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miércoles, 6 de mayo de 2020

Etapa por la montaña centro-oriental leonesa.


¡Hola a todo el mundo!

Ayer, la UCI publicó un calendario de competición que, al menos a mí, me ha hecho ilusión, no porque crea que se va a poder llevar a cabo, la verdad, si no porque parece que se ve algo de luz al final del túnel. Entre eso y que ya he salido a rodar un par de días dentro de la franja horaria y dentro del término municipal (el de la ciudad de León es enano, por cierto) parece que el ánimo ciclista general está subiendo un poco.

Mi ánimo nunca ha estado especialmente bajo, la verdad. Esto del confinamiento lo he ido llevando bien salvo por el hecho de no poder sacar la bici y demás pero lo entiendo como algo necesario. No obstante, ¿quién me quita de hacer planes de cara a un posible verano en el que podamos salir con cierta normalidad?

Y a eso me dediqué, entre otras cosas, ayer por la tarde. A pensar en una ruta que me motivase y que, a poder ser, no saliese de la provincia de León no vaya a ser que no nos dejen hacerlo. Puede parecer que los ciclistas leoneses, si no nos vamos a la vecina Asturias no tenemos puertos, pero sólo lo parece porque sólo hay que buscar un poco. ¡Y qué puertos tenemos!

Para que a mí una ruta me llame la atención tiene que tener dos cosas. Kilómetros y varios puertos. En resumidas cuentas, lo que viene a ser la típica etapa de montaña de cualquier gran vuelta. Exigente y larga.

Y después de pensar un poco y sabiendo lo mucho que me tira a mí esa zona (mi familia procede de esas zonas) la decisión de por dónde discurriría la etapa parecía clara. Montaña centro-oriental leonesa. El punto de partida también lo tenía claro. Boñar, además de mi pueblo, es lo que más cerca queda de León teniendo en cuenta la ruta que he ideado.

Mientras iba dibujando el trazado, situando algún punto intermedio para que el perfil quedase bonito, buscando los puntos kilométricos de inicio y final de puerto, me estaban entrando unas ganas enormes de sufrir y disfrutar, todo a la vez, a lo largo de los exigentes kilómetros de esta ruta que no tendría nada que envidiar a cualquier etapa reina de Tour, Giro o Vuelta. Podría decirse que ya tengo reto para este extraño año ciclista y es este.


¿Qué os parece? Menudas cosas más bonitas que se pueden hacer por León, ¿eh? 193 kilómetros y 3625 metros de desnivel positivo son datos que no están nada mal, pero es que además la ruta discurre por alguno de los parajes más impresionantes que hay en toda la Cordillera Cantábrica. La pena es que no vaya a leer esto Javier Guillén, director de La Vuelta a España, aunque lo voy a intentar.

viernes, 24 de mayo de 2019

Tesoros del Cicloturismo. Llano De Las Ovejas


¡Hola a todo el mundo!

Hacía tiempo que no escribía acerca de algún puerto digno de ser incluido dentro de esa sección que decidí llamar TESOROS DEL CICLOTURISMO, pero es que acabo de hacer una ruta en la que uno de los puertos merece entrar por todo lo alto en esa sección. Y nunca mejor dicho “por todo lo alto” porque el puerto que nos ocupa sube hasta casi los 2000 metros de altitud, concretamente hasta los 1953 metros, y para llegar a su cima hay que superar 1436 metros de desnivel. A todos estos impresionantes datos hay que sumarle la longitud. 33 kilómetros desde el principio hasta el final.

Si a estos números no les ponemos nombre, rápidamente nuestras cabezas comienzan a viajar. Se van a Pirineos, Alpes, Dolomitas, Austria, Suiza o algún lugar de relumbrón y postín, pero si digo que el puerto está en España, más en concreto en la Provincia de León y para afinar más digo que separa El Bierzo de La Cabrera ya es cuando tenéis que tirar de mapas y buscar un poco más a fondo.

Os voy a facilitar la tarea. Su nombre es Llano De Las Ovejas, que es una extensión de Los Portillinos que, a su vez, es una prolongación de, y este ya os va a sonar, El Morredero.

Es una subida que siempre he tenido en mente. De esas cosas pendientes y que sabes que vas a acabar haciendo, pero nunca encuentras el momento. La oportunidad se presentó al no poder ir a Asturias por el mal tiempo y en búsqueda de una alternativa, el compañero de ruta propuso ir hasta Ponferrada, punto de partida del coloso.

Para empezar, os voy a ser tremendamente sincero. El paisaje de este puerto a mí no me resulta atractivo. Montañas cubiertas de brezo, escobas y piornos. No hay rocas, no hay picos, no hay árboles. Lo que sobre todo no hay es capacidad de distracción. Tampoco te permite ir mentalizándote para la dura ascensión que te propone este monstruo gigante.

Un poco de callejeo por Ponferrada, localizas el desvío, sales de un pueblo y llega el primer sartenazo. El gigante ya te acaba de tragar, metiéndote en su mundo de arbustos, enormes valles, montañas infinitamente redondeadas que se encadenan unas con otras hasta donde te permiten mirar y hasta donde te puedas imaginar.

No sé en qué momento ocurre pero cuando te quieres dar cuenta, llevas tres cuartos de hora de esfuerzo y aún no has llegado a la mitad de la cacería del gigante. Como todos, él se resiste. Rampas de más del 10%. Estas trampas aparecen por toda la subida. Unas por aquí, otras por allá, pero eres consciente de que la batalla va a ser dura, aunque esta no es su principal arma.

Su principal defensa es lo infinita de la misma. Una pedalada tras otra avanzas por la carretera. Por la carretera solitaria. Igual de solitario que todo el paisaje. Empiezas a sentirte igual de pequeño que cualquiera de los lagartos que ni se inmutan al verte pasar. Te metes tan en ti mismo que no eres muy consciente de lo que pasa a tu alrededor. Si no llegas lo suficientemente preparado para doblegar al gigante, estoy seguro que en un pequeño momento de debilidad, no te costaría ningún esfuerzo echar pie a tierra. Nadie lo sabría. Nadie hay en kilómetros a la redonda. Estáis solos tú y el monstruo.

Pero si llegas bien puedes escapar del embrujo. Bajas un piñón, te pones en bielas y le mandas un mensaje. “¿Acaso no sabes quién soy yo? ¿No has hablado con otros gigantes? Todos cayeron”. Y este caerá, claro que sí.

La carretera bordea la montaña sin ninguna interrupción hasta que ves unas curvas de herradura. Es la primera distracción que encuentras después de varios kilómetros. Bajo otro piñón y vuelvo a mandarle el mismo mensaje. “¡Vas a caer, gigante!”

Y llegas allí en donde muchos dan la vuelta, satisfechos, sin saber que no es más que otra de las trampas del monstruo gigante. El Puerto del Morredero. Pero yo sólo quería mostrarle mis respetos y pedirle permiso para pasar a por lo que había venido. Aún faltaban muchos kilómetros para mi verdadera misión allí.


Me permitió el paso y me dio un par de kilómetros tranquilos en los que has de estudiar la situación. El paisaje es exactamente igual que antes, pero lo ves todo desde otro punto de vista. Te da la sensación de que llevas toda una vida subiendo este puerto y comienzas a sentirte como en casa. Ya casi ni te acuerdas de qué estabas haciendo hace una hora y pico, pero seguramente sea sufrir en alguna dura rampa. Después de algún que otro pensamiento un tanto confuso, puede que por la falta de oxígeno inherente a los 1800 metros de altitud por los que vas rodando, notas que algo pasa. Hay cambios.

