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martes, 14 de abril de 2020

Diario del estado de alarma: un mes de rodillo después.


¡Hola a todo el mundo!

Pues seguimos con el confinamiento con gran alegría y alborozo. Se nos ha ido un mes ya y, al menos en mi caso, se me ha pasado bastante rápidamente. Entre la rutina casi diaria de escribir alguna entrada, el rodillo y las etapas del Tour que nos está regalando la tele pública, los días se me hacen cortos.

No sé cuándo abrirán la mano las autoridades con respecto a poder salir a la calle pero creo que mínimo, tres semanas no nos las quita nadie, así que yo me lo estoy tomando con filosofía y pensando en las rutas que haré en cuanto recuperemos la libertad de movimientos, porque volveremos a salir, que no cunda el pánico.

Mi plan inicial es ir por la zona de La Cubilla y por esos pueblos del Concejo de Lena que tan bien conozco, ya sea a subir ese puerto, o Cobertoria, o había pensado en El Cordal o tirar un poco más abajo, al Concejo de Aller, y subir San Isidro con alguna cosilla más en plan Colladona, Coto Bello o algo así, pero tampoco quería que se me fuese mucho de las manos porque, si bien me estoy portando razonablemente bien en cuanto a no comer como un lobo y mantener un buen nivel de actividad física, está claro que en cuanto volvamos a la bici de exteriores y dejemos la de salón, vamos a estar para pocas locuras, sobre todo las primeras semanas.

Confirmado ya, como creo que ya os comenté, que mi reto de hacer dos marchas cicloturistas en el mismo fin de semana se va a tener que posponer para el año 2021, al menos como lo tenía pensado que era hacer 10.000 del Soplao y TransBizkaia seguidas, todo un horizonte de cambios de fechas de marchas se va a abrir ante nuestras narices si es que todo va bien. Teniendo en cuenta que voy a tener vacaciones en agosto, puede que pueda ir a alguna marcha que otra y si, con un poco de suerte, ponen dos seguidas y que no queden muy lejos la una de la otra, la esperanza de hacer una buena burrada este año aún no se ha salido de mi cabeza.

Por tanto, mantengo un ápice de motivación deportiva en mi subconsciente lo cual me ayuda y anima a mantenerme activo durante todos estos días que podrían ser terriblemente monótonos y aburridos y, sin embargo, encuentro en cada uno de ellos algo que me sigue empujando cada día más fuerte.

Lo que quizás peor lleve en mi día a día es cuando salgo con las perras a dar un micro paseo, porque ellas también necesitan moverse y están acostumbradas a estar todo el día en la calle, paseando, haciendo cosas y manteniéndose muy activas y, claro, ahora con todo esto y teniendo en cuenta que en esta casa somos ciudadanos responsables y no las utilizamos para pasear nosotros, echan en falta como cualquiera en un confinamiento, más actividad. Así que concretamente la joven e hiperactiva Wanda está que no se aguanta ni ella. Además, tampoco llevo muy bien el ir al verde al que las llevo para que hagan sus cosas y ver cómo los árboles están brotados, hay florecillas por el césped y todos los extras de la primavera, la cual es ya más que una realidad al otro lado de los cristales de mis ventanas. Sólo he tenido un momento de bajón y fue por esto de la primavera, pero me duró, qué sé yo. Puede que media hora, no más.


Por lo demás, todo en orden. Alguna limpieza general, no he hecho ningún reto de esos que me parecen chorradas, salimos a aplaudir algún que otro día y, a este respecto, confieso que no salimos todos. No es que no apoye a los sanitarios, es más, me parecería bien que nos subieran los impuestos para que repercutiese en unos servicios públicos de calidad, pero como he observado que mucha de esa gente que sale a aplaudir a las ocho de la tarde, luego tienen unas actitudes de, lo voy a decir así para que me entienda todo el mundo, de mierda a lo largo del resto del día comportándose como verdaderos y verdaderas neandertales en el supermercado, sin respeto ni empatía hacia los demás y cosas así, pues no creo mucho en lo del aplauso a media tarde como acto de lavativa de conciencia colectiva.

En resumen, por aquí todo marcha razonablemente bien y seguimos con fuerza para continuar con el confinamiento. Ya he dicho últimamente por aquí que espero que la sociedad obtenga un gran aprendizaje de toda esta situación y que la manera de ver la realidad que nos rodea cambie, concretamente, para bien. Es una esperanza y me da rabia admitir que no creo que pase porque seguramente después de dos meses de recuperar una cierta normalidad se nos olvide todo esto, pero deseo más que nunca confundirme.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Nuevo reto para el 2020.


¡Hola a todo el mundo!

Ya estaba claro, como os dije ayer, que Los 10.000 del Soplao se cambiaba de fecha y se celebrará el 10 de octubre, con lo que el reto que tenía en mente para este año quedaba cojo. Pero hoy ya se ha confirmado que la BIBE TransBizkaia se cancela cosa que, por supuesto, no me pilla por sorpresa.

Como era algo que se veía venir desde hace dos o tres semanas, hace unos días empecé a pensar que si bien era imposible este año realizar un reto como el previsto en principio (Soplao, 6 de junio, TransBizkaia, 7 de junio) podía hacer algo lo suficientemente motivante por mi cuenta.

Así que una de las cosas que se me ha pasado por la cabeza es ir a Cabezón de la Sal. ¿Hacer el Soplao por mi cuenta? Pues no. Ir hasta Cabezón desde León, con dos narices. Y es algo que se me ha ocurrido antes del periodo de confinamiento, no es una ida de olla rabiosa a causa del exceso de rodillo, para nada.

La verdad es que sale una etapita muy bonita. Sería salir de León por la Sobarriba, dirección Barrio de Nuestra Señora para ir hasta Boñar e ir en dirección Riaño, pasar por Villafrea de la Reina (pueblo de la familia y había que meterlo en esta entrada aunque fuese con calzador) y llegar al Puerto de San Glorio. Parte leonesa de la etapa.

A partir de ahí y siendo esta la parte cántabra de la ruta, prácticamente ya nos metemos en el circuito del Soplao porque se llega a Potes tras el largo descenso del puerto de San Glorio, y ya nos meteríamos en la zona que yo considero más dura del Infierno Cántabro y por ende, de esta ruta que me ha sacado de la manga. Se enlazan el Collado de HozCollado de Ozalba y Collado de Carmona. Por supuesto la dureza de este encadenado, a parte de la propia de los puertos, radica en lo que ya se lleva en las patas.

Qué duro se hizo El Infierno Cántabro del 2019...buuuufff qué cara...

Cuando se llega a Cabezón de la Sal, los números hablan por sí mismos. 220 km más 3600 metros de desnivel positivo o alguno más. En cuanto tracé la ruta se me empezó a hacer la boca agua, la verdad, así que lo más probable es que haga la etapa con casi total seguridad.

De esta forma puedo anunciar alto y claro que he encontrado reto para este año. ¡Qué ganas de que llegue el día! Me parece que va a ser el típico año en el que a falta de locuras organizadas por terceros, las voy a organizar por mi cuenta y eso suele ser sinónimo de ida de olla, porque a mí con esto de los puertos se me suele ir la mano. ¡FANTÁSTICO!

martes, 24 de marzo de 2020

Diario del estado de alarma: una de reflexiones vuelapluma.


¡Hola a todo el mundo!

¿Cómo lleváis esta segunda semana de confinamiento? Yo la estoy afrontando con optimismo y buena actitud, os lo prometo y os lo juro por lo que más queráis. Lo que sí os voy a confesar es que he notado algo de tristeza en un momento muy concreto de la mañana.

