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miércoles, 6 de mayo de 2020

Etapa por la montaña centro-oriental leonesa.


¡Hola a todo el mundo!

Ayer, la UCI publicó un calendario de competición que, al menos a mí, me ha hecho ilusión, no porque crea que se va a poder llevar a cabo, la verdad, si no porque parece que se ve algo de luz al final del túnel. Entre eso y que ya he salido a rodar un par de días dentro de la franja horaria y dentro del término municipal (el de la ciudad de León es enano, por cierto) parece que el ánimo ciclista general está subiendo un poco.

Mi ánimo nunca ha estado especialmente bajo, la verdad. Esto del confinamiento lo he ido llevando bien salvo por el hecho de no poder sacar la bici y demás pero lo entiendo como algo necesario. No obstante, ¿quién me quita de hacer planes de cara a un posible verano en el que podamos salir con cierta normalidad?

Y a eso me dediqué, entre otras cosas, ayer por la tarde. A pensar en una ruta que me motivase y que, a poder ser, no saliese de la provincia de León no vaya a ser que no nos dejen hacerlo. Puede parecer que los ciclistas leoneses, si no nos vamos a la vecina Asturias no tenemos puertos, pero sólo lo parece porque sólo hay que buscar un poco. ¡Y qué puertos tenemos!

Para que a mí una ruta me llame la atención tiene que tener dos cosas. Kilómetros y varios puertos. En resumidas cuentas, lo que viene a ser la típica etapa de montaña de cualquier gran vuelta. Exigente y larga.

Y después de pensar un poco y sabiendo lo mucho que me tira a mí esa zona (mi familia procede de esas zonas) la decisión de por dónde discurriría la etapa parecía clara. Montaña centro-oriental leonesa. El punto de partida también lo tenía claro. Boñar, además de mi pueblo, es lo que más cerca queda de León teniendo en cuenta la ruta que he ideado.

Mientras iba dibujando el trazado, situando algún punto intermedio para que el perfil quedase bonito, buscando los puntos kilométricos de inicio y final de puerto, me estaban entrando unas ganas enormes de sufrir y disfrutar, todo a la vez, a lo largo de los exigentes kilómetros de esta ruta que no tendría nada que envidiar a cualquier etapa reina de Tour, Giro o Vuelta. Podría decirse que ya tengo reto para este extraño año ciclista y es este.


¿Qué os parece? Menudas cosas más bonitas que se pueden hacer por León, ¿eh? 193 kilómetros y 3625 metros de desnivel positivo son datos que no están nada mal, pero es que además la ruta discurre por alguno de los parajes más impresionantes que hay en toda la Cordillera Cantábrica. La pena es que no vaya a leer esto Javier Guillén, director de La Vuelta a España, aunque lo voy a intentar.

jueves, 26 de marzo de 2020

La extrañísima fuerza de atracción.


¡Hola a todo el mundo!

No hay ni que decir que todos tenemos mono de bici. De bici fuera del rodillo porque bici, al menos yo, hago todos los días pero nada tiene que ver con lo que viene siendo ciclismo, claro. El rodillo nos está ayudando a no enloquecer y poco más que ya es bastante.

También matamos un poco el gusanillo con los etapones que nos están regalando en teledeporte cada tarde desde hace una semana más o menos. Esta segunda semana de confinamiento nos están impregnando el ambiente desde la tele pública con grandes momentos de la época heroica de Miguel Induráin en el Tour de Francia y a mí se me están amontonando los recuerdos de aquel entonces porque, para bien y para mal, lo viví en directo. De aquella yo ya era un muchacho.

Desde hace unos cuantos días incluso antes del confinamiento, quería escribir acerca de una extraña fuerza de atracción que al menos a mí me empuja a hacer rutas en determinada dirección. En mi caso siempre tiendo a hacer rutas en dirección a Boñar o lo que es lo mismo, a mi pueblo, que pasa por ser el lugar en donde aprendí a andar en bici y donde disfruté, viví y sentí toda aquella época de los noventa en eso del ciclismo profesional.

Mi rutina veraniega durante el Tour de Francia era sencilla. Comprar el Marca para ver cómo iba mi equipo del Tour Fantástico Marca, mirar a ver cómo iba el tema de los fichajes de los equipos de fútbol que si bien no es que fuera lo que más me interesaba, al menos me entretenían los culebrones del mercado veraniego de los fichajes. Luego cogía la bici para dar una vueltecilla tipo “Verano Azul” o iba a la cancha de baloncesto a lanzar unas canastas y, en cuanto podía, conectaba con La 2 para engancharme ya a la etapa de turno. Seguramente mi abuelo ya estaría viendo lo que estaba pasando y me ponía al día. Conectaban con La 1 y así hasta el final. Luego ya era cuando cogía la bicicleta, me ponía un culote , una camiseta de algodón (con un par), un casco que metía miedo y así hasta la pared del pantano del Porma intentando emular a mis ídolos.


Y con todo este pasado, con toda esta historia a cuestas de años y años de disfrutar de una u otra forma de mi pueblo, resulta que a día de hoy, cuando tengo que escoger entre alguna de las rutas habituales para hacer kilómetros, es raro el día que no me acerco hasta los alrededores de mi pueblo o directamente voy hasta allí. Os podéis imaginar a dónde iré el primer día que nos dejen salir de casa con total libertad, ¿verdad?

Hay una extrañísima fuerza de atracción que muchas veces actúa sobre mí sin darme cuenta. Por ejemplo, no sería la primera vez que estoy en La Robla y acabo en Boñar y eso que entre ambas localidades de la Montaña Leonesa distan como 30 kms. Puede que esa ruta hasta La Robla en principio fuese un “voy hasta allá a tomar un café y vuelvo a casa con 60 kilometritos en las piernas” y acabo yendo hasta Boñar acumulando 110 kilometrazos de una manera absolutamente imprevista.

Una de las primeras veces en las que recuerdo que esta fuerza de atracción actúo sobre mí, sucedió hace ya unos cuantos años y en este caso sí que mi plan era llegar a mi pueblo, pero lo que vino a continuación desde luego que no estaba previsto. Resulta que una vez en la plaza de Boñar, junto a la calle sobre la que di mis primeras pedaladas sin ayuda de ruedines, tras llenar el bidón en el caño y tomar un café en el Bar Central, me apeteció ir hasta la pared del pantano del Porma, como hacía de chaval cuando terminaba la etapa del Tour. Pero antes de llegar hasta allí, fui a Oville, pueblecito al que tantas veces había ido en bici (¡y corriendo también fui alguna vez!). Antes de llegar al pantano también hay otro desvío a Valdehuesa y Rucayo que siempre es una tentación para mí. Aquel día caí de lleno en la tentación.


Y llegué a la pared del pantano, me paré a disfrutar de las vistas y a charlar con un señor, compañero ciclista, que había llegado hasta allí desde Puebla de Lillo y me pareció genial acompañarle hasta la mitad del camino y claro, luego había que volver. Pero resulta que debía de llegar a León. Buf, qué paliza me di así a lo tonto. No recuerdo la cifra, pero rondaron los 150 kilómetros cuando llegué a casa. Idas de olla mías, ¡qué le vas a hacer! Siempre fue, es y será peligroso darme la dirección del barco porque nunca sabrás a dónde nos empujará el aire.

Estos días sin ciclismo al aire libre tengo muchísimas ganas de dejarme llevar por la fuerza de atracción que mi pueblo ejerce sobre mí. Es probable que el primer día que La Americana toque de nuevo el asfalto la locura me lleva rumbo a lo muy conocido pero siempre deseado. Seguramente me lleve a las rutas en torno a Boñar. Ya queda menos para que llegue ese momento. Paciencia.

sábado, 1 de febrero de 2020

A La Cola Del Pelotón. #CicloturismoACDP

¡Hola a todo el mundo!

Pues resulta que hace poco me han invitado a hacer una colaboración en un blog de ciclismo, fíjate. Y el blog es de los chicos de A LA COLA DEL PELOTÓN, que si no lo conocéis, tienen un podcast muy entretenido y cada vez más completo, con secciones sobre las carreras, de nutrición, de psicología deportiva y de más temas interesantes.

Y ahora resulta que han comenzado a darle a las teclas para hablar de CICLOTURISMO. El jefe de esta idea, Mikel Ilundain, comenzó la aventura cicloturista rodando por los alrededores de Pamplona. Como podéis imaginar, me llamó la atención y me interesó la idea, así que, ¿sobre qué voy a escribir yo? Estaba claro que de CICLOTURISMO EN LEÓN.

Y el resultado de todo ello es esta. Espero que os guste mucho.

