresas.

martes, 14 de mayo de 2019

Y el gallo ha elegido. Veneno puro.


¡Hola a todo el mundo!

A mí cuando me tiran un órdago, yo que no sé jugar a las cartas, pues algo se me enciende y empiezo a querer hacer cosas de bici, que es de lo que sé algo y sobre lo que versaba el órdago que me tiraron. Me explico.

En el curro, en el que tengo un horario un tanto especial lo cual me permite darle duro al pedal, pero no sólo yo si no también otros compañeros, hay un grupo de colegas que también andan en bici y de vez en cuando comentamos la jugada. Que si a dónde fuiste el otro día, que si eres un gallo, que si tú también, que si cómo no te apuntas a esta ruta o a esta otra, que si el miércoles voy a subir puertos, que si me apunto…etc.

¡Pues el caso es que este miércoles voy a ir a subir alguna cosilla y que se ha apuntado uno de los gallináceos del trabajo! Así que había que ofrecer un buen plan. No sólo había que ofrecer un buen plan, si no que había que dar la posibilidad de que el plan lo pusiesen otros, maldita sea. Esto a mí me ofrecía la posibilidad de lavarme las manos en caso de que la dureza de la ruta se nos fuese de las manos cosa que, dicho sea de paso, suele pasar.

Aunque tengo que decir, por si resulta que el compañero lee esto, que si bien estas rutas, llamémosles especiales, suelen ser duras, también suelen ser divertidas y nunca se deja en la cuneta a nadie, cosa que puede pasar debido a la ruta que ha escogido el gallo.

Yo le ofrecí varias opciones. Que si Cobertoria, que si La Cubilla, que si Cotobello, que si San Isidro. Otra de las opciones estaba envenenada. Una ruta por León, que así a priori parece un idílico paseo en bici. En efecto lo es, pero si hay que bajar a Caín y, por supuesto, subir de nuevo, entonces la cosa ya cambia bastante. Además, a mí me enseñaron que si se organiza una ruta, alguna sorpresa hay que introducir y, por supuesto, hay sorpresa y hasta ahí puedo leer.

Así que, a partir del miércoles, esperad otra entrada con las conclusiones del formidable día que se nos viene encima porque, si una cosa puedo asegurar es que va a ser un día cojonudo.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Tesoros del cicloturismo. Puertos de Pandetrave y Panderrueda. Tierra de la Reina.

¡Hola a todo el mundo!

La verdad es que tenía que haber escrito esta entrada hace ya mucho tiempo, pero me he estado dedicando a hacer kilómetros fantásticos. Probablemente, los más fantásticos desde que empecé a darle duro a esto del pedal.

No llevo muchísimos kilómetros. No está siendo un año de estos bestiales en los que se hacen más de diez mil. Es más, a día de hoy llevo unos cinco mil y pico o algo parecido, pero han estado muy bien aprovechados.

Y cerca de cien de estos kilómetros, transcurrieron por una de las zonas más fantásticas para hacer cicloturismo del bueno que hay en España entera. Y creo que no estoy exagerando. Bien es cierto que no soy del todo imparcial, porque dicha zona es la tierra de mi familia. La Tierra de la Reina, en los Picos de Europa.

A ver. Para poneros en antecedentes. El pueblo donde nació mi abuelo materno, se llama Villafrea de la Reina. Es un pequeño pueblo junto al Parque Nacional de los Picos de Europa. Un pueblo pequeño rodeado de bosques de hayas y robles es imposible que sea feo, así que si a esto le sumamos que le tengo mucho cariño, pues esto hace que sea para mí uno de los pueblos más preciosos que hay.

Por proximidad, los Picos de Europa para mí suponen una especie de paraíso sin comparación ninguna. Un lugar que en nada tiene que envidiar a otras zonas muchísimo más conocidas de Europa como los Pirineos o los Alpes. Y sí. Estoy situando esta zona a la altura de esas otras dos. 

He ido aproximadamente y sin exagerar, tres millones de veces a los Picos de Europa pero, ¿sabéis cuántas veces había estado en bicicleta? En efecto. Ni una sola vez. Así que aprovechando que tenía unos días libres, decidí ir con Klaus hasta Caín, inicio de la Ruta del Cares, e inicio de una ruta que llevaba años con ganas de hacer.

Lo que tenía en mente era una ruta circular, con salida en Caín. Lo más destacable en cuanto a la dureza, son los primeros kilómetros que separan la salida, de Posada de Valdeón. Ya sabéis. Donde el queso de Valdeón.