Fue justo después de desayunar y mirar un poco la tele. De repente veo un anuncio de cocinas. Cocinas Bora. Sí, familia. Bora. El equipo de Sagan, Daniel Oss, Rafal Majka y de más. Pues ahí tuve un momento de debilidad, os voy a ser sincero. Eché de menos la Volta a Catalunya, Milán- San Remo, Tirreno-Adriático y todas esas carrerillas que se disputan normalmente por estas fechas. Y qué duda cabe que lo que más echo de menos es salir a rodar con La Americana. Me da pena ponerla en el rodillo, pero es lo que hay.

Foto de La Volta Ciclista a Catalunya

No obstante, una vez que me recompuse, tomé un café y me vestí de ciclista para, precisamente, hacer rodillo. Por supuesto, con los mejores ropajes de hace quince años, que no se os olvide. Además, hoy emiten una etapa mítica de los Tours de Miguel Induráin. La crono de Luxemburgo del '92 en la que destrozó a todos sus rivales y donde personalmente creo que fue donde definitivamente el ídolo navarro obligó a apartarse de la primera fila ciclista a toda una generación de ciclistas como Lemond, Fignon o el mismo Perico Delgado.

Para los que vivimos aquellas épocas de ciclismo y estamos disfrutamos también de la actual, es una pasada ver las diferencias existentes. Por aquel entonces nos parecía todo tan normal, pero verles contrarrelojear en esas bicis que eran o bien prácticamente medievales en cuanto a la posición que les hacían llevar a los ciclistas, o bien bicicletas convencionales pero con manillares imposibles que te dan la risa vistos ahora, claro. Es una pasada la evolución que ha habido.

También es impresionante la diferencia que hay en cuanto a la elaboración de las grandes vueltas y me estoy refiriendo sobre todo a los kilometrajes, con etapas de cinco o seis puertos con 230 km, así sin ponerse “coloraos”, o cronos de 65 km, con un par de narices. Esto da para hacer una entrada monográfica acerca del tema, la verdad, pero no me voy a embarrar en este asunto en esta entrada, que hoy toca hacer una serie de reflexiones vuelapluma.

Otro tema que se me ocurre. ¿Qué hay de esa amiga y, mayormente, enemiga que tenemos en casa? ¿No sabéis a qué me refiero? ¡A la báscula! ¿Os habéis pesado últimamente? Yo lo he hecho estos días y mira que yo me corto de comer y me estoy dando unas buenas chaquetas sobre la bici más los ejercicios posteriores pero, aún así, creo que me voy a resignar y ser consciente de que algún kilillo voy a coger. Cuando volvamos a ser plenamente libres para poder salir a entrenar y de más, hay que dar el callo.

Y a este respecto, como alguna vez he escrito por aquí, mi reto de este año era hacer Los 10.000 del Soplao más la TransBizkaia en el mismo fin de semana y, por desgracia, ya no va a ser posible porque la prueba cántabra se ha cambiado de fecha, pasando al 10 de octubre o algo así y, de momento, la marcha vasca no se ha pronunciado pero en cualquier caso, la heroicidad que tenía en mente habrá que retrasarla al menos un año por lo menos.

Sin embargo, ya tengo en la cabeza algo que contará con kilómetros más que de sobra y metros de desnivel para pasar un gran día sobre la bicicleta, pero eso ya lo contaré en próximas entregas de este diario del estado de alarma.

¡Mucho ánimo, familia! ¡Somos ciclistas y podemos con esto y mucho más!

viernes, 18 de octubre de 2019

Empezando el camino improvisando


¡Hola a todo el mundo!

Pues, en efecto, otra entrada muy seguida de la anterior. Síntoma inequívoco de que no puedo salir en bici por alguna razón, en este caso, obras en casa, tema siempre apasionante y que da para un blog entero, pero no me voy a centrar en ello.

De hecho, no tengo ni idea de lo que hablar, pero me apetece escribir. ¿De qué hablo? ¿Del recorrido del Tour 2020? ¿De ciclismo de andar por casa que es mi rollo? Voy a ir centrando el tiro, vamos a ver.

Por ejemplo, deciros que el reto que me he propuesto para el próximo año, además del ya clásico en mí, 10.000 del Soplao, es hacer dos marchas gran fondo seguidas. Como El Infierno Cántabro cae en sábado, me gustaría ir el domingo a hacer otra cicloturista de categoría. La pasada edición coincidía que la TransBizkaia era al día siguiente. A ver si con un poco de suerte vuelven a caer así, porque el recorrido de esa prueba vasca tiene una pinta fantástica. Sería encadenar los 220 km del Soplao con 180 km de la TransBizkaia.

Me motiva un montón la idea. Además, este año lo estuve hablando con un mito del pelotón español como es Igor Antón, que disputó las dos y como coincidimos en un pelotón varios kilómetros durante El Soplao hasta que yo decidí atacar (para atrás), me dijo que es un buen reto y que a él se le haría duro, así que imaginad a mí. Pero lo que más me motivan son estos retos de hacer kilómetros más que lo de hacer medias altas. Fondista que salí, chico, qué le vas a hacer.

Ya tengo hasta pensados algunos entrenamientos de cara a preparar el asunto, como sería ir desde León al Puerto de San Isidro y volver. Salen 180 kilómetros o así. Hago esto y al día siguiente otra ruta que pase de cien kilómetros y queda una preparación muy chachi.

Y por cierto, después de analizar El Soplao 2019 en el que sufrí como en mi vida, ya creo haber determinado las causas de ello. Resulta que como se preveían altísimas temperaturas (durante la prueba superamos los 40 grados mucho rato) yo quise prepararme como tiene que ser. No tenía miedo a esa temperatura, de hecho, para mí era un sueño hecho realidad, pero sí es verdad que no quería deshidratarme, así que el día antes, qué sé yo, bebería cinco o seis litros de agua y no os estoy exagerando ni un ápice. El resultado de ello fue que con tanta agua, arrastré muchas sales-minerales del cuerpo con lo que al día siguiente tuve calambres. Se me hizo tan duro, maldita sea. Pero he aprendido la lección y este próximo año volveré a por todas con el reto de dos marchas gran fondo consecutivas. ¡A tope!

Y todo esto, si me dan los días en el curro, si no hay lesiones de por medio y un largo etcétera de situaciones que no dependen de mí, así que no me preocupan. Si los astros se alinean, cumpliré mis propósitos. Y algún cambio de cara al futuro más próximo voy a tener. Y esto va referido a materiales.

Hace unos años y no pocos porque el tiempo pasa que es terrible, decidí montar el compact en los platos, es decir, 50-34. En su momento lo escogí así porque como el gusanillo de competir se me había quitado de golpe después de cascarme una rodilla, pues pensé en tomarme la bici más en plan tranqui. Pero han pasado los años y si bien no voy a ponerme un dorsal (no se me ocurriría tal cosa ahora que rozo los 40 tacos, joder), sí es verdad que con el compact voy silbando. Si es que este año he subido Pajares, salvo las curvas del final, con el plato grande, leñe. Vale que me gusta ir algo trabado siempre, pero es antinatura. Y digo esto como descripción de una situación, no para tirarme el moco y decir que soy la reencarnación de mi idolatrado Bartali. Yo soy un tuercebotas más.

Y he pensado que mientras la maquinaria (el menda) lo pueda aguantar, voy a montar de platos 52-36, que tampoco es mi antiguo 52-39, ni tampoco aquel salvaje 52-42 que tuve montado bastante tiempo, pero que se debía a los tiempos que corrían, no a una elección personal. Aún recuerdo subir Valdorria con aquella combinación 42-25 propia del hombre de las cavernas. ¡Qué dolor de patas, de brazos y de espalda!

Además, también voy a poner una potencia de 80 milímetros y las bielas puede que las cambie también y pasar de 175 a 172’5 milímetros. Varios cambios voy a tener en La Americana, pero creo que me van a venir bien después de mucho meditar y muchas pruebas. Necesitaré un mes o algo más para adaptarme a todo ello, pero entramos en una época propicia para estas cosas

Repasando la entrada, veo que al final ha quedado bastante bien armada así que habrá que ir cerrando para poder tener algo de lo que hablar en sucesivas ocasiones, no vaya a ser que me quede mudo y me dé algo. Aquel que haya rodado conmigo sabe que esto es harto difícil, en fin. Nos vemos, compañeros y compañeras del metal.

jueves, 6 de junio de 2019

Soplao 2019. Más infernal que nunca.