El monstruo te presenta ahora, después de tantos kilómetros subidos, de tanto rato pedaleando por lo que parece la misma rampa, un cambio de panorama. Parece ser que empieza a inquietarle el hecho de que te acerques a la cima. Parece ser que empieza a pensar que va a caer igual que cayeron otros tantos antes que él.

La montaña ahora está más descarnada. Sigue igual de solitaria o quizás más, pero ahora está rota. Y roto es como te deja la última gran rampa antes de llegar a Los Portillinos, donde muchos pueden pensar que está el final, pero el monstruo gigante es muy viejo y muy astuto. Es otra trampa igual que la de antes, allá abajo, en El Morredero. Para llegar al final hay que hacer un último esfuerzo, más mental que físico, que es rodar por los 6 kilómetros de sube baja que nos restan para llegar a Llano De Las Ovejas.


Avanzas sin referencias. Ya no hay montañas a tu alrededor. Todas ellas quedaron más abajo porque tú estás a casi 2000 metros y sólo unos privilegiados llegan hasta aquí. Das pedales sin saber dónde está el final. El monstruo no tiene cartel porque no quiere verse doblegado por nada ni nadie.

Los que hemos sido capaces de llegar a vencernos a nosotros mismos y hemos logrado no caer en las trampas del monstruo, hemos hecho un pacto con él.  No nos entrega el trofeo del cartel con su nombre, pero nos da la satisfacción de haber logrado alcanzar una cima tremenda, de esas que muy pocas veces llegas a coronar.


Tú sabes que el monstruo gigante ha caído igual que cayeron otros antes que él, pero habéis llegado a un acuerdo. Un acuerdo que otro puñado de valientes conocen también. Los valientes sabemos que el monstruo, además de gigante, es indomable y su ascensión no se nos va a olvidar así como así. Es una ascensión irrepetible. Una de esas satisfacciones que vas a llevar por siempre dentro de ti. Ese es el premio que te da el monstruo gigante.

jueves, 23 de abril de 2015

Club Ciclista Asfalto León: Foncebadón y Manzanal.

¡Hola a todo el mundo!

Todo empezó como siempre. "Podíamos hacer algo el domingo, ¿no?" En principio no había un plan concreto, hasta que el gran Vega dejó caer algo. "Foncebadón-Cruz de Ferro y Manzanal"

Sólo con mencionar esas dos buenas subidas, ya comenzamos a organizar el operativo. Que si quién va, que si cómo vamos, que si a las dos no estamos en casa ni de coña, etcétera, etcétera.

El tiempo no era algo que fuese muy fiable, así que sería un día complicado en cuanto a lo meteorológico. No porque supiésemos a ciencia cierta que nos iba a llover, sino porque no teníamos ni la más remota idea de qué sorpresas nos tenía reservado el clima.

Quedamos en Trobajo, a eso de las 9:30. Íbamos a tener alguna baja importante como David, Roberto, Juanjo, Fernando y, además, el Buka, con el que pasé la noche del sábado cenando en su casa y comprobando el trancazo que maneja. "No voy nada fino, tío". Pero es lo más normal del mundo, habida cuenta del catarrazo tremendo que tiene y, aún así, ha salido algo para probarse. Se va a recuperar y yo estaré ahí para protegerle del viento.

Cuando llegué (un par de minutos tarde, otra vez) ahí estaban "Los Vega y Cecilio". Iríamos en la furgo del Titán de la Sobarriba, que ya es una más de nosotros, a buscar a Rubén, que ya ha hecho un par de rutas con nosotros y parece ser nuevo fichaje del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN.

Las rutas de Vega siempre tienen un componente de misterio por varios motivos. El principal es que, a pesar de contarte los puertos gordos que vamos a subir, siempre se reserva varias sorpresas en forma de "micro puertos sin nombre ni cartel" que te dejan patas arriba. Otro motivo suele ser la cantidad de kilómetros. Te da ese dato, pero suele ser orientativo y, por regla general, tiende a quedarse corto.

Pero aún no habíamos empezado a dar pedales. Acabábamos de llegar a Astorga, ya teníamos montadas las bicis y teníamos localizado un bar con un gran pincho de tortilla. Eso pide parada obligatoria, sin duda.


Una vez sentadas las bases del espíritu de nuestras rutas sociales de los domingos, comenzamos a dar pedales por una carretera por la que ya habíamos rodado en otra de nuestras escapadas y, en tan sólo cuatro meses de actividad, llevamos hechas muchas rutas, llamémoslas, especiales. La cosa marcha más que bien.

Dejamos atrás Castrillo de los Polvazares y a los pocos metros, nos desviamos por la carretera que nos llevaría a Santa Colomba de Somoza, lugar en el que comenzaríamos la primera ascensión del día. El puerto de Foncebadón-Cruz de Ferro.

Mientras avanzábamos, el cielo nos amenazaba con un poco de todo. Lluvia, frío, viento, nieve...¡DE TODO! Y también sol. Uno no sabía si ponerse el chubasquero, quitarse los guantes, ajustarse la braga (cuello polar, que íbamos con señorita) o qué demonios hacer. Lo mejor fue adaptarse a lo que nos fuese tocando. La temperatura, al menos, no era mala, al menos, de momento.

Llegamos a la base del puerto y yo tenía intención de subirlo apretando el ritmo. Llevaba varios días sin coger a "La Americana" y tenía mono. Además, quería hacerle un estress-test, porque estuve limpiándola y engrasándola a conciencia, un par de días atrás. El problema de esto último fue que casi me cargo la patilla del cambio y no sabía cómo iba a responderme el grupo, así que tenía que estrujarla.

Engrano plato grande, subo un par de piñones, me pongo sobre bielas y, sin mirar atrás, aumento la velocidad. Una vez arriba, daría media vuelta y coronaría con todos, así que no me despedí. Metro a metro, peregrino tras peregrino, porque esto es Camino de Santiago y hay a patadas por esta carretera, comprobé que "La Americana" iba como la seda y que yo, más o menos también.

El problema comenzó a ser otro. Y es que la temperatura se desplomó en cuestión de un par de kilómetros y a penas superaba los 8ºC. A mi paso por el pueblo de Foncebadón, la temperatura bajó incluso más, no superando los 5ºC. Con el cuerpo sudado por el esfuerzo, esto era algo que no me estaba gustando mucho, pero era lo que había. Contra el tiempo no se puede luchar.

Pero ya no quedaba nada para coronar. A lo lejos ya se podía contemplar la Cruz de Ferro que marca la entrada a "Territorio Bierzo" y señalaba el final de mi aventura en solitario porque, sin echar pie a tierra, me di la vuelta y me fui a buscar a los demás.

No tardamos en reagruparnos y coronar, esta vez sí, como debe de ser. Como colegas.



Pero no podíamos quedarnos ahí arriba mucho tiempo. El frío era tremendo y, sobre nuestros cuerpos sudados, esto no va bien, con lo que después de colocarnos algo de ropa, nos tiramos para abajo. Aunque no es del todo cierto, habida cuenta de que el descenso propiamente dicho, se sitúa después de una especie de meseta que debíamos de superar, así como algún que otro repecho potente que aún quedaba.

Pero al final, el valle se abrió, no sin antes recibir algún sano consejo...


Algún que otro metro después de ese punto informativo, pudimos contemplar el valle de La Herrería. Sólo puedo decir que no me esperaba un espectáculo tan formidable como ese. Un valle profundo, de monte bajo, sobre todo brezo en flor, que le daba a la "fotografía" unas notas de color que al día aún no tenía.


El sol bañaba la ciudad de Ponferrada. Los cambios de temperatura seguían castigándonos seriamente, pero la parada se convertía en obligatoria cuando llegamos a El Acebo, un pueblo muy singular y precioso. Es tan singular que para las bicicletas de carretera es un tanto problemático porque el piso de toda la calle principal está cubierto de un empedrado muy característico.

