lunes, 3 de febrero de 2020

Los bares en la bici no son sólo cosa de los neumáticos.

¡Hola a todo el mundo!

Por aquí he hablado en muchas ocasiones que si de rutas, de puertos, de grupetas, de ataques de peseta, de ciclismo profesional (de esto menos, la verdad), de material y de alguna que otra cosa del este mundillo del ciclismo de andar por casa, pero me he olvidado un poco de algo que nos une a todos los integrantes del ciclismo, da lo mismo la edad, la categoría, si eres un globero o no lo eres. Los bares.

Antes de nada, me gustaría referirme a todos aquellos que a día de hoy aún te saltan con que en una ruta no se para a tomar el café y bla bla bla... ¿De verdad que seguís así? Hay que ser triste para no detenerte aunque sea quince minutos de la ruta, tomar el café, echarte las risas con los colegas o, sencillamente, atender a las típicas preguntas de los parroquianos de esos bares en medio de un pueblo perdido en medio de ninguna parte.


Yo por aquí no hay ruta en la que no pare a tomar un café. Se junta que soy ultracafetero (tuve una tienda de venta de café de especialidad y todo) y que la provincia de León debe de ser la que más bares tiene por habitante o algo así. Muy apurado de tiempo me tengo que ver para que no pare a tomar algo.

Ruta por Torre del Bierzo...parada en un bar, por supuesto.

Creo que este tipo de costumbres generan cultura ciclista. No es la primera vez que me junto a alguna grupeta que está tomando el café, o que comentamos la jugada entre ciclistas en medio del bar y cosas así. De las cosas que más molan del ciclismo es, precisamente, esa culturilla ciclista que tan especiales nos hace a todos (o así de especiales nos sentimos).


Que si “joder, menuda máquina tienes”, que si “menudo día de mierda”, que si “¿habéis subido hoy para allí arriba?”, que si “dale recuerdos a Pepe en cuanto le veas, que hace mucho que no coincidimos en alguna” y que si tantas y tantas cosas que tenemos en común todos los ciclistas de un lugar determinado.

Nos molan los bares

Me fastidia bastante toda esa gente recién llegada a este pequeño universo de las dos ruedas que ni paran en bares, ni saludan cuando se cruzan contigo, pensando que así parecen más “pro”, cuando lo más gracioso del tema es que los profesionales son, precisamente, los que más saludan y más grupo crean en torno a un bar, sin que sirva esto de justificación, ya que si no saludas, lo primero que eres es un maleducado y si no paras en los bares a hacer piña, lo que eres es un triste.

David, cafés, bizcocho...apuesta segura.

A parte de todo esto, que seas un ciclista habitual en un bar de pueblo te puede salvar de alguna “polca” complicada, como por ejemplo una historia que nos sucedió a María y a mí en medio de una ruta este verano pasado.

Íbamos plácidamente en una ruta de las del “everyday” por La Sobarriba y, a lo lejos, se podían ver unas amenazantes nubes muy negras y que eran portadoras de una magnífica tormenta veraniega, pero la verdad es que estaban muy muy muy muy muy lejos de nuestra posición. Nos detuvimos, comprobé un par de aplicaciones meteorológicas, que en estos casos de las tormentas pierden en muchas ocasiones la lógica, y decidimos que nos daba tiempo perfectamente a ir hasta la zona del Condado y volver a casa por otra de las carreteras de La Sobarriba. Nos separarían del bar de Vegas del Condado como unos 15 km, más o menos.

Al cabo de diez minutos, estábamos en medio del mayor vendaval que se os pueda imaginar. Muy cerca de nosotros incluso en una chopera se vinieron abajo varios árboles que generaron un estruendo del demonio. Además, en la carretera había ya muchas ramas, hojas y de más enseres viales que iban de aquí para allá, lo que hacía de la ruta algo peligroso. María no se había visto en ninguna igual y yo, en no muchas ocasiones, pero sabía lo que tenía que hacer.

Mira, cariño. Hay que apretar el culo y llegar al bar de Vegas cuanto antes.”

Así que como si fuésemos el típico grupo perseguidor en busca de la cabeza de carrera para ganar la etapa de nuestras vidas, aceleramos hasta llegar al bar que os comento y en el que es muy rara la semana que no paro dos veces como mínimo a tomar el café. Me conocen de sobra, no en vano ya no tengo ni que pedir la consumición porque es entrar y prepararme ya un cortado.

La pedazo de tormenta la vivimos dentro del bar y, no sólo eso. Los chicos del bar, muy majos ellos, se ofrecieron a llevarnos a casa ya que entendían que con esas condiciones, el mundo tal cual lo conocíamos cambiaría para siempre. Tal era la tormenta en cuestión.


Además de todo esto, ¿quién no tiene una buena historia en torno a unas cañas, unos cafés o lo que sea, cuando se hace una parada técnica en medio de una dura jornada de puertos? Los mejores momentos de esos magníficos días de bicicleta suelen darse en el bar y en el cartel de tal o cual puerto de montaña. 

¡¡Los bares son de muuucha ayuda!!

Nunca se me olvidará cuando llegamos a Tarna y hubo que ir a buscar a Manuel porque estaba aún subiendo con una pájara de tres pares de tubulares. U otro día en Teverga, en un bar, por supuesto, haciendo un alto en el camino después de haber subido San Lorenzo y en busca de Ventana, todos los colegas del Club Ciclista Asfalto León cagándose en mis muelas por haberles engañado para subir a Las Viñas. Momentos únicos todos ellos en un bar.

Manu, en crisis, Vega, inmortalizando.

Conclusión. Los bares forman tanta parte del ciclismo como las tiendas de bicis, los puertos de montaña, el Tourmalet o Federico Martín Bahamontes. Queridos recién llegados, dejad de ser tan pringados y tomaros algo en un bar, que os va a venir de fábula.

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