RUTAS IMPERDIBLES DE LEÓN Y SUS ALREDEDORES.

miércoles, 29 de mayo de 2019

La Pequeña Americana revolucionará el mundo del ciclismo.


¡Hola a todo el mundo!

Hay veces que está muy bien tener otra visión de lo que hacemos a diario. Es como respirar aire fresco en medio de un día caluroso, que te hace sentir mucho mejor. En esto de la bici, todos tenemos nuestras costumbres muy arraigadas en la mayor parte de las ocasiones. Siempre llevamos el mismo tipo de comida en el maillot, en el mismo bolsillo, comemos en el mismo tramo o cosas así. Cada maestrillo tiene su librillo, podría decirse.

Pero a veces, llega alguien con ideas revolucionarias, como pudo ser el equipo Sky en el mundo profesional, que revolucionó según qué cosas y todos comenzaron a seguirles porque entendieron que sus movidas podían ser buenas.

Pues en mi micro mundo ciclista, mi particular equipo Sky revolucionario se llama María, es mi chica, ha comenzado a andar en bici de carretera desde hace un año y ya está generando sus propias técnicas, usos y costumbres. Os puedo asegurar que ha llegado a este deporte para revolucionarlo. Un día, hablando de esto en plena ruta, ella me dio permiso para que, llegado el caso, escribiese acerca del tema. Creo que es importante que la revolución se cuente desde dentro.

Son muchas e innumerables las cosas que María está cambiando en este deporte. Pasados los primeros meses en los que me preguntaba casi todo, ella fue conformando su personalidad ciclista, como no podía ser de otra manera. Y creo que el punto de inflexión sucedió el día en el que, después de ponerse el culote, maillot y de más, se puso por encima la bata de andar por casa para terminar de prepararse. Al principio me sorprendió y, tras un par de días, pues pregunté por esta pequeña revolución tecnológica. “Llevo la bata, sí, qué pasa”. Después de esto, no me costaría imaginar un mundo en el que, por ejemplo, todos los ciclistas profesionales, antes de iniciar la etapa, concediesen las entrevistas a los medios enfundados en sus batas de andar por casa, en este caso, y debido a la nueva tendencia, batas de Castelli, Etxeondo o cosas así. El mundo entero seguiríamos a los “pros”, pero María y yo sabríamos que todo comenzó en nuestra casa, aquel día preparándonos para ir a tomar el café a La Robla.

No os penséis que cuando salimos juntos es todo un pachangueo infame. María tiene hasta su perfil del Strava y día a día mejora. De los primeros días, de ritmo inconstante, hemos pasado a rutas cada vez más largas de ritmo, si bien tranquilo, continuado sin cesar. Pero en los comportamientos ciclistas María vio que había cosas que por qué no, podían ser sometidos a revisión y posibles cambios.

El ciclista, normalmente, ante el viento suele tener una actitud, digamos, disconforme. Qué duda cabe que María sigue esta corriente de pensamiento, por supuesto, pero la actitud cambia. Si por ejemplo, un ciclista tipo, suele pedalear, protestar y de más, en este caso la revolución de María es pararse, llorar, decir bien alto que está “hasta los cojones” y proseguir como si nada hubiese pasado. A mí al principio todo esto me alarmaba mucho. Pensaba que algo grave había pasado y me daba vuelta el estómago y el corazón, pero al ir dándome cuenta de que era otra rama de la revolución de María, me empecé a tranquilizar cada vez que sucedía algo así.

Qué bonito sería en el pelotón internacional, en la típica etapa por Albacete de La  Vuelta a España, un equipo empezase a provocar abanicos y los afectados, se parasen llorando, se cagasen en todo y continuasen como si nada hubiera pasado. ¿Os imagináis las declaraciones al llegar a meta de los protagonistas, enfundados en una bata Etxeondo? Sencillamente, revolucionario.

Por otro lado, me siento muy orgulloso al ver que hay cosas en las que María cree que tengo toda la razón. Y es que desde el primer día le enseñé que en toda ruta hay que parar a tomar café, a no ser que la prisa nos lo impida. Y qué bonito es entrar en algunos bares de pueblo y que ya sepan lo que tomamos antes incluso de que nos soltemos de las calas. Creo que soy una buena influencia para María.

Además, María es muy sincera y alguna que otra vez me da su opinión acerca de alguna decisión que yo tomo, como puede ser una ruta. Se nos ha dado recientemente el caso de salir dos días seguidos. La pobre María por tiempo no suele poder y cuando ocurre, pues no hay que forzar la maquinaria, ya sabéis, así que tomé la decisión de ir por una ruta del sur de León, esto es, plana como una sartén.

Mientras pedaleábamos después de tomar el café en ruta, yo vi que algo pasaba. Algo no le estaba cuadrando a María y le pregunté que qué tal le estaba resultando la ruta. Surgió la sinceridad y, si bien muchas veces otra gente podría edulcorar un poco la respuesta en plan, las rutas planas del sur son tranquilas, te permiten relajar piernas y mente o cosas así, María sentenció. En realidad dijo cosas que todos pensamos. “Por el llano, TOOOOODO PARA TI. Si hace calor toooodo para ti. Si hace viento, tooooodo para ti. Si hay polen, tooooodo para ti. Estoy hasta las narices del plano”.

Así que, sin duda, María es de carácter escalador. Y a parte de por esta opinión que tiene de las etapas llanas, lo sé por su posición en la bici al subir alguna cuesta. El primer día que la vi agarrarse a la parte más baja del manillar para subir, me quedé muerto. El espíritu del Pirata Pantani se había apoderado de ella, no cabía la menor duda. “¿Pero te resulta cómoda esa posición, cariño?” “Sí, sí. La que más” Me quedé muerto, oye.

Son tantas las pequeñas revoluciones que María hace cada día y tantos los descubrimientos que ella me comenta con ilusión. Aún recuerdo el día que me vino ilusionada diciendo que había visto en la tienda un culote que le gustaba, de una marca rara. Que tenía muy buena pinta. La marca rara era Etxeondo. Es boba, ¿eh? Pero no le ha pasado sólo con esa. El otro día descubrió Castelli y poco después, Rapha. Nos vamos a arruinar, pero siempre con las mejores calidades.

Pero lo más bonito de todo fue ver que ella le puso nombre a su bicicleta y la bautizó como “La Pequeña Americana”. Y ahí vamos los cuatro. María, La Pequeña Americana, La Americana y yo, siempre dispuestos a descubrir cosas nuevas y a revolucionar el mundo del ciclismo para siempre. Sólo os digo que María dice que en dos años se viene al Soplao conmigo. Que se preparen en Cantabria.

viernes, 24 de mayo de 2019

Tesoros del Cicloturismo. Llano De Las Ovejas


¡Hola a todo el mundo!

Hacía tiempo que no escribía acerca de algún puerto digno de ser incluido dentro de esa sección que decidí llamar TESOROS DEL CICLOTURISMO, pero es que acabo de hacer una ruta en la que uno de los puertos merece entrar por todo lo alto en esa sección. Y nunca mejor dicho “por todo lo alto” porque el puerto que nos ocupa sube hasta casi los 2000 metros de altitud, concretamente hasta los 1953 metros, y para llegar a su cima hay que superar 1436 metros de desnivel. A todos estos impresionantes datos hay que sumarle la longitud. 33 kilómetros desde el principio hasta el final.

Si a estos números no les ponemos nombre, rápidamente nuestras cabezas comienzan a viajar. Se van a Pirineos, Alpes, Dolomitas, Austria, Suiza o algún lugar de relumbrón y postín, pero si digo que el puerto está en España, más en concreto en la Provincia de León y para afinar más digo que separa El Bierzo de La Cabrera ya es cuando tenéis que tirar de mapas y buscar un poco más a fondo.

Os voy a facilitar la tarea. Su nombre es Llano De Las Ovejas, que es una extensión de Los Portillinos que, a su vez, es una prolongación de, y este ya os va a sonar, El Morredero.

Es una subida que siempre he tenido en mente. De esas cosas pendientes y que sabes que vas a acabar haciendo, pero nunca encuentras el momento. La oportunidad se presentó al no poder ir a Asturias por el mal tiempo y en búsqueda de una alternativa, el compañero de ruta propuso ir hasta Ponferrada, punto de partida del coloso.

Para empezar, os voy a ser tremendamente sincero. El paisaje de este puerto a mí no me resulta atractivo. Montañas cubiertas de brezo, escobas y piornos. No hay rocas, no hay picos, no hay árboles. Lo que sobre todo no hay es capacidad de distracción. Tampoco te permite ir mentalizándote para la dura ascensión que te propone este monstruo gigante.