Seguíamos con el rápido descenso porque, por esta vertiente, el Puerto de Foncebadón es todo un señor "Hors Catégorie". Tremendas rampas las que estábamos bajando que, sumado esto al paisaje por el que transitaba esta carretera, hicieron del descenso algo maravilloso. Volveré a subirlo y no tardando demasiado.

Nuestro objetivo era llegar a Molinaseca para tomar allí algo. Nuestra especialidad. Los bares en ruta. ¡Cómo nos gusta, rediós! Y qué bien que se estaba a más de 15ºC, pero el frío ya lo teníamos metido en los huesos. Esta sensación heladora que te impide entrar en calor por buen clima que haga. Necesitábamos alguna rampa para sacar esa horrible sensación del cuerpo.

Vega nos ayudó a ello porque, si bien él era el único que no sentía frío, cerca de Molinaseca se situaba una de las sorpresitas de don Juan Carlos. Nada más salir del pueblo, abandonamos la carretera que nos llevaría hasta Ponferrada y viramos a la derecha por una carretera que formaba parte del trazado original del Mundial de Ponferrada 2014.

Nos encaminamos hasta un pueblo llamado El Poblado. Hasta ahí todo correcto pero es que, hasta llegar a ese pueblo, hay entre medias un kilómetro y medio, digamos, de calidad.

Lo primero de todo el plato fuera, por el qué dirán, y lo segundo, sobre bielas, cada uno que aguante lo que pueda. Tremendo rampón que, sin duda, expulsó de nuestros cuerpos la sensación de frío. Terminaba en un pinar y yo, para que no decayese el buen humor tras el esfuerzo, me metí por una pista forestal con "La Americana". En fin. Luego que por qué pincho.

Los siguientes kilómetros, a parte de encontrarnos con otra sorpresita de éstas, justo antes de llegar a Castropodame, fueron muy tranquilos. De hecho, demasiado tranquilos porque la zona era un poco fantasmagórica. Contaba con algún pueblo abandonado, infraestructura minera en desuso y cosas así. Daba la sensación de que estábamos rodando por un pequeño Chernobyl.

La temperatura parecía estar, por fin, estable en unos 15ºC, y estábamos haciendo una parada precisamente en Castropodame. No sería la última antes de regresar a Astorga. Nosotros somos de socializar.



El Titán de la Sobarriba, es decir, Cecilio, Rubén, Susana, Vega y yo, seguíamos avanzando por estos parajes bercianos que, he de decir, han supuesto para mí una grata sorpresa. ¡Qué maravilla de paisajes! Montes cubiertos por brezos que dan un toque de color increíble a kilómetros a la redonda. Mientras dábamos pedales, no hacía más que pensar en que no tenía vergüenza de no conocer esta zona. Aquí al lado y, sin embargo, casi desconocida. Voy a corregir esto, os lo garantizo.

Y llegamos a Bembibre y pusimos rumbo a Torre del Bierzo por la carretera antigua. "La más antigua de todas", hacía hincapié Vega. Carretera buena, ancha, rodeada de monte y casi sin tráfico. Siempre picando para arriba porque, según algunas altimetrías, desde la salida de Bembibre ya se considera Puerto del Manzanal, que era lo que estábamos subiendo.


Nuestra última parada ya estaba hecha y ya no nos quedaba más remedio que acometer el puerto. Tendido y suave, la verdad. Fácil de subir, aunque esto siempre lo dictamina la velocidad a la que se haga tal cosa, pero nosotros a estas alturas de la película no teníamos ganas de acelerones.

Subíamos en grupo mientras charlábamos. Que si uno dice una chorrada y otro, dice una mayor. El Titán de la Sobarriba casca un chiste y nos descompone un poco a todos al hacernos reír. Así nos las gastamos en el Club Ciclista Asfalto León.

De esta forma, como podéis comprender, en menos de lo que canta un gallo ya teníamos el cartel marrón delante. Y lo ves y casi te da hasta pena de que se acabe la subida porque lo íbamos pasando genial. En las bajadas no podemos charlar tan cómodamente como subiendo. Yo creo que esta es la razón por la que a todos nosotros nos gusta más subir puertos que cualquier otra cosa. Llamadme excéntrico, quizás.


Ahora sí que ya sólo nos quedaba una bajada hasta Astorga. La ruta tocaba a su fin y dejaba un poso de satisfacción muy bueno. Gran ruta, gran compañía, grandes sorpresas, grandes momentos y muchas ganas de trabajar para pergeñar la siguiente escapada del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN. ¡Y eso que ya van unas cuántas!

Sólo nos quedaba rematar como se merecía la gran jornada de CICLOTURISMO que estábamos viviendo.


Esta pasión, que es el cicloturismo, compartida con estos amigos, deja un regusto formidable. Las ganas enormes de seguir haciendo cosas, son un síntoma muy positivo de lo que está siendo este año y estos proyectos.

viernes, 10 de abril de 2015

Tesoros del cicloturismo. Gamoniteiro y Ermita de Alba.

¡Hola a todo el mundo!

Os pongo un poco en antecedentes. Hace ya unos añitos, como cuatro o algo así, alguien me habló de una subida, cerca de La Cobertoria, que llegaba muy muy muy muy arriba y que tenía unas rampas de esas que se agarran de verdad.

El tiempo y más conversaciones me enseñaron que esa subida se llamaba El Gamoniteiro y yo tenía desde aquel momento la intención de subirlo pero resulta que, por unos motivos u otros, no me estaba resultando fácil.

Un día, Buka quedó con Vega y Susana para hacerse unos puertos por la zona de Quirós y, ¿adivináis qué puerto subieron?

- Menudas subidas más guapas, Dani. Subimos un puerto, con un nombre raro...Gamo...Gamon..

- ¿Gamoniteiro?

- ¡Exacto!

Total. Que Buka ya lo había subido y a mí se me seguía resistiendo. Lo más cercano a subirlo fue el año pasado, durante una de mis incursiones en terreno Astur, el Gran Día en el que subí L'Angliru. Aquel día tenía intención de salir de Pola, subir La Cordal, Angliru, volver a subir la otra vertiente del Cordal, meterme por Cuchu Puerco y, una vez en la carretera de La Cobertoria, llegaría hasta arriba. La cosa es que por aquí se pasa por el desvío que conduce al Gamoniteiro, así que allí decidiría porque después del palizón que llevaba encima, no quería pasarme y no disfrutar la subida.

Justo antes de llegar al desvío, una especie de conato de calambre en una pierna me indicó que aquel día, con llegar a Cobertoria y bajar hasta Pola tenía más que de sobra. Si a esto le sumamos que justo en la cima, comenzó a pintear agua, pues día completo.

Para más inri, resulta que las cabezas pensantes de La Vuelta a España han incluido un final de etapa para este año en Quirós que terminará en la Ermita de Alba. Puede que no tenga mucha relación con lo contado al principio pero es que resulta que ambas subidas no quedan muy lejos una de otra, con lo que cualquier amante de los puertos de montaña como soy yo, comienza a trazar rutas que conectan ambas ascensiones.

Pero la casualidad ha querido que Susana y Vega hayan querido formar parte del proyecto que tanto me ilusiona, el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN, y ¿sabéis lo que llevan diciendo desde el primer día que dio comienzo la andadura del Club?

- ¡A ver cuándo os animáis a venir un finde a Quirós y hacemos una etapa con Gamoniteiro y Alba!

Así que tal oportunidad ha surgido este pasado fin de semana, con ocasión de la Semana Santa en la que "Los Vega-Álvarez" pasarían unos días en el territorio de Susana, que no es otro que el Concejo de Quirós.

