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jueves, 26 de marzo de 2020

La extrañísima fuerza de atracción.


¡Hola a todo el mundo!

No hay ni que decir que todos tenemos mono de bici. De bici fuera del rodillo porque bici, al menos yo, hago todos los días pero nada tiene que ver con lo que viene siendo ciclismo, claro. El rodillo nos está ayudando a no enloquecer y poco más que ya es bastante.

También matamos un poco el gusanillo con los etapones que nos están regalando en teledeporte cada tarde desde hace una semana más o menos. Esta segunda semana de confinamiento nos están impregnando el ambiente desde la tele pública con grandes momentos de la época heroica de Miguel Induráin en el Tour de Francia y a mí se me están amontonando los recuerdos de aquel entonces porque, para bien y para mal, lo viví en directo. De aquella yo ya era un muchacho.

Desde hace unos cuantos días incluso antes del confinamiento, quería escribir acerca de una extraña fuerza de atracción que al menos a mí me empuja a hacer rutas en determinada dirección. En mi caso siempre tiendo a hacer rutas en dirección a Boñar o lo que es lo mismo, a mi pueblo, que pasa por ser el lugar en donde aprendí a andar en bici y donde disfruté, viví y sentí toda aquella época de los noventa en eso del ciclismo profesional.

Mi rutina veraniega durante el Tour de Francia era sencilla. Comprar el Marca para ver cómo iba mi equipo del Tour Fantástico Marca, mirar a ver cómo iba el tema de los fichajes de los equipos de fútbol que si bien no es que fuera lo que más me interesaba, al menos me entretenían los culebrones del mercado veraniego de los fichajes. Luego cogía la bici para dar una vueltecilla tipo “Verano Azul” o iba a la cancha de baloncesto a lanzar unas canastas y, en cuanto podía, conectaba con La 2 para engancharme ya a la etapa de turno. Seguramente mi abuelo ya estaría viendo lo que estaba pasando y me ponía al día. Conectaban con La 1 y así hasta el final. Luego ya era cuando cogía la bicicleta, me ponía un culote , una camiseta de algodón (con un par), un casco que metía miedo y así hasta la pared del pantano del Porma intentando emular a mis ídolos.


Y con todo este pasado, con toda esta historia a cuestas de años y años de disfrutar de una u otra forma de mi pueblo, resulta que a día de hoy, cuando tengo que escoger entre alguna de las rutas habituales para hacer kilómetros, es raro el día que no me acerco hasta los alrededores de mi pueblo o directamente voy hasta allí. Os podéis imaginar a dónde iré el primer día que nos dejen salir de casa con total libertad, ¿verdad?

Hay una extrañísima fuerza de atracción que muchas veces actúa sobre mí sin darme cuenta. Por ejemplo, no sería la primera vez que estoy en La Robla y acabo en Boñar y eso que entre ambas localidades de la Montaña Leonesa distan como 30 kms. Puede que esa ruta hasta La Robla en principio fuese un “voy hasta allá a tomar un café y vuelvo a casa con 60 kilometritos en las piernas” y acabo yendo hasta Boñar acumulando 110 kilometrazos de una manera absolutamente imprevista.

Una de las primeras veces en las que recuerdo que esta fuerza de atracción actúo sobre mí, sucedió hace ya unos cuantos años y en este caso sí que mi plan era llegar a mi pueblo, pero lo que vino a continuación desde luego que no estaba previsto. Resulta que una vez en la plaza de Boñar, junto a la calle sobre la que di mis primeras pedaladas sin ayuda de ruedines, tras llenar el bidón en el caño y tomar un café en el Bar Central, me apeteció ir hasta la pared del pantano del Porma, como hacía de chaval cuando terminaba la etapa del Tour. Pero antes de llegar hasta allí, fui a Oville, pueblecito al que tantas veces había ido en bici (¡y corriendo también fui alguna vez!). Antes de llegar al pantano también hay otro desvío a Valdehuesa y Rucayo que siempre es una tentación para mí. Aquel día caí de lleno en la tentación.