Un poco de callejeo por Ponferrada, localizas el desvío, sales de un pueblo y llega el primer sartenazo. El gigante ya te acaba de tragar, metiéndote en su mundo de arbustos, enormes valles, montañas infinitamente redondeadas que se encadenan unas con otras hasta donde te permiten mirar y hasta donde te puedas imaginar.

No sé en qué momento ocurre pero cuando te quieres dar cuenta, llevas tres cuartos de hora de esfuerzo y aún no has llegado a la mitad de la cacería del gigante. Como todos, él se resiste. Rampas de más del 10%. Estas trampas aparecen por toda la subida. Unas por aquí, otras por allá, pero eres consciente de que la batalla va a ser dura, aunque esta no es su principal arma.

Su principal defensa es lo infinita de la misma. Una pedalada tras otra avanzas por la carretera. Por la carretera solitaria. Igual de solitario que todo el paisaje. Empiezas a sentirte igual de pequeño que cualquiera de los lagartos que ni se inmutan al verte pasar. Te metes tan en ti mismo que no eres muy consciente de lo que pasa a tu alrededor. Si no llegas lo suficientemente preparado para doblegar al gigante, estoy seguro que en un pequeño momento de debilidad, no te costaría ningún esfuerzo echar pie a tierra. Nadie lo sabría. Nadie hay en kilómetros a la redonda. Estáis solos tú y el monstruo.

Pero si llegas bien puedes escapar del embrujo. Bajas un piñón, te pones en bielas y le mandas un mensaje. “¿Acaso no sabes quién soy yo? ¿No has hablado con otros gigantes? Todos cayeron”. Y este caerá, claro que sí.

La carretera bordea la montaña sin ninguna interrupción hasta que ves unas curvas de herradura. Es la primera distracción que encuentras después de varios kilómetros. Bajo otro piñón y vuelvo a mandarle el mismo mensaje. “¡Vas a caer, gigante!”

Y llegas allí en donde muchos dan la vuelta, satisfechos, sin saber que no es más que otra de las trampas del monstruo gigante. El Puerto del Morredero. Pero yo sólo quería mostrarle mis respetos y pedirle permiso para pasar a por lo que había venido. Aún faltaban muchos kilómetros para mi verdadera misión allí.


Me permitió el paso y me dio un par de kilómetros tranquilos en los que has de estudiar la situación. El paisaje es exactamente igual que antes, pero lo ves todo desde otro punto de vista. Te da la sensación de que llevas toda una vida subiendo este puerto y comienzas a sentirte como en casa. Ya casi ni te acuerdas de qué estabas haciendo hace una hora y pico, pero seguramente sea sufrir en alguna dura rampa. Después de algún que otro pensamiento un tanto confuso, puede que por la falta de oxígeno inherente a los 1800 metros de altitud por los que vas rodando, notas que algo pasa. Hay cambios.

El monstruo te presenta ahora, después de tantos kilómetros subidos, de tanto rato pedaleando por lo que parece la misma rampa, un cambio de panorama. Parece ser que empieza a inquietarle el hecho de que te acerques a la cima. Parece ser que empieza a pensar que va a caer igual que cayeron otros tantos antes que él.

La montaña ahora está más descarnada. Sigue igual de solitaria o quizás más, pero ahora está rota. Y roto es como te deja la última gran rampa antes de llegar a Los Portillinos, donde muchos pueden pensar que está el final, pero el monstruo gigante es muy viejo y muy astuto. Es otra trampa igual que la de antes, allá abajo, en El Morredero. Para llegar al final hay que hacer un último esfuerzo, más mental que físico, que es rodar por los 6 kilómetros de sube baja que nos restan para llegar a Llano De Las Ovejas.


Avanzas sin referencias. Ya no hay montañas a tu alrededor. Todas ellas quedaron más abajo porque tú estás a casi 2000 metros y sólo unos privilegiados llegan hasta aquí. Das pedales sin saber dónde está el final. El monstruo no tiene cartel porque no quiere verse doblegado por nada ni nadie.

Los que hemos sido capaces de llegar a vencernos a nosotros mismos y hemos logrado no caer en las trampas del monstruo, hemos hecho un pacto con él.  No nos entrega el trofeo del cartel con su nombre, pero nos da la satisfacción de haber logrado alcanzar una cima tremenda, de esas que muy pocas veces llegas a coronar.


Tú sabes que el monstruo gigante ha caído igual que cayeron otros antes que él, pero habéis llegado a un acuerdo. Un acuerdo que otro puñado de valientes conocen también. Los valientes sabemos que el monstruo, además de gigante, es indomable y su ascensión no se nos va a olvidar así como así. Es una ascensión irrepetible. Una de esas satisfacciones que vas a llevar por siempre dentro de ti. Ese es el premio que te da el monstruo gigante.

viernes, 17 de mayo de 2019

Gallináceos. Hoy en Panderrueda y Pandetrave.


¡Hola a todo el mundo!

Pues el día llegó y nos fuimos a subir un par de puertitos, como debe de ser. Y los elegidos fueron Panderrueda y Pandetrave, esta vez aquí en casa, nada de irse a Asturias. Y es que estos dos puertos se encuentran situados en Picos de Europa, en la parte leonesa del Parque Nacional, y no creo que me confunda si digo que será de las 10 rutas más impresionantes que se pueden hacer por toda España.

Más allá de lo impresionante de los paisajes, la etapa que nos habíamos marcado el bueno de Adrián, que fue quien la escogió, y yo, se adentraría en lo más hondo de la carretera de Picos de Europa por León. Llegaríamos hasta Caín para después subir hasta el puertarraco de Pandetrave. Y digo bien puertarraco porque desde Caín hasta la cima del puerto hay 18 kilómetros y 1200 metros de desnivel, cosa que, no sé vosotros, pero yo no lo subo todos los días (por desgracia)

Pero la ruta no iba a ser en plan estopa pura y en plan watios y medias y Koms y mierdas de esas. La ruta se trataba de otra cosa. Se trataba más de pincho de tortilla, de un par de paradas para tomar algo, de sácame tú ahora una foto, de hazme mejor tú un vídeo que voy a salir guapísimo.



Y es que no podía ser de otra forma, habida cuenta que Adrián nunca había rodado por esos territorios ciclistas. Y qué pena no disfrutar de todo eso por el mero hecho de acabar fundidos y hechos caldo, la verdad. Ya quedaremos otro día para eso, maldita sea, pero esa jornada se merecía ser paladeada como se merecen las grandes ocasiones. Menuda mierda, porque me estoy haciendo mayor y cada vez paladeo más las cosas. De mierda nada, que cada día disfruto más del ciclismo. Si intentáis decir “paladeo” muy rápido, igual vomitas o algo….y hasta aquí mis pensamientos en voz alta.

Tuvimos suerte porque el día resultó espectacular. Solazo, casi por momentos calor (para Adrián, vaya, porque por mí, que atice el sol 40 grados) ni gota de viento molesto y, dado que fuimos entre semana, poquísimo tráfico. ¡Día de diez!

Salimos poco a poco, aunque veía que el bueno de Adrián iba con un pedaleo muy entusiasta. No pasa nada porque desde Riaño, que fue nuestro punto de salida, hasta el puerto de Panderrueda, no hay muchos kilómetros y eso templaría los ánimos. Por el lado que lo subiríamos no tiene nada de dificultad, pero es cuesta arriba, qué duda cabe.

Lo bueno que tiene Panderrueda por esta vertiente es que lo que no tiene de puertarraco lo tiene, cuando llegas a la cima, de impresionante. Se te presentan de repente los Picos de Europa en todo su esplendor y, con el día que tuvimos, fue una maravilla para los sentidos. Adrián flipó bastante, que yo lo sé. Alucino yo cada vez que voy y lo he hecho muchas veces, así que con mayor motivo si es tu primera vez en bici. Porque si vienes en coche y lo vez, bueno, pues no te sabe igual de bien. En bici es como la recompensa a un trabajo bien hecho.




Es lo mismo que los descensos de un puerto. Merecida recompensa a una buena subida pero, cuidado. Siempre hay que tomar precauciones. “Pasa tú delante, que lo conoces mejor”. Pues ahí iba yo, descendiendo Panderrueda, camino de Posada de Valdeón, que por aquí sí que es un señor puerto. Sin embargo, yo no hacía más que pensar en otra bajada.