¡Hola a todo el mundo!

Hay veces que tienes una idea preconcebida, eso sí, en base a tus experiencias y crees que todo será más o menos igual. Sin embargo, cuando alguna circunstancia cambia, todos tus planes se pueden ir al garete en menos de lo que canta un gallo.

Llega el primer fin de semana de junio y se celebra como cada año, uno de los grandes retos que yo me marco como objetivo cada año. Los 10000 del Soplao es una ruta que tiene muchos atractivos para mí. Mezcla dureza en cuanto a desnivel acumulado y algo con lo que no cuentan todas las marchas. Una buena cantidad de kilómetros. En mi caso, suelo optar por la prueba de 230km que, junto con los más de 4000 metros de desnivel positivos, suelen dejarme bien satisfecho, aunque en ningún caso roto porque procuro hacer bien los deberes antes de llegar allí.

Entrenamientos largos cuando toca, intensos en su momento, bicicleta a punto y revisada, buena alimentación para no sufrir por falta de gasolina y un montón de cosinas que, como todos los que os lo tomáis algo en serio como yo, al fin y al cabo ponen aliciente a esto de montar en bici.

Todas esas pequeñas y grandes cosas que dependen de mí, suelen estar bajo un cierto control, pero luego surgen situaciones que no podemos controlar y en el Soplao, normalmente es la climatología. Lo más habitual en los últimos años es que la lluvia, niebla, frío o incluso nieve, en algún momento hagan acto de presencia, sin embargo este año todo cambió y, como os decía antes, los planes preconcebidos no sirvieron para nada.

Llevaba un par de semanas viendo que la predicción era de buen tiempo para la zona de Cabezón de la Sal, que es donde se celebra la prueba. Según se acercaba el día, al sol, que parecía que nos iba a acompañar durante toda la jornada, había que sumarle otro punto de interés. La temperatura máxima. La predicción lanzaba un órdago la última semana. 35 grados.

Ante esas expectativas climatológicas, yo contaba con una ventaja bastante grande frente a otros participantes. A mí el calor, no sólo no me molesta, si no que me encanta, y cuando el día previo a la celebración de la marcha, en Cabezón ya había más de 30 grados pensé, “¡fantástico!”.

Normalmente, mi objetivo en El Soplao es terminarla sin caídas ni percances, lo primero, y luego ir con los compañeros, ayudar y cosas así, sin mayores pretensiones. Sin embargo, este año iría solo a Cantabria, ningún compañero iba a poder acudir a la cita, y tenía la intención de apretar el ritmo más que otros años. No pararía en los avituallamientos tanto tiempo, puede que en alguno no parase y subiría el ritmo para poder mejorar mi tiempo final. No se me antojaba una empresa complicada ya que otros años fui muy tranquilito, la verdad.

Así que al ritmo de AC/DC se dio comienzo a la etapa, como es tradición. Los primeros kilómetros, por la experiencia que yo tengo, lo que hay que hacer es guardar la distancia con respecto a los de delante, los de los lados y los de atrás. Hay mucha gente que quiere adelantar posiciones porque salieron más atrás  de donde querían y también hay que tener en cuenta que se callejea un poco, con lo que hay frenazos. A partir de ahí, sobre el kilómetros 30, ya puedes empezar a buscar un grupo y que te vayan llevando.

No tenía intención de parar en el primer avituallamiento pero una de las cosas que estaban cambiando con respecto a la idea prevista era el consumo de agua. No se podía dejar de beber y el bidón no es muy grande. Ya eran las diez de la mañana y casi estábamos en 30 grados, con lo que el peligro de deshidratación era enorme. Había que tener en cuenta también que rodábamos junto a la costa, así que imaginad la humedad. Las condiciones eran un polvorín. A esto también había que sumarle que la Guardia Civil detendría la marcha tanto en el primer avituallamiento como en el segundo, así que habría que parar sí o sí.

El día continuaba y para aumentar el reto, me junté a dos compañeros de ruta que andaban por ahí. Uno se llama Igor Antón y otro, Jose Iván Gutiérrez. Y es que cuando te juntas con exprofesionales y empiezas a hablar con ellos, parece que todo va bien pero sin querer, ellos van a un ritmo que no es al tuyo. Así que tras 10 kilómetros con ellos, me dijeron que tiraban para adelante y yo pensé “menos mal”.

Llegaba la subida a la Cueva del Soplao y aquí estaba el primer test que yo utilizaría para saber cómo iba todo. Otros años, yo hacía esta ascensión muy rápido. Ágil, subiendo fácil y sin problemas. Pero nada más comenzar, ya me di cuenta que las piernas, si bien no iban mal, tampoco estaban para hacer locuras. Así que cambié mi habitual subir en bielas por cadencia y sentado. Acababa de decidir que había que ser reservado este año, decisión que más tarde entendí que me salvó del abandono. Llegaban las curvas que tanto me gusta subir en bielas y dándolo todo, pero tocaba reservar. Me sentía atado pero ahí el calor me recordó que esto acababa de empezar. Ya superábamos los 30 grados y nos aproximábamos a los 35. La una de la tarde. La jornada se vislumbraba épica.


Llegamos a Puentenansa, donde se sitúa el segundo avituallamiento y el comienzo del puerto largo del día. Piedrasluengas no es un puerto excesivamente duro, pero sí que es abrumadoramente largo. Y de lo que nunca fui consciente es que no tiene ni una sola sombra, cosa que hizo de este monstruo algo terrible, más teniendo en cuenta que en Puentenansa los termómetros se situaron en 40 grados.

Así que decidí ponerme un ritmo de principio a fin de puerto. No cargaría mucho las piernas, buena cadencia y sin forzar. Y sobre todo, beber y beber. No podía picarme con nadie, así que mirada abajo y a ritmo.

Pedalada a pedalada iban pasando los kilómetros, pero Piedrasluengas se hace muy largo. Parece no tener final. Y si vas a echar un trago, muy necesario ese día, y te das cuenta de que se te termina el bidón, entonces comienzas a ponerte nervioso. No obstante, si se es observador y lees los maillots de la gente, te das cuenta de que estás rodeado de gente de por ahí. Estaba seguro de haber visto otros años una fuente en mitad de la subida y mis sospechas se confirmaron al ver varios compañeros con maillots de la zona, arremolinarse en torno a un mismo punto en medio de ninguna parte del puerto. Allí había una fuente, seguro.


Mis planes originales de ir a tope, no parar en todos los avituallamientos y de más, habían variado tanto que ahora me veía parando en una fuente. Y menos mal que tengo buena actitud ante los cambios y me adapto bien en general, porque otros muchos no hicieron esa parada y cuando ya quedaban menos de cinco kilómetros para el final de la subida, los ciclistas que se daban la vuelta en busca del desvío de la marcha corta no eran ni uno, ni dos. También comenzaron a verse algunas explosiones. Gente en las cunetas llamando a alguien para que fuese a recogerlos comenzó a no ser algo extraño. Esta escena nos acompañaría el resto del día.

Por fin coroné el puerto. Nunca se me había agarrado tanto Piedrasluengas. “Los de cabeza no han pasado hace mucho”, me dicen desde el avituallamiento. Mi estrategia no estaba resultando del todo mala, pero por mis planes no pasaba ir en su búsqueda.