Y llegué a la pared del pantano, me paré a disfrutar de las vistas y a charlar con un señor, compañero ciclista, que había llegado hasta allí desde Puebla de Lillo y me pareció genial acompañarle hasta la mitad del camino y claro, luego había que volver. Pero resulta que debía de llegar a León. Buf, qué paliza me di así a lo tonto. No recuerdo la cifra, pero rondaron los 150 kilómetros cuando llegué a casa. Idas de olla mías, ¡qué le vas a hacer! Siempre fue, es y será peligroso darme la dirección del barco porque nunca sabrás a dónde nos empujará el aire.

Estos días sin ciclismo al aire libre tengo muchísimas ganas de dejarme llevar por la fuerza de atracción que mi pueblo ejerce sobre mí. Es probable que el primer día que La Americana toque de nuevo el asfalto la locura me lleva rumbo a lo muy conocido pero siempre deseado. Seguramente me lleve a las rutas en torno a Boñar. Ya queda menos para que llegue ese momento. Paciencia.

martes, 19 de febrero de 2019

Adiós, entrenadora.


¡Hola a todo el mundo!

Hace muchos años que empecé a darle a esto del pedal. Imagino que empecé como mucha gente. En verano y en el pueblo. Se debían de juntar unos cuantos factores fundamentales. El primero, que algún alma caritativa te regalase una bicicleta. En este caso, mi padrino Jaime fue quien me proporcionó el instrumento clave. Una G.A.C. azul que a día de hoy tengo guardada en la tienda de mi madre y me encanta ver de vez en cuando.

Luego alguien te tiene que meter el gusanillo del ciclismo en las venas y el encargado fue mi abuelo Anastasio, con el que veía como un zombi el Tour de Francia y él me contaba historias de los ciclistas de la época heroica, como Bartali, Coppi, Merckx, Ocaña y su favorito. Bahamontes.

Y luego necesitas algo tan importante o más que todo lo anterior. Necesitas un entrenador que esté pendiente de tu alimentación y de plantearte retos. Y de esa misión se encargaba mi abuela Asunción.

Os cuento estas cosas porque mi padrino se murió hace ya varios años. Luego fue mi abuelo el que nos dejó. Y la semana pasada, mi corazón se partió en dos cuando mi abuelita, a la que tanto he querido, quiero y querré toda mi vida, sencillamente se fue de este mundo de la mano de mi madre. ¡Qué pena más grande tenemos todos!

Y es que mi abuela ha sido, es y será de las personas más importantes para mí. Absolutamente fundamental en todos los aspectos de mi vida. Y como no podía ser de otra manera, también me influyó en mi relación con la bici.

“Yo no sé qué haces que te vas a matar”, era algo muy típico que me dijese mi abuelita cuando le contaba que había ido hasta Boñar en bici. Ida y vuelta salen unos 100 kilómetros, pero para ella era una burrada que no entendía por qué hacía. Alguna vez sencillamente lo hacía para recordar los grandes momentos que yo viví en aquel pueblo de la montaña leonesa durante aquellos veranos de la infancia que parecían no tener fin.

Nunca se me olvidará cómo me llamaba para ir a comer desde el balcón de casa. Yo dando vueltas por la plaza con mi flamante G.A.C. azul y mi entrenadora preocupándose por mi alimentación. Unos buenos macarrones, una chuleta, arroz con leche y, para culminar mi felicidad, una etapa del Tour junto a mi abuelo.

También ella me planteaba retos que yo debía superar, pero sin que ella se diese cuenta, porque si se entera de que su prohibición de “no vallas hasta la carretera general en bici” para mí era como si una fuerza invisible e imposible de esquivar me empujase a, precisamente, ir a la carretera lo más rápido posible para que ella no se enterase de que había desobedecido.

E incluso mi primer puerto de montaña lo subí gracias a ella, porque para ir a pasar la tarde con mis tíos Lauren y María Luisa, había que subir a “Valles”. Es donde ellos vivían y había que superar una cuesta que, si bien ahora casi ni la percibes, para un niño pequeño y su bici, era un verdadero Tourmalet, en donde intentaba emular al ciclista favorito de mi abuelo. A Bahamontes. Y la bajada era tan divertida…a no ser que me pillase mi abuela, claro. Demasiado rápido para ella.