La bajada a Caín sí que es bonita. Sobre todo porque no haces más que pensar en lo mucho y muy duro que tienes que subir minutos después. “Yo no me rindo”, me decía Adrián. Y es que esa es la actitud, leñe. Se puede subir más rápido o menos, pero la idea es no desfallecer, no rendirse, saber que después de esa pedalada que te parecía imposible dar, viene la siguiente y luego otra más y que nada ni nadie te va a impedir darlas. Un puerto se sube por fuerza, sí. Pero gran parte de las ascensiones que yo he subido en mi vida lo he hecho por actitud o, dicho de otra manera, por “güevos”. No hay otra manera.

Yo sabía que Adrián no tendría ningún problema porque tiene esa actitud de la que hablo, pero la subida de Caín también tiene otras cosas, como son rampas del 20%. Una gran piedra de toque para Adrián. Si superaba eso, ya le tendría en mis redes. Volvería a apuntarse a alguna de mis idas de olla. Y tengo que decirte por si lees esto, querido Adrián, que esta etapa es en las que menos se me va la mano a mí, pero tranquilo que ya verás verdaderas idas de olla. De las que cuando llegas al coche piensas…”cómo se me ha ido la mano con este asunto”, pero no voy a descubrir mis cartas al inicio de la partida, que nos quedan muchas manos (pero qué digo, si no sé jugar a las cartas…)

Lo bueno de las rampas infernales de Caín es que como te ves envuelto en un entorno tan precioso, no te enteras muy bien de lo que vas subiendo. En la zona del mirador del Tombo, con rampas muy “Angliruliescas”, vas mirando a un lado y a otro y tu cabeza tiene que procesar muy mucho los paisajes que hay por ahí, porque son increíbles. Esto hace que no te fijes todo el rato en las rampas de locos que vas pasando, porque os aseguro que son tremendas.



Pero todo lo que comienza tiende a finalizar en algún momento y como verdaderos héroes, llegamos a Posada de Valdeón. Bien nos merecíamos tomar algo en algún bar, ¿no? Teníamos que reponer un poco, llenar el bote y afrontar la segunda parte de Pandetrave, que es la que más se asemeja al típico puerto, de pillar un ritmo, el que sea, y hasta arriba. Fue en ese momento en el que tuvimos que decidir si incorporar una sorpresilla a la ruta.

Porque, en efecto y como a mí me enseñó el maestro Vega, toda ruta ha de tener una sorpresa. De esas que acaban con las pocas fuerzas que te quedan. De esas que convierten un día perfecto en un perfecto infierno. Manu aún recuerda la sorpresa que nos metió precisamente Vega en medio de Tarna. Un desvío inesperado de unos pocos kilómetros en los que el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN dejó el pellejo. También a mí me siguen recordando de vez en cuando aquella subida sorpresa que les metí a los gallos del club entre el Puerto de Somiedo y el de San Lorenzo. La subida a Las Viñas que pasa por ser uno de los kilómetros más duros de toda Asturias, pero si está ahí, ¡por el amor de Dios!, hay que subirlo, ¿no?

Pero era la primera vez que venía Adrián conmigo y no me quiero quedar sin amigos. Debía de ser prudente en el castigo así que abortábamos plan sorpresa, que no era otra cosa más que subir el puerto del Pando. Pero bueno, un puerto arribo o abajo, ¡qué más dará! Lo dicho…que no quiero quedarme sin amigos, pero para la próxima no le libra de una sorpresa ni Rita.



De Pandetrave hasta Riaño tuvimos que lidiar, por un lado con un viento un poco puñetero en contra y, por otro, con la carretera, que está en un estado lamentable. La gente que vive por esas tierras, entre los que se incluyen bastantes familiares míos (la Tierra de La Reina a topeeee) se merece una carretera por la que no se tengan que jugar la vida.

La llegada a nuestra particular meta fue triunfal, con una sana recuperación post etapa que incluía bocata grande como un templo y helado porque yo puedo pasar sin el bocata pero una ruta de puertos, sin helado, no es ruta. Sería “jornada inválida”.

La jornada fue formidable desde todos los puntos de vista. Tiempo estupendo, no hubo percances y Adrián quedó con ganas de más, así que misión cumplida. La cabeza ya me está echando humo para idear la siguiente ruta en la que, aviso a navegantes, habrá sorpresas.

lunes, 29 de octubre de 2018

La solución es más fácil y está inventada.


¡Hola a todo el mundo!

Pues en estos días en los que el frío ha entrado con toda su crudeza en León, tengo un poco apalancada la bici. Además del frío, me gusta por estas fechas “desentrenar” un poco para poder cogerlo con ganas  dentro de unos días.

Es en estas fechas cuando me da por pensar en otros asuntos del mundo de la bicicleta y en las últimas semanas, como podéis haber comprobado en las últimas entradas, me preocupa y bastante, el rumbo que están tomando ciertos aspectos de la movilidad urbana con respecto a la bicicleta.

Aparte de lo que he dicho acerca de la Ordenanza Municipal del Ayuntamiento de León, que restringe el uso de la bicicleta por ciertos lugares, ahora leo que existe una propuesta, por parte del Ministerio del Interior, de establecer como obligatorio un seguro para el uso de la bicicleta.

Me parece una medida más que se toma sin tener ni idea de lo que se está haciendo. ¿Yo, que estoy federado, también tendría que sacar un seguro? ¿A la gente que dentro del seguro del hogar o del automóvil, que les cubre ciertos aspectos cuando circulan con su bici (echad un ojo a vuestras pólizas que os vais a sorprender), también les afectaría esto del seguro obligatorio para los ciclistas? ¿Los que tenemos las tres opciones anteriores (licencia federativa, seguro del hogar y seguro del automóvil) nos da un premio el Ministerio del Interior?

En fin. No quisiera ponerme excesivamente sarcástico, de verdad, porque ya se me están empezando a ocurrir varias cosas, sobre todo cuando pienso en esa chorrada que nos suelen decir a los ciclistas de que no pagamos impuestos ni nada, porque resulta que, en muchas ocasiones pagamos más que algún que otro iluminado, pero creo que es todo mucho más sencillo que legislar a golpe de Real Decreto.

¿Por qué no se emprende una campaña en las escuelas de buenas prácticas con respecto al uso de la bicicleta y de otros medios de transporte, limpios y eficientes? ¿Por qué no se comienza a informar a todos los conductores de vehículos a motor, de las cosas que pueden y no pueden hacer tanto ellos como los ciclistas? Porque aún mucha gente no sabe que para adelantarnos de manera más segura, pueden pisar una línea continua, o tampoco conocen muchas personas, que podemos circular en paralelo si las condiciones así lo permiten o que no estamos obligados a circular por los carriles bici. Son sólo algunos ejemplo, así, vuelapluma…

Pero tampoco penséis que yo soy un radical de la bicicleta y que sólo veo los errores ajenos. Ni mucho menos soy así.

Si hay una cosa que no puedo soportar es ver a una persona en bicicleta, saltándose un semáforo. No puedo con eso, de verdad. ¿Acaso seguimos sin comprender que, para pedir respeto, debemos de respetar?

Soy de esa gente que llama la atención a otras personas por la calle. En serio. Si veo a alguien, y más si es un chaval, saltarse un semáforo, le suelo reprender. Será porque me estoy haciendo mayor, creo que tengo alguna cana y los “teenagers” me tratan de usted, yo qué sé.

Sinceramente creo que todo es mucho más fácil, aunque también me da la sensación de que es algo bastante enraizado en nuestra forma de vida actual. Todo se debe a un problema de empatía, de no respetar a los demás. Ya sabéis. Cosas de esas que no están de moda y no son de modernos. Dejar salir antes de entrar, dejar pasar a las señoras (y aquí alguien me va a buscar problemas de machismo vs feminismo, pero me trae sin cuidado), el ya en desuso “por favor”, el mítico “gracias”, el denostado “buenos días, qué desea”…ya sabéis. Todas esas chorradas que hacíamos antes. Cosas que nos inculcaron personas que no sabían nada de redes sociales ni nada de eso.

Por cierto, que esas personas del pasado, andaban antes que nosotros en bicicleta porque, igual pensáis algunos que por hacer algo así, estáis descubriendo la pólvora. Pues resulta, que antes no era tan fácil comprar un coche y las personas se movías, OH, SORPRESA, en bicicleta.

Aún recuerdo a mi tío Goyo, hermano de mi abuela, ir a trabajar a la gasolinera de Boñar, en su bicicleta de varillas, y no se daba un pijo de importancia. Es más. Imaginad que hubo un tiempo en el que la gente se dejaba barba y nadie les etiquetó de Hipsters. Yo qué sé. Otros tiempos.