A mí me coincidía fenomenal, así que me apunté a nada que me invitaron. No podía dejar escapar la oportunidad de subir ni Cobertoria, ni Gamoniteiro, ni la Ermita de Alba, pero lo más importante. No podía dejar pasar la oportunidad de pasar un fin de semana con gente tan fantástica como son Vega y Susana.

Y allí estábamos. Susana, Vega, otro compañero del Club BTT Pelayo, con el que habíamos compartido kilómetros en las rutas de Cerredo del año pasado, llamado Rubén, y un servidor. Seríamos los cuatro valientes que nos lo íbamos a pasar como enanos. Eso lo teníamos claro.

Lo que pintaba un poco regular era el día, que amaneció con bruma y el sol no parecía tener muchas ganas de manifestarse. Además, calor, lo que se dice calor, pues no hacía. Las primeras dudas surgieron. Que si guantes largos o cortos, que si térmica o no. ¡Qué dudas!

Todo quedó resuelto al ver pasar a un grupo de ciclistas que bajaban de Cobertoria. Muchos de corto, con cara de frío, eso sí, pero de corto, así que decidimos salir con un poco de todo. Sin ir más lejos, yo salí con guantes largos que me puse para salir, me los quité a los dos kilómetros y no los volví a poner.

Salimos de Bárzana de Quirós en dirección a la subida de La Cobertoria, pero lo haríamos por Lindes, subida ésta más tendida y presidida en todo momento por Peña Rueda, una pirámide natural increíble.


Carretera estrecha, bacheada pero sin ser algo molesto, cubierta de vegetación dormida, porque la primavera acaba de empezar, un riachuelo acompañándonos y el sol se había impuesto con claridad. Todo pintaba muy, pero que muy bien.


Si bien esta vertiente no tiene los rampones de las otras dos caras de la Cobertoria, por este lado no paras de subir y en lugar de poco más de diez kilómetros, estamos hablando de un puerto de veinte kilómetros, con lo que lo que le falta de una cosa, se compensa con otra.

Pero más allá de desniveles, datos y de más, el día se trataba de otra cosa. Se trataba de otro ciclismo. Se trataba de CICLOTURISMO. Cada pedalada era un punto más a nuestro favor. Cada pedalada era un momento para el recuerdo. Cada pedalada era un motivo más para seguir haciendo lo mismo.

Las sensaciones que iba teniendo en cada metro de ascensión son tan indescriptibles que incluso a alguien tan locuaz como yo, se le hace casi imposible describirlo con palabras.


Estábamos en la mitad de la subida y para continuar había que afrontar un rápido descenso a través de una carretera, la QU-5, en malas condiciones. Muy estrecha, con las humedades propias de estas fechas, la mayor parte de las curvas eran ciegas. Debíamos de tener mucho cuidado. "¡COCHE!", se le escucha decir a Vega, que es quien conduce la bajada. Yo le copio. Un todo terreno, el de la Guardia Civil, es el que casi nos comemos, y eso que somos cautos y prudentes. ¡Imaginad si fuésemos mal!

No quedaba nada para la cima de La Cobertoria y la vegetación nos empezaba a dejar contemplar la maravilla que es toda esta zona. Unos valles profundos que dejan intuir algún que otro pueblecito. Cuento de hadas, se podría decir. Y mientras estaba ensimismado en todo esto, justo delante de mí, ahí estaba el primer objetivo del día.


Ya habíamos hecho presa y esto no había hecho más que empezar porque en todo momento podíamos ver el repetidor que hay en el Gamoniteiro. "¡Hoy no te me vas a escapar, condenado!", le repetía una y otra vez, siempre que lo tenía a tiro.

Y comenzamos a bajar en dirección al desvío hacia el coloso. Hacia, prácticamente, el cielo. Y es que, como se puede ver en las fotos, no había ni una nube que ensombreciese nada. "Lo he subido once veces y nunca había pillado un día como el de hoy", comentaba Vega. Yo no quería decir nada, pero la verdad es que suelo tener suerte con el tiempo en mis incursiones astures. Dicho lo cual, es muy probable que jamás vuelva a ver la luz del sol en el Principado. A ver si sigo con mi racha.

Alcanzamos, en nada y menos, el cruce que nos conduciría al repetidor. Y es curioso porque casi siempre que Juan Carlos organiza una ruta, acabas en un repetidor, pero sarna con gusto no pica.

Las primeras rampas, la verdad es que no son duras. Ni siquiera pican las piernas, pero es justo esto lo que quiere que pienses el Gamoniteiro. Quiere que le trates como a uno más. Pero yo ya venía aleccionado. La clase maestra me la dio el año pasado su vecino el Angliru. Él me había dicho que "SOMOS LO QUE LOGRAMOS", y que lo más probable es que nos costase, pero que al final del todo, la recompensa en forma de satisfacción era inmensa. También me dijo que él era el más duro de todos los puertos Asturianos, así que sabiendo eso, Gamoniteiro me costaría, sí, pero que podría con ello.

Y más teniendo en cuenta que este año, en todos los aspectos, estoy mejor preparado para subir puertos que nunca. Cambio de estilo de pedaleo a la hora de subir. "Te pasas más tiempo sobre bielas que sentado", me dijo Vega. Y es que así subo mejor. Es uno de los cambios. Me lo enseñó el Angliru y La Camperona, ésta última subida fue la que me picó a, no sólo intentar, si no a buscar puertos extremos.

Y ahí me veía yo, rodeado de cimas inmensas, rocas peladas, prados llenos de caballos, buitres volando a escasos metros de nosotros y, sobre todo, tres compañeros de subida formidables. Nadie exigía nada a nadie, todos sabíamos que íbamos juntos y todos sabíamos que llegaríamos juntos de uno u otro modo.

Pero esta subida era algo personal, llevaba mucho tiempo detrás de ella, así que sobre bielas, apreté un poco el ritmo, me concentré y el Gamoniteiro comenzó a hacer que mis piernas picasen.


Una vez que ya te pones en modo "ascensión", en mi caso siempre me pongo en lo peor. Siempre pienso que un muro imposible e infinito va a aparecer al otro lado de cualquier curva, así que en el momento en el que una zona hormigonada se interpuso en mi camino, me imaginé que sería así hasta arriba, ¡y aún quedaban varios kilómetros!. Pero por fortuna esta zona sólo duró unos cien metros. Menos mal.

Y qué reconfortante es cuando personas que están pasando el día en la montaña y ven cómo te esfuerzas y te retuerces sobre la bicicleta, te regalan alguna palabra de ánimo en plan "vamos, campeón" o mi favorita. "¡Venga, que ya lo tienes!", a pesar de que aún falten varios kilómetros. Y en esta subida no te consiguen engañar porque puedes ver la antena en todo momento.

Llega un momento en las subidas a los puertos en el que el dolor de piernas desaparece. Da lo mismo las rampas que se crucen en tu camino porque ya no hay dolor, ya te da todo lo mismo. Pero lo más curioso del asunto es que en ese preciso y precioso momento es en el que más estás disfrutando. Es el momento en el que más te fijas en el paisaje, en la carretera, en la sensación del sol sobre tu piel o el viento rozando tu cara. El momento en el que la lluvia desaparece y el frío deja de ser doloroso. El momento por el que has sacado tiempo de donde no lo hay para entrenar y poder estar preparado para subir puertos.

Y este instante dura hasta que ves el cartel marrón con el nombre del puerto en cuestión o, en el caso de este magnífico día, hasta que te das de frente contra una antena gigante que marca el punto final de esta preciosa y muy recomendable subida.


Este pequeño rato de soledad me permitió hablar en solitario con el señor Gamoniteiro. Me permití el lujo de decirle que había sido un placer y que no sería la última vez que nos volveríamos a encontrar. También le dije que su amigo y vecino Angliru me parece más duro, pero que es un digno final de Vuelta a España.