Cuánto voy a echar de menos a mi primera entrenadora. Me entrenó para todo. Sobre todo para la vida en general. Cada uno de los días que pasamos juntos, que fueron prácticamente todos los días desde que yo nací, fueron una clase maestra de cómo ser en la vida. Todo en el mundo lo intento ver desde el punto de vista de mi abuela y ahora que no la tengo a mi lado para poder hablar con ella, escucharla, darle besos, recibir los suyos, no sé qué hacer.

Hasta los últimos días que he salido en bici he tirado en dirección a Boñar, sin llegar hasta allí, aunque esta semana sí o sí un día voy a ir al pueblo. Y voy a ir a verla para decirla lo mucho que la quiero y lo mucho que la echaré de menos.

La bici es algo que me calma y estos días me está ayudando un montón. Me reconforta pensar que en algún lugar de este mundo o de otro, el que sea, mi abuela me está viendo dar pedales y le estará diciendo a mi abuelo:

-“Este chico se va a matar de tanto dar pedales. ¡Y encima se está quedando en los huesos! ¡¡Daniel!! ¡¡COME BIEN!!

Qué guerra me daba con esas cosas y cuánto lo voy a echar de menos. Te quiero mucho, abuelita. Nunca te voy a olvidar y siempre te tendré presente.

viernes, 19 de octubre de 2018

En otoño, como quien no quiere la cosa y por sorpresa.


¡Hola a todo el mundo!

Y resulta que hay días que coges tu bici y comienzas a pedalear como por inercia, sin planes ni objetivos. En mi caso suelen ser días de estos que no sales temprano. Los típicos días que, como a media mañana, te pica el gusanillo de la bici y te empiezas a vestir de romano.

Mientras preparo un café, uno de los tantos que tomo al cabo del día, soy un apasionado del café bueno, voy poniéndome el culote, inflo un poco las ruedas, algún que otro preparativo más, pero así como quien no quiere la cosa…

Después de un rato, de una especie de “hacérselo desear” a La Americana, me pongo en ruta sin ningún tipo de plan, ni objetivo. Y es que tengo este tipo de días muy fresco porque me sucedió ayer mismo.

Cuando me quise poner a dar pedales ya eran las once y pico de la mañana. Me suele pasar por estas fechas porque el fresco de las primeras horas de la mañana me echa un poco para atrás. A los adoradores del calor nos pasa esto. Sin embargo y a pesar de que la temperatura no es del todo de mi agrado, entiendo que el otoño puede que sea la estación más bonita para andar en bici. Si el día es propicio, y os aseguro que ayer lo fue, ves colores increíbles por rutas por las que has rodado un millón de veces y que casi no reconoces. Es como otra dimensión.

Además es una época en la que se suele ir más tranquilo o al menos a mí me pasa. Así como a partir de febrero empiezo a darme un poco más de caña para pillar la forma de cara a mi reto anual, Los 10.000 del Soplao, o marchas parecidas pero que suelen ser por junio o así, en octubre o noviembre, la verdad es que no tengo ningún objetivo físico en mente, salvo gozar de mi afición.

Y en esas estaba yo ayer cuando me vi, entre divagaciones y pensamientos varios, tomando un café (sí, otro) en La Vecilla. Así que pensé que, ya de estar ahí, pues voy hasta mi pueblo que está al lado.


Puse rumbo a Boñar y después de hacer otra paradita en la plaza del pueblo, ver el monumento en honor a nuestro símbolo más preciado, El Negrillón, y llenar el bote de agua del caño, me metí por la calle en la que hace más de treinta años aprendí a andar en bici sin los ruedines y me dirigí hacia la pared del pantano del Porma. Y es que esa ruta la hacía casi cada tarde de verano con mi padre, en mis primeros pinitos sobre la bicicleta de manera más o menos seria.




A parte del valor emocional que, como veis, tiene esta zona para mí, la verdad es que fue a partir de Boñar desde donde todo comenzó a ser un festival de colores rojizos. ¡Qué bien me lo estaba pasando! Y todo sin planearlo, como a mí me gusta. A lo loco.