Puede que mejor que buscar soluciones innovadoras y “futuristas” a la convivencia de las bicicletas y los demás vehículos, además, por supuesto, de los peatones, quizás la solución ya esté inventada y sólo debemos de mirar atrás.  Pero son cosas mías, que me estaré haciendo mayor….

Muchas gracias y buenos días.

miércoles, 24 de octubre de 2018

La bicicleta no es un crimen


¡Hola a todo el mundo!

Tengo ganas de protestar por el trato que sufrimos (sí, sufrimos) los que montamos en bici. Da igual que lo hagamos por la ciudad, que por la carretera, que por el monte. Parece que tenemos que ser siempre los malos de la película.

En el monte, que si para los cazadores somos un estorbo, estropeamos los caminos y de más. Por ciudad, que si atropellamos a la gente, que si molestamos al peatón y a los conductores, que si somos unos infractores consumados, etc. En carretera, que si vamos en paralelo, que si somos unos temerarios y que si hasta vamos demasiado rápido (han empezado a multar a ciclistas por exceso de velocidad).

Me parece que se está criminalizando de tal forma a la bicicleta que ya resulta hasta cómico. No veo a nadie llevarse las manos a la cabeza de la misma manera, cuando pasa junto a ellos por ciudad, por ejemplo, un coche diesel, muy viejo, que deja tras de sí una humareda negra que respiramos todos. Eso no está tan mal como andar en bici y, es más, la gente clama al cielo porque se quiera sacar de las calles esas verdaderas obscenidades de coches que lo que hacen es contaminar a diestro y siniestro.

Tampoco veo que sea tan cuestionado el hecho de que los peatones crucen por cualquier lado de una calle, en muchas ocasiones con niños pequeños que están aprendiendo algo “buenísimo”. No obstante, insisto, ir con una bicicleta por según qué zonas está incluso prohibido aquí en León. Todos y cada uno de los ciclistas, al parecer, nos saltamos los semáforos en rojo. Los peatones, parece ser que no se saltan ninguno de los semáforos que regulan los pasos de cebra.

Aparcar un coche mal, trastornando la circulación, o el acceso a un vado, o limitando la visibilidad en las intersecciones, eso tampoco es tan malo como determinados desplazamientos en bici. Esas cosas que se hacen con el coche, eso no está tan mal.

Parece ser, por lo tanto, que nuestra obligación es ir por la calzada, junto con los demás vehículos a motor, Venga, de acuerdo.

Pero resulta que vamos algo más lentos que ellos y también molestamos, así que algunos imprudentes nos adelantan casi rozándonos, o en alguna ocasión, tirándonos al suelo. Que nos lesionen o en el peor de los casos, nos causen la muerte (que pasa, sí señores) eso se ve que es un problema de segunda división, pero todos los males que causamos nosotros andando en bici parece ser que son problemas absolutamente reprobables. Estoy casi seguro de que quien mató a Kennedy iba en bici también.

Hay veces que incluso nos hacen carriles bici, que de cara a las alecciones parece ser que queda muy bien. El resultado de muchos de ellos es una obra absolutamente imposible, sin haber preguntado a un solo colectivo ciclista ni nada de eso. Son carriles bici que no puede utilizar nadie en bici. Ese gasto de dinero público, no está tan mal, al parecer.

De todas formas, muchas veces dichos carriles son utilizados como aparcamiento para coches y casi nunca se les multa, pero a los peatones eso no les parece tan mal como una bicicleta atada a una farola que mea su perro cada día del año. Eso tampoco está mal.

Es muy triste ver la reacción que tiene la sociedad ante las bicicletas. Os pongo un caso que me pasó a mí.

Iba yo circulando con mi bicicleta por una zona peatonal. Iba con un pie en el suelo, empujándome porque había gente y entiendo que los peatones tienen prioridad. Mi velocidad era la misma que la de los viandantes.

Veo que delante de mí se acerca un coche y extremo las precauciones dado que tengo experiencia y sé que cuando aparece un vehículo, los peatones cambian de dirección y demás, cosa que ocurrió justo delante de mí.

Una chica, con un carrito de bebé y su pareja. El giro fue muy brusco y casi chocamos, pero como yo eso ya me lo conozco e iba muy muy despacio, no llegamos a colisionar.

 A la chica no se le ocurre otra cosa que decirme: “no sé qué pintáis por aquí con la bici teniendo carriles bici”.

Así que yo lo único que pude decir a esta chica fue: “¿a mí me dices eso y al coche no le dices que vaya por la carretera?”

Así que, amigos, este es el nivel. A los ciclistas nos pueden decir de todo, hacer de todo (os recuerdo que ante un atropello a un ciclista, con conductor borracho y drogado, éste no llega a 4 años de cárcel) y prohibir hasta circular por determinados sitios, pero yo no pienso dejar de andar en bici. Seguiré haciéndolo y lo haré cada vez más.

Porque no tenéis razón. No nos saltamos los semáforos más que los peatones, por ejemplo. No atropellamos a los peatones más que los coches. No molestamos en la ciudad más que los conductores incívicos. NO, NO Y NO.

lunes, 22 de octubre de 2018

ORDENANZA MUNICIPAL CON RUMBO AL PASADO.

¡Hola a todo el mundo!

Hace poco tiempo se ha aprobado en el Ayuntamiento de León una ordenanza para regular la circulación de Ciclistas y peatones. La he leído y no puedo estar más indignado, de verdad. Voy a intentar hacer algo de ruido, porque me parece una verdadera vergüenza. Me pondré en contacto con medios de comunicación, partidos políticos y de más instituciones y las ideas centrales serán las siguientes.

¿Cómo puede ser que, según la ordenanza municipal de Circulación y Seguridad Vial de Peatones y Ciclistas, en la exposición de motivos se diga que se ha tenido en cuenta, y cito, “promover los medios de transporte sostenibles” y, sin embargo, en su artículo 22, no permite circular con la bicicleta por zonas peatonales, parques o jardines?

He leído dicha ordenanza y el asunto central de la misma, bajo mi punto de vista, es lo que menciono en el párrafo anterior. Me explico.

El centro de León, más concretamente el centro histórico y monumental de la ciudad, está totalmente peatonalizado. Se sitúa en el corazón de la ciudad y si alguien decide moverse por la ciudad utilizando la bicicleta como medio de transporte, en algún momento va a tener que atravesar esta zona.

Si se prohíbe circular por las zonas peatonales a las bicicletas, y no me refiero a las aceras, la consecuencia de ello, por la estructura de la ciudad de León, es que se limita de una manera tremenda el uso de un medio de transporte limpio y eficiente y muy apropiado para moverse por una ciudad de las dimensiones de León, por tanto, lo que la ordenanza señala en su exposición de motivos, el promover los medios de transporte sostenibles, no se corresponde con lo que se desarrolla posteriormente en la norma.

También me gustaría señalar que por la ciudad de León pasa el Camino de Santiago, que no deja de ser uno de los motores económicos de la ciudad. Son miles los peregrinos que anualmente llegan a la ciudad utilizando la bicicleta y lo que van a visitar por regla general suele ser La Catedral, la Basílica de San Isidoro y el Parador Nacional de San Marcos, entre otros monumentos, todos ellos enclavados en zonas peatonales. ¿Qué sentido tiene prohibir el uso de la bicicleta en dichas zonas? ¿O es que a los peregrinos no se les aplica la norma y a los vecinos de León sí?

Otra consecuencia de esta ordenanza municipal es que muchos de los elementos del mobiliario urbano, que hemos pagado todos con nuestros impuestos, quedan absolutamente inutilizados. Y me estoy refiriendo a los aparcamientos para bicicletas que se sitúan en áreas peatonales por las que queda prohibida la circulación en bicicleta.

También es llamativo ver cómo algún carril bici desemboca en zonas peatonales, como en el caso de la Plaza del Espolón. Si se quiere ir desde aquí hasta, por ejemplo, Correos, la única alternativa, siempre intentando ir montado en la bicicleta, es circular por la calzada, cosa que, en efecto, está permitida, pero como desde el Ayuntamiento no se ha adjuntado a la ordenanza un plan serio de sensibilización dirigido a los conductores de vehículos a motor, para que sean conscientes de que han de compartir las calles con otros medios de transporte, circular en bicicleta en medio del tráfico se convierte en algo muchísimo más peligroso que hacerlo por las zonas peatonalizadas.

Esta ordenanza es dar, ya no sólo un paso atrás, si no un viaje al pasado, de lo que debería de ser un plan de movilidad moderno y al compás de lo que los tiempos marcan. Se buscan cada vez más formas de contaminar menos y, sin embargo, desde el Ayuntamiento, se dificulta el uso de un medio de transporte limpio y silencioso como es la bicicleta.