Menos mal que la bajada me reconfortaría. Sin embargo se me iban a dar dos circunstancias diferentes a otros años. Una fue que normalmente era fácil alcanzar a un grupo para afrontar juntos el Desfiladero de La Hermida en el que siempre sopla el viento en contra, pero este año, no había tal grupo. Adelantabas a compañeros absolutamente fundidos que no querían ni podían hacer piña. La otra circunstancia es que yo también empecé a lidiar con unas compañeras de viaje nada habituales para mí en El Soplao. Calambres. Según qué movimientos, me dejaban las piernas absolutamente tiesas. Lo estaba pasando mal, pero conseguí controlarlas.

En medio de esta lucha personal, un grupo de unos 7 ciclistas me adelanta. Me pongo en bielas, hago el esfuerzo y consigo agarrarme a la desesperada a ese grupo. Casi un milagro venido del cielo. Me dieron unos minutos de “relax” que me vinieron de cine.

Pero La Collada de Hoz ya estaba muy cerca. El desvío no tardaría en llegar y yo siempre he considerado que este puerto es el más duro del Soplao. Cómo afrontarlo este año era algo que no me costó decidir. Las circunstancias así me obligaron, así que una vez que ya te ves en medio de esta dura subida, cabeza baja, ritmo constante y a sufrir. De nuevo, este era el plan a seguir.


En este punto, ya no sólo está el hecho físico, si no que el mental también comienza a hacer su acto de presencia. Tu subconsciente empieza a emerger para ser cada vez más protagonista de tu realidad. “Cómo estás sufriendo este año”, “menudo calor que hace y no hay ni una triste sombra, Daniel”, “anda que no queda puerto, majo”, son sólo alguno de los pensamientos que se me venían encima. Parecía que no podía salir de ese estado de ánimo pero llegó algo que todo lo cambió.

Y es que en todos los puertos hay un gallo que te mete una pasada tremenda y te hace pensar en  caso de ir un poco justo, como era mi caso, que vas aún peor de lo que es en realidad. Y este gallo que me pegó la gran pasada al poco de empezar el puerto, se me apareció sentado en una cuneta, absolutamente destrozado y desfondado. Después de ofrecerle agua que cogí de otra fuente que había por ahí, seguí mi camino y comencé a pensar que puede que no estuviese tan mal, que a mí me encantaba el calor y que me venía fenomenal, que estaba bebiendo mucho y que si yo me encontraba mal, puede que los demás estuviesen aún peor. Estaba siendo un día absolutamente extremo y lo que había que hacer era terminar como fuese.

Yo soy duro y resistente y me propuse demostrármelo una vez más, nada más terminar de subir el durísimo Collado de Hoz. Quedaban dos puertos y había que resistir. Esa era la misión de ese día. Resistir.


El encadenado de los dos puertos que quedaban, no puedo describirlo por separado. Me parecieron parte de un todo. Ese todo era el resistir, de la mejor manera posible, los duros golpes de una edición de Los 10000 del Soplao que estaba siendo la más dura con gran diferencia de las que yo había tomado parte.

Los kilómetros no pasaban pero en la bajada del último puerto de la jornada, un cambio de valle hizo que al menos durante un par de kilómetros, la sombra se dignase a parecer en aquel infernal día. Me dio la vida. Llegué al cruce de la carretera que conduce a Cabezón de otra manera.


Comencé a dar pedales. Pedales fuertes y satisfechos, sabedor de que lo más terrible ya había pasado. Sólo quedaban unos 20 kilómetros llanos que antes o después se terminarían. Incluso apareció un ciclista que me brindó su rueda. Hice tras de él 15 kilómetros que me hicieron recomponerme un poco. Cuando ya no pude seguirle, porque el compañero iba como una locomotora del Talgo, se lo agradecí como si me hubiera regalado una bicicleta nueva.

El cartel de Cabezón de la Sal aparecía ante mí. Varios kilómetros atrás, por momentos pensé que no llegaría nunca este momento. Qué duro estaba siendo llegar a meta. Más terrible que nunca. Pero si es El Infierno Cántabro será por algo y este año, todos los que tomamos la salida recordamos por qué se llama así a esta prueba.


Tenía delante de mí el arco de meta. Nunca me había costado tanto llagar a él. Nunca me dio tanta satisfacción cruzarlo. Sin duda alguna había sido una jornada épica. Un día inolvidable. Una carrera contra mí mismo que me ha recordado de qué pasta estoy hecho. Además de todo, mejoré mi mejor tiempo, lo cual supuso una satisfacción inexplicable, porque era algo en lo que ya no pensaba desde hacía horas. Día redondo. Día infernal. Un gran día.

viernes, 19 de abril de 2019

La típica ida de olla.


¡Hola a todo el mundo!

Pues nada. Que llevo una semana sin poder salir a entrenar por trabajo, el mal tiempo y tal y me ha dado por pensar y contaros cómo me van los temas, ya sabéis.

Si no escribo más en el blog es porque como todos los años que puedo, y este parece que se me va a arreglar para ir, ando preparando Los 10.000 del Soplao, y es que no me puede gustar más esta marcha. Reúne varias condiciones que me gustan, como son los puertos, el entorno, cómo se vuelca toda la comarca con la prueba y tal, pero estoy descubriendo que lo que más me gustan son los 230 kilometrazos con los que cuenta.

Resulta que como tengo que cuadrar las vacaciones, pues he estado a punto de no tener los días del Soplao libres, con lo que me he ido buscando algún otro reto, marcha o carrera, pero ninguna había con doscientos y pico kilómetros que me quedase más o menos cerca. Finalmente, parece que voy a poder ir, así que me tengo que preparar como todos los años o si se puede, mejor.

Y una de las preparaciones que suelo hacer, a parte de cargarme de kilómetros en las piernas, cosa que va por buen camino porque casi todas las semanas suelo hacer un par de días de más de cien, es ir a subir puertos. Así que me veo todas las semanas intentando planear una ruta bien chula, mirar a ver qué día puedo ir a Asturias y cosas así. Y se me ha ocurrido una cosa bien guapa y bien dura.

Se basaría en subir sólo un puerto que, por otro lado, es el que más veces he coronado. Ese puerto es La Cobertoria. Pero lo voy a hacer de una manera especial.

Si no conocéis el coloso asturiano, os comento que, a diferencia de la mayoría de los puertos que tienen dos subidas, La Cobertoria tiene más. Vamos a ver las que tiene:

1) La Cobertoria por Pola de Lena.
2) La Cobertoria por Quirós.
3) La Cobertoria por Lindes.
4) La Cobertoria por Cordal y Cuchu Puercu.

Y para poner una guinda a todas estas ascensiones, está el Gamoniteiro como opción final, que es un repetidor que hay más arriba aún del cartel de fin de puerto. Es una subida absolutamente espectacular y terriblemente dura, con rampas del 20% o algo así.

Bueno, pues mi plan es subir al menos las tres primeras opciones de las que os hablo. Me parece una burrada digna  de ser recordada si es que lo llevo a cabo, porque el plan no puede ser más duro, no me diréis que no. Así que ya os iré contando a ver qué tal se me ha dado. En un par de semanas intentaré ir, ya veréis qué chaqueta.

Por cierto. Si alguien se apunta y quiere ir a subir todo esto, sólo tenéis que poneros en contacto conmigo. ¡Siempre a tope!

viernes, 18 de enero de 2019

Paciencia, que esto no ha hecho más que empezar


¡Hola a todo el mundo!

¿Cómo vamos llevando el invierno, compañeros y compañeras? Por aquí, en León, la verdadera fábrica nacional de frío, todo va según lo previsto. Temperaturas heladoras durante todo el día, el sol se ha estropeado y no calienta y, para rematar, ahora entra un frente, con lo que se va a poner a nevar y el año pasado cuando esto pasó, no dejó de nevar hasta abril, con lo que pongámonos cómodos, desempolvemos el rodillo y tengamos paciencia.