Como ya llevaba unos sesenta y pico kilómetros, era más que evidente que la ruta iba a superar los cien, así que como el daño ya estaba hecho, pues me encaminé a visitar Rucayo, un pueblo en medio de ninguna parte. Aunque para ser precisos, más que en medio de ninguna parte, está en medio de uno de los parajes más desconocidos y a la vez más increíbles de la provincia de León. Es algo así como la cara oculta de la Luna, pero en este caso, del pantano del Porma. Pero es que la carretera muere aquí, así a no ser que lo conozcas, no tienes muchos motivos para llegar hasta allí salvo que hayas leído esto y sientas curiosidad.


Además del tema paisajístico, la verdad es que hasta llegar a este pueblo, hay unas subidillas muy chachis, de estas que van por carretera saltarina, estrecha y con curvas. Mis preferidas aunque te machaquen de lo lindo.

Ya sólo me quedaba dar la vuelta y completar la ruta. La ruta de un día sin planear, de otoño y sin hora a la que llegar a casa. Todos los factores se habían conjugado a la perfección. Y cuando vi en el cuenta kilómetros que había llegado a cien y me quedaba un buen cacho hasta casa, pensé: “se me está yendo de las manos”. Creo que incluso lo dije en alto, porque me da por ahí de vez en cuando, hablar solo, pero es que estoy un poco loco, qué le vas a hacer.

Que se me fue de las manos quedó claro al llegar a casa con ciento cincuenta y seis kilometrazos que, desde luego, para ser octubre está más que bien. Está, al menos para mí, sobresaliente. Pero lo que también había sido sobresaliente fue la satisfacción al llegar. Una de esas sensaciones fantásticas que tiene el ciclismo. Llegar a casa satisfecho de verdad.

Todo, desde la ruta, hasta los kilómetros, al ser por sorpresa e inesperado, fue una especie de regalo. A mí, la bici, el ciclismo, el cicloturismo o llamémoslo como queramos, no me da más que buenos ratos e incluso los que no lo son tanto, tras unos meses, se convierten también en buenos momentos.

sábado, 3 de enero de 2015

Dos de enero, con sorpresón y los primeros cien al saco.

¡Hola a todo el mundo!

Como he dicho, el nuevo año 2015 se presenta realmente ilusionante. Y qué mejor forma de dar forma a un año así, que haciendo el día dos de enero la primera ruta de más de 100 kilómetros.

Y si encima la ruta la hago en buena compañía, pues mejor que mejor. El Buka sigue flojete y yo no iba a salir pronto, así que Sara estaba dispuesta a embarcarse en mi plan. 

En el lugar de otras veces. Allí estaba mi nueva amiga esperándome. Porque sí, amigos y amigas, llegué tarde, también como otras veces.

La ruta que íbamos a hacer es una de mis favoritas. La primera parte tiene muchos repechos, luego se cambia de carretera y se entra en mi carretera favorita, ya sabéis, la de La Cándana. Una vez que se llega a La Vecilla, vamos en dirección Boñar y a partir de mi pueblo, todo llanear casi hasta casa, dependiendo de por dónde decidamos ir a León.

Primeros kilómetros de calentamiento, como de costumbre y como todo el mundo debería de hacer por esas cosas de la salud y eso. Y como siempre, con Sara no se para de hablar. O más bien creo que esto se debe a mí, locuaz por naturaleza, así que no luché contra mí mismo y no parábamos de rajar. Que si esto, que si lo otro. 

Y llegó la subida de Castrillino para fastidiar nuestra conversación y hacer que nos tuviésemos que esforzar un poquito, con lo que las palabras se las llevó el viento. Pero me encanta, cuando voy con alguien y estamos en media subida, soltar alguna parida para que la gente se ría y pierdan un pelín de fuelle. Yo, que tengo estas cosas.

Y coronamos. ¡Estamos hechos unos fieras! La verdad es que los días que hemos quedado para rodar, ninguno de los dos lo ha dicho, pero estamos saliendo tranquilos, sin forzar, sumando kilómetros y buen ambiente.