Los primeros kilómetros de esta ruta son realmente duros. Los porcentajes de las rampas iniciales dan mucho miedo, pero nada que me amedrente. Según sales del empedrado de Caín, para poder ver la continuación de la carretera tienes que mirar hacia arriba. Un 20% hacia arriba.

Así que, conociendo todo esto, monté la rueda delantera de "La Americana" y comencé a pedalear. El sentido de la ruta que escogí fue en el que se sube primero Pandetrave, pero hasta llegar a la cima de este precioso puerto, tenían que pasar aún muchas cosas. 

Como os he adelantado, hasta llegar a Posada de Valdeón, las rampas que hay que superar son durísimas, sin embargo, puede que sean de las rampas al 20% de las que menos te enteras. La razón es el maravilloso espectáculo que los Picos de Europa nos regalan. Hasta que no se viene por esta carretera, no comprendes el "por qué" de lo de "Picos" en los Picos de Europa. 

Estás sufriendo desde el primer metro de esta ruta, tienes metido el 34-28 en mi caso, desde la primera pedalada del día, pero en realidad estás disfrutando de lo lindo. Tremendos picos, tremendos bosques, tremendo color verde que todo lo envuelve. Y en el día en el que fui yo, tremendas nubes amenazantes por todos los lados, aunque eso os lo cuento un poco más adelante.

La cosa es que iba superando, rampa a rampa, el difícil camino que separa Caín de Posada. Lo peor era que esta zona y en esta dirección, así como tiene tremendas rampas, también tiene tremendas bajadas cortas que, en el sentido opuesto, se iban a convertir unas horas después en unas rampas muy fastidiadas (vamos, jodidas) y más teniendo en cuenta que llevaría en las piernas unos ochenta kilómetros.

A pesar de mis divagaciones, finalmente llegué a Posada de Valdeón y tomé el desvío en dirección a Portilla de la Reina, la tierra de mi abuelo. Entre medias, Pandetrave. Oficialmente empieza en Caín, así que me quedaba menos para llegar a la cima. Hasta aquí, el balance del puerto estaba siendo tremendamente duro. Y eso que yo había pasado en coche mil veces. Si esto a alguien le pilla de nuevas, se va a encontrar con un serio problema, porque esto acababa de empezar.

La carretera ya había cambiado. Ya no era extremadamente estrecha. Ahora era buena, con dos carriles y algo de arcén. En cuanto a la dureza, si bien había suavizado, para nada era algo sencillo. Y mucho menos cuando nos acercamos a Santa María de Valdeón. Aquí nos encontramos con una rampa al 16% que nos obliga y mucho.

Una de las principales razones por las que escogí hacer la ruta en este sentido era para realizar una comparación. Hace unos años, en la única oportunidad que he tenido hasta la fecha de ir a Pirineos, pasé por el Col d'Aspin. Lo primero que recuerdo de aquel paso es que dije...."esto me resulta familiar". Y lo dije, porque me recordaba muchísimo a Pandetrave. Y, en efecto, estaba confirmando aquella apreciación. Me parecen puertos gemelos. Puede que el coloso francés tenga algo más de dureza, pero en cuanto al paisaje son idénticos. 

Ya había dejado atrás Santa María de Valdeón y la ascensión me estaba aproximando cada vez más a la niebla que tapaba la zona de la cumbre. Imaginad la estampa. Mucha vegetación, una subida que te permite disfrutar, un nuevo cambio de asfalto a otro más rugoso y niebla. Esto estaba haciendo mis delicias. Toda la situación estaba recubriendo el día de un manto épico con el que no había contado. Y también podemos sumar a esto los truenos que sonaban de vez en cuando y en lo lejano. Pero no les estaba dando demasiada importancia.

Por fin coroné. Por fin había cumplido el primer sueño del día. Por fin, Pandetrave, al saco.


Las vistas del valle de Valdeón.
La parte de este puerto que da para la Tierra de la Reina, es más tendido, más despoblado de vegetación, más solitario, más salvaje. Realmente es el típico lugar en el que te sientes solo. Pero en realidad estás con tu bicicleta. ¿Para qué más?

Hice una parada para disfrutar del silencio de la zona y sacar unas fotos. Además había visto algo en la carretera. Como a kilómetro y medio de donde yo estaba. "Un perro suelto", pensé...