Es un poco desesperante este clima nuestro pero ya estamos acostumbrados. Además, a día de hoy, hay un montón de ayuda para llevar mejor las temperaturas de mierda, o como otros lo llaman, bajas temperaturas. Hace poco vi un vídeo de un profesional, Carlos Verona, al cual sigo desde que pasó a la máxima categoría, en el que explicaba lo que llevaba encima durante el invierno. Y nunca me dejarán de sorprender los pros porque si yo vistiese como ellos durante el invierno, me moriría en la primera curva de la carretera, con lo friolero que soy yo.

Ya sé lo que me vais a decir. Ellos van a tope y no pasan frío. Ya, ya. Tienes que ir muy a tope para no pelar un frio del carajo si vas con un maillot de entretiempo y un chaleco, la verdad. Aunque el mejor truco para no pasar frío que utilizan los ciclistas profesionales es ir a entrenar a la Comunidad Valenciana, Cataluña o sitios así. Eso sí que es un plan maestro.

Pero los que nos tenemos que quedar en León hacemos lo que podemos. El culote largo ya no nos lo vamos a quitar hasta abrir. Guantes de invierno, puede que en marzo, a finales, haya algún día en el que nos los podamos cambiar por los de verano. Una buena térmica, yo creo que la llevaré hasta en Los 10.000 del Soplao que este año en el primero de junio. En fin, qué le vas a hacer.

Pero cosas así refuerzan nuestras grupetas o pequeños clubes como es nuestro caso con el gran CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN. Esto se consigue parando a tomar cafés en ruta. Pero cafés de estos largos en los que nos contamos nuestras penas…

-¡Joder, troncos! No siento los dedos…
-Pues yo no noto los pies.
-Pedidme un café con leche caliente como las barandillas del infierno, por favor…

Esto es una excusa ya que cuando el frío afloja, seguimos parando a tomar el refresco, la caña, la sin o lo que toque. Somos unos disfrutones, qué le vas a hacer. Pero sí es verdad que las rutas cambian mucho, porque cambiamos los paisajes planos por los que rodamos ahora, por las montañas, que estos días están intratables, por mucho que hablen los gurús meteorológicos del club que si hay una inversión térmica o no sé qué leches.

Lo dicho. Que ahora empieza la nieve y puede que haya que coger algo más la de monte. Puede que dentro de poco escriba otra vez sobre lo mucho que me gusta la bici de campo (cagao pal prao).

viernes, 19 de octubre de 2018

En otoño, como quien no quiere la cosa y por sorpresa.


¡Hola a todo el mundo!

Y resulta que hay días que coges tu bici y comienzas a pedalear como por inercia, sin planes ni objetivos. En mi caso suelen ser días de estos que no sales temprano. Los típicos días que, como a media mañana, te pica el gusanillo de la bici y te empiezas a vestir de romano.

Mientras preparo un café, uno de los tantos que tomo al cabo del día, soy un apasionado del café bueno, voy poniéndome el culote, inflo un poco las ruedas, algún que otro preparativo más, pero así como quien no quiere la cosa…

Después de un rato, de una especie de “hacérselo desear” a La Americana, me pongo en ruta sin ningún tipo de plan, ni objetivo. Y es que tengo este tipo de días muy fresco porque me sucedió ayer mismo.

Cuando me quise poner a dar pedales ya eran las once y pico de la mañana. Me suele pasar por estas fechas porque el fresco de las primeras horas de la mañana me echa un poco para atrás. A los adoradores del calor nos pasa esto. Sin embargo y a pesar de que la temperatura no es del todo de mi agrado, entiendo que el otoño puede que sea la estación más bonita para andar en bici. Si el día es propicio, y os aseguro que ayer lo fue, ves colores increíbles por rutas por las que has rodado un millón de veces y que casi no reconoces. Es como otra dimensión.

Además es una época en la que se suele ir más tranquilo o al menos a mí me pasa. Así como a partir de febrero empiezo a darme un poco más de caña para pillar la forma de cara a mi reto anual, Los 10.000 del Soplao, o marchas parecidas pero que suelen ser por junio o así, en octubre o noviembre, la verdad es que no tengo ningún objetivo físico en mente, salvo gozar de mi afición.

Y en esas estaba yo ayer cuando me vi, entre divagaciones y pensamientos varios, tomando un café (sí, otro) en La Vecilla. Así que pensé que, ya de estar ahí, pues voy hasta mi pueblo que está al lado.


Puse rumbo a Boñar y después de hacer otra paradita en la plaza del pueblo, ver el monumento en honor a nuestro símbolo más preciado, El Negrillón, y llenar el bote de agua del caño, me metí por la calle en la que hace más de treinta años aprendí a andar en bici sin los ruedines y me dirigí hacia la pared del pantano del Porma. Y es que esa ruta la hacía casi cada tarde de verano con mi padre, en mis primeros pinitos sobre la bicicleta de manera más o menos seria.




A parte del valor emocional que, como veis, tiene esta zona para mí, la verdad es que fue a partir de Boñar desde donde todo comenzó a ser un festival de colores rojizos. ¡Qué bien me lo estaba pasando! Y todo sin planearlo, como a mí me gusta. A lo loco.

Como ya llevaba unos sesenta y pico kilómetros, era más que evidente que la ruta iba a superar los cien, así que como el daño ya estaba hecho, pues me encaminé a visitar Rucayo, un pueblo en medio de ninguna parte. Aunque para ser precisos, más que en medio de ninguna parte, está en medio de uno de los parajes más desconocidos y a la vez más increíbles de la provincia de León. Es algo así como la cara oculta de la Luna, pero en este caso, del pantano del Porma. Pero es que la carretera muere aquí, así a no ser que lo conozcas, no tienes muchos motivos para llegar hasta allí salvo que hayas leído esto y sientas curiosidad.


Además del tema paisajístico, la verdad es que hasta llegar a este pueblo, hay unas subidillas muy chachis, de estas que van por carretera saltarina, estrecha y con curvas. Mis preferidas aunque te machaquen de lo lindo.

Ya sólo me quedaba dar la vuelta y completar la ruta. La ruta de un día sin planear, de otoño y sin hora a la que llegar a casa. Todos los factores se habían conjugado a la perfección. Y cuando vi en el cuenta kilómetros que había llegado a cien y me quedaba un buen cacho hasta casa, pensé: “se me está yendo de las manos”. Creo que incluso lo dije en alto, porque me da por ahí de vez en cuando, hablar solo, pero es que estoy un poco loco, qué le vas a hacer.

Que se me fue de las manos quedó claro al llegar a casa con ciento cincuenta y seis kilometrazos que, desde luego, para ser octubre está más que bien. Está, al menos para mí, sobresaliente. Pero lo que también había sido sobresaliente fue la satisfacción al llegar. Una de esas sensaciones fantásticas que tiene el ciclismo. Llegar a casa satisfecho de verdad.

Todo, desde la ruta, hasta los kilómetros, al ser por sorpresa e inesperado, fue una especie de regalo. A mí, la bici, el ciclismo, el cicloturismo o llamémoslo como queramos, no me da más que buenos ratos e incluso los que no lo son tanto, tras unos meses, se convierten también en buenos momentos.

domingo, 29 de enero de 2017

Puesta al día. Renovación de espíritu. Nuevas ganas.

¡Hola a todo el mundo!

Por cambiar, ha cambiado hasta el propio blog. Porque sí, amigos. Mi dominio ".com" ya no es mío. Ya no tengo ni buenos puestos en el posicionamiento en google. Por no tener, yo ya no tengo ni Facebook.

Ha pasado mucho tiempo desde mi última entrada. Muchas cosas han cambiado. Otras muchas siguen intactas. Lo importante, al fin y al cabo, es sacar provecho de todo lo que nos ponga la vida en nuestro camino y yo, al menos, lo intento.

Después de un frenético año 2015 en todos los aspectos, es como que la vida aflojase un poco el ritmo y me plantease situaciones mucho más concretas y mucho más valiosas, algunas malas y otra muy buenas pero en lo que se refiere a la bicicleta, poca cosa, la verdad.