Comenzamos a hablar de proyectos, objetivos y futuras rutas más veraniegas que a ambos nos encajasen. Lagos, Sanabria, Camperona, Nueva de Llanes. Son tantos los planes que seguro que nos dejamos algo en el tintero, sin embargo, ya nos habíamos adentrado en mi carretera favorita. 

Avanzar kilómetros, con el Pico Correcillas mirándote fijamente y La Valdorria desafiándote a lo lejos, es algo que me atrae muchísimo de esta carretera. Picos nevados al fondo, con la carretera encajonada en un valle frondoso, verde y soleado, hacen de la Carretera de La Cándana algo increíble para los sentidos.

Nuestras conversaciones se veían de vez en cuando interrumpidas por silencios profundos y, a la vez, cómodos, en los que cada uno disfrutaba de algo diferente. El viento, el sonido del invierno o cualquier otra cosa.

Pero llegó el momento de hacer una paradita para comer algo porque de lo que, tanto uno como otro, nos habíamos dado cuenta era de que el viento soplaba de cara, con lo que los últimos kilómetros por esta carretera, que siempre pica hacia arriba, se habían hecho algo más duros de lo esperado.

Y como si nada, nos estábamos acercando a Boñar. Nos estábamos acercando a mi pueblo. Y aquí, claro, siempre me surgen mil historias de recuerdos de la infancia y la primera juventud. Que si esto y aquello. Pero no íbamos a parar. Seguimos nuestro camino.

Y unos kilómetros más adelante de Boñar, surgió la sorpresa del día. ¡Y qué sorpresa! ¡A mí me prestó un montón!

- Hostias, Sara. ¿Qué es eso? ¿Una ardilla?
-¡No! Un zorro.
-Eso no es un zorro.

Pues resulta, que por un campo junto a la carretera, había un gato montés, grande como un castillo, que estaba haciendo sus cosas de gato montés, supongo, y al pasar nosotros, pues se asustó y empezó a escapar como alma que lleva el diablo. ¡Qué bicho más guapo! ¡Menudo gustazo ver animales de estos! 

Luego uno se queda pensando en que no hay tantos como debería, por nuestra mala cabeza como especie, pero en fin, eso para otra entrada en plan monográfico.

Y después de comer un plátano a medias, comprobar que ni Sara ni yo teníamos más comida y apreciar que ya era una hora prudente para encaminarnos a nuestras respectivas casas, comenzamos la retirada por la Sobarriba. 

Al final, nos salieron 100 km justos y "clavaos", aunque bien es cierto, y de esto se va a enterar mi amiga leyendo esto, que yo alargué la ruta un par de kilómetros más para redondear la cifra, por mucho que me vaya a acusar ahora de "friki".

En resumidas cuentas, podríamos decir que el dos de enero ha sido fantástico. ¡Esto marcha! 

viernes, 28 de marzo de 2014

Primavera secuestrada en un día estupendo.

¡Hola a todo el mundo!

Y ahí estaba yo. Con ganas de disfrutar del único día de bicicleta que había podido arrancar de la dura vida del autónomo o, como se dice ahora, el emprendedor. Todo parecía genial con una rápida mirada al calendario. Primavera, veintisiete de marzo, y no estaba lloviendo. Todo apuntaba a que iba a tener un gran día de bicicleta.

La verdad es que yo, sobre una bicicleta, siempre tengo un gran día, pero todo lo demás, teniendo en cuenta que vivo en León, también conocido como Invernalia, no parecía ajustarse a lo convenido.

Culote largo y gordo, camiseta térmica, maillot de manga larga y chaqueta gorda. Un "look" de lo más primaveral.

La primera decisión que debía de tomar era importante, más teniendo en cuenta que estaba rodeado por unas nubes negras bastante amenazantes. ¿Rodaría por la zona sur o por la fría zona norte? La verdad es que siendo un día de diario, a pesar de que en dirección a las montañas haría más "rasca", ésta era la mejor opción. Demasiado tráfico por el sur. En fin. 

"¡Qué poco me apetece subir Castrillino hoy!", exclamé mentalmente, o no tan mentalmente porque hablo sólo de vez en cuando. Una especie de fuerza magnética nos arrastró a La Americana y a mí hasta el Portillín porque, ¿qué hay mejor que subir un repecho de un kilómetro, con rampas del 15% a los diez minutos de arrancar?