Esta ordenanza es un viaje al pasado y algo que debería de sonrojar a todos los leoneses.

viernes, 19 de octubre de 2018

En otoño, como quien no quiere la cosa y por sorpresa.


¡Hola a todo el mundo!

Y resulta que hay días que coges tu bici y comienzas a pedalear como por inercia, sin planes ni objetivos. En mi caso suelen ser días de estos que no sales temprano. Los típicos días que, como a media mañana, te pica el gusanillo de la bici y te empiezas a vestir de romano.

Mientras preparo un café, uno de los tantos que tomo al cabo del día, soy un apasionado del café bueno, voy poniéndome el culote, inflo un poco las ruedas, algún que otro preparativo más, pero así como quien no quiere la cosa…

Después de un rato, de una especie de “hacérselo desear” a La Americana, me pongo en ruta sin ningún tipo de plan, ni objetivo. Y es que tengo este tipo de días muy fresco porque me sucedió ayer mismo.

Cuando me quise poner a dar pedales ya eran las once y pico de la mañana. Me suele pasar por estas fechas porque el fresco de las primeras horas de la mañana me echa un poco para atrás. A los adoradores del calor nos pasa esto. Sin embargo y a pesar de que la temperatura no es del todo de mi agrado, entiendo que el otoño puede que sea la estación más bonita para andar en bici. Si el día es propicio, y os aseguro que ayer lo fue, ves colores increíbles por rutas por las que has rodado un millón de veces y que casi no reconoces. Es como otra dimensión.

Además es una época en la que se suele ir más tranquilo o al menos a mí me pasa. Así como a partir de febrero empiezo a darme un poco más de caña para pillar la forma de cara a mi reto anual, Los 10.000 del Soplao, o marchas parecidas pero que suelen ser por junio o así, en octubre o noviembre, la verdad es que no tengo ningún objetivo físico en mente, salvo gozar de mi afición.

Y en esas estaba yo ayer cuando me vi, entre divagaciones y pensamientos varios, tomando un café (sí, otro) en La Vecilla. Así que pensé que, ya de estar ahí, pues voy hasta mi pueblo que está al lado.


Puse rumbo a Boñar y después de hacer otra paradita en la plaza del pueblo, ver el monumento en honor a nuestro símbolo más preciado, El Negrillón, y llenar el bote de agua del caño, me metí por la calle en la que hace más de treinta años aprendí a andar en bici sin los ruedines y me dirigí hacia la pared del pantano del Porma. Y es que esa ruta la hacía casi cada tarde de verano con mi padre, en mis primeros pinitos sobre la bicicleta de manera más o menos seria.




A parte del valor emocional que, como veis, tiene esta zona para mí, la verdad es que fue a partir de Boñar desde donde todo comenzó a ser un festival de colores rojizos. ¡Qué bien me lo estaba pasando! Y todo sin planearlo, como a mí me gusta. A lo loco.

Como ya llevaba unos sesenta y pico kilómetros, era más que evidente que la ruta iba a superar los cien, así que como el daño ya estaba hecho, pues me encaminé a visitar Rucayo, un pueblo en medio de ninguna parte. Aunque para ser precisos, más que en medio de ninguna parte, está en medio de uno de los parajes más desconocidos y a la vez más increíbles de la provincia de León. Es algo así como la cara oculta de la Luna, pero en este caso, del pantano del Porma. Pero es que la carretera muere aquí, así a no ser que lo conozcas, no tienes muchos motivos para llegar hasta allí salvo que hayas leído esto y sientas curiosidad.


Además del tema paisajístico, la verdad es que hasta llegar a este pueblo, hay unas subidillas muy chachis, de estas que van por carretera saltarina, estrecha y con curvas. Mis preferidas aunque te machaquen de lo lindo.

Ya sólo me quedaba dar la vuelta y completar la ruta. La ruta de un día sin planear, de otoño y sin hora a la que llegar a casa. Todos los factores se habían conjugado a la perfección. Y cuando vi en el cuenta kilómetros que había llegado a cien y me quedaba un buen cacho hasta casa, pensé: “se me está yendo de las manos”. Creo que incluso lo dije en alto, porque me da por ahí de vez en cuando, hablar solo, pero es que estoy un poco loco, qué le vas a hacer.

Que se me fue de las manos quedó claro al llegar a casa con ciento cincuenta y seis kilometrazos que, desde luego, para ser octubre está más que bien. Está, al menos para mí, sobresaliente. Pero lo que también había sido sobresaliente fue la satisfacción al llegar. Una de esas sensaciones fantásticas que tiene el ciclismo. Llegar a casa satisfecho de verdad.

Todo, desde la ruta, hasta los kilómetros, al ser por sorpresa e inesperado, fue una especie de regalo. A mí, la bici, el ciclismo, el cicloturismo o llamémoslo como queramos, no me da más que buenos ratos e incluso los que no lo son tanto, tras unos meses, se convierten también en buenos momentos.

domingo, 14 de octubre de 2018

CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN: La épica jornada de San Emiliano

¡Hola a todo el mundo!

Corría el año 2017 y, aproximadamente mediados de octubre. Veníamos de un año de sequía terrorífico, con el pantano de Luna al 4%, algo histórico, pero no cabía duda de que era octubre, de que salíamos desde San Emiliano y de que habíamos llegado allí sobre las nueve de la mañana, con lo que los amenazantes tres grados que había, nos estaban invitando a optar por una indumentaria para nada veraniega.

Como os dije en la entrada anterior, hubo una vez que nos juntamos Buka, Anticiclón (que vuelve a ser Manuel a partir de ahora) y a mí en unas circunstancias un tanto especiales. La primera circunstancia particular fue, precisamente, nuestra vestimenta.

Como os comentaba, cuando salimos hacia nuestra aventura, hacía fresco. 3ºC aquí en León es fresco y para la recia gente de la montaña de Babia es primavera. Nuestra aventura sería la despedida de las rutas chachis por ese año. Ya íbamos para el otoño profundo y nosotros, que somos gente positiva, esperábamos que comenzase a llover porque ese 4% que os comentaba antes hacía del pantano de Luna algo realmente alarmante. Necesitábamos el agua y, en efecto, el agua apareció y no nos dejó en meses.

Además de Manuel, Buka y yo, ese día también vinieron Cristóbal, Maiki, Castellanos y Cecilio. Caste y Cecilio optaron por hacer una ruta alternativa con salida y llegada, al igual que el resto, en San Emiliano y los demás íbamos a meternos entre pecho y espalda Somiedo, una encerrona que tenía pensada desde hacía años, San Lorenzo y Ventana. Casi nada “pal cuerpo”.

Voy a resumiros lo mejor que pueda la ruta hasta llegar al Puerto de Ventana que es el momento en el que se dan las circunstancias particulares de las que os hablaba antes.

Salimos con 3ºC, como os iba contando y, sumado a que era como quince de octubre o algo así, pues no esperábamos temperaturas muy altas. Más al contrario, esperábamos pasar algo de frío en las bajadas.

La cosa fue que comenzamos a dar pedales. Casi sin darnos cuenta llegamos a Somiedo y pasaría, no sé, hora y media o algo así, con lo que serían cerca de las once de la mañana y la temperatura pasaba de quince grados. Vuelvo a insistir. Nadie iba vestido de verano. Bajamos el puerto y llegamos a mi encerrona. Era algo voluntario porque subir a Las Viñas (uno de los kilómetros más duras de Asturias) supone tomar un desvío. Lo natural es seguir en busca de San Lorenzo, pero con ese kilómetro nos atrevimos Buka, Manuel y yo, porque hay algo que nos une, y nos une mucho. Somos unos descerebrados y no pensamos en “dentro de un rato”.

Entre subir y bajar y hablar con unos ciclistas asturianos que nos dieron palique pues pasaría un buen rato, con lo que la subida a San Lorenzo, un puerto absolutamente criminal, la comenzaríamos a eso de la una y media o así. Yo veía que los demás ya no sabían qué hacer con la ropa.

A parte de que los puertos que estábamos afrontando aquel día eran muy duros, ojo al dato, ya estábamos en 30ºC y nosotros abrigadines por si las moscas. Yo llevaba el maillot de entretiempo con el chaleco puesto, creo recordar que más de uno llevaba el culote de invierno y más de un maillot largo también se podía ver. Ya casi no me acuerdo. Sólo tengo en la mente que a mitad de puerto nos quedamos sin agua y el termómetro llegó al tope del día. 35ºC

Manuel se adelantó con Cristóbal y Maiki, que estaban haciendo las subidas como verdaderos héroes. Fueron los reyes de la montaña de aquel día. Buka y yo íbamos como cinco minutos por detrás de ellos porque estábamos yendo a nuestra bola. A nuestra bola y sin agua, momento en el cual nos topamos con un señor de por ahí.