Pues si os fijáis bien en la foto, os he señalado con un pequeño círculo rojo la situación del cánido. ¿O debería decir lo que yo pensaba que era un perro? Mejor, sí. Porque cuando llegué hasta allí, en realidad era un toro grande como un castillo. 

Tras esta anécdota que ahora seguro que no os dice mucho, pero había que ver al torito, llegué a Portilla de la Reina. Y una vez en el cruce de la carretera general, me di cuenta de una cosa que me resultó la mar de curiosa.

Me habréis escuchado alguna vez que otra, que yo suelo entrenar por la Carretera de Santander, que me lleva hasta el Condado y, de ahí, para la Sobarriba y bla bla bla.

Pues bien. La carretera general de Portilla, que era la que me conduciría hasta Riaño, es esta misma carretera de Santander. Es la Nacional 621, que bajó La Vuelta este año, tras coronar San Glorio, en dirección a La Camperona, sobre la que tengo pendiente una entrada. 

Me resultó curioso terminar rodando, un día más, por la carretera de mis entrenamientos diarios.


Ahora, el valle se abría mucho. Como podéis ver en la foto, el día había despejado, pero no era del todo cierto, porque lo que ocurrió fue que me estaba alejando del cogollo de nubes. Sin embargo, la ruta, tarde o temprano, me llevaría de nuevo hasta el centro de la tormenta.

Seguía comiendo kilómetros y bebiendo mucha agua. Empezaba a tener el bidón un poco seco, pero no había problema porque estaba en casa. Estaba en la Tierra de la Reina. Me estaba acercando a Villafrea de la Reina. El pueblín de mi abuelo y mis primos.


Tras el impacto inicial al que sometí a mi familia, por lo de verme en mallas y tal, comenzamos a charlar. Con el bote lleno y la bolsa de los besos llena, comenzaron a escucharse unos cuantos truenos. La cosa no pintaba bien, aunque la familia me tranquilizó con un "ayer también estuvo tronando pero, al final, no llovió nada".

Me tenía que poner en marcha de nuevo. Fue una gozada visitar a la familia, pero los trueno, por mucho que ellos dijesen, me estaban inquietando. 

Primero llegué a Boca de Huérgano y ahora tocaba rodar acompañado del embalse de Riaño. Esa faraónica obra que en nada a beneficiado a nadie de por allí. La carretera de esta zona es la típica de los pantanos. Un sube y baja continuo con agua de un lado y una montaña del otro. Y de lo que me estaba empezando a dar cuenta era de que tras la montaña, se escondía la caja de los truenos, literalmente.

Ya divisé Riaño (el nuevo, porque el viejo, original y precioso Riaño, lo mandaron al garete entre unos y otros a base de miles de litros de agua) y el desvío que tenía que tomar en dirección a Cangas de Onís, aunque yo no llegaría tan lejos.

En este cruce, que también separa dos valles, pude ver finalmente lo que escondía esa caja de los truenos. La cosa pintaba, no mal. Pintaba fatal...



Parecía un hecho que me iba a mojar y mucho. Así que sin más dilación, comencé a pedalear. Comencé a pedalear y utilicé un truco que siempre uso cuando la cosa se pone bajo lluvia. Mantener siempre una cadencia por encima de 95. No bajar de ahí. Así te mantienes caliente y pegado a la carretera. Pero aún no había comenzado a llover.

Sin bajarme siquiera de la bici, me puse el impermeable. Y lo hice justo en el momento en el que un enorme rayo, acompañado de un tremendo trueno, dio la salida de mi carrera contra la tormenta. Un aguacero digno de los mejores versículos del Arca de Noé, comenzó a caer.

Agua, granizo, truenos, rayos, frío y viento. En esto se había convertido el día. El puntito que le faltaba de épica a la etapa, la meteorología se había encargado de administrárselo. Ya no se veían las marcas de la carretera. Ya no se veía más allá de escasos diez metros, no por niebla, si no por lluvia. Los pocos coches que me encontraba, habían decidido aparcar en alguna zona.

Y en medio de esa galerna, ahí estaba yo, dando pedaladas desesperadas por encima de 95 de cadencia, utilizando esto como salvavidas, en parte para mantenerme caliente, en parte para mantenerme entretenido en otra cosa que no fuese la pedazo de tormenta que me estaba merendando.