Llegué a la cima de este mito del cicloturismo de la ciudad y comprobé el desastre. En invierno había matado y enterrado a la primavera. La nevada que había en las montañas era de esas que te asustan con sólo mirarla. 

Casi era imposible distinguir algo parecido a rocas. Todo estaba cubierto de nieve. Parece que el general invierno ha secuestrado a la primavera hasta nuevo aviso y, por lo que dicen las predicciones, por estos lares nos va a tocar esperar.

Según avanzaba por las carreteras, pequeñas y rugosas, de la Sobarriba, se podían apreciar algunos pequeños montones de nieve. Sin ser muy grandes, lo que dejaban patente era que mi elección de vestuario, había sido totalmente acertada. El sol no lograba imponerse del todo y no conseguía calentarme la piel. Tocaba pedalear medianamente duro para no quedarse frío.

Mi objetivo, la carretera del Condado, me quedaba aún a unos veinte kilómetros. Lo mejor que podía hacer era ir por una de mis vías de entreno principales. La Carretera de Santander, esa carretera nacional pero con una cantidad de tráfico más propio de una comarcal a lo sumo. Eso sí, sin arcén, aunque por aquí nunca he tenido incidentes dignos de mención, más allá de los propios del gremio.

Siempre es genial rodar por la zona del Condado. Es una zona bañada por el río Porma, el cual me ha acompañado durante toda mi vida. Él contempló mis primeras pedaladas a lomos de aquella pequeña GAC que todo lo podía, por Boñar, lugar de juegos y encuentros en mi juventud.

Además, por el Condado parece que el tiempo va a otro ritmo. Apenas se ve gente. Apenas se ven coches. Es como retroceder en el tiempo quince o veinte años. Un poco de actividad agrícola y ganadera, nada a gran escala. Es un lugar especial. Te permite rodar, inmerso en mil pensamientos, disfrutando de todo.


Pero no me podía detener mucho porque el frío era intenso. Debía de continuar. Aún mi forma no es la de otros gloriosos tiempos y ya no me daba tiempo a quedar, poco antes de las tres de la tarde, a tomar un café. Había calculado mal. Aún no saco medias de treinta kilómetros por hora rodando solo. Me tengo que conformar con veinticinco o veintiséis.

Me volví a sumergir en el universo Sobarriba, con su rugoso asfalto y sus continuos repechitos que hacen que las piernas te piquen cada dos por tres, pero el día estaba hecho. Otros sesenta kilómetros al saco de entrenamientos, por una zona fantástica.

Lástima que el invierno haya amordazado a la primavera.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Danielín.

¡Hola a todo el mundo!

Tras la mega ruta del otro día, la conclusión fundamental que pude extraer de la misma fue clara. No estoy en mi mejor momento de forma. Así que eso había que solucionarlo. Y la mejor manera que se me ocurrió  fue hacer una rutilla de unos 95 km el lunes.

¿A dónde ir? Cuando mi idea es rozar los 100 km o, según por dónde regrese a León, superar esta mítica cifra, es ir hasta Boñar por la carretera de Santander. Una primera parte bastante llana, aunque con un inicio quebradizo, y una vuelta muy similar. Para hacer kilómetros es ideal.

Así que, de buena mañana (mentira...me dormí y salí a las 11 de la mañana) comencé a rodar con gracia y donaire. Las piernas aún se resentían algo de la ruta del sábado, así que me lo tomaría con la suficiente calma como para no forzar demasiado.

Parecía claro que no me iba a mojar, pero el cielo no estaba azul ni mucho menos. Hoy no me pondría moreno. No sería uno de esos días. Sin embargo, la temperatura era muy agradable. El frío no era un problema y eso a mí me da la vida, cosa que me hace pensar y pensar encima de la bicicleta. Éstos pensamientos van desde qué desarrollo engranar en un momento determinado hasta cómo será mi vida dentro de 10 años. Ya veis. Algo variado.