Y poco a poco, fue llegando el resto de la tropa...


Allí, todos juntos, con el espectacular día que teníamos, pudimos comprobar la inmensidad de la Cordillera Cantábrica. Podíamos ver los Picos de Europa perfectamente, allí a lo lejos, allá abajo. ¡Menudo regalo que la naturaleza nos estaba brindando!


Pero había que bajar y por lo que pudimos comprobar durante la subida, salvo dos pequeños tramos de hormigón, el resto de la carretera estaba bastante bien, así que sería un descenso para disfrutar. Para disfrutar y para detenernos y sacar unas buenas fotos. El único problema de hacer esto último era escoger dónde sacar la foto porque, insisto una vez más, el día estaba siendo impresionante.

Todos los planos eran preciosos. También se podía ver el siguiente gran objetivo del día, La Ermita de Alba. Lo que no se podía ver con claridad eran las últimas rampas de Alba, pero eso lo comentaré en un ratito.


Por el momento estábamos bajando el Gamoniteiro y, además, también debíamos de bajar la Cobertoria en dirección a Bárzana de Quirós. Esta segunda bajada, ya con una carretera estupenda, supuso que la velocidad, las tumbadas, el acople y todo lo demás que se suele hacer en una bajada, aumentase, cambiase, mejorase o lo que sea. La cosa es que bajábamos como tiros. Las curvas eran amplias, sí, pero los porcentajes que hay de este lado hacían que algunos giros se te hiciesen cortos y el quitamiedos se acercase demasiado, pero no tuvimos ningún susto.

Y llegamos al punto de inicio. Bárzana. Aquí el equipo se dividía. Susana y Rubén quedaban en casa y Vega y yo continuábamos para acometer la subida a La Ermita de Alba.

Los primeros y únicos kilómetros llanos de la jornada los íbamos a vivir justo antes de alcanzar el desvío para Salcedo y Alba, en donde nos encontramos las huellas de un compañero y amigo de esto da las subidas, como es Marce Montero.


Y comenzamos la subida. Yo, lo único que conocía de este reto era que iba a ser final de etapa de este año, que tenía rampar de quitar el hipo y que no era excesivamente larga, pero poco más. Dónde estaban los rampones sería algo que descubriría sobre la marcha ya que me había centrado mentalmente muchísimo en el Gamoniteiro.

Carretera estrecha, de asfalto con brea líquida en días calurosos. La típica carretera que a mí me enamora a primera vista como así sucedió desde el primer metro de la subida. La verdad es que una vez que te metes en materia en esto de subir puertos, llega un momento en que te da igual lo que te echen, o al menos eso me pasa a mí, así que estaba disfrutando muchísimo de todo lo que nos rodeaba a Juan Carlos y a mí.

La primera parte del puerto estaba siendo bastante normal. Tenía sus momentos de dureza, sus curvas de herradura, pero nada por lo que puedas pretender echar el pie a tierra o algo así. Pero llegamos a Salcedo y algo parecía cambiar. Sobre todo lo notaron las piernas.



Y justo aquí, la subida a La Ermita de Alba demuestra por qué va a ser foco de atención mundial en la próxima edición de La Vuelta Ciclista a España.

Podríamos definir esta subida como una sucesión de escalones. Primero te topas con una pared al 20%, tienes un "descanso" al 12% y te vuelves a encontrar con un muro al 20%. Y así todo el santo rato hasta que llegas a la parte final. Y es que en la parte final, en lugar de un desnivel al 20%, te encuentras con una rampa de garaje a más del 25% por ser conservador y no pasarme. IMPRESIONANTE.


Tras una buena conversación con un motorista que también era ciclista y estaba estudiando la subida, nos sacamos las pertinentes fotos con el logro y encaramos el descenso.

Un descenso que tiene su miga porque hay partes un poco desconchadas que te encuentras en plena curva a 60 kilómetros por hora, medio tumbado, así que es algo peligrosilla por este hecho. Lo cierto es que Vega y yo la bajamos bastante alegremente, también es verdad.

Ya sólo nos quedaba llegar a casa donde nos esperaban Susana y Rubén con algunas que otras barritas energéticas...


¡Qué fin de semana más fantástico! Ruta en bicicleta impresionante, puertos de montaña de los que se recuerdan para siempre, paisajes increíbles, risas casi constantemente y, esto es lo más importante, unos compañeros y amigos de primera especial. No sé cómo agradecerles este fin de semana. Lo que les califica como personas es la respuesta a esto último. "Viniendo más veces, Dani".

Contad con ello, amigos míos. Contad con ello.

jueves, 30 de octubre de 2014

Tesoros del cicloturismo. El Angliru.

¡Hola a todo el mundo!

Mi mente, mi cuerpo y mi voluntad estaban ya en el Angliru mucho antes de meter a La Americana en Klaus, aquel domingo que pasaría a mi historia personal como el día en el que subí el coloso.

El gran Juan Carlos Vega me metió el gusanillo en el cuerpo un par de semanas antes al haberme llevado a subir las rampar extremas de La Camperona. 

-Subiendo esto, ¿podré subir cualquier cosa, ¿no?

Esa era la frase que presidía mi cerebro cuando comencé a idear una ruta maja para aquel domingo. La ruta incluía varios puertos, entre los que destacaban el Cordal, por ambas caras, la Cobertoria subiendo por Cuchu Puercu y, por supuesto, el Angliru. De hecho, mi idea original era subir también el Gamoniteiro, aunque tal extremo sería viable según me encontrase en el desvío hasta la cima.

En cualquier caso, yo ya estaba decidido a meterme una buena pechada de puertos. Convertir aquel fin de semana en algo para recordar. Supongo que toda ruta que incluya el Angliru ya es algo para recordar, pero bueno, aquel era mi día.

Y lo era de manera muy especial porque iba a ir yo solito. Hacer estas rutas en solitario, tiene pros y contras, como todo. Puedes ir al ritmo que te venga en gana a ti, tomar las fotos que creas oportunas, tener una avería seria y que no te echen un cable, hacer la ruta en silencio. Bueno, aunque en mi caso particular, como ya os he comentado en alguna otra ocasión, a veces en la bici hablo solo. Cosas de mi pedrada, ya sabéis. Cosas en plan, "joder, con la rampa de los cojones", o algo más elegante como, "puerto de las pelotas, voy a acabar contigo".

Llevaba comprobando la climatología para aquel día desde hacía semana y media por lo menos. Siempre con el mismo resultado. Lluvia. Parecía ser que no me iba a enterar de las tremendas rampas que me esperaban. Pero aquí va mi primer "biciconsejo" del artículo. Las predicciones meteorológicas a más de cuatro días vista son, fundamentalmente, una patraña.

Y lo digo porque el día que había amanecido en el Principado, era de esos que te dan que pensar. De esos en las que te preguntas si, por ahí arriba, llueve tanto como dice la gente. Ni una nube en el horizonte. Parecía ser que, por desgracia, sería plenamente consciente de las rampas.

Mi primera parte del plan, que era aparcar a Klaus en Pola de Lena, ya estaba finiquitada. Tenía que llenar los bolsos del maillot. Un par de plátanos, cuatro barritas de esas de cereales, la bomba, las llaves del coche, un chubasquero para bajar los puertos, el móvil. Ya estaba todo. 

La siguiente fase era encontrar la carretera que me llevaría hasta el Cordal. Más o menos sabía por dónde estaba pero, insisto una vez más. Más o menos. 