Y por fin llegué a lo que me había marcado como escapatoria. Otro cambio de carretera y, por tanto, de valle. Esto suponía que la climatología cambiaría sí o sí, porque la tormenta estaba yendo para la zona del puerto de las Señales. Ahora estaba en Vegacerneja capeando el temporal como buenamente podía.

Es aquí, más o menos, donde empieza la cara suave del puerto que faltaba por subir en la jornada de aquel mítico día. Panderrueda (por Vegacerneja).

Como os decía, el tiempo cambió. Pasé de estar en medio de la tormenta a estar en medio de la niebla y, como telón de fondo, truenos que no hacían más que recordarme que la tormenta estaba cerca. Así que como no iba a poder disfrutar mucho de las vistas, me agarré a la cruz del manillar y me dediqué a tirar duro en la subida del puerto. 

Me sumí en un profundo estado de concentración, sólo perturbado por los relinchos de los caballos que había en medio de la carretera y a penas esquivaba unos pocos metros antes de toparme con ellos, porque a medida que subía, la niebla se hacía más y más densa.

Por fin llegué al último cambio de carretera del día. Ahora tenía dos opciones. Ir a la izquierda y llegar hasta El Pontón o ir a la derecha hasta Panderrueda. Como el Pontón ya lo había subido hacía unos años, hoy tocaba girar a la derecha, así que me quedaba poco de subida. Sólo cuatro kilómetros que transcurrirían por una carretera muy pequeñita de montaña, entre un bosque muy denso de robles y un banco de niebla con igual o mayor densidad. Pero os aseguro que la escena parecía de cuento, aunque no sé si de hadas.

Tocaba hacer una paradita para sacar foto del momento...



Me debatía entre estar hasta las narices del día de mierda que me había tocado o estar super contento y victorioso por estar superando semejante ruta en tremendas condiciones. Como yo soy muy positivo, iba ganando lo segundo.

Y comencé la ascensión final del puerto. Lo cierto es que la niebla estaba envolviendo todo de algo especial. Lo estaba envolviendo de algo que haría que ese día jamás en mi vida se me olvide. Estoy seguro de que en mi lecho de muerte, y espero que sea dentro de muchos años, ese día lo recordaré perfectamente.

Mi cara estaba manchada de agua, sudor, arena de la carretera. En definitiva, mi cara reflejaba el esfuerzo de aquel día, pero mis ojos brillaban de forma triunfal, porque nada ni nadie estaba pudiendo detenerme en mi hazaña.




Estaba llegando a un punto en el que no quería que ese día se acabase. No quería terminar. Estaba disfrutando enormemente de la bicicleta allí, en aquel mágico lugar y con ese clima, que supuso en todo momento el ingrediente final que hizo de esa ruta, una de las mejores de mi vida.

Y de entre la niebla, por fin apareció el cartel marrón del puerto. Ahí estaba el reto. Ahí estaba Panderrueda.


Lo peor del día es que desde ese punto, con un día claro, las vistas son impresionantes, sin embargo, como podéis ver en la foto, el panorama no era el adecuado.

Sólo quedaba bajar. Y no era algo menor, porque si las subidas estaban siendo de ciclismo de otros tiempos, la bajada de este puerto se presentaba muy peligrosa. De este otro lado, las partes con niebla estaban muchísimo más mojadas. 

Rápidamente la niebla dio paso a la lluvia. El asfalto estaba muy resbaladizo. Cada curva se estaba convirtiendo en todo un reto de precisión a la hora de tocar el freno. Siempre he creído que si eres un buen bajador o no, se mide en días como ese. Rápido es muy fácil bajar. Pero tocar el freno en un día de lluvia es como tocar el solo de guitarra de Kirk Hammett en Battery. Espero no resultar muy presuntuoso, pero puedo deciros que yo sé bajar.

Y por fin llegué a Posada de Valdeón de nuevo. Sólo quedaban unos pocos kilómetros. Ya lo tenía chupado. 


Tras superar alguna que otra rampa al 20% que hacía unas horas eran en bajada, cada vez me quedaba menos para llegar al final del día. Había sido duro y mi cuerpo lo estaba notando. No me habían salido muchísimos kilómetros, pero las condiciones habían sido extremas y no fui muy despacio que se diga.

Por fin volví a notar el incómodo adoquín de Caín. Por fin vi a Klaus de nuevo. 


El día se había terminado, pero acababa de nacer un recuerdo en mi memoria imborrable. Uno de los mejores días que he pasado sobre la bicicleta. Grandiosa ruta.