Pues me veía inmerso en toda esta maraña de divagaciones cuando, de buenas a primeras, ya había llegado a Barrio de Nuestra Señora. "¿Y qué pasa aquí?", os preguntaréis algunos. Pues que me empezó a surgir una duda. "¿Voy hasta Boñar o me desvío y encaro mi carretera favorita?" Unos momentos de duda seria, pero mantuve los planes iniciales. No sabía por qué, pero algo me estaba arrastrando irremediablemente a Boñar.

Pasé junto a Cerezales del Condado. Más dudas. "¿Entro a ver a mis amigas de la Fundación Antonino y Cinia o sigo?" Boñar seguía arrastrándome. "Otro día iré a verlas", pensé.

Esta nueva parte de carretera es realmente llana. Poco hay que hacer más que dar pedales y pensar. En cuanto enfilo este camino, un montón de recuerdos inundan mi cabeza. Recuerdos de niñez, primeras experiencias de miles de cosas, felicidad. Y es que en Boñar pasé todos y cada uno de los veranos de mi infancia. 

Llegué a Vegaquemada y al mirar la torre de su iglesia, volví a tener la misma sensación de cuando era niño. "Ya no queda nada". El lunes tenía ganas de llegar para llenar el bidón, vacío ya tras una hora y cuarto de esfuerzo, pero cuando era un muchacho, tenía ganas de llegar para poder alcanzar esas cotas de libertad que te dan los primeros veranos de nuestras vidas, que con los años vamos perdiendo.

En cuanto pasé Palazuelo, me daba la bienvenida la recta dónde está "La Cuadra", hoy efectivamente es una cuadra, pero hace años era una discoteca mítica de toda esta zona. "Si esas paredes hablaran, los mastines que me están ladrando comenzarían a llorar", divagué una vez más.

Y tras dejar la gasolinera a la izquierda, comencé mi entrada triunfal en Boñar. Los lunes son días de mercado y las calles se adornan de gente. Comienzo a ver alguna cara conocida. Personas de siempre que no hacen más que llevarme de cabeza a mi niñez una vez más. No sabía qué me estaba pasando, pero me estaba gustando.

Giré a la derecha en el cruce y me metí de lleno en el pueblo. Todo parecía estar en su sitio. La panadería de "Chucho", "El Cordobín" con sus patatas bravas, la tienda de Focho. Todo estaba aparentemente igual.

Llegué a la Plaza del Negrillón. El inmenso árbol, con un tronco de 6 metros de diámetro y una altura de unos 30 metros, hoy sólo es un esqueleto. Recuerdo como si fuese ayer el día que lo talaron. Miraba a la plaza y ya no tenía aquellos adoquines tan incómodos donde el autobús de Fernández aparcaba cada noche.

Mientras llenaba el bidón en el caño, recordaba la cantidad de veces que jugué en el pilón. A veces te tocaba tirar a alguien al agua. Otras veces era yo el que caía. Me fui justo en frente de la puerta de la iglesia y miré la calle que baja hasta donde Pito tenía su pequeño taller de bicicletas.


Me quedé embobado un par de minutos mirando al frente y viendo en el recuerdo a un chavalín que con una pequeña bicicleta, desafiaba todos sus miedos, comenzaba una aventura que parecía no tener fin. Aquel pequeñajo recorrió los 50 metros de esta calle, con tantas ganas e ilusión, que le dieron impulso para afrontar cualquier cosa en la vida. Nada podría con él. Ni siquiera los ruedines que el mecánico del fondo de la calle le acababa de quitar para siempre.

Y la verdad es que aquel chavalín, moreno como un tizón, se había hecho grande y acababa de llegar de León hasta Boñar y estaba mirando la calle donde, muchos años atrás, había aprendido a andar en bicicleta.

De repente, me caí del sueño. Volví a la realidad y me vi en medio de la plaza vestido de ciclista. Sin embargo, el niño que transgredió todos sus límites hace más de 25 años seguía conmigo. Ese niño está dentro de mí y sin él no sería nada. No podría nada. No valdría nada.

Así que, con las mismas, salí de Boñar por el puente romano. El primer trayecto que hice fuera de los límites permitidos por mis abuelos. Prometo recordarte más a menudo Danielín.