Y con todo lo que yo he dicho acerca de las "pisapraos", es decir, para los que no me hayan pillado el término, me estoy refiriendo a las bicicletas de montaña, menos mal que me hice en su momento con una, porque es lo que he estado haciendo durante casi todo el año 2016. Me han cambiado los horarios bastante y es lo que he podido hacer. Monte, monte y más monte. Una hora y media siempre que he podido, pero no es lo suficiente para este loco del ciclismo de carretera.

Pero con la entrada del nuevo año, me he propuesto retomar la carretera, que es lo que más me gusta, y ponerme a tono físico para los muchos retos del 2017, como Los 10000 del Soplao, marcha cicloturista fetiche para mí.

Y otra de las propuestas para el '17 es volver a situar al Club Ciclista Asfalto León en donde se merece que es en la carretera, realizando un montón de marchas y subiendo un montón de puertos. Volverlo a coger en donde nos quedamos, en aquel maravilloso año ciclista 2015.

Pero no podemos vivir del pasado y este año ya hemos hecho la III Clásica de Villameca, una ruta que ya llevamos varios años realizando y que nos gusta a todos un montón. Tenemos hasta un calendario oficial de rutas del club. Alguna de ellas es espectacular, yo lo veréis.

Otra de mis ideas es volver a escribir, aunque sea un poco, en este blog que tanto me gusta. CICLOTURISMO EN LEÓN, para mí significa mucho. He conocido a bastante buena gente gracias a él. Es un pedacito de mi vida, de mi tiempo, que es lo más valioso que todos tenemos. Y compartirlo me gusta y me genera mucha satisfacción, así que las buenas costumbres no se pueden abandonar.

Y volviendo al tema de la bicicleta, este mes lo voy a terminar con poco más de 600 kilómetros y, teniendo en cuenta que es casi la mitad de lo que hice con "La Americana" en todo el año pasado, pues no puedo dejar de estar satisfecho porque, lo más importante de todo es que he vuelto a coger el hábito y tengo ganas de hacer más y más kilómetros. Vuelvo a tener ganas de subir hasta esas cumbres que me están esperando.

Este es un poco el resumen del nuevo planteamiento para 2017. Ahora sólo queda llevarlo a cabo y contároslo por aquí de vez en cuando. ¿No os parece un plan cojonudo?

domingo, 14 de junio de 2015

Los 10.000 del Soplao 2015. CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN & FRIEND

¡Hola a todo el mundo!

Ya ha pasado una semana desde que nos batimos el cobre en Los 10.000 del Soplao tanto Buka como yo mismo, en representación del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN y sigo con esa sensación de haber hecho algo muy bonito. Se podrían contar tantas y tantas cosas que necesitaría media docena de entradas de este blog. Lo mejor es empezar y a ver qué me sale.

Teníamos marcada esta marcha desde hace ya tiempo. Podríamos decir que era el gran reto de la temporada por varios motivos. Los kilómetros (226 km), los puertos, el hecho de tener que hacer noche fuera de León con lo que ello implica en cuanto al operativo y un largo etcétera.

Si bien nuestros objetivos como club son otros, como el hacer actividades que nos motiven, estar a nuestra bola haciendo lo que nos gusta y de la manera que nos gusta y bla bla bla, el hecho de ir como club a una marcha de esta talla es una sensación fantástica. Además, en concreto, el Buka y yo. Aún recuerdo el día que nos miramos a los ojos y dijimos...."¿hacemos un club, tío?". El resultado está superando nuestras expectativas y nos ha llevada hasta el Soplao. Lo mejor de todo es la cantidad de cosas que nos quedan por hacer. Ha sido como una liberación. 

Y allí estábamos. Tomando un arroz con leche en el bar La Central, en Nueva de Llanes, nuestro cuartel general para nuestras movidas por la zona de Picos de Europa en esa zona. Es territorio TRASGU, otro club, qué digo amigo. ¡Hermano! Y en representación de estos grandes, Ángel, nos comentaba dónde nos encontraríamos al día siguiente en Cabezón de la Sal, punto de partida del Soplao.

Pero no sólo iríamos Gelín, Buka y yo. El grupo se completaría, a parte de con este Trasgu de reconocido prestigio y nuestra contribución asfáltica, con Jose y Julio, dos grandes también, de TORSORE, la tienda on-line amiga, y García, uno de los gallos de La Grupeta del Oriente Asturiano.


El grupo ya estaba formado, ya nos conocíamos todos y sabíamos de nuestras capacidades. Estábamos allí para triunfar. Cada uno busca sus retos, su espacio. Unos terminarla, otros hacer tiempo y nosotros, pasarlo "entre cojonudo y superior". 

Las nubes cubrían el sol y mantenían una continua tensión en todo el grupo. "Pues yo vi que no daban agua". "Pues yo vi que sí". Nadie tenía la solución. Habría que dar pedales igualmente, así que dejamos de mirar al cielo y nos pusimos a dar pedales. Los primeros, para llegar a la salida.

Y por allí nos encontramos con peña conocida. Algún que otro saludo, un par de charlas y nos centramos. Había que esperar un poco. Además, nosotros nos colocamos en la parte trasera del gran grupo. Somos más de adelantar a la peña subiendo, porque bajando y madrugando para coger buen sitio se lo dejamos a otros. 




Dan la salida a ritmo de AC/DC, que ya es una tradición, y tardamos en tomar la salida, al menos nosotros, cerca de cuatro minutazos. Esto os dará idea de la cantidad de gente que se apunta a esta ruta. En esta edición, la séptima, seríamos más de 1800 cicloturistas, creo.

Primeras pedaladas, estas ya "oficiales" y te das cuenta de lo engañosos que son estos primeros kilómetros porque siempre piensas que estás enlazando con "el grupo", y cuando te das cuenta, llevas más de diez minutos a 40 km/h sin rumbo ni sentido. Debíamos de ser cautos. Quedaba mucha mañana.

Rodábamos agrupados (evidentemente me refiero a los colegas). Mucha risa, eso nunca nos falta, nos ayudaba a ir entrando en calor. Eso y la gran cantidad de gente de Cabezón que se vuelca con la celebración de esta prueba. Es una pasada. 

Los primeros 56 km son de un continuo sube y baja por la costa. Subes un repecho grande y, de repente, te encuentras con unas calas magníficas. La belleza de esta zona es tremenda. Comillas, San Vicente de la Barquera...una pasada el ver cómo la gente sale a recibirte y darte ánimos, la verdad.

Una pequeña zona de empedrado (o pavé como le da a todo el mundo por llamar al dichoso empedrado) nos recuerda que a pesar de ser una marcha cicloturista, el peligro existe. Nos centramos de nuevo, aunque dentro de nuestra línea argumental (parida va, parida viene).

Mientras charlo con García, no sé por qué ni cómo, pero el hecho es que yo grito algo parecido a...."¡que viva la Grupeta del Oriente!" y esto calienta a García que se anima y sube el ritmo. Le sigue Ángel. Buka y yo nos despistamos y se nos marchan. Les tenemos a tiro y nos ponemos a enlazar. ¡La madre que los parió! No hay quién les eche mano. Nos costó un montón engancharles. Desde ese momento no volví a sobremotivar a García, porque él solito se vale muy, pero que muy bien.

Y llega el primer avituallamiento. Nuestra política de repostaje era clara. Pararíamos en todos los avituallamientos y reagruparíamos siempre que fuese factible, y lo sería hasta casi el final. En este primero, muchos de nosotros teníamos muchísimas más ganas de sacar que de meter. En agua del canario cambiada hizo que retomásemos la idea principal de lo que viene siendo un avituallamiento. Tragar. Y así lo hicimos, porque en una etapa de este pelo, como se te olvide comer y beber, el pajarón puede ser de campeonato. 

García y Ángel salen unos segundos antes y eso nos iba a costar un calentón de narices, pero por el momento no nos centramos en enlazar. Julio, Jose (los TorsoreBuka y yo rodábamos más o menos tranquilos. Además, tras este primer avituallamiento, la marcha ya se había roto. Nuestra idea era enlazar con nuestros escapados compañeros antes de empezar a subir El Soplao, que sería la primera dificultad seria del día.

Ahora sí, tocaba enlazar. Y nos pusimos a tirar como endemoniados. Justo antes de subir El Soplao, calentón para el cuerpo. Perfecto. Justo lo que ninguno queríamos. Pero es que el gallo de la Grupeta del Oriente, García, y el robusto Trasgu, Ángel, estaban como toros y nos iba a costar engancharles.

Pero como somos muy cabezones y los colores del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN nos dan super poderes, logramos reunificar. El problema era que nada más hacerlo, ya teníamos que forzar de nuevo para afrontar la subida del Soplao.



Y llegados a este punto y debido a que ya veníamos un poco encendidos, pues comenzamos a poner un ritmo, llamémosle, alegre. Al fin y al cabo, tras el descenso estaba el siguiente avituallamiento, con lo que después de analizar la situación, yo personalmente decidí darme un poco de caña.

Y en este tipo de marchas con tantísima gente uno se motiva fácilmente debido a que si aprietas el ritmo, no paras de adelantar a otros cicloturistas. No porque yo sea la pera limonera, sino por probabilidad, digo. 

Y es que me calenté de narices. Tal es así que paré a esperar a Buka, García y Ángel porque pensé que me estaba encendiendo demasiado. En La Florida me pareció buen sitio. Así, la segunda parte de la preciosa subida al Soplao la volvería a hacer a lo loco, esperando arriba y bajando juntos.

De nuevo unidos y, una vez más, aprieto los dientes para disfrutar por todas esas curvas de herradura. ¡Qué gozada! Iba encendido. Casi me dio pena de que se acabase la subida pero las cosas duran lo que duran y para puerto infinito, el siguiente del día, Piedrasluengas. "El esfuerzo de la subida al Soplao, es el último calentón del día", pensé y dije en alto, porque a veces hablo solo como bien sabéis.

Rápido y peligroso descenso nos tocaba afrontar ahora a Buka y a mí. Tan peligroso es que adelantamos a un grupo de asistencia que estaba ayudando a un chico que cayó, partió el cuadro de la bici y el brazo. Hizo el día, el mes y el año este participante. Espero que esté bien.

Y, a lo lejos, allí estaba el segundo avituallamiento...



Aquí tocaba comer y beber bien. Lo siguiente a superar era de órdago. Piedrasluengas. 38 kilometrazos de puerto machacón.

Se repite la historia. Ángel y García salen primero. "Ya verás tú para atraparlos", pensé, pero el daño ya estaba hecho. Salimos Buka y yo, una vez más, con ritmo de caza. De cacería de nuevo.

Aumentar el ritmo ahora comenzaba a ser peligroso porque aún no habíamos llegado a la mitad del recorrido y nos quedaban cuatro puertos por delante, sin embargo las sensaciones estaban siendo inmejorables. Parece que las horas de entrenamientos, las rutas largas y con duras subidas estaban dando sus frutos.

Pasamos junto a un cartel que hizo que nos estremeciésemos un poco al poner "Piedrasluengas 38 km", pero ya estábamos concentrados y con la marcheta alegre activada. Poco a poco íbamos atrapando grupos y cicloturistas en solitario. El rosario de gente era impresionante y, como digo, esto motiva mucho porque siempre vas teniendo, a unas decenas de metros, algún objetivo que atrapar, pero ni rastro de García y Ángel. Se ve que ellos estaban en modo "ciclistas fugados", así que había que apretar un poco más.

Durante los primeros 16 kilómetros de puerto, si bien son los más fáciles y tendidos, no levantamos los ojos del manillar. Sólo bajábamos el ritmo para adelantar con seguridad a algún grupillo grande. Se aproximaba la zona del Embalse de la Cohilla que pasa por ser la parte más dura y, sobre todo, más bonita del puerto. Aquí sí que había que fajarse de lo lindo. Esta zona se caracteriza por atravesar un desfiladero, así que la carretera, hasta llegar a la presa del embalse, se retuerce bastante por la montaña y sube muy arriba. Son dos kilómetros duros, uno al 7% y otro al 8%.

Y por ahí, entre grupo y grupo, ¿a quién nos encontramos por fin? En efecto, Ángel y García estaban haciendo una subida fantástica. Nos costó a Buka y a mí unos 20 kilómetros enlazar con ellos. Jose y Julio, los grandes Torsore's, iban por detrás, a su ritmo, muy enteros como dos héroes que son.

Tras un par de minutos en los que bajamos algo el ritmo para recuperar el aliento, cada uno volvió a su ritmo. Quedamos en el avituallamiento de la cima del puerto. La suerte estaba echada. Ahora sí que ya nadie se iba a dejar nada. Lo íbamos a dar todo absolutamente ¡y que saliese el sol por donde le diera la gana! Si tocaba pájara, pues con orgullo por haberla alcanzado de esa forma, y si no tocaba desfallecer, pues ¡A TOPE!

Sin pensarlo dos veces, engrano plato grande, porque después de la presa se puede meter, y no miro para los lados ni para atrás. Ya sólo para adelante. Pedaladas fuertes, seguras y potentes. No quería que el ritmo decayese ni un poquito, así que en cuanto veía que bajaba un poco, sobre bielas para lanzar de nuevo la bicicleta.

Continuaba atrapando grupos e individuos en solitario. A medida que avanzaba terreno, alguno intentaba seguir el ritmo, reventando a los pocos metros. Yo, he de decir que estaba a tope y muy muy motivado. Hacía años que no me marcaba una subida así.

Me encuentro con un cartel que indica que faltan ocho kilómetros para la cima. Me toca un poco las narices, la verdad, pero la mejor receta para eso fue volverme a poner sobre bielas y apretar un poco más los dientes. Sudor a chorro resbalando por mi rostro estaba siendo el resultado del trabajo bien hecho.

Pero comenzó a surgir un problema. Se me terminó el agua y tenía la boca seca. Faltaban pocos kilómetros para el avituallamiento y comenzaba a necesitarlo. La solución fue bajar un piñón y apretar aún más.

Por fin, después de una curva a derechas, ahí estaba el repostaje. Entro pletórico y a toda leche. Un miembro de la organización me aplaude y consigue que sonría al felicitarme por la subida, pero yo veo a otra persona que me interesa mucho más. Un tipo con una caja de agua y otra de Powerade. ¡A por él!

- Hola. ¿Quieres un poco de agua?
- Dame dos de cada.
- Pero....
-¡Vamos!

En un minuto trago un litro de agua y otro de bebida isotónica. Tiempo suficiente como para que llegue Buka y se una al "botellón". Hemos hecho una subida para enmarcar.

Al poco tiempo, aparecen García y Ángel. Mientras reponemos fuerzas, vemos que hay viejos conocidos. ¡Los amigos del Piñón Cortés de La Bañeza! Qué bien nos lo pasamos en la XIX Marcha de Primavera de La Bañeza. Además, los compadres del Cortés con los que siempre hemos coincidido, son gente extraordinaria.

Mientras seguíamos tragando para recuperar fuerzas, había que hacerse una foto de familia...


- En el Desfiladero de La Hermida va a dar el aire de cara.

Así sin más, esa lapidaria frase la deja caer uno de los "moteros" de la organización. Eso hace que nos volvamos a poner en modo ciclistas, porque llevábamos media hora o más parados en el avituallamiento, la verdad. Por primera vez en todo el día, Buka y yo salimos antes y no tenemos que cazar a nadie.

Comenzamos la bajada. Hasta el desfiladero de La Hermida quedan más de 30 kilómetros y nos habíamos planteado como reto llegar allí dentro de un grupo, con la sana intención de refugiarnos del viento que parecía que nos iba a dar de jeta. El problema era que Piedrasluengas había roto aún más la prueba, con lo que ahí estábamos Buka y yo, solos completamente bajando como dos demonios, a toda velocidad, trazando las curvas como dos profesionales, en busca de algún grupo grande que no terminaba de aparecer.

Pasaban los kilómetros y sólo conseguimos atrapar a un chico de Valladolid que casi nos acompañaría hasta el final de la marcha. Así que, los tres en conjunto, comenzamos a darnos relevos para lograr enlazar con alguien.  Comenzaba a ser frustrante el hecho de estar tirando fuerte, yendo por el llano a 35 km/h y no dar con nadie, hasta que casi ya en el desfiladero, vemos a lo lejos un grupo de unas 15 unidades.

¡Y cómo íbamos a dar con ellos si iban a mil por hora! Pero el trabajo ya estaba hecho, con lo que nos escondemos a cola de grupo para recuperar y, dicho sea de paso, chupar rueda.

La siguiente dificultad montañosa sería el Collado de Hoz. Unos diez kilómetros al 5% de media, alcanzando en algunos tramos el 12%. Lo que viene siendo una putada, y más a esas alturas de día, porque ya llevábamos encima 170 km de ritmo alegre.

Parada técnica en otro de los avituallamientos a pie de puerto. Rellenamos bidón, comemos algo, bebemos mucho, vaciamos vejiga y vemos cómo comienza a orbayar. Y esto no nos iba a abandonar hasta el final de la etapa. Aparecen García y Ángel. La épica daba comienzo. De nuevo juntos, tocaba hacerse foto...


Comenzamos a subir, ya no era tiempo para heroicidades, así que la supervivencia gana terreno a las demostraciones de fuerza. La verdad es que íbamos muy bien, ni rastro de bajones ni muchísimo menos, pero tampoco animaba demasiado el hecho de la fina lluvia. Ponemos un ritmo aceptable y más que digno. De ahí hasta el final, Buka y yo íbamos a ir continuamente justos.

Como digo, el ritmo que llevábamos, ya no era ese fresco y alegre rodar, pero no íbamos mal. De hecho, durante la subida, no dejamos de adelantar a gente. Ya os he comentado que nos gusta pasar a la peña subiendo. Conseguimos formar un grupillo de ascensión de seis personas. Y en estos momentos en los que todos pretendíamos terminar el puerto sin más, resulta que un "notas" ataca....JAJAJAJA....Y eso no me gustó. Nada. El "churriataque" de nuestro amigo "el notas", resultó no tener un pijo de fuerza, claro. Me puse a tirar del grupillo, sin destrozarlo. Creo que todos entendieron lo que pretendía. Pasar al fugado todos a la vez. Cosa que sucedió a unos cien metros de coronar. Qué satisfacción mirar de lado a este personajillo, justo antes de terminar el puerto, entre la niebla y rebasándole todos en grupo, bien formados.

Y comenzó el descenso. Peligroso por el trazado de la carretera y por el agua sobre el asfalto. Y nuestro amigo "el notas", era el típico que pretende enmascarar sus carencias como escalador, bajando rápido y, sobre todo, mal. En una curva de herradura nos pasó por el interior y pensé que tenía que ir a darle dos h_s_i_s porque si se llega a caer, nos lleva a todos por delante. En fin. Cuanto "retrasao" cría el pan.

Nos faltaban dos puertos. La Collada de Ozalba y la Collada de Carmona. No son dificultades demasiado duras en sí mismas, pero claro, en Puentenansa, que está justo en medio de ambos puertos, llegaríamos a 200 kilómetros, cifra que los cicloturistas no estamos acostumbrados a alcanzar. Si a esto le sumamos que no estábamos teniendo un día radiante precisamente, pues las dos colladas que nos quedaban por superar eran de categoría especial.

Sabíamos que García y Ángel no debían de ir muy atrás, pero Buka y yo nos preguntábamos qué sería de Julio y Jose. Sabemos que son peleones como los que más, así que estarían bien seguro. Ahora tocaba fajarse sobre la carretera mojada de la Collada de Ozalba.


Volvimos a compartir alguna parte de la ascensión con los compañeros del Piñón Cortés. La subida volvía a estar cubierta por la niebla, lo que revestía todo de un componente de épica muy majo. Muy majo pero que comenzaba a tocar un poco las narices. La lluvia y el frío, que lo hacía, no son el medio natural ni mío ni del Bukanero.

Llegamos de nuevo a otro avituallamiento. En este paramos muy poco. Lo justo como para echar una meadita, llenar bidones y beber. Nos quedaba por delante la Collada de Carmona. Otros diez kilómetros de subida al 4,3% de media, pero con varios kilómetros por encima del 6%. En fin. Ya teníamos en las piernas 200 km de recorrido, de viento, de agua y de puertos, pero tiraban más de nosotros los 26 km que nos separaban de completar el reto.

Esta subida, habida cuenta de que se presentaba con niebla y, más que llovizna, lluvia propiamente dicha, nos la tomamos de cachondeo, hasta tal punto que busqué en mi móvil una lista de reproducción de Metallica, le di al "play" y por lo menos subimos el puerto de manera animada.


Entre la niebla, que por momentos se hizo muy espesa, apareció la cima del último puerto, rodeada de gente viendo pasar a los cicloturistas. De 10 la gente en torno Al Soplao, entregados a la Marcha Cicloturista al cien por cien. Una gozada que motiva de manera increíblemente para completar los últimos kilómetros.

Ya sólo nos quedaba el descenso, muy delicado debido a la lluvia, y unos kilómetros favorables hasta Cabezón. Buka y yo tomamos la decisión de, hasta la meta, apretar los dientes y, a relevos, llegar a tope. Así no se nos haría larga la última parte de la etapa. Al fin y al cabo, estábamos terminando como toros, física y psíquicamente perfectos.

Junto a un compañero con el que compartimos muchos kilómetros de marcha, de la Unión Ciclista Burgalesa, comenzamos a darnos relevos. ¡Comenzamos a ir volando! No bajábamos de 36 km/h. Y ya, cuando nos adelantaron dos troncos que iban a cuarenta y pico por hora y conseguimos echarles mano, ¡para qué deciros más! ¡A TOPE!

La sorpresa fue que estos compañeros que nos adelantaron a última hora, estaban haciendo la prueba de Gran Fondo de 315 km y ellos sí que estaban terminando a tope. De hecho eran el 5º y el 6º clasificados, con lo que a punto de llegar a Cabezón, se disputaron el sprin, a lo que nosotros no entramos.

Y allí estábamos Buka y yo, entrando juntos, muy enteros y completando el reto. El reto para el que durante los últimos meses nos habíamos estado preparando, buscando horas de donde no las hay para poder entrenar, planeando rutas exigentes los fines de semana para coger fondo, yendo a currar cansados, llegando a casa cansados y, aun así, saliendo a entrenar. Supongo que la historia común que tenemos todos los cicloturistas.

Nosotros representamos también un proyecto común de unos cuantos colegas, el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN, y una particular forma de entender el CICLOTURISMO. Esta edición del Soplao, la primera dentro de este proyecto, ha sido muy especial.

Ángel, a la izquierda. El Gran Trasgu.

García, llegando a tope.

Buka y yo, justo al llegar.

Jose (Torsore) al entrar en meta.

Julio, luchando y venciendo en Piedrasluengas.
Y lo más especial de todo fue el grupo que formamos. Trasgus, con ese Ángel inconmensurable. Grupeteros del Oriente, con García a toda mecha. Torsores, con Julio y Jose, batiéndose el cobre como pocos. Y Asfaltos, siempre dando la cara. Todos unidos por una pasión llamada CICLOTURISMO.