 Le pedimos agua y nos cogió los bidones para llenarlos. De aquellas tenía un bote blanco en el que se podía ver perfectamente el agua y todo lo que flotase en ella y os puedo asegurar que nunca vi agua con tanta vida como la que nos dio aquel buen hombre. Además, si el agua suele ser transparente, desde luego aquella no lo era. Pero, ¿sabéis qué os digo? Que estábamos absolutamente deshidratados y necesitamos beber. Nos bebimos aquello que parecía agua, por cierto que también olía, y le pedimos más de eso.

Antes del "agua"...

Después del "agua"...
Seguimos con San Lorenzo y en la cima nos esperaban los compañeros a los que les faltaba agua también, pero sólo teníamos que bajar San Lorenzo para parar en Teverga a comer y beber, beber y volver a beber.

Sólo nos faltaba subir el Puerto de Ventana. El interminable puerto de Ventana. En las equipaciones todos teníamos sales pegadas en la chepa, signo inequívoco de que las cosas no marchan bien, pero como bebimos y comimos en condiciones, pensamos que el peligro había pasado. Seguía haciendo calor, pero por ese valle las cosas no eran tan extremas como por la zona de San Lorenzo, aunque seguíamos más bien en 30ºC que en cualquier otro escenario.

Así las cosas, comenzamos a subir el último coloso del día, momento en el que nos quedamos juntos Buka, Manuel y yo. Maiki y Cristóbal nos tomaron la delantera ya que estaban pletóricos.

Como os he comentado en alguna ocasión, Manuel tiene facilidad para atropar pájaras y lo cierto es que en aquella jornada, que sólo se puede calificar como épica o quizás también como infernal, no era algo difícil de alcanzar. Yo me había dado cuenta de que ya no hablaba tanto como de costumbre. Ya no decía chorradas, cosa rara, en serio. Como quien le animó a esto del ciclismo fui un poco yo, pues siempre que le dan pájaras, o como creo que deben de empezar a llamarse, el mal de Manuel, me siento un poco responsable de lo que le pueda pasar. Todos recordamos aún aquel día de Tarna, maldita sea.

Así que yo empecé a pedalear a su lado, marcándole un poco el ritmo y recordándole que había que beber y comer, pero ese día era bobada decir todo aquello porque el mal ya estaba hecho. Llevábamos unas cuantas horas de bicicleta, con ropa de más, con muchísimo calor, sin habernos hidratado en condiciones. Sólo faltaba alguien dándonos latigazos en la espalda, en fin.

Así que la imagen era la siguiente. Manuel, “apajarao” perdido. Yo, deshidratado, después de haber bebido algo que dudo que fuese potable 100%, intentando convencer a Manuel de que ya no quedaba nada de puerto cuando quedaban 20 kilómetros de subida y, para colmo, él ya lo había subido otra vez y era imposible engañarle. Y Buka, que se había medio desvestido, llevaba sólo el chaleco (gracias al cielo también el culote), tampoco había bebido mucho y tenía los ojos más hundidos que la moral de los tres juntos.

No sé lo que pensaban Buka y Manuel, pero yo sólo pensaba que si había un puerto malo para pillar una pájara, desde luego ese era Ventana, que se hace más largo que una semana sin pan. Si bien fue Manuel el que inauguró la crisis física y existencial, poco a poco nos fue atacando tanto a Buka como a mí. Cada pedalada era una pérdida de energías terrible. Para sumar más penas a nuestra ascensión a Ventana, los bidones se nos estaban volviendo a quedar secos. Teníamos un calor del demonio y, claro, bebíamos sin conocimiento de causa. Fue imposible racionar los botes.

Llegó un momento en el que estábamos los tres absolutamente tiesos. Nos daban calambres, no podíamos más. Es a estos momentos a los que se refería el otro día Manuel. Nadie nos ve en situaciones tan límite como esas, en las que físicamente estás para ser tratado por un médico y mentalmente tan noqueado que un psicólogo tampoco nos vendría mal, como los compañeros de grupeta. Además, tampoco nos gustaría ser vistos por nadie más, la verdad, porque, ¿qué nos van a decir? “¡Estáis idiotas! Bajaros de la bici y listo” o cosas parecidas podrían ser las lindezas que escucharíamos, pero sólo los compañeros de bici sabemos que eso no es una opción y que el sufrimiento forma parte de una buena jornada ciclista. Una gran jornada de bici. Un día inolvidable que recordaremos siempre. Y sólo los compañeros de grupeta sabemos que una de las cosas que más nos gusta, al fin y al cabo, es sufrir sobre las bicis y salir adelante para poder contarlo.

Y es que en aquella jornada inolvidable, mientras estábamos destruidos sobre las bicis pero rodeados por las personas adecuadas, se nos apareció algo delante que nos pareció celestial.

No es que tuviésemos una aparición mariana ni nada por el estilo. Fue muchísimo mejor. ¡Un pilón del que bebe el ganado que anda suelto por la montaña! No podíamos dejar pasar esa oportunidad y, además, yo ya había bebido un agua con tropezones, olor extraño y un color nada acuático por lo que la opción de beber del pilón de la vacas me pareció, no sólo muy buena, sino también extraordinaria y, por otro lado, la única que teníamos.

Manuel no podía ni bajarse de la bici, así que le cogimos el bote para llenárselo. Buka iba trepando, porque había que trepar un poco, para alcanzar el pilón. Yo le seguía de cerca, como un zombi en busca de cerebros. Estábamos en las últimas. Nos quedaba poco ya de puerto y justo en ese momento, por fin empezaba a refrescar. Lo malo era que la razón por la que la temperatura estaba bajando se debía a un terrible viento en contra que ya nos iba a acompañar hasta el final de la ruta en San Emiliano.

Por fin llegamos a la cima. Imaginad la escena. Tres medio cadáveres sin fuerzas. Buka, ni paró. Se tiró como por inercia al lado leonés del puerto dejándonos a Manuel y a mí intentando ponernos un cortavientos que no hacía más que ir de un lado para otro a causa del viento huracanado. Parecíamos los más listos…como siempre.


Por fin comenzamos el descenso y ya empezamos a ver la luz al final del túnel. Qué ganas teníamos de llegar al campamento base en el que ya nos esperarían todos. Y es que, para rematar el día y como buenos deportistas que siempre cuidan los detalles, al llegar nos metimos unas cuantas raciones de embutido y queso. Igual un preparador físico nos mete en la cárcel o algo así, pero nos da lo mismo porque entre compañeros de grupeta nos lo permitimos casi todo. Sobre todo el estar como verdaderas regaderas.

domingo, 7 de octubre de 2018

Llegan los cambios.


¡Hola a todo el mundo!

Estos días de cambio de estación siempre son, como mínimo, raros. Vienes acostumbrado de dar por hecho de que va a hacer bueno, no va a llover, el viento no es un problema, te tienes que echar crema solar…en fin. Un sinfín de situaciones que, bajo mi punto de vista no tienen más que ventajas.

Pero ahora mismo mientras escribo esto y miro por la ventana, veo que todo ha cambiado. Cielo gris, la ropa de bici que tengo tendida en el patio se mueve salvajemente a causa de un viento propio del Mago de Oz, tengo sobre mí una manta. No sé. Son unas cuantas diferencias que para un adorador del calor como soy yo, son cambios a peor.

Pero es algo que tengo que asumir. Se acerca el temido invierno y voy a seguir pedaleando, eso es un hecho, así que voy a repasar cosas que hay que hacer.

Lo primero de todo es localizar la ropa contra el frío. Vivo en León así que eso no es difícil, ya que en junio aún tuve que utilizarla, con lo que no anda lejos. Lo piensas fríamente y por estas tierras, sales de largo aproximadamente unos ocho o nueve meses. Parece que es una exageración pero mucho me temo que no lo es. Si tenemos en cuenta que a partir de más o menos octubre ya sacamos la gala de invierno, y que algún día de junio aún hace falta por lo menos el maillot largo, las cuentas son claras.