Resulta que había aparcado justo al final de Pola de Lena y, nada más que comencé a dar pedales y habiendo avanzado a penas unos cuantos metros, ahí estaba el desvío que, creo recordar que señala en dirección a Riosa, lo cual hizo que se me apretase el esfinter un poquito. Hablar de Riosa en el mundo del ciclismo estremece las piernas, así que como para no apretar esfínteres.

En resumidas cuentas, lo que quiero decir es que sin más ni más, me encontré con el Cordal de frente. Resulta que este puerto y por este lado, no es especialmente duro ni exigente, aunque tiene sus momentos de gloria, como todos los puertos. Pero si te lo encuentras de sopetón, punto uno, y dos, te estás meando bastante, pues la cosa sube de entidad. "¿Pero por qué no paras, Dani?". Pues porque no. Cosas de cicloturista. Una vez que empiezo un puerto, no paro y punto.

Así que ahí estaba yo. Meándome, envuelto en un túnel vegetal precioso y disfrutando de unas vistas espectaculares. Puerto constante que te permite agarrar un ritmo y llegar con éste al fin del mundo. Conclusión. Puerto para disfrutar. Consecuencia. Se me pasaron las ganas de mear.

Casi había coronado y pude ver el desvío hasta el Chuchu Puercu (que estoy seguro que muchos no sabéis de lo que os hablo). Pero para tomar ese desvío aún quedaba una tirada buena. Por lo pronto, había llegado al cartelón que te da la bienvenida al Concejo de Riosa y marca la cima del Alto del Cordal, porque aquí no hay cartel marrón que valga. Es una pena, porque el puerto realmente se lo merece. 

Nada más llegar, lo primero.....¿foto?....Hoy no. Hoy tocaba cambiar el agua al canario. Mi cara de satisfacción en la cima, ese día no sólo se debía al esfuerzo realizado en la ascensión....uffff, qué biennnn....



Primer plátano al cuerpo, chubasquero abrochado y bonito descenso por delante. Además del placer de la bajada, ésta me iba a servir para estudiar la futura subida. Sin embargo, al hacer esto no dejaba de pensar en que cuando estuviese sufriendo por esas rampas yo ya no sería el mismo porque habría triunfado o fracasado en el Angliru, eso ya se vería.

Curva por aquí, curva por allá. Continuas referencias al gran objetivo del día. Hotel Mirador del Angliru. Esto ya era en serio. Se acercaba el momento. Se acercaba mi momento. 

Quién me ha visto y quién me ve. Hasta hacía poco tiempo, siempre que me preguntaban que si había subido el Angliru, yo siempre respondía que no y que no lo haría porque, ese tipo de subidas agonísticas, no me gustan. Pestes y pestes echadas sobre ese dichoso puerto que perturba toda mente ciclista, podrían caerme todas de golpe. 

Siempre he creído que los puertos tienen cierta vida. Cierta autonomía propia. Es como si cada ascensión fuese ÉL contra MÍ. Una lucha de tú a tú. El Angliru podría vengarse de mí. Podría hacérmelas pagar todas juntas por haberle denostado durante años.

Y su momento y el mío ya estaban cerca. El día en el que nos mediríamos, era allí y en aquel momento, porque el cartel de La Vega, el pueblo que marca el punto de inicio de la subida, ya estaba ante mis ojos. Y cuando tomé un desvío y vi cierto cartel, nos indicaba tanto al puerto como a mí que ya no era el tiempo de las palabras. Era el tiempo de la lucha. Y os puedo asegurar que esta subida, no es una ascensión normal y corriente. Es una verdadera batalla de supervivencia.

Km 0 de un antes y un después en mi vida ciclista.
¡Qué cantidad de sorpresas me tenía preparadas el amigo Angliru! Él lo tenía todo preparado para engañarme así de primeras. Ciertamente, los primeros seis kilómetros o algo así, son del todo normales y corrientes. Vas subiendo, más expectante que cansado. "Será aquí, será allí adelante." Continuamente vas buscando el lugar en el que este puerto te la va a meter doblada. Pero llega un instante en el que no hace falta esperar a la próxima curva o a la siguiente recta. 

En algún momento, no sé muy bien por qué, alzas la vista hasta las montañas. Muy a lo alto. Muy a lo lejos. No te lo puedes creer porque sería algo inhumano, pero pareces intuir algo parecido a una carretera serpenteante a lo lejos y a lo alto. A lo muy muy alto. 

Y si vas con la sana intención de subir al Monstruo de Riosa, habrás hecho los deberes y te habrás empapado de fotos y diversas altimetrías, con lo que esa serpenteante carretera muy muy a lo alto, te resulta familiar. Te resulta tan familiar como que resulta ser la carretera por la que vas a tener que subir en un rato.

Ahí estaba. Ahí estaba el verdadero monstruo. Ahí estaba el verdadero reto. Ahí estaba el lugar en donde me haría mayor sobre la bicicleta como me había dicho mi amigo Juan Carlos. Ahí estaba el coloso. Ahí estaba, sencillamente, el Alto del Angliru.

En cuanto pude divisar esa zona repleta de paz, llamada Viapará, en donde correteaban niños y la gente se hacía fotos, pude comprender que, justo en ese momento, comenzaríamos a ajustar cuentas el monstruo y yo.  A penas unos metros más adelante y alguna que otra curva después, que ya comenzaban a ser algo más duras que sus hermanas de kilómetros anteriores, ya pude comprobar en mis propias carnes lo que iba a sufrir.

No sé ni cómo se llamaba esta primera gran rampa. Lo cierto es que era durísima y el cartel que la anunciaba, señalaba tantos por ciento aterradores.

-Eres un repechín de mierda, cacho cabrón.

Así me las gasto yo contra monstruos de este calibre. Con estas palabras inicié me pequeña gran historia bélica en el Angliru.

"SOMOS LO QUE LOGRAMOS"

Esta frase está escrita en el asfalto, justo al inicio de la parte dura del puerto. No sé si quien la escribió lo hizo con esa intención, pero la motivación que me supuso tal sentencia, haría de mí un cicloturista sin miedos y con mucho más que ganar que perder, lo que me convertía en un serio peligro para la reputación del Monstruo de Riosa. 

Comencé a retorcerme sobre La Americana, subido en las bielas, tirando muy duro de brazo y siendo consciente de que era más que probable que no me volviese a sentar en el sillín hasta dentro de, al menos, media hora de esfuerzo extremo.

Primera curva donde se puede apreciar algo el desnivel. La sensación de que estaba intentando vencer al rival más duro que jamás se me había presentado delante, se confirma. Es muy complicado intentar explicar con palabras los desniveles que se pueden apreciar en cada una de las curvas de este puerto. Incluso las fotos no logran captar esa sensación. Yo me sentía como Jonás dentro de la boca de la ballena. Como David ante Goliat. Como un peso mosca contra un peso pesado y con mala leche. Sólo sabía que "somos lo que logramos". Agaché la cabeza, apreté los dientes y continué con la batalla.


Os puedo asegurar que la foto es completamente real. Dramáticamente cierta. Y también os puedo asegurar que no muestra el cien por cien la dureza con la que el Monstruo de Riosa me estaba golpeando. También os digo que las fotos que saqué del puerto fueron tomadas durante la bajada, que es una fiesta a parte. 

Todas las pestes que durante años había echado sobre este coloso, él me las estaba devolviendo. Cada curva de herradura suponía un nuevo reto y, a la vez, un pequeño respiro al alargar los giros lo máximo posible y, de esta forma, conseguir aunque fuese un segundo de tregua. Pero él volvía a golpear más duro. Cada recta entre curva y curva suponía la muerte en vida.

Les Cabanes, Llagos, Les Picones, Cobayos. Todos estos nombres, todos estos mazazos, eran puertos de primera en sí mismos. Eran enormes retos a superar cada vez que me tropezaba con los letreros y los porcentajes de estas rampas.




Pero cuando piensas que ya nada puede ser peor, cuando piensas que por mucha fama que tenga la Cueña les Cabres, ésta no puede ser mucho peor que todo lo que llevas ya en las piernas, de repente, el Monstruo de Riosa te lanza el peor de sus ganchos. El peor de sus zarpazos. La peor de sus artimañas. El Angliru te enseña lo que es en verdad la Cueña les Cabres.



"SOMOS LO QUE LOGRAMOS". Con el único salvavidas de esta frase, comencé a trepar por la verdadera carretera hasta el infierno. Estaba dispuesto a demostrar a este maldito puerto de lo que yo estoy hecho.

Había que sacar ventaja de donde no existía. Tocaba culebrear por la carretera. Tocaba hacer eses. La longitud de este horror ciclista, señala el cartel que es de 450 metros. Pues bien. el cicloturista medio seguramente amplíe estos metros a bastante más de 500. 

Según comía metros de este horror, más me ganaba el respeto de mi rival, el Angliru. A mi paso, dejaba tras de mí a otros compañeros que no habían podido soportar la dureza de este tremendo mazazo. Sólo podían darme sus ánimos y yo, sólo podía prometerles que llegaría hasta el corazón de la bestia para vengarles. 

Metro a metro, pedal a pedal, iba desgastando el feroz castigo del Angliru. Mis piernas ya no me dolían. Ya no sentía cada pinchazo que asolaba mi espalda después de cada pedalada. Los brazos conseguían mantenerme soldado a La Americana sin quemarme.

A lo lejos ya podía ver la curva de herradura que supondría un pequeño alivio en todo aquel calvario. Una vez allí, a penas me restaría poco más de un kilómetro para entrar de lleno en el corazón de mi enorme rival.

Y, por fin, la Cueña les Cabres, se terminó...


Pero aún no era el momento de cantar victoria, porque el Monstruo de Riosa contaba con más defensas. Los dos últimos mazazos antes de alcanzar su corazón. El Aviru y Les Piedrusines. Cortos, duros y secos. Así son las dos últimas rampas. Igual de duro que todo lo anterior. Pero ya nada importa. Ya nada es demasiado. Ya nada es suficiente. Estás tan cerca del cielo que más que pedalear, estás volando.

Y cuando llegas a la bajada previa antes de llegar a la explanada donde reside la esencia, la dureza y el corazón del Angliru, entiendes que no puedes guardar rencor a este coloso. Entiendes que su naturaleza es esa. Su naturaleza es ser el puerto más duro que probablemente vayas a subir en décadas o quizás en toda tu vida.

Esa bajada supone una expiación. Es el momento en el que pides perdón a esta obra maestra del cicloturismo. Le pides perdón por todo aquello que dijiste sobre él, por todas aquellas cosas que se te pasaron por la cabeza mientras estabas subiendo por su carretera.

Y entiendes que aquella frase al inicio de la subida de "SOMOS LO QUE LOGRAMOS", la ha escrito él mismo. Y eres consciente de que has de estarle agradecido el resto de tu vida porque, conseguir llegar hasta su corazón es un regalo. Es algo que el tremendo Angliru te cede para el resto de tu existencia.


El tremendo Angliru ya es tu amigo. Se acaba de convertir en tu aliado para el resto de subidas que vayas a afrontar. Ha conseguido, gracias a su salvaje dureza, que jamás se te olvide que un día te permitió pasear por su alma, por su corazón.




Ya nada más importa en la ruta que tengas que hacer a partir de este momento. No importa ya, que vayas a subir el Cordal por Cuchu Puercu y llegues hasta la Cobertoria.

Nada puede superar el hecho de que has hecho historia. Nada puede superar el hecho de que te has paseado por el corazón del coloso. Nada puede superar el hecho de que un día fuiste a conquistar el Angliru y marchaste de él con un trocito de su alma dentro de la tuya. Ahora el Angliru no es tu enemigo. Ahora el Angliru es uno de tus mejores amigos.

domingo, 19 de octubre de 2014

Tesoros del cicloturismo. La Camperona.

¡Hola a todo el mundo!

Suena el móvil. Mensaje de Vega. "¿Te apuntas a subir la Camperona este domingo?"

Pues nunca me lo había planteado, la verdad. Sabía que esa subida existía y, cómo no, al ponerla de final de etapa en la Vuelta a España de este año, pues llama más la atención. No tenía ni idea de cómo demonios era, pero lo único que sabía era que se trataba de una ascensión de las que no me molan nada de nada. De esas de ir en bielas, sufriendo, sin tiempo de sentarte para coger tu ritmo.

Pero bueno. A un mensaje de Vega, no se le puede decir que no, si no es por una causa mayor (y prometo que sobre esto de la "causa mayor" escribiré en breve).

Así que, con la mayor de las ilusiones, metí a "La Americana" en Klaus, y puse rumbo a Sabero. Ponía rumbo hacia un lugar en el que estaba seguro de que sufriría.

En cuanto llegué al Ayuntamiento de Sabero, ahí estaban Vega y señora, más el titán de la Sobarriba. Cecilio. Uno de esos clásicos del cicloturismo, libre, sin ataduras y sin temor a nada.

La ruta ideada por el anfitrión no era especialmente dura. De hecho, de no ser porque se subía la salvajada de La Camperona, podríamos decir que era una ruta tirando a floja, pero el coloso (porque lo es) cambiaba todo.

Pero digo que es un coloso, porque ahora lo conozco, sin embargo, cuando comenzamos esa ruta, nadie había osado a subir tal burrada. En efecto, hemos subido otras tantas, pero esa no, y cada locura sobre una bicicleta, es siempre diferente.

Lo primero de todo, antes de salir a disfrutar sobre nuestras flacas, era tomar un café. y resulta que eran las fiestas de Sabero y había un mercado medieval. Como era temprano, los mercaderes (si iban de medievales, entonces, son mercaderes) estaban montando sus puestos y la dueña del bar estaba quitándose la legaña después de una noche anterior muy dura.

A golpe de "dos solos, un cortado y uno con leche", empezamos a darnos cuenta de que La Camperona, estaba generando un pequeño brote verde económico en la zona, porque a cada lado que mirabas, había que si una camiseta con el perfil de la subida, algún que otro recuerdo y unas cuántas miradas cómplices de los vecinos que solían terminar con algún comentario, en plan, "a ver qué tal se os da la subida". El cicloTURISMO, si la gente se lo propusiese de verdad, funciona.

Tras colocarnos las calas y dar las primeras pedaladas, no tardamos en echar el pie a tierra, porque había una foto que no podíamos eludir.



Mirando las fotos, os aseguro que eso que pone del 24%, es totalmente cierto. Vaya si lo es. Pero aún quedaban unos cuantos kilómetros para retorcernos por las empinadas rampas de La Camperona.

Mientras entrábamos en calor, entre pitos y flautas, llegamos a Cistierna. Allí debíamos tomar un desvío que nos llevaría hasta la zona de Las Arrimadas. La última vez que rodé por ahí, lo hice hace más de quince años con una pesada btt de acero con la que hice muchos kilómetros, ninguno de ellos por el monte. Lo mío nunca fue el rollo "pisapraos".

Esta zona es uno de esos lugares preciosos que casi no se conocen porque, o se va adrede o no se va. La carretera está arreglada de hace pocos años, con lo que está impecable y, además, no hay casi tráfico. Un lugar ideal para rodar con la bici. Para más inri, no conocía la existencia de una carretera que va desde esta zona hasta Gradefes, con lo que es realmente accesible saliendo desde León, quedando una ruta de unos 100 km muy pero que muy chula. Pero bueno, eso ya es una ida de olla que algún día, y no tardando, llevaré a cabo.

Pasamos por Laiz, un pueblo del que guardo muy buen recuerdo, ya que era el lugar de nacimiento de un tío mío, mi tío Lauren, y al que yo iba muy de vez en cuando a por miel, en compañía de mi tío. El típico lugar que guardas en el recuerdo de la infancia y que cuando te invitaban a ir, era una pequeña gran aventura.

Casi sin darnos cuenta, ya que no nos estábamos aburriendo precisamente, llegamos a Vegaquemada, lo que suponía, más o menos, la mitad de la ruta. Avanzamos un poco más, rodando por alguna que otra carretera secundaria que no figura en el mapa, más un par de kilómetros de Sterratto, y llegamos a Boñar. Aquí, en mi pueblo, llegó nuestro momento "piscolabis".

Nadie lo quería decir en alto, pero nos quedaban muy pocos kilómetros para intentar coronar, de la manera más digna posible, una subida que se va a convertir en un clásico los próximos años en La Vuelta Ciclista a España.

Nos subimos de nuevo a las bicis y pusimos rumba a Sotillos. Podríamos haber ido por la carretera nueva, pero decidimos ir por una vieja, más enrevesada, con un puertecito justo antes de llegar a la base de la Camperona.

Es una opción preciosa. Puedes atravesar una carretera rodeada de robles y tranquilidad. No te encuentras con un coche ni de lejos ya que nuestros compañeros de calzada optan por las variantes más directas, pero más feas.

Cabe aquí hacer una reseña a la zona por la que rodábamos en aquel momento. Los Valles de Sabero. Qué zona tan bonita, tan acogedora....y tan abandonada.

Sí, amigos. La zona está abandonada y es un claro ejemplo de lo que ocurre cuando en un valle que vive por y para la minería, falta esto precisamente. La minería. Fuera población, fuera recursos, dentro envejecimiento, dentro abandono. En una sola palabra, podríamos hablar de pobreza, tanto social, económica, como cultural.

Pero se intentan hacer cositas como el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero o un final de etapa de La Vuelta. Es evidente que se necesita mucho más, pero la gente de la zona es una luchadora, porque saben cuánto cuesta salir adelante.

Volviendo a lo que viene siendo el cicloturismo que tantísimo me gusta, ya habíamos coronado el puertecito previo a Sotillos. Y no podía hacernos ningún daño parar un poco antes de empezar a sufrir como condenados a galeras. Así que, en cuanto vimos una fuente, detuvimos nuestro camino y llenamos el bote. Menuda escusa más cojonuda para ir mentalizándose de lo que nos esperaba.


Y ya no me podía inventar más pretextos. Ya teníamos el bidón lleno, habíamos tomado café, nos habíamos sacado fotos y no era plan de fingir un pinchazo, así que, avanzamos a través del pueblo y ya pudimos divisar en una señal de madera la palabra mágica. Camperona.

Así, para empezar animados, lo mejor que nos podía pasar era que la gente que vive justo en el desvío de la carretera que conduce a la cima, nos dedicasen unas reconfortantes palabras....

-¡Suerte en la subida! ¡Como no llevéis montado un 30, no lo vais a conseguir!

Así comenzamos. Cojonudamente. Porque yo llevo un 34-28 y no hay treinta en nada de mi bicicleta. Peor eso sí. Lo que me sobra es desparpajo, gracia y donaire, así como una gran dosis de cabezonería, así que nos metimos a ello.

Veréis. Yo me había marcado un objetivo para la ascensión de aquel soleado día. No echar el pie a tierra. Según lo que había podido escuchar acerca de la ascensión, era algo así como la subida a Valdorria, pero mucho más duro y teniendo en cuenta que en Valdorria es el único lugar en mi vida en el que se me ha pasado por la cabeza echar pie a tierra, supuse que como objetivo no estaba nada mal eso. No fracasar.

Y nada más ver la primera rampa de La Camperona, mi grito en alto resumió muy bien lo que es esta ascensión.

-¡¡PERO SI ESTO PARECE EL DRAGON KHAN!!

Es curioso que la subida empiece rodando al lado del cementerio del pueblo, porque lo ves y se te pasan muchas cosas por la cabeza. Pero en realidad, como ya nos habíamos metido en eso, qué diablos, La Camperona iba a caer, costase lo que costase...e iba a costar un montón.

La primera rampa, al 13%, te hace pensar que todo pinta muy mal, pero es que en cuanto acaba ésta, y dura muy poco, se nos presenta otra rampa, al 17%, que te obliga a ponerte en bielas, y justo después de ésta otra, viene otra al 20%, y ya te das cuenta de que no te vas a volver a sentar en el sillín hasta que te recoja el 112 o hasta que logres tu objetivo.

Pedalada a pedalada, chepazo a chepazo, vas avanzando metros. Y éstos pasan realmente lentos porque la velocidad a la que se asciende, así para el cicloturista medio como es mi caso, son los diez kilómetros por hora e incluso menos en los momentos más duros.

Te da tiempo a mucho. Te da tiempo a esquivar la gravilla para no caerte. Te da tiempo a coger el rebufo de la gente que sube caminando. Te da tiempo de ver que te queda poco para la primera curva de herradura. Te da tiempo para gestionar tal curva y alargarla lo suficiente como para tomarte un descansito.


Y es que estamos hablando de rampas tan salvajes como las que se pueden ver en la anterior foto. Y esa era la segunda curva de herradura. Pero según vas ganando altura, ya te da todo un poco igual. El sufrimiento ya es de tal magnitud, que te la pela que estés trepando una rampa al 24% porque ya no eres consciente de que te duelen las piernas, los brazos y la espalda. Ya no eres consciente de lo que te queda por subir. Ya sólo piensas en que no te puedes permitir fracasar. Ya no te puedes permitir echar el pie a tierra. Ya sólo subes por orgullo, por razones o por cojones. En realidad, ya sólo subes.

Cada vez queda menos por subir, por sufrir. Cada vez queda menos. Divisas una antena, pero es sólo un engaño de La Camperona, porque algún ingeniero decidió colocar otras dos a más de un kilómetro. Pero es un alivio pensar que sólo nos queda eso. Un kilómetro.

Y por fin, estamos en la recta final de la subida. Una recta que consideramos un descanso y eso que tiene un porcentaje del 15%. Y las pocas fuerzas con las que se llega arriba las utilizamos para empujar un poco más porque ya lo tenemos. Ya tenemos La Camperona a nuestra merced. Lo hemos conseguido. Lo había conseguido. Ya no importa todo lo que cuesta subir hasta allí arriba porque la satisfacción supera todo lo demás.





Nada más llegar Vega a la cima, tuve que preguntárselo. Durante la subida, algo comenzó a sobrevolar mi mente. Algo muy grande que nunca antes se me había pasado por la cabeza. Algo que en el mundo ciclista hay que decirlo muy en bajo y casi sin que te escuche nadie. L'Angliru. ¿Cómo sería subir el L'Angliru?

-Juan Carlos. ¿Ya me he hecho un hombre después de subir esto o tengo que ir al Angliru de las narices?

-El Angliru es mucho más duro, Dani. Hasta que no lo subas, no te haces mayor.

Así que mi mente, mi cuerpo y mi voluntad, sin ni siquiera haber bajado aún de La Camperona, ya estaban centrándose en el Angliru. Pero eso es tema de otra entrada. Vaya si lo es.

Lo único que nos quedaba era afrontar el peligroso descenso y la deliciosa comida en Sabero.

Y en esta entrada, lo único que me queda por hacer es una mención especial a los tres miembros de los GREIM de Sabero que fallecieron aquel día por la mañana, realizando su trabajo. Un abrazo muy muy gordo a sus familias, al compañero que sobrevivió y a toda su gente.