Otra cosa que hay que adaptar son las rutas. León capital marca un poco el cambio de paisaje por esta zona de la provincia. Si tiras para el norte, en seguida te encuentras la montaña y, por ende, el frío terrible en invierno. Pero si optas por ir al sur, no te encuentras con una montaña hasta llegar a Navacerrada aproximadamente. Hay todo un entramado de carreterillas secundarias por el sur de León que tienen cierta gracia. Es verdad que no hay mucho repecho y a quienes nos gusta subir se nos hace pelota todo ese rollo, pero la mayor ventaja es que te está dando todo el día el sol y consigues entrar en calor. Os informo que hay días en invierno que por aquí salimos con cero grados y el termómetro no pasa de cinco.

Algo bastante positivo que tiene el invierno es que todos los colegas están en León. No se suele hacer mucho plan los fines de semana por la mañana con lo que reunir una buena grupeta resulta más fácil a partir de ahora, así que las paradas para tomar el café en algún pueblo en medio de la nada suelen ser mucho más divertidas de lo habitual. Además, como la gente no tiene el ardor guerrero dado que no hay ningún objetivo a corto plazo y se suele bajar el pistón, pues las salidas son más relajadas. Los palos nos los metemos a partir de febrero.

Sin embargo, no hacemos más que añorar el buen tiempo. Los temas de conversación en medio de una carretera secundaria del sur, tremendamente plana y con los cero grados mucho más cerca que los diez, muchas veces son de alguna anécdota subiendo un puerto que por lo general suele estar cerrado de nieve cuando estos temas surgen, o también se habla de futuras rutas por preciosas zonas de montaña, por las que sólo un tarado mental iría en bicicleta en los duros meses de invierno. Ese refresco en una terraza de San Emiliano, en el corazón de Babia, se cambia por un café con leche muy caliente en el bar de Valdevimbre, en el corazón de la Denominación de Origen Tierra de León.

Pero en fin, es lo que nos toca vivir. Lo mejor de todo es que los inviernos duros traen como consecuencia unas primaveras preciosas, así que no hay mal que por bien no venga. Además, los invierno, tarde o temprano, acaban por marcharse. Ánimo, compañeros, que esto del frío va a empezar en nada pero ¡SOMOS CICLISTAS, COÑO!

miércoles, 3 de octubre de 2018

Avisados quedáis.


¡Hola a todo el mundo!

¿Os acordáis de mí? Es normal que no os acordéis. Madre mía la cantidad de tiempo que no me remango y escribo algo por aquí. La verdad es que la explicación de mi silencio es la falta de tiempo, por un lado y, a diferencia del resto de la humanidad, mi desconexión de gran cantidad de las redes sociales o, más bien, de aquellas que no me aportan demasiado, la verdad.

Si bien no me he dado de baja de muchas de ellas, lo que sí he hecho es dejar de prestarles atención y, os voy a decir que se puede sobrevivir aquí fuera. Aquí, al otro lado de la corriente generalizada de nuestros tiempos, no se está del todo mal. Podríamos decir que se está hasta más descansado.

En realidad yo me dedico a lo de siempre. Andar en bici, disfrutar de mi familia y de los míos, currar y cosas así. Lo que podríamos llamar una vida normal, siempre todo ello enmarcado dentro de mi particular forma de ser.

Y si rompo mi silencio en el blog es porque hace unas semanas conocí a unas personas muy guays, la verdad. Uno muy relacionado con el ciclismo y otra, no tan relacionada, pero al hablar y de más, salió en una conversación mi tan querido (y olvidado) blog.

Desde ese día me volvió a picar el gusanillo de escribir una entrada. “¡Por los viejos tiempos, joder!”, pensé. Y comencé a buscar algo que mereciese la pena contar o analizar. Fui a subir el Angliru (y hasta aquí mi ración de ego diaria) y me pareció lo suficientemente transcendente como para comentaros algo al respecto. De hecho, empecé a escribir acerca del tema, pero me parecía que era una cosa que a pocos o a nadie les iba a interesar. Este es un blog de bicis y de más, en efecto, pero a los fieles lectores que tuve, les llamaban más la atención otros aspectos del temario como las chorradas, las experiencias o la manera de contar mis anécdotas.

Y en esas andaba yo, pensando en qué contaros, a lomos de mi fiel Americana, porque no he cambiado de bici, aunque si la vieseis ya no la conocéis ya que sólo conserva de la compra original el cuadro. La cosa es que me crucé con una persona montada en bicicleta (me niego a llamarle ciclista o cicloturista y ahora lo entenderéis)

-          -“¡Hasta luego!”
-        -  “……..(no hay respuesta)……..”

En efecto, amigos. No obtuve respuesta a mi amable saludo. Y no es la primera vez que me pasa, ni será la última, ni seré el último al que le pase esto. Y es que me he percatado de un fenómeno que quizás os haya pasado a vosotros también.

Andar en bici, se ha puesto de moda. Y como todas las modas, esto está arrastrando a gente de muy diferente condición. Verdaderos aficionados que se embarcan en esta aventura que es hacerse ciclista, con el mejor de los ánimos y dispuestos a aprender los usos y costumbres tradicionales como pueden ser, parar a tomar el café o saludar a otro ciclista.

Y también esta moda ha atraído a verdaderos personajes a los que me niego a llamar ciclistas, ni cicloturistas, ni nada de esto. Personajes que no saludan. Pringaos que te encuentras en marchas o quedadas y llevan andando en bici dos años o menos y ya piensan que lo saben todo. Verdaderos mequetrefes que se ríen del sudor de esforzados ciclistas en baja forma o muy novatos. ¡Hasta me he cruzado últimamente por aquí a un notas que no lleva casco, por el amor de Dios!

¿En serio que tanto cuesta saludar? ¿En serio que la buena educación está reñida con andar en bici? No lo creo. Es más. Hace algún año no muy distante de este 2018, recuerdo que con sólo ver de lejos a alguien, por la manera de pedalear ya casi sabías quién era. Veías una bicicleta aparcada junto a un bar de algún pueblo y ya sabías quién te iba a invitar a un café y con quién volverías a casa de cháchara.

Os aseguro que no hace tanto de esos buenos tiempos. Y eran buenos porque había un compadreo, una complicidad, un compañerismo, que ya no existen de aquella manera. Y este es el momento en que enlazo aquello de que yo me estaba bajando del tren del exceso de atención a las redes sociales y de más.

Recuerdo un tiempo en el que yo tenía Facebook. Seguro que lo recordáis porque daba bastante guerra por ahí con las entradas del blog, mi música, mis fotos de bici y de más. Y es que a veces, entre muchas de las cosas que podían verse por ahí, observaba a gente que le daba a “me gusta” o a “me súper encanta” a asuntos míos y luego en lo que viene siendo la vida real, como lo de verse por la carretera y saludar y de más, ni ojitos negros. Ahí nace mi rebeldía y mis cabreos cuando alguien no me saluda por la carretera (tranquilos, beteteros, porque por el monte también me he encontrado peña que no saluda)

Así que te hago un llamamiento a ti. Sí, a ti, que llevas una pedazo de bicicleta último modelo, de la mejor marca y más sabroso carbono. Vestido con las más delicadas y suaves lycras, por lo general de colores oscuros, un asco para la necesaria visibilidad, pero qué guapos que vais, ¿eh? También me refiero a vosotros. En efecto, a vosotros. Que habéis empezado hace cuatro días en este oficio, os habéis asociado en peña ciclista o en club, al menos lleváis equipaciones con colores visibles pero no sois capaces de señalar un puto bache en la carretera para que el de detrás no se lo coma con patatas.

Queridos amigos. Sois bienvenidos. Puede que nadie os haya dado la bienvenida y por eso no saludáis. Pues de verdad que sois bienvenidos. Pero, en serio, empezad a saludar de una vez y a señalar los obstáculos de la carretera y a aprender de los veteranos porque os aseguro que sacaréis más cosas en claro que si os quedáis dentro de vuestras cavernas de modernidad y red social “a tutiplé” y equipaciones negras de a 200€.

Aquí afuera hay todo un mundo de gente súper maja y agradable. Está el Rizos, el Rafa, el Elías, el Sergio, el Buka, el Barbas, el Juanjo, el Jona, el Rubio, el Iñaki, el de la bici de acero con un Dura-Ace del diablo, la paisana que lleva andando en bici más años que años de vida tenéis los que acabáis de empezar en esta moda de la bici, el gilipollas del Telecom (que tampoco saluda pero desde hace más de diez años, pero su nombre lo dice todo)…

Podría citaros cientos de personajes que van sobre una bici y que hacen de esta afición algo tan especial. Pero para que os podáis empapar de toda esta cultura ciclista, lo primero de todo es que saludéis al cruzaros con un compañero. Porque con el que os cruzáis es eso. Un compañero de oficio, chavales. Ni más ni menos. Avisados